ORDEN I ganador I concurso II edición postrelato(Radio 3) 7 de septiembre 2009
Lo que quiero decir es que la escena me impresionó mucho. Mi compañero tuvo que salir afuera para vomitar; yo también tuve que abandonar el lugar, pero fue por otro motivo. Había algo que me desasosegaba y que me confundía, no sé muy bien lo que fue, pero solo pude volver después de pasar unos minutos concentrándome en mi respiración.
Cuando entré de nuevo y miré el cadaver de la mujer y a las hojas seguía sintiéndome confuso, pero pude soportarlo.
Era extraño, y en cierto modo descorazonador, entrar en una casa y comprobar que alguien haya muerto estando tan solo como para que nadie lo eche en falta en días. Pero lo peor era el orden.
La mujer sabía que iba a morir, de eso estoy convencido, de lo contrario una persona que vive sola nunca tendría la casa tan ordenada de por si. Lo sé por experiencia. Pero es que además estaban esos papeles, tan bien dispuestos sobre la alfombra. No es que dijeran algo importante, pero la circunstancia de que estuvieran tan ortogonalmente dispuestos me hacía pensar en sangre.
Esta relación no era gratuíta, pues de alguna manera me recordaba a mi infancia, cuando en invierno mi padre limpiaba la casa antes de matar al cerdo que había engordado durante todo el año. Me parecía que el pobre animal temblaba solo por el olor a lejía.
De todas formas, ¿por qué alguien que presiente su muerte extiende unos papeles y no los deja amontonados sobre una mesa? Para mí la respuesta era clara: ella quería que los leyeramos, que no se nos escapara ninguno de sus recuerdos allí escritos.
En esos folios había escrito de todo, desde listas de la compra hasta un esbozo de testamento, además de fechas en las que habían muerto familiares suyos, junto con la ubicación de sus sepulturas. Respecto a unos cuantos de ellos, muertos a los pocos días de nacer, anotaba que eran sus hijos. Aunque en los registros que consulté antes de salir de la comisaría la muerta no aparecía casada ni con descendencia.
Más bien todo lo escrito parecía el delirio de una vieja solitaria. Una especie de disculpa, como diciendo: sí, aquí veis mi cuerpo hinchado por la descomposición y cubierto de moscas y de hormigas, pero mi vida no fue tan triste como parece.
Yo creo que no fue así, sino no habría razón para que me hubiese impresionado tanto que su casa se pareciese tanto a la mía, que ordenara sus papeles sobre la alfombre como yo hago cuando no salgo a la calle durante todo el fin de semana. Ese tipo de cosas.
Aunque a lo mejor acabábamos descubriendo en el patio los cadáveres de sus hijos y quedaba claro que solo era una asesina que merecía morir sola como un perro.