Cervantes (relato)
SACADO DE LA CORRESPONDENCIA PRIVADA DEL REY
La pasada madrugada fue encontrado muerto, al parecer por mano ajena, un hidalgo residente en esta villa. Seguramente, por lo sonado del caso, haya llegado a vuestros oídos. Al efectuar el registro del cuerpo, como era la mía obligación, entre otras cosas sin valor encontré una carta dirigida a Su Alteza. Por la importancia y gravedad de lo que en ella aparece la he guardado en la prisión de la Santa y aquí os hago llegar una copia fielmente transcrita para que me ordenéis actuar según sea vuestro deseo.
“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Perdonad que me demore, Majestad, en estos formalismos y supersticiones, pero el temor que me producen los acontecimientos, hechos y novedades que he vivido con el motivo del encargo que me encomendasteis llevar a cabo, han vuelto mi temperamento del revés. El motivo de esta nota no es otro que el de informaros de que he finalizado las averiguaciones que me mandasteis realizar con motivo de los traslados que viene sufriendo la corte y séquito de Su Majestad por la amplia geografía de Vuestro Reino. Las pesquisas terminaron y la información y los datos verdaderos están ahora mismo en mi poder, y llegaran a vuestras piadosísimas manos cuando se cumpla lo estipulado. Pero antes de llegar a las conclusiones os ruego que prestéis atención a los prolegómenos, pues en ellos está tanto la clave como la seña de la solución, además del grave peligro que nos cierne, tanto a mi, insignificante persona, como a Vos, nuestro caro monarca.
Con el poder, que me hicisteis llegar a través del prior del monasterio de San Benito, pude entrar dentro de la gran y escondida biblioteca que tienen las escuelas mayores en el colegio de la Santa Cruz. Una vez dentro de ella comprendí inmediatamente el motivo de tan grandes precauciones. En verdad que ha de ser una de las más grandes y mejores bibliotecas del mundo, pues Vuestra gran sabiduría conoce que las bibliotecas de los perros musulmanes no merecen ninguna consideración con sus inútiles copias y más copias de su alcorán. Pero perdonadme pues no quiero dilatarme en exceso en mi narración. Como os decía no me fue fácil encontrar el libro que precisaba entre los cientos de volúmenes que allí se albergan. Varios días pasé en la fría y húmeda sala al abrigo de un minúsculo brasero, pasando página tras página con los dedos llenos de sabañones. Pero una mañana en que la niebla de este maldito Pisuerga cubría las calles como el velo tupido de una novicia, encontré un volumen curioso. Curioso fue la consideración que para mi tuvo cuando hube descubierto lo que contenía, pues en realidad era un libro pequeño y viejo que juntaba pedazos de otros libros que algún monje piadoso se había esmerado en reunir para que no se perdieran ni estropearan. Aún así el estado del libro era ruinoso, y en muchas páginas ni una sola palabra se podía leer. Entre otras muchas y diversas cosas el libro contenía el fragmento de la obra del historiador que os dije sabía que trataba los aspectos que os interesan a Vuestra Majestad. El autor es un romano de nombre Antonino que vivió en el siglo tercero de nuestra era, y este fue un de los historiadores que entre Polibio y pocos otros dio señas concretas de nuestra Hispania en la edad antigua. Antonino es un autor interesante pues visitó él mismo las tierras sobre las que habla, no como otros falsarios, y en concreto viajó dentro de la Celtiberia por la que llamó tierra de los vacheos , lo que nosotros llamamos ahora Tierra de Campos. Hablaba de sus gentes y tradiciones y concretamente hace hincapié en el pueblo que llama Septimanca, como podrá deducir fácilmente se trataba de Simancas. Habla Antonino admirado de la noble fortalezaque había sobre un otero del río, bella fábrica de ingenieros romanos, que se apoyaba sobre una anterior hecha por los dichos vacheos, muchos siglos antes de que aquellos llegaran a nuestra península. Y transcribe Antonino con precisión la historia labrada sobre una lápida del guerrero que construyó la fortaleza primera en Simancas. En ella se cuenta que el castillo lo hizo un guerrero vacheo de nombre Faucio en una sola noche, para defenderse de unos bárbaros montañeses (no hay mucha duda en que se refiere a vizcainos.) Faucio consiguió vencer con las armas, pero su mujer lascivamente sirvió su derrota a sus enemigos en el propio lecho de ambos. Por tal derrota infame, cuenta la inscripción, fue expulsado de Simancas. De allí se fue a vivir a un valle cercano rodeado de ciénagas y ríos sinuosos, que sin duda y con el pesar de mis huesos identifico con Valladolid. Los vacheos llamaron a este lugar en su lengua como el valle de la soledad de Faucio, y con seguridad se tradujo al latín como vallis soletatis, y luego Vallisoletum como es sencillo de deducir.
Como podéis ver en el libro del romano Antonino tenéis la verdadera prueba de que Valladolid tiene más méritos tanto por grandeza como por historia para superar a Toledo, a Madrid o a otra ciudad de Castilla para ser sede de la Corte.
Os dije antes que las pruebas de esto están en mi poder y solo espero vuestras noticias para haceroslas llegar.
Por otro lado como sabéis de mi soy curioso y de rigor por naturaleza, y pensé que si el tal Faucio se fue a vivir aquí, tendría que haberlo hecho en una casa. Y resolví en dilucidar que si hallaba la tal casa no habría ninguna duda a lo narrado por Antonino, pues todos sabemos de las mentiras de los historiadores. Por las señas de este y de otros documentos antiguos deduje que la casa estaría en la parte más noble de Valladolid, junto a la iglesia de Santa María, que no por nada llaman la Antigua. Descubierto esto la fortuna sopló de mi parte, pues tengo amistad con el maestro de las obras de la Catedral, que Vuestra Majestad mandó construir para esta villa, el trasmerano Diego de Praves. Le conté discretamente lo que pensaba y él me respondió en confidencias que en esos días estaban trabajando con unos cimientos de la Catedral que caían exactamente en esa zona. Dicho y hecho, a la mañana siguiente llamamos a unos obreros y les mandamos cavar con mayor profundidad en un lugar por mi determinado. Para mi alegría antes de la tarde encontramos unas columnillas de estilo antiguo que atestiguaban que allí hubo una antiquísima construcción. Tomé nota ufano de todo y regresé a mi casa, cruzando una esgueva cerca de la calle del Rastro Nuevo, para redactaros esta carta, cuando un amigo cercano mío me cogió con disimulo del brazo y me escondió con él en un portal. Me dijo que tuviera cuidado, que había alguien al que no le gustaba lo que estaba haciendo y con placer me atravesaría con un acero. No lo tomé en serio, pero mi amigo insistió y me dio señas de un tal Miguel, nacido en la Mancha, y antiguo soldado que estaba al servicio del arzobispo de Toledo. Entonces me asusté mucho, pues el tal Miguel es mi vecino y le tenía tan solo por un pintamonas que se pasaba el día emborronando papeles y buscando el favor de Vuestra Alteza para sacaros el dinero con el que publicar no sé que novela.
Majestad, sabéis que yo tan solo soy bachiller y de nada sé de los que tratan con la espada. Si el tal Miguel trata de atacarme soy presa fácil para él, pues de sus pendencias tenemos noticias todos en el barrio. Por eso os pido auxilio para mi persona y para la información que me pedisteis y guardo. Sabéis que mis pretensiones económicas vienen dadas de la miseria en que vivo yo y mi familia, pero ante todo os pido que cuidéis mi vida para poder seguir sirviendo a tan alto Monarca como Vos. Y también avisaros del peligro que corréis por los trasiegos que hace el arzobispo de Toledo. G. E.”
La fecha la he obviado por lo cercano, y la firma de igual modo porque el hombre os ha de ser conocido tanto por lo sonado del suceso como porque al parecer lo conocéis. El tal Miguel, manchego, fue capturado con una espada con manchas de sangre reciente. Tanto él como su familia fue encerrada en la cárcel de la villa. He recibido presiones de algún clérigo importante, pero el hallazgo de esta carta me hace remitiros a vos para tomar una decisión con respecto al reo.
Atentamente, el licenciado Cristóbal de Villaroel.
Muy bueno, también me gusto “Mi nombre es Net”
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Toronaga
mayo 25, 2008 a 9:37 am