Culpa (novela)
Abrió su cuaderno por la última página y escribió: La culpa es algo que no se puede hacer desaparecer nunca del todo, tal vez solo con la muerte, pero lo más seguro es que ni aún así. Cerró el cuaderno después de anotar la fecha en la última línea, lo guardó en una bolsa y salió de la casa de la puerta azul.
Un día, por la mañana, temprano, Miguel se levantó y pensó que era hora de hacer algo con todo lo que le revolvía las tripas. Con esas ideas y esos recuerdos que estaban atorados en las meninges, justo detrás de los ojos. Embotados en ese sitio detrás de si mismo que es un laberinto gris de intestinos llenos de ideas.
Se despertó por la mañana y había una persona junto a él en la cama. Salió a la calle a comprar cualquier cosa, y todavía había más gente; unos, la mayoría, no le conocían ni tan siquiera de vista, otros pocos sí, y esos mismos desvergonzados le hablaban y le preguntaban cosas. Y, al responder, rozaba dolorosamente regiones escondidas de los recuerdos.
Pero tampoco era lo peor. Porque cogió el portafolios, y dijo, adiós cariño, me voy al trabajo; que estaba incómodamente lleno de gente. Gente que le hablaba, le preguntaba y le pedía constantemente soluciones. En ese momento les mandaría a todos, automáticamente, a tomar por el culo. Y se perdería en el Tíbet, en la selva o en la casa abandonada de sus abuelos en un pueblo perdido de la sierra. No lo hizo, porque en el fondo eran buenas personas y no le buscan hacer mal. Además necesitaba el dinero que le proporcionaba el trabajo para pagar facturas.
Y, aun así, seguía sin ser lo peor, lo infinitamente, lo insoportablemente peor. Porque durante esa tarde, después de comer en un bar restaurante pequeño y sucio, y barato sobre todo. Echando de menos las ensaladas de su mujer, vino un compañero de trabajo, ese que era casi como su hermano, de todo el tiempo que lo conocía, y le dijo:
-¿Que piensas de lo que ha pasado?
-¿Qué?- Le dijo aterrado, pensado que detrás de la frente llevaba escrita su culpa reprobable.
-Rubén, – insistió, – si tú le trataste, hombre.
Cállate, cállate, cállate, cállate, cállate, cállate cabrón,
era lo único que pensaba. Aunque en cambio le dijo.
-Claro, cómo me voy a olvidar, fue horrible.- No añadió nada, seguro de que había hablado de más.
-Hombre, tanto como horrible, fue una pena, pero se te hace cayo después de tanto tiempo.
No callarás nunca, maldito hijo de perra.
Pero su pensamiento no le fulminó.
-Sí, – concedió, – pero les acabas cogiendo cariño, y me sigue destrozando ver de qué manera pasan los últimos días. – Dios mío que se calle, que se vaya de una vez, o voy a ponerme a llorar aquí mismo.
- Sí, – respondió indiferente, – por eso te quería decir que estaría bien hacer algo.
-…algo?
-Sí, escribir algún artículo, alguna carta de denuncia. Es una pena que a muchachos tan jóvenes les acaben ocurriendo cosas así.
-Y con eso qué lograríamos. ¿Más dinero? ¿Para qué?
-No, eso sabes que da igual. Solo, no sé, hablarlo, decirlo en voz alta. No esperar a que alguien lo diga en televisión para que la gente se dé cuenta de lo que verdaderamente es… No sé, en serio, quizás solo decirlo, por no llevarlo dentro y que nos acabe volviendo locos del todo.
Ya no sintió nada más. Solo era un eco, un murmullo lejano. No pudo con tanto dolor.
-…
-Sí.
-…
-Sí, tienes razón.
- ..
- Y, ¿por qué quieres que lo haga? – Se atrevió a murmurar en un breve instante de lucidez.
-Tú le conocías bien. El chaval estaba todo el día hablando de ti, te tenía cariño.
-Era un gran muchacho… Joder, la vida es una mierda.
-Ya.. El entierro será deprimente, solo habrá muchachos de veinte años.
-No sé, no creo que pueda ir.
-… ah.
-Hay más gente por la que preocuparse. – No sabía mentir y se le notó. Pero su amigo lo quería, lo apreciaba y no continuó hurgando en la herida.
-Bueno, en realidad, da igual. Déjalo, suficiente hacemos ya con todos los que llegan aquí.
-No hacemos un carajo, y lo sabes. – En ese momento ya le caían dos gruesos lagrimones. – No te preocupes, yo me encargo. Discúlpame ahora un momento.
Se escondió dentro del cuarto de baño del humilde restaurante, avergonzado como un chico de quince años, llorando, sentado sobre la taza.
Tras diez minutos hipando y sorbiéndose los mocos llamaron a la puerta. Se quedó callado, asustado, paralizado de miedo porque alguien lo viera llorando, precisamente a él; como si los hombres maduros con una hermosa y poblada barba no tuvieran en perfecto estado de salud las glándulas lacrimales.
Volvieron a llamar desde el otro lado. Era ridículo, pero se sentía culpable, ocultaba su pena del mismo modo que un delito… Por suerte el baño era modesto pero preparado para acoger cómodamente a muchos usuarios, y la persona que había llamado, ya tres veces, entró en otro compartimento.
Pareció que el pequeño susto le sirvió para despejarse. Miró la puerta, llena de pintadas obscenas y estúpidas en su totalidad; pero no vio nada. Solo había un enorme borrón informe y desdibujado ante sus ojos. Una acuarela demasiado aguada. Y era cierto, tenía los ojos repletos de lágrimas, buceando en un mar salado.
Con un pedazo de papel higiénico se limpió la nariz y se secó lo párpados. La labor no fue nada fácil, sus ojos no terminaban de entender por qué razón debían de dejar de suministrar lágrimas, solo porque les hubiesen acercado un pedazo de papel áspero y grisáceo. Repitió la operación cuatro o cinco veces más y el resultado fue aceptable. Sentía los ojos hinchados pero ya podía ver con claridad la amplia galería de esvásticas y hoces y martillos que se tachaban y superponía hasta formar una mancha indefinible; también estaban ahí los chistes estúpidos, los dibujos de enormes falos con el halo de trauma en sus ejecutantes, las propuestas de relaciones homosexuales, heterosexuales y pansexuales. Era todo tan ridículo, él, ahí sentado, llorando por un muchacho muerto que apenas conoció unos meses, mirando pornografía y política de retrete de bar. Era tal el sinsentido de la situación en sí que no tuvo más remedio que echarse a reír a carcajadas.
El hombre que antes llamó a la puerta estaba asombrado. Quien podía ser el tarado, pensaba, que estaba ahí encerrado primero llorando como una magdalena, y después riendo como un loco. Había que estar muy mal de la cabeza.
Cuando finalmente salió del aseo el comedor ya estaba vacío. Ninguno de sus compañeros de trabajo le había esperado, era normal, miró al reloj y se dio cuenta de que había estado encerrado dentro del cuarto de baño más de tres cuartos de hora.
El comedor ya estaba recogido, el suelo barrido y fregado, las sillas ordenadas, los manteles cambiados y limpios. Era curioso pero, ya estuviera abarrotado de gente y lleno de suciedad, o vacío y recién limpiado, el comedor daba la misma sensación de desamparo, de humildad, de sencillez demasiado cercana a la pobreza. Del comedor saló al bar. Ahora estaba lleno de hombres que jugaban a las cartas, bebían cafés y licores recios, y fumaban puros de mal olor. Salió disimuladamente, sin pagar su cuenta, prefirió que le señalasen como ladrón a asumir en público que había estado casi una hora llorando en el lavabo. De cualquier forma el mal sería mínimo, sino había pagado la comida cualquiera de sus compañeros, ya la pagaría él mismo al día siguiente aduciendo un descuido increíble como excusa.
Entró a hurtadillas en su propio despacho. Afortunadamente esa tarde no tenía ningún paciente al que ver, había previsto poner en orden historiales y papeles. Hubiese sido vergonzoso entrar ante la mirada indignada de unos pacientes que llevaban tanto tiempo esperando.
Ordenó con bastante poca atención cierto número de expedientes. Eran datos aburridos, prácticamente estadísticas de edades, dolencias, clase social, que solo valían para llevar algo de control en todo el trabajo desarrollado. Después de casi dos horas se dio cuenta de que lo había estado haciendo todo exactamente al revés y debía de empezar nuevamente desde el principio. Pero a esas alturas ya no tenía la cabeza para tratar de concentrarse de nuevo. Decididamente no iba a sacar nada de trabajo adelante en lo que quedaba de tarde. Podría irse a su casa, pensó, dar cualquier excusa y pasar lo que restaba de tarde sentado en su sofá bebiendo café. Lo desechó, sabía que su mujer le haría demasiadas preguntas. Y, ¿qué iba a responder? Mejor no, mejor hacer de una vez lo que tanto estaba postergando.
Con más resignación que decisión apartó todos los papeles que tapaban la mesa del escritorio y sacó unos folios en blanco y su pluma. La que guardaba para escribir cosa importantes desde que se la regalaron al acabar la carrera en la universidad. Aún no había habido ninguna ocasión especialmente importante, y esta vez estaba convencido, pese al gran dolor y pese a esa pena infinita que sentía, que tampoco sería una excepción. Pero de cualquier manera debía de hacerlo.
Las palabras brotaron con facilidad, mansas entre sus dedos a pesar de todo, al cabo de cuarenta minutos ya había conseguido llenar dos hojas de una caligrafía ordenada y limpia. Era normal, era lógico, hablaba de un paciente, de un muchacho amable, de un amigo al final, al que estuvo intentando ayudar durante más de un año, y al que iban a enterrar en pocos días. A grandes rasgos escribió la historia de Rubén:
Él era un muchacho normal. Es decir, era normal antes de que lo conociera, antes del día que inició el camino que le llevó a la clínica. En ese momento era poco más que una sombra, una reminiscencia borrosa de algo que fue en otro momento. Si bien era verdad que en su día fue un chico normal, como la mayoría de los de su edad en su barrio. Su familia era igualmente normal, un padre, una madre y un par de hermanos, con quienes compartía una casa modesta. Su padre murió, por consiguiente era huérfano, pero no se podía achacar a eso lo que le pasaba porque los primeros problemas los tuvo años antes.
Tampoco se podía decir que dichos problemas fueran la causa de la muerte del progenitor. El origen fue una enfermedad hereditaria, francamente mal diagnosticada.
Pero exceptuando este drama familiar, no había nada más que destacar. El padre trabajó hasta casi el final de su enfermedad en un trabajo normal, nada importante, pero con un sueldo para poder mantener sobradamente a todas las personas que estaban a su cargo. Poco más, un padre trabajador y, en la mayoría de los casos algo distante con su hijo. De cualquier manera un buen hombre al que no se lo podía reprochar nada; al menos nada después de muerto.
La madre era la típica ama de casa que se encargaba de la economía familiar y de la educación primera de los hijos. Tampoco había nada que reprocharla; solo que Rubén nació el último de sus hijos y, lógicamente tenía más apego emocional por los mayores. Pero aún así habló con ella en dos ocasiones y le pareció que por su parte nada pudo faltar. Preocupada pero sin dramatismos. Haría todo lo posible, pero no derramaría lágrimas antes de tiempo.
De los hermanos no sabía exactamente qué decir. Tenían una relación estrecha y ciertos antecedentes, pero de ahí a decir que el origen estaba en ellos era buscar culpables donde no los había.
Resumiendo: no se podía decir que el núcleo familiar fuera el origen de los problemas de Rubén. Los orígenes se debían de buscar en otra parte.
No hacía falta ser demasiado perspicaz para ver que el problema habría de surgir nada más cruzar la puerta de la casa y salir a la calle. No era que la calle, o las calles en general fueran un peligro de por sí. El peligro surgió durante los años de la niñez de Rubén. Eran los tiempos de otra “gran recesión”, la crisis económica, el cierre de empresas.
Tan solo unas décadas antes el barrio de Rubén, todos los barrios periféricos en realidad, se habían construido a una velocidad vertiginosa para poder acoger a la gente que venía a trabajar a las nuevas empresas. No a buscar trabajo, como ocurría ahora; sino a trabajar directamente. En esos años los chavales jóvenes no tenían casi tiempo de terminar sus estudios. Daba igual que fueran más o menos torpes, entre los dieciséis y los dieciocho, chicas y chicos, todos empezaban a trabajar. A esta generación pertenecían los hermanos de Rubén. Ellos con tan solo veintipocos años ya se habían emancipado e hipotecado en su propia casa.
Luego vinieron las vacas flacas, para todos. Muchos bancos se quedaron con las viviendas que los jóvenes no podían pagar porque se habían quedado sin trabajo, porque sus fábricas habían cerrado, porque la economía iba mal, porque la gente ya no se compraba los productos, porque la gente se quedaba sin trabajo. Así, sin más, una generación entera fue frustrada, una generación alegre y válida fue tirada a la basura, obligada a trabajar en empleos indignos con sueldos que no se merecían tal nombre. Los hermanos de Rubén se vieron obligados a volver nuevamente a la casa de sus padres.
Entre tanto Rubén había crecido. Ya estaba en edad de trabajar, pero no había trabajo para él, ni para nadie. Esta nueva generación se vio obligada a seguir estudiando, daba lo mismo el qué y donde. Pero tenía que estudiar algo para no verse descolgada del sistema de la sociedad. Debían de ser seres activos dentro del conjunto.
Rubén no era tonto, tampoco listo. Lo que quedaba claro era que carecía de brillantez. No destacaba en nada especial, tal vez solo en el dibujo; pero eso no era trabajo, eso era lo que le decían sus padres. Así que estudió, lo que fuera en concreto no tenía importancia porque tampoco le sirvió para nada. Llegó el momento, lógico, en el que se cansó de tanto estar asistiendo a clases para nada y lo abandonó todo para ponerse a trabajar. Donde fuese. Quería ganar algo de dinero de una vez, y así comprar la vida que le vendían los anuncios de la televisión. Seguramente ese era parte del problema, el muchacho quería, deseaba algo que no iba a poder tener jamas.
Tardó algún tiempo en desengañarse. Aguantó un par de años en darse cuenta de que se estaban riendo de él. Así lo expresaba al menos cuando alguien se detenía a escucharlo. Y era verdad, no fue tratado con dignidad alguna. Pero no es ninguna excusa; ni él ni muchos fueron tratados correctamente, ni lo serán tratados nunca. Durante dos años trabajó en diecinueve empresas diferentes; sin contar con chapuzas puntuales. Sin nada en el banco. De ahí, de ese preciso segundo de tiempo en el que se dio cuenta de que con ese modo de vida no iba a llegar a ningún sitio, a meterse de cabeza en el “mal camino”, había solo un paso. No todo el mundo lo da. Casi todas las personas sientan vértigo en ese pequeño paso, lo malo es darse cuenta tarde, o no darse cuenta nunca.
Luego, después, la misma historia de siempre. Conocida en casi todos los detalles como esos chistes que se cuentan sobre un mismo personaje, no se sabía que podía pasar, pero era fácilmente imaginable. Se empieza como un juego, como un divertimento esporádico que se controla totalmente. Un juguete salvador que te muestra la vida como querrías que fuera; y no cómo la vives cuando te levantas un día por la mañana y no tienes nada que hacer; ni tan siquiera salir de la cama. El juguete, ya sea en forma de hachís, de pastillas, de heroína, de cocaína, de ácidos, se acababa volviendo como lo único deseable en los días de una semana sin final.
Poco se puede saber más que esto, de lo que el propio Rubén contó al ingresar en la clínica. Todo era humo. La memoria, tan traicionera normalmente, era ahora una suposición mera de realidad y alucinaciones inducidas. Las líneas anteriores, breves hasta lo más mínimo, fueron lo poco que pudo sacar en claro de meses y meses. Aunque en ocasiones, pasajeras y anémicas como el sol de enero, se encontraban relatos que eran verdad y vivencias autenticas.
Como el de cuando lo dejó aquella chica, de la que el pobre no recordaba ni el nombre, solo sabía que era rubia. Era la amiga de algún amigo, y la había conocido en el autobús que llevaba desde su barrio hasta el centro de la ciudad. Por alguna razón siempre coincidían en la hora de vuelta y fueron tramando relación. Recordaba haber pasado tardes enteras sentado en bares, hablando y riendo. Recordaba también alguna noche, demasiado fantástica para ser verdadera. Pero en lo que más se detenía siempre era en lo a gusto y comprendido que se sentía con ella. Admitió que por esa época sí que tomaba algo, pero poca cosa, y que no le afectaba para hacer vida normal. De cualquier manera no parecía que esa fuera la razón del abandono. No era que se le pudiera creer demasiado, pero había que darle un voto de confianza. Aunque eso no era en realidad importante, lo grave fue la repercusión que tuvo sobre Rubén el propio abandono. No debió de ser una relación muy estable ni muy significativa para ninguno de los dos, no estuvieron más que unos meses juntos; pero Rubén lo magnifico. Quizás porque su fortaleza mental empezaba a desmoronarse, quizás porque había visto demasiado la televisión, con toda su gama de surrealismo emocional; pero el caso fue que en medio de un sufrimiento insoportable para él, se evadió dentro de cualquier sustancia que cayó en sus manos durante cuatro días. El resultado: intoxicación e ingreso por urgencias en estado semicomatoso. Dos semanas de hospitalización, de las cuales la primera casi entera estuvo sedado. Con ello alarmó a toda la familia. Pero todo quedó en un susto. Rubén lloró y juró que no volvería a tomar nada de “todo eso”, como él decía sin concretar nunca.
Pero de “todo eso”, al final quedó en nada. Tres meses después de salir del hospital volvió a consumir algo, la sustancia no estaba muy clara, pues tomaba en cada ocasión lo que podía pagarse. Todo esto solo se conocía por su historial, había que insistir en que durante mucho tiempo su concepción de la realidad y el tiempo estaba desquiciada. Durante un tiempo parecía que hilvanaba todos sus recuerdos lúcidos de esa larga temporada, pues el tema siempre recaía por algún motivo en la chica rubia, e irremediablemente tenía que ser escuchado mientras contaba una retahíla de historias ya narradas. Pero había que escucharlo con paciencia, y siempre sin síntomas de aburrimiento porque sino se entristecía mucho, y era la única manera en la que se podía avanzar un poco en su caso; nunca se sabía cual sería el día en que habría suerte, un velo caería y diría algo nuevo. En su historial estaban todas estas historias más cercanas a la realidad y a un recuerdo claro, remarcadas especialmente para que se entendiera su importancia dentro del caso y la historia; tan parecida a otras sin dejar de ser suya propia.
Se podrían explicar muchas de aquellas historias en las que se dilataba horas y horas, mientras sudaba por apartar lo irreal de lo real pero, por escoger una que a pesar de ser típica no dejaba de ser significativa. Cuando menos tuvo muchísima importancia para él. Por una vez tuvo suerte, es decir, consideró él mismo que la suerte lo miró de frente al menos en esa ocasión. Fue durante una época muy neblinosa, un año antes de que entrara en la clínica. Su consumo de sustancias a parte de ser habitual, era ya muy alto. No sabía explicar exactamente cómo, ni tampoco se pudo contrastar la información con nadie, pero al parecer fue contratado por alguien para trabajar en una frutería. No le ofrecieron ningún trabajo temporal, ninguna sustitución, ninguna chapuza. Era un trabajo de verdad, de los de toda la vida; de los que se puede decir yo soy tal, o yo soy frutero, como era el caso. Ahora y siempre. No cobraba mucho, pero en cambio sí trabajaba muchas horas y solo descansaba el domingo. Eso le vino bien, por un tiempo lo mantuvo alejado de las drogas. Tuvo la sensación, incluso, de que podía prescindir de cualquier tipo de sustancia que le disfrazara la realidad. Su vida diaria, su realidad, había dejado de ser insufrible como no lo era desde hacía años. Claro está, todo eso dentro de su nube. Como continuaba consumiendo habitualmente su comportamiento no era muy normal con los clientes que atendía y no tardaron en aparecer las quejas y las críticas. Pero como si el destino le quisiera haber dado una oportunidad de verdad, esas quejas no tuvieron como efecto ninguna represalia por parte de su jefe. Aunque sí lo tuvieron par su ánimo, condenado a descender en picado. El resultado fue que a las cuatro semanas estaba nuevamente en la calle. Fue despedido mientras estaba con un “colocón” muy fuerte, por lo que no se enteró mucho de lo que le decía.
De ese día en adelante todo se fue oscureciendo. Por eso era importante esta historia breve y nimia. Solo en uno de los pocos momentos de lucidez aceptó la ayuda de su familia y fue ingresado en un estado de salud francamente malo. En realidad murió a los ocho meses exactos de entrar. Su cuerpo estaba consumido para poder aguantar más; y su cerebro era una especie de masa errática, una brújula sin norte.
Fue a partir de ahí cuando Miguel conoció por si mismo todo lo que pasó en esos pocos meses. A parte de su deplorable estado físico, necesitaba ayuda para su cabeza. Ya no solo los típicos mecanismos que se utilizaban para tratar de “desenganchar” a un paciente. Rubén necesitaba solucionar sus problemas mentales y emocionales, que estaban agravados por años de consumo desenfrenado. Miguel creía que si lo ayudaba con eso, lo demás vendría rodado. Sí tenía tiempo para ello, que por desgracia no lo tuvo.
Esto era solo una impresión suya, pero creía firmemente en ella. Cada vez que Miguel hablaba con Rubén, tenía más claro que si lograba apaciguar la tormenta de su alma, su cuerpo no tendría ninguna necesidad ni ninguna ansiedad por evadirse a un paraíso químico. Vio claramente que había sido obligado, paso a paso, a refugiarse en las drogas por su propia vida. Por otra parte eso era lo normal, pero ese era su único vínculo necesario, no le eran apetecibles en ningún otro aspecto como le pasaba a gran parte de las personas que tenía su mismo problema.
Miguel recordaba con especial cariño los mese centrales en los que lo trató. Tampoco habría podía encariñarse mucho con él en otro momento; pues cuando estaba recién ingresado era casi imposible que articulase más de tres palabras para responder a una pregunta. Y en las últimas semanas poco más pudo hacer que acompañarle en un destino que se adivinaba claramente, pero que fue una sorpresa para todos el modo en que lo alcanzó.
Esos buenos momentos coincidieron con el verano; el final de julio, agosto, y todo el mes de septiembre. Ese año Miguel había cogido las vacaciones en enero para coincidir con su mujer, y el pequeño número de pacientes con los que estuvo trabajando crearon un vínculo muy cercano con él.
Fue un verano bastante ideal. El calor era tan tremendo que en la terapia se compaginaban sesiones en la consulta con paseos a última hora de la tarde por un parque cercano. Incluso Miguel llegó a acceder a las súplicas de pasar alguna mañana en la piscina.
Rubén fue cogiendo confianza, y en realidad las sesiones no le servían para nada, pero el simple hecho de que una persona mantuviera su atención en él durante más de una hora era increíble. Que simplemente alguien se preocupase por él le producía una alegría inmensa.
Una de esas tardes en que salieron a pasear Miguel recordaba que le dijo que cuando aún estudiaba tenía mucha afición a dibujar. Le gustaban mucho los cómics. Se le iluminaron los ojos cuando habló de cuanto les gustaban sus dibujos a sus compañeros de clase. Miguel Pensó que podía ser útil como terapia y le propuso que volviera a dibujar. Rubén lo miró sorprendido.
Miguel se percató de que el muchacho no era capaz de esperar que ahora le pudiese importar a otra persona algo que él hiciera con sus manos. Le comentó que algunos amigos suyos editaban una pequeña revista de barrio, y que podía pedirles que mirasen sus dibujos para ver si los podían publicar. De repente, el brillo de su mirada desapareció cubierto por una ligera sombra de amargura, una realidad contundente como un pedazo de roca. Rubén dejó de mirarlo a los ojos y se quedó fijándose en sus manos, apoyadas sobre sus rodillas. Le temblaban tanto como a un anciano, era imposible que pudiese sujetar un lápiz.
Miguel se desmoralizó profundamente al ver como degeneraba tan rápidamente su cuerpo. Era algo que no podía permitirse, pero tampoco podía ponerle ningún remedio. Cambió de tema ágilmente, pero Rubén se dio cuenta de la treta infantil y ya casi no habló durante lo que restaba de tarde.
Aun así, unos días después, al acabar una sesión aburrida y sofocante por el calor en la consulta, le regaló una bolsa con un cuaderno y unos lápices de colores. Le dijo que quería tener dibujos de todas las personas a las que trataba. El no recordaba haberle dicho nada acerca de su anterior afición por el dibujo y lo miró reverencialmente, casi como a un mago a como a un adivino. Era como un niño pequeño, tan fácil de sorprender. Un par de días después le devolvió el cuaderno totalmente lleno de dibujo. Mostraban de una forma demasiado explícita lo que ese muchacho era, y de que forma había llegado hasta allí. Los trazos eran cortos y muy marcados; le había costado mucho controlar el temblor de sus manos, pero aún así había conseguido con buena técnica que el resultado fuese más que aceptable. Tenía un estilo muy realista hasta donde alcanzaba, muy despojado de todo, que daba a las imágenes una desesperanza sin fondo independientemente del tema que representaran. Escogió uno en concreto que mostraba a un perro buscando comida en unos montones de basura y lo sujetó en la pared con unas chinchetas ante su mirada perpleja.
Fue lo único positivo que Miguel pudo lograr. Luego Rubén decayó; o más bien, se precipitó. Sabía perfectamente que pese a que estaba prohibido tomar estupefacientes mientras se estaba en tratamiento Miguel hacía la vista gorda con quienes parecían más estables, también con los más desesperados. Siempre poniéndolo en conocimiento de la dirección, allí querían ayudarlo, daba igual cómo. Por supuesto Rubén continuó consumiendo, pero su cuerpo ya no tenía capacidad de aguante. Uno de los últimos días que lo vio antes de desaparecer, no recordaba si fue exactamente el último o no, estaba echado en la cama de un hospital. En una de sus últimas escapadas para colocarse se había quedado con un estado pésimo. No entraba dentro de sus obligaciones el atender a nadie fuera de la clínica, pero él era una excepción. Entró en la habitación, la persiana estaba levantada, dejaba ver un jardín pequeño y bien cuidado; fuera hacía mucho frío, pero dentro imperaba el calor agobiante de todos los hospitales. Este calor sumado al olor hacían que Rubén estuviese bastante amodorrado, sobrepasado también por lo débil que estaba.
Tenía la mirada fija en la pared opuesta a la ventana, justo donde estaba Miguel; pero no lo veía. Solo cuando le habló debió de reconocer a la sombra que tenía delante como a una persona. Le devolvió el saludo con un gesto pequeño y cansado, exhausto; pero Miguel ya no le dijo nada más. Solo podía mirar su cabeza. La luz de la calle le daba directamente encima y mostraba en una estampa cruda que había perdido prácticamente todo el pelo. La vez anterior que lo vio aún conservaba bastante, ahora, en cambio, solo unas finas hebras estaban revueltas en torno a su cráneo. Miguel no supo de qué hablaron. Le constó un poco animarse en la conversación, pero al final charlaron de una forma casi amigable. Pero se le notaba demasiado reservado; se daba cuenta de que estaba mal; sabía que estaba muriéndose.
Al pensarlo, Miguel lo encontró lógico. Debía de haberse dado cuenta, aunque no pudiese podido hacer nada más, pero su actitud hubiera sido más respetuosa. Ya lo conocía lo bastante como para saber que mentalmente no podía aceptar el estado en el que estaba, en el que clara y definitivamente se encontraba.
Era solo cuestión de tiempo para él. El punto final de la historia.
Un par de días después Miguel se enteró de que se había escapado del hospital en cuanto se vio lo suficientemente fuerte para ponerse de pie. Le contaron que compró algo cerca de las chabolas del polígono, cerca de su casa, que casi allí mismo lo encontraron. Eso fue todo. Miguel no pudo ir a su entierro, no pudo. Unos días más tarde un hermano le dijo que ya tampoco le iba a importar mucho. Eso era algo entre los vivos exclusivamente, y sabía que Miguel había cumplido en vida con su hermano pequeño.
El entierro fue un día festivo, ese día la clínica esta cerrada, solo quedaba algo de personal de guardia. Oficialmente no podía tener ninguna excusa de tipo profesional para no acercarse al cementerio. Pero también era cierto que esos días los acostumbraba a aprovecharlos para hacer alguna visita a pacientes antiguos. Ninguna de esas visitas era inevitable. Con una simple llamada y una pequeña charla telefónica de unos minutos podía cumplir someramente con los objetivos previstos para esa cita y rematar el asunto.
Pero ese día no se sentía con ánimos suficientes para afrontar nada. Ya no el entierro, sino nada en absoluto.
Hizo una pequeña trampa. Anuló la cita que tenía acordada para esa mañana en un barrio cercano, y concertó otra sorpresivamente en un pueblo que estaba a unos cincuenta kilómetros. Si hubiese ido en coche no hubiera tardado más de dos horas, pero el frío empezaba a dar un aspecto peligroso a la carretera de la zona montañosa a la que se había impuesto ir como escapatoria. Como última medida evasiva fue en un tren de cercanías, lo que le aseguraba tener toda la mañana ocupada, dejándole el tiempo justo para regresar a su casa a la hora de la comida. Había vendido entera una mañana importante por una visita sin casi importancia que duraría menos de media hora.
Cogió el tren con toda la antelación posible, con intención de hacer tiempo en alguna cafetería del pueblo. No compró el periódico en el quiosco de prensa de la estación porque llevaba consigo un libro médico que quería acabar de leer durante el viaje. Llevaba tiempo queriendo poder dar su opinión a un colega a cerca de unos estudios que había publicado, y en los que le interesaba mucho su experiencia; pero que sinceramente eran una disección aburrida sobre estadísticas de enfermedades en segmentos de la población. Con la férrea intención de mantener su cabeza ajena a lo que la realidad de esa mañana le mostraba, se concentró en el volumen y lo terminó poco antes de bajar en su parada.
Eran las once de la mañana y se encontraba relativamente bien y ocupado un día festivo en un pueblo silencioso y agradable. Nada más lo preocupaba que tomar un café caliente y leer, ahora sí, el periódico antes de visitar a su antiguo paciente. Quien se sorprendió mucho de su visita imprevista. Señal inequívoca de que no la necesitaba para nada. Si no, seguramente, ya durante su breve conversación telefónica le hubiese anticipado que no se sentía bien.
La cafetería de la pequeña estación de ferrocarril era muy bonita. De principios de siglo, pero conservando aún el regusto del siglo XIX en los grandes arcos de metal, las vigas de hierro colado decoradas y los ventanales altísimos que dejaban entran la luz fría de la calle. Pero estaba abarrotada de gente y de humo, y prefería entrar en alguno de los bares de la calle principal que llevaba hasta la plaza mayor, esperando encontrarlos más tranquilos.
Entró en el primero que encontró. Estaba prácticamente vacío; aún era demasiado temprano para una mañana festiva. En la cafetería de la estación se aglomeraban los que salían hacia la capital por ser fiesta, junto con los que se escapaban al pueblo por la misma razón. Pero en la propia población la vida siempre era tranquila. Pidió un café cortado y cogió un diario. Lo quería ir leyendo de principio a fin, con parsimonia, apoyado en la barra. Era una situación agradable. Le recordaba bastante a su juventud, en su época de estudiante, con tardes y mañanas enteras pasadas en cafeterías vacías y frías en invierno, con la compañía única de un café con leche. En algunas ocasiones también con un montón de apuntes, en otras con alguien a quien abrazar. Pero siempre disfrutando del instante, sintiendo que la vida era precisamente eso. La felicidad de estar en un sitio agradable, cuando afuera hacer frío y se tiene una taza humeante entre las manos. La sensación era tan agradable que le hacía sentir feliz, automáticamente, cada vez que entraba en una cafetería un día de invierno. En el momento del primer sorbo, con el periódico abierto delante, tenía una sonrisa de oreja a oreja. Nadie era más feliz que quien ignora lo que tiene alrededor.
Al pasar una página apareció la catástrofe. El aire calmado y tibio de esa mañana no podía contenerla ni un solo momento más. Ahí estaba el titular: Joven drogodependiente muerto por heroína adulterada. Si su mente, su ánimo, su alma, en ese momento se hubiesen transformado en una copa de cristal por algún prodigio inexplicable, esta se hubiese roto en mil esquirlas diminutas después de sentir el afilado sonido impreso de la tinta del titular. La muerte de Rubén la consideró desde el principio como un tropezón inevitable en una caída sin freno que había empezado mucho antes. Cómo algo que él mismo estaba buscando, lo supiese de forma consciente o lo ignorase. Pero eso lo cambiaba todo; eso lo transformaba en un asesinato. Podía haberse salvado después de todo para que al final, hacía un par de días se cruzase una mierda adultera, un veneno cretino, con la sangre débil que ya no corría por sus venas. Miguel había asumido, sin atreverse o preocuparse seriamente en saber, que podía haberse producido la muerte por una dosis elevada; o por una dosis pequeña que hizo trizas a un cuerpo del estado del suyo. No se le cruzó por la cabeza que hubiese podido ocurrir algo tan deleznable, en el mundo deleznable de la droga. La adulteración no le pillaba por sorpresa, era cierto que era una práctica habitual para obtener más beneficio de una cantidad inicial de droga, pero no había maldad en ello, solo hambre. Se usaba cualquier sustancia inocua o casi inocua. Podía producirse alguna reacción adversa, pero no pasaba del susto. Pero esto había sido un asesinato, con todas las letras; alguien había querido vender algo que sabía que llevaba la misma muerte dentro.
Miguel salió de la cafetería sin saber si había pagado o no su cuenta. Dejó el periódico tal y con estaba cuando leyó el titular, sin procurar doblarlo o recoger sus hojas dispersas. No terminó de leer la noticia, con lo que ya había leído tenía más que de sobra. Salió a la calle tambaleándose ostensiblemente, pero como aún no había mucha gente nadie se fijó en el con una mirada reprobatoria, ni mucho menos se acercó para prestarle ayuda. Caminó dos pasos. Exactamente dos únicos pasito de geisa, nada más. Luego sus piernas le fallaron. Fue todo muy rápido, supuso, pero sintió la caída como adormecida, implacable, pero suave como en un sueño. Primero las piernas se llenaron de un hormigueo molesto, desde las pantorrillas, subiendo por la cara interior de los muslos acabando en la ingle y en los glúteos. Después de un largo tiempo para él, el estómago comenzó a solidificarse, parecía que en lugar de un par de sorbos de café con leche hubiera tomado cemento rápido. Progresivamente su estómago vacío se endureció en una arcada interna que nunca escapó de allí. Entumecido por contagio o trasladado por la sangre quizás, el resto del cuerpo se fue disolviendo hasta que llegó a la cabeza. Justo en ese momento ingrávido, cayó grávidamente sobre el suelo adoquinado. No tuvo tiempo, ni tampoco voluntad de anteponer las manos para suavizar la caída, tan alejado de si se sentía. Cuando recuperó en parte la consciencia tenía la cara pegada aun adoquín gris, oscuro y brillante de frío y lluvia pasada. Sentía un gusto ligerísimo a sangre en la boca, pero no le dolía nada especialmente. Tampoco tenía miedo a haberse roto algún hueso, no tenía miedo a nada, no tenía nada; solo una ingenuidad ingenua de estar tumbado en medio de la calle. No estuvo así mucho tiempo pues nadie vino en su auxilio. Como pudo, aun en un estado de indiferencia infantil se arrastró hasta la enorme base de piedra de uno de los soportales de la calle, y se sentó con la cabeza entre las rodillas.
Obviamente su visita semiprofesional debía de ser pospuesta por causas mayores. Ya no por una indisposición física, sino por que no sabía cómo sentirse al descubrir el asesinato del pobre Rubén. En el tiempo que esperó, al tren para regresar a la ciudad, llamó disculpándose de tener que anula la visita precipitada tan precipitadamente. No escuchó la respuesta de indiferencia y simplemente colgó el teléfono sin más. Después se sentó en la sala de espera desierta de la estación. Bendijo el hecho de no haber ido en coche, pues estaba claro que no podría controlar el temblor de sus piernas durante unas horas. Aunque ya podía casi andar sin tambalearse y las manos le respondían con lenta torpeza.
Cogió el tren. El resto del día lo pasó dentro de la cama bajo las cuatro mantas más pesadas que encontró.
Lo malo de los días festivos es que, por norma general, suelen ir sucedidos de un día laborable. Y allí se encontraba Miguel, en la mañana del día siguiente al entierro y a lo que leyó en el fatídico titular, dudando si llamar a la clínica y hacerse pasar por enfermo para evitar encontrarse con los compañeros el día después de la inhumación. Estaba seguro, además, de que la noticia publicada aumentaría el número, por lo normal elevado, de comentarios a cerca de cualquier hecho luctuoso.
Al final pudo más su honradez y se levantó de la coma justo a tiempo para tomar una ducha y quitarse de encima todo lo que le había pasado en la víspera. Miró con ansiedad el desagüe de la ducha para comprobar si con el agua se iba también algún residuo de su cuerpo con forma de angustia. Pero no, las esperanzas fueron en vano, solo pasaba agua mezclada con sudor, piel muerta y jabón. Salió a la calle sintiendo la mirada de su mujer en la nuca. Comprendía que debía de estar molesta, o preocupada, o muerta de miedo por su comportamiento, pero no podía hablar con ella. Simplemente no podía.
Menos nervioso, pero sintiendo culpa por el trato que le daba a ella, llegó a la clínica y se cruzó a propósito con su amigo.
-Ya escribí aquello que me dijiste. Toma; léelo cuando puedas.
-Lo de Rubén
-Sí. Claro.
-¿Cómo estas?
-…bien?
-¿Quieres hablar de ello?
-No confundas los papeles; tú eres el medico, y o el sicólogo. Esa pregunta me pertenece.
-En serio, no quieres hablar del tema.
-Por favor, no te preocupes.
-¿Le has contado algo a tu mujer?
-¿De esto? No, por supuesto. Hace tiempo que dejé de contarle cosas del trabajo a ella; lo pasaba demasiado mal.
-Pues pienso que esto sí que tendrías que hablarlo con Elisa. No sé, no te veo bien.
-¿Por qué lo dices?
-Mira. Has escrito diez páginas y yo solo te dije que fuera una reseña para un periódico.
Era verdad. Bajó la mirada avergonzado, como un niño sorprendido copiando en un examen. Allí estaban las diez páginas escritas por una cara con letra clara y apretada de imprenta. Tinta azul sobre un folio blanco que intentaba ordenar el mundo como en un conjuro mágico, como en una ecuación compleja sobre el origen del universo.
-¿Pretendes escribir un libro?
-Esto es solo para mí, para entender lo que pasó. Para poder ayudar mejor si hay una segunda oportunidad.
-No fue un descuido tuyo. Fue por drogas adulteradas, lo sabes ¿no?
-Sí, lo leí ayer.
-Se te nota.
-Pero es lo mismo. Si hubiese podido tener en cuenta esa posibilidad, seguramente ahora estaría vivo.
-Sabes cómo era su estado. Por una causa o por otra no hubiese llegado a verano, tú lo sabes mejor que nadie.
-Sí, pero …
-¿Qué pretendías? Controlar todo lo que se mueve en la barriada, es imposible. Ni la policía puede; o quiere.
-En la barriada, o detrás del cementerio, o en diez lugares más.
-No, Rubén lo compró en la barriada, me lo contó Carmen, la de la cocina.
-¿Carmen?
-Sí, la morena de los ojos claros.
-Ah, y cómo lo sabía.
-Es vecina de la madre de Rubén. En ese barrio todos saben de todos. Me dijo que la contaron que… bueno, ya sabes; que le vieron hablando con unos habituales de la comisaria. Se entendía bastante bien lo que quería decir; ¿sabes?
-Claro.
La mañana de trabajo continuó con la engañosa sensación de cansancio que sigue a un día festivo. A decir verdad el ánimo general de todos los compañeros de la clínica no era demasiado bueno, aunque tampoco había tristeza en el ambiente.
Por lo poco que habló con la gente, no todos habían ido al funeral el día anterior. Muchos ya por falta de relación, o ya por desinterés por la muerte ajena, se habían quedado ese día atendiendo a sus propios pesares. Miguel creyó que era algo general y propio de los centros de trabajo donde se asiste de cerca a la muerte de las personas. Con el tiempo, se tarda poco en realidad, se toma la muerte de un paciente como un hecho más; consecuente e inevitable, dentro de la sucesión de días entre nómina y nómina. Y, era normal, era lo más comprensible; si una persona que asiste a cinco o a diez moribundos en un mes sufre una pequeña depresión o trauma por cada óbito, al cabo de un solo año estaría desquiciada por completo.
Si por la mañana había temido el efecto de la muerte de Rubén en sus compañeros era porque esa muerte concreta había sido especialmente significativa para él, solo para él.
Nadie le importunó en ninguna forma por ser quien había seguido más de cerca al último muchacho que había muerto de aquella clínica. Si se hubiese entretenido en mirar los registros, seguramente hubiese encontrado otros diez o doce casos idénticos a ese en el último trimestre.
Durante la hora del café leyó apresuradamente la prensa local para ver si detallaba algo más sobre el tema de la droga adulterada. Pero no había nada. La prensa ya había tenido su carnaza y no le interesaba nada más. Todo lo que no fuesen muertos, sangre o violencia no le importaba a los medios de comunicación. Aunque la droga fuese el origen, la fuente, un causante de muertos, los que decidían no hilaban tan fino. No era comparable el efecto de un funeral con el problema de todos los días, de todos los años. A la gente no le interesan los problemas de los otros, solo sienten interés por ver como sufren, la forma en la que viven sus desgracias.
Después de comer en el restaurante de siempre; después de aclarar el incidente del día en el que salió sin pagar, Miguel se excedió algo más de tiempo de lo habitual en tomarse un café en la barra. Al final logró quedarse él solo con el camarero al otro lado, mirando un programa en la televisión. Pagó todos los cafés de los compañeros (en una especie de castigo por la última espantada), y regresó a la clínica, pero en lugar de hacerlo por la puerta principal de entrada, dio la vuelta y entró por los almacenes, por la cocina, que era hacia donde pretendía ir. Había calculado que a esa hora ya hubiesen acabado con todos los trabajos que daba la hora de las comidas, y que pudiese hablar con Carmen tranquilamente, sin molestarla.
Entró por la puerta de atrás, la cocina ya estaba limpia, inmaculada, no olía a nada, solo levemente a limpiador; ni grasa, ni olor a desinfectante de clínica, ni a verduras ni caldos, ni a lejía. Era muy inusual estar dentro del edificio y no sentir la nariz embotada.
Todas las mujeres que trabajaban en la cocina estaban charlando animadamente en un corro, ya vestidas de calle. Miguel se quedó un instante parado en el umbral de la puerta, escuchando su cháchara intrascendente y divertida; plagada de carcajadas estruendosas, de esas que no se suelen oír cuando saben que hay un hombre cerca. Era una imagen idílica por su ingenuidad aparente.
El encanto se rompió en el momento en que una de ellas se dio cuenta de que él estaba de dentro de la cocina escuchándolas. Inmediatamente se callaron. No solo porque era un hombre, sino porque lo conocía como a uno de los doctores de la clínica. No podían tener por seguro cual era su especialidad, pero el hecho era que él pertenecía al otro lado. Al lado de los que siempre llevan la bata limpia y no huelen a sudor cuando llegan a sus casas; no como ellas que no sabían cómo quitarse el olor a grasa de la ropa y del cuerpo.
-Lo siento, no quería molestar. – Se disculpó torpemente. Se sentía como el profanador de un secreto femenino, sabía que ese no era su lugar.
Consiguió aclaran la pequeña intromisión y consiguió que Carmen aceptara tomar un café con él, para que le contara todo lo que supiera de la muerte de Rubén.
-Pero yo no sé nada, – se intentaba zafar –solo vivo en el mismo barrio que su familia.. Conozco a la madre de vista, nada más.
-Ya. Pero, de cualquier manera algo le contaste a un doctor.
-¿Se ha quejado de mi? Pero, yo no he hecho nada.
-No, tranquila, no me ha dicho nada malo de ti, solo que tú le habías dicho algo de donde había comprado la droga Rubén.
-Pero, que yo no sé nada, oiga. Que no he hecho nada, que en esos líos no ando metida. – Estaba algo asustada, pero tras un momento de respiro se recompuso. –Es por algo que le han contado esas envidiosas. No haga usted caso a ninguna, que solo saben decir mentiras de la gente. Pero como una vive en el barrio en el que vive, pues todas piensan que se tiene que andar metida en drogas. Pero no es verdad. Mire, mire que tengo los brazos limpios. Entérese bien y dígaselo a esas perras.
-Que no, que no es eso Carmen.
-Claro que no, doctor, que yo soy buena gente.
-Que no es eso. Que yo era el médico de Rubén. Solo quiero saber lo que le pasó, y creí que a lo mejor tú podías saber algo.
-Ah.
-Entiendes ahora. El doctor me contó que le habías dicho que le vendieron la droga en la barriada, ¿no?
-Sí, eso he oído. – Aún estabampoco convencida de lo que decía.
-Tú, ¿vives alií?
-Sí,… esto, no. Vivo al otro lado de la vía.
-Ese era el barrio de Rubén.
-Sí, pero creo que vivía más cerca de la vía del tren. Yo vivo al lado de la Avenida.
-Pero la barriada, ¿es lo mismo que todo lo del otro lado de la vía?
-No. Son dos barrios distintos, vamos, es el mismo pero cada uno a un lado distinto de la vía.
-Entonces sí que sabes quien le vendió la droga a Rubén.
-Saber, yo no sé nada. Allí hay mucha gente, y a todos les gusta hablar mucho de lo que no saben; como a esas envidiosas.
-Carmen. Esto es solo cosa mía. Yo no voy a ir hablando de esto con nadie. Por favor, dime lo que sepas; aunque sea poco. Necesito algo de ayuda.
-El barrio es pequeño, se sabe todo. Usted ya me entiende.
-De tú, por favor. – Le miraba todavía con algo de respeto. Debía de pensar que una pobre cocinera era menos que alguien como él.
-Tú me entiendes … Pues eso, que yo no he visto nada, pero que allí se acaba enterando la gente de todo.
Hizo un gesto ambiguo que podía dar a entender cualquier cosa. Desde que todos allí eran unas hermanitas de la caridad, hasta que lo más prudente era no dar un paseo por la noche.
-¿Y?
-A ver, la prima de una vecina mía vive en el mismo portal que la madre del chico ese que dices que murió. Así que yo lo sé todo de oídas. Conozco algo de la zona, paso para comprar en algunas tiendas, pero poco más. No me encuentro a gusto ni tranquila andando por allí. No es que mi calle sea mucho mejor, que el barrio entero es una ruina … porque, ¿tú, por donde vives? ¿Lo conoces?
-No, yo vivo cerca del río. No he tenido que ir muchas veces por allí.
-Yo siempre he vivido allí, me gusta, pero creo que solo es por eso. Aun me acuerdo de muy pequeña, cuando casi no había pisos. Solo había descampados y casa bajas. Cuando llovía mucho el barrio entero se inundaba. Era todo un charco enorme. Aunque por entonces no era barrio ni nada, ni tenía nombre. Eran cuatro calles sin asfaltar … Tiene que ser bonito donde tú vives ¿no? Cerca del río y eso, con jardines, todo tan limpio.
-Tampoco es para tanto. Cuando era pequeño también era como tú dices. Pero hace ya muchísimos años; yo soy más mayor que tú.
-Dime lo que quieras, pero te cambio mi barrio por el tuyo con los ojos cerrados.
-No sé que decirte…, pero, continua con lo de Rubén.
-¿Rubén? Ah, el muchacho que murió. ¿Sabes? Creo que mi hermana pequeña fue al colegio con él, no sé si hasta a la misma clase.
Miguel tuvo la impresión en ese momento de que le iba a ser muy difícil enterarse de cualquier cosa que Carmen no quisiera contarle. Y estaba claro que no le gustaban mucho los problemas con la droga que había en su barrio.
No era que le fuese a contar nada que no supiera ya toda la ciudad. Era recurrente y hasta cansino, abrir cualquier mañana el diario y encontrarse con varias columnas que relataban una nueva detención, un nuevo alijo incautado, y con menor frecuencia, protestas vecinales o pinchazos, más o menos graves, durante una discusión.
Dejó hablar durante unos cuantos minutos más a Carmen hasta que se cansó. No supo si de él o porque ya tenía la boca seca. Se lo agradeció muchas veces, pero intentó no darla a entender que lo que le había dicho le había sido muy útil.
En realidad no tuvo claro si le había ayudado en algo o no. No le dijo prácticamente nada que no supiera, pero pensó que si ella se iba pensando que le había descubierto algo importante no iba a estar tranquila durante mucho tiempo en su barrio. Una muerte por drogas nunca es un asunto en el que guste estar metido.
Con la referencia a lo relativamente útil de la conversación aun colgando de los labios, Miguel hizo un requiebro, y antes de despedirse le dijo que le preguntara a su hermana pequeña si era verdad que había conocido a Rubén durante el colegio. Quería que tuviese claro que lo que le importaba era Rubén, y no los camellos de su barrio.
También Miguel deseaba tener claro lo que quería. Cual era el motivo, un chico muerto es solo un chico muerto, nada más. No se puede hacer nada por él, nada en absoluto. Ni recordarlo con emoción, con cariño; ni vengar su muerte por una droga adulterada. Tal vez se podría hacer algo más. Llorar por él; pero no le servirá de nada, claro. No le devolverá la vida, ni la salud; pero para los que quedaron significará, por el hueco que dejó, que era necesario, que era importante. Llorar por un muerto eso solo lo puede hacer su madre, su esposa, su familia, algún familiar cercano. No su medico, por supuesto. Un médico qué puede hacer por un paciente perdido. Miguel no sabía responder, ni sabrá nunca nadie lo que se puede hacer. Tratar de conocer más, de saber más sobre la situación exacta, para que al próximo no le pase lo mismo. De acuerdo, eso era algo bueno, eso estaba bien. Pero, ¿y el muerto?
Miguel quería desde lo más íntimo quitarse esa idea obsesiva de la cabeza. Quizás por eso habló con Carmen, que no sabía nada, quizás por eso mismo decidió ir al día siguiente él mismo a ver el barrio en el que vivió Rubén. Quizás para que dejase de repetirse la misma pregunta: ¿por qué? ¿Por qué lo hizo?
Puede que ahí estuviese la razón de todo; en saber por qué lo hizo.
Salió del bar con Carmen. Ya era muy tarde, la noche se había cerrado del todo y hacía frío. Soplaba el viento del noroeste, como siempre en la ciudad. Carmen se fue calle abajo por una avenida larga y retorcida en la que escaseaban las farolas encendidas, como en toda esa parte de la ciudad. Miguel se dio la vuelta y bajó hasta el río, debajo del espolón. Quería dar un pequeño rodeo antes de llegar a su casa. Necesitaba aire frío para despejarse la cabeza.
Tuvo frío de sobra. No estaban ni tan siquiera los sempiternos patos nadando en la corriente de agua, rizada por el aire gélido. Esos patos que esquivaban al nadar trozos de hielo en lo más crudo del invierno. En cambio allí seguía él, caminando; con las orejas, la frente, las mejillas rojas ante el viento helado. Creyó que le estaba haciendo bien. Cuando llegó a casa Elisa no le notó nada raro, le dijo que se había retrasado hablando con una compañera sobre un paciente. Lo que, en cierto modo, era verdad. De hecho ella le comentó que tenía mejor cara que durante los últimos días. Lo malo fue que cogió un pequeño resfriado y pasó la noche con fiebre. Tuvo sueños muy inquietantes, recordaba que se despertó y se encontraba solo en la cama. Estiraba un brazo hacia el lado de ella de la cama y no encontraba su cuerpo cálido y suave. Esperó un rato con los ojos abiertos en la oscuridad, que es lo mismo que leer un libro en chino, esperando que volviera de la cocina o del baño. Pasó mucho tiempo y no regresó. No supo cuanto tiempo estuvo esperando, no miró el reloj. Después volvió a quedarse dormido.
Por la mañana le despertaron los primeros rayos de sol que se colaron por las rendijas de las cortinas. Allí estaba su mujer, dormida, hecha un ovillo. Al notar que se había despertado y la estaba mirando se despertó también, abrió sus ojos. Miguel se dio cuenta de que ya no tenía fiebre, solo una irritación ligera en la garganta.
-Hola, ¿qué hiciste tanto tiempo levantada esta noche? – La respuesta fue como una losa que cae; pero a la vez la esperaba. Pensó incluso en no preguntarla nada, pero no pudo evitarlo.
-Si no me he levantado.
Antes de cerrar la puerta de casa al salir gritó desde el descansillo:
-Hoy también llegaré un poco tarde, cuando salga tengo que pasar por la barriada.
Ella fue corriendo desde de la cocina, con un trapo húmedo en las manos.
-¿A la barriada? ¿Por qué? Ten cuidado, por favor. – Era un autentico encanto, lo quería de verdad.
-No te preocupes, tendré cuidado. Mucho cuidado. Sabes que soy muy miedoso.
-Es por Ru…
Pero él ya había cerrado la puerta y estaba bajando por las escaleras para no oír lo que le decía.
Hizo mucho frío esa tarde, casi era noche. En esa tierra de hecho siempre era invierno, o casi siempre. Aunque el calendario cambien de mes, siempre era invierno. Solo el verano da un respiro abrasador.
Desde la puesta de sol las calles se vaciaban del todo de gente. Soplaba un viento fuerte que arrastraba gotitas de agua muy menudas, prácticamente insignificantes, pero que al cabo de unos minutos empaparon todo el suelo. La luz de las farolas se reflejaba en el suelo con un brillo de alquitrán pulido.
Paseó sin encontrar nada, sin buscar nada. Total, ya se había imaginado antes lo que se iba a encontrar. Allá por su infancia, y por sus años de adolescencia había correteado por allí, había recorrido la ciudad entera de arriba abajo. Lo que vio en ese momento fue lo que había visto en su momento, las calles un poco más asfaltadas, más farolas, algunos edificios más altos y pocas cosas más. Hasta hacía poco más de cinco años ese barrio había sido los restos, lo perdido de una ciudad noble y altanera que no se preocupaba ni quería saber que a su alrededor, como un cinturón de mugre marginal, la rodeaban lugares tan pobres y desatendidos como ese.
Las calles eran todas iguales, una suerte de naves industriales reconvertidas en viviendas; edificios humildes que quizás por homogeneidad también parecían viejas fábricas. Muchos coches destartalados, farolas rotas, baches en el suelo nominalmente asfaltado. Eso era la barriada, el barrio marginal, el punto de distribución de drogas y demás objetos ilegales de la región. Casi ninguno de sus vecinos querría vivir allí, nadie desearía ver crecer a sus hijos en un lugar semejante. De cualquier forma esa era la parte “buena”; lo peor por descubrir estaba al otro lado de la vía del ferrocarril. Se cruzaba a través de un descampado por un paso a nivel con barreras, en el que todos los años eran atropelladas no menos de diez personas. La muerte solía tener fijación por ciertos lugares más que por otros.
Si recordaba bien, de niño, allí solo había unas huertas descuidadas y cuatro o seis casas de una sola planta. Con el tiempo los hortelanos debieron ir muriéndose o escapándose de allí y el terreno se llenó de chabolas construidas con los materiales de los vertederos cercanos. Chabolas de gitanos, claro. Pero no tan claro como la gente de la ciudad suponía con ignorancia aprendida. Allí caía, en su descenso a los infiernos privados, todo lo más bajo de la sociedad. Inmigrantes, marginados, pobres, desgraciados, tristes; y gitanos también. Pues hace años todas esas palabras eran casi sinónimas. Desde finales de los años ochenta, y sobre todo después de los noventa empezó y engordó el asunto de la droga. ¿Polarizada por los gitanos? Sí, pero en honor a una verdad dudosa no todos. Era verdad que estaban los Pisa, los Olmo; pero también estaban los Conde, que eran payos.
Hacía frío, cruzó la vía de nuevo y entró en un bar a tomar un café antes de volver a su casa. Elisa estaría empezando a estar preocupada.
La vida era siempre dura al margen. Al margen de los que trabajan en una fábrica todos los días, de lunes a viernes; al margen de todos los que van en coches negros al despacho, de los que pueden abrir el frigorífico cuando tienen hambre. Pero al margen nunca es así.
El padre de ellos, Ángel Conde, llegó a la ciudad en los años cincuenta. Salió de un pueblucho, una aldea perdida en las montañas de una provincia del norte en la que, como en el resto del país, había suerte si se podía comer todos los días. La diferencia era que allí hacía mucho más frío, realmente mucho más frío; los inviernos empezaban a mediados de octubre, y la nieve no terminaba de derretirse por completo hasta junio.
La vida, el día a día, era duro. Pero las descripciones sobraban, simplemente había que sobrevivir. Levantarse cada mañana con la obsesión de poder alcanzar la mañana siguiente. Como el hambre no se saciaba, ese vacío molesto en el estómago lo llenaban los sueños y las ilusiones. Los pequeños retazos de un mundo sin sufrimiento que traían las ondas de radio hasta el transistor que tenía el párroco. En torno al cual se reunían después de la misa todos los habitantes del pueblo; o todos los muchachos esas tardes eternas de invierno en que el sol se ocultaba casi al mediodía. Con el tiempo y con el ejemplo de los que ya antes habían iniciado el camino, se asentó en él la idea de que el futuro, si es que lo tenía, solo lo podía encontrar en la ciudad.
Una mañana de abril, con la nieve escurriendo gota a gota desde el tejado gracias a un sol tímido y suave, habló con el padre.
-Me voy a la capital.
-… bien.
-Cogeré el coche de línea esta tarde.
-Despídete de tu madre.
Llenó una maleta cuadrada de madera y cuero reseco con un par de mudas y una camisa blanca limpia y se montó en el autobús que llevaba a la capital. El viaje fue suave, se dejó caer, casi resbalando, desde lo alto de las montañas del norte, suavemente, hasta el fondo de un valle, hasta la orilla de un gran río. Donde la gente trabajaba y comía todos los días; donde el invierno no era tan largo, y con el calor las muchachas salían a pasear por la plaza principal con sus vestidos de colores recién planchados y oliendo a agua de colonia.
No fue fácil, aunque tampoco lo esperaba. No era ni fácil, ni agradable, ni cómodo, trabajar catorce horas siete días a la semana, entre máquinas grasientas y oscuras; respirando hollín en lugar del aire puro de las cumbres. Pero su ambición lo movía, le evitaba el sufrimiento del día a día; de quitarse las manchas negras de las manos con agua fría las noches de diciembre. Aguantaba todo eso y más, solo por el día que pudiese vestir de traje y corbata, y llevar debajo del brazo un portafolios de piel.
Pero los años pasaron y la grasa no se le iba de las manos, y no llegaba el traje y la camisa de lino planchada y almidonada. No llegaba, ni llegaría nunca. Pero tampoco lo lamentó mucho. La ilusión y las expectativas son cosa de los jóvenes; los hombres tienen suficiente con que no les falte el trabajo, para que puedan dar un techo a su mujer y a sus hijos; que no les falte de comer; y poco más. Y él logró eso cuando menos. Se casó con una costurera que había venido de otro pueblo, de otra geografía del país, más o menos con las mismas ilusiones. Después llegaron los hijos, dos, casi seguidos; ni un año tuvieron de diferencia. Amancio y Pedro, el mayor y el pequeño. En esos años fue cuando se cumplió al menos uno de sus sueños.
Con dos niños tan pequeños no podían seguir viviendo en el mismo piso de alquiler en el barrio de los ferroviarios; el barrio barato de los pobres. Tuvieron que buscar una casa más grande. Pero casi no tenía dinero ahorrado, y las casas más grandes que por esas fechas estaban construyendo junto al río eran demasiado caras. Allí entró la suerte, pues uno de sus compañeros en la fábrica era un anciano a punto de jubilarse, que solo deseaba cobrar su pensión y volver para pasar sus últimos años en su pueblo, que estaba al este, siguiendo el curso del propio río que pasaba por la ciudad.
-Mira, – le dijo un día de otoño durante el almuerzo, – cuando me vaya de esta asquerosa ciudad, la casa en la que vivo no la voy a querer para nada. No tengo hijos a quien dejársela. A ti te vendría bien, es grande, se la compré a un hortelano cuando llegué a la ciudad. Me costó todo el dinero que reuní al vender las tierras de mi familia.
-Pero está un poco lejos, al otro lado de la vía ¿no?
-Tonterías, mira todo lo que están construyendo ahora. En cinco o seis años es un barrio más de la ciudad… Piensa que bien criarías a tus dos retoños.
-Déjame que lo piense con la mujer.
La mujer no dijo nada importante; tampoco podía hacerlo en esa época casi oscura, casi medieval:
-Que sí, que lo que tú quieras, que son cosas de hombres, que tú sabrás.
A las dos semanas de jubilarse el compañero ya estaban viviendo los cuatro en la antigua casa hortelana. Ni la casa era tan grande como habían esperado, ni la ciudad quedaba tan cerca. Los dos muchachos y sus padres se amontonaban con mucha dificultad entre las dos pequeñas habitaciones y la cocina que hacía las veces de habitación principal. Pero al menos se consolaban con que la casa era enteramente suya, y con que no tenían que apiñarse matrimonio y prole en un mismo cuarto para dormir. En cuanto al asunto de la separación respecto de la ciudad, solo había que explicar que al otro lado de la vía ni llegaba el agua corriente, ni llegaba la corriente eléctrica. Se podía haber esperado que en el pequeño patio de la parte de atrás hubiese habido alguna especie de pozo o aljibe. Pero no, el hortelano que allí hizo su casa no tuvo en cuenta esa necesidad indispensable. Por lo tanto todos los días la madre, cántaro bajo el brazo, cruzaba la vía con la mayor prudencia que su razón la daba a tomar, y volvía cargada de agua de una fuente pública del barrio en el que antes vivían.
Los siguientes veinte años sufrió la vergüenza de mostrarse en tal humillante circunstancia ante sus antiguas vecinas, que de siempre habían disfrutado de agua corriente. Al paso de los dichos veinte años por fin la ansiada agua entubada por fin brotó en su grifo. Pero las murmuraciones a cerca de lo subdesarrollada que estaba su calidad de vida, rayana con la miseria, no acabaron nunca.
Llevaban ya varios años, tampoco muchos, disfrutando de la corriente eléctrica cuando se libraron del agua cargada en cántaros. Hasta entonces las velas y el queroseno fue su fuente de luz por las noches. Lo que sin ningún romanticismo tuvo sus habituales situaciones de peligro, pero sin que la cosa llegase a mayores males.
Lo que por un lado era un atraso para lo adelantado del siglo, por el otro fue un alivio en las labores familiares. Menos facturas había que pagar, pues las cosas no estaban como para tirar el dinero con dos mozalbetes en edad de crecer y de estudiar, y de comer buenos bocadillos, y comprar libros, lapiceros, cuadernos. Además la fortuna no acompañó demasiado desde la fecha de su salida a extramuros. La fábrica en la que trabajaba Ángel Conde perdió su antigua pujanza y prestigio; los encargos escasearon y cada mes sobraban más empleados. Al poco tiempo Ángel Conde también se vio despedido y con una edad pésima para intentar empezar con un nuevo oficio. Sin estudios y con solo la experiencia de peón, y de llevar a pastar animales siendo niño.
Tras mucho tiempo sin encontrar trabajo la madre se echó toda la carga sobre sus hombros y consiguió dinero limpiando los portales de otras casas, entre las que estaban las de sus antiguas vecinas. El padre se tuvo que encargar de cuidar, educar y atender a sus dos hijos. Ya en edad de ser díscolos, como de hecho eran. Erró en sus decisiones algunas veces, dando por perdida la batalla; y empezó a recoger cartones y chatarra de las calle. Primero las acumulaba hasta que lograba venderlas en el pequeño patio de la casa, y luego las fue amontonando en el descampado cercano.
Amancio y Pedro se criaron entre toda esa chatarra. Sus padres, los dos, ya tenían suficiente con arañar un poco de dinero a la ciudad, que crecía próspera e imparable, como para molestarse con ellos. Ángel Conde descartó definitivamente el sueño de los trajes de corte elegante y portafolios; el futuro ya no depararía nada de eso para él. Con los pocos dineros que se le quedaban en el bolsillo moviendo, comprando y vendiendo la chatarra, tenía ya de sobra para su paso por esta tierra. Además lograba el dinero necesario para que el banco se quedara con la casa y con el descampado lleno de basura. Si no hubiese sido así, qué hubiese sido de sus hijos, no hubiesen tenido donde vivir ni jugar.
Por la mujer no se preocupaba, era solo una persona que salía por la mañana y llegaba ya entrada la noche, después de entrar, limpiar y salir en decenas de escaleras de vecinos. Pero, y los niños, qué podría ser de ellos, demasiado díscolos los dos; siempre el pequeño, Pedro, al rebufo del mayor. No se dejaron controlar por un padre que dio por perdida la partida justo en el momento en el que le tocaba jugar sus cartas. La madre no jugó más que lo justo, era la única persona que se preocupó por que hubiese comida y ropa en la casa. No tuvo tiempo ni espacio para más.
Los veranos se dilataban hasta las primeras heladas para los dos hermanos; solo cuando venía el frío, que les recomendaba no estar todo el día al aire libre entre la basura, se les podía entonces meter dentro de la escuela. Aunque solo fuese el tiempo justo para que se les calentaran los pies y se les secara la ropa. Solo por suerte aprendieron a leer y a escribir malamente, y un poquito de matemáticas. Como para tantos otros, la calle fue su única escuela; o más bien el descampado y la chatarra.
Fue por necesidad y siempre a escondidas de su padre cuando empezaron a entrar en el negocio de comprar y vender, el negocio de ganar dinero, el negocio de no pasar hambre. Continuamente juntos, el pequeño embebido de todo lo que decía y hacía el mayor; vendían a escondidas las pocas cosas que merecieron ser vendidas para comprar algo de pan, embutido, ropa en invierno, gaseosas en verano, cigarrillos a los pocos meses de empezar en el negocio. Todo lo que llegaban a entender que necesitaban. Los años se iban amontonando como las capas de escombros, desperdicios y chatarra en el descampado junto a la casa. Los hermanos fueron creciendo, los padres envejeciendo, la casa deteriorándose; la vida más que pasar, se acumulaba.
Amancio y Pedro Conde ya eran lo bastante mayores como para no tener que dar ninguna explicación sobre si iban o venían a la escuela. Ya por entonces la ciudad había saltado tímidamente la vía del tren. Los primeros edificios de vecinos se fueron construyendo con prisa y materiales pobres. Ni los más perdidos barrios de la ciudad vieja eran lo suficientemente pobres como para que cupieran allí los más miserables de esa pequeña sociedad. Solo eran un par de manzanas que no daban ni para formar una calle. Pero como donde hay gente siempre hay dinero, por muy pobre que esta sea, se fueron acoplando como a escondidas y por sorpresa, pequeñas casa improvisadas, chabolas de tablones y chapa; desechados de las obras, de la gente que ni siquiera llegaba al escalón que la sociedad, hipócritamente, pretendía reconocer como el más bajo. Ignorando todo lo restante que no cupiera allí.
Los hermanos Conde ya llevaban varios años trabajando en lo que podían o en lo que aparecia, pero sobre todo siguieron con la chatarra. Su padre ya se había retirado a una distancia en la que, metido en sus asuntos cada vez más pequeños, hacía como si no se enteraba de que los que ganaban dinero en la casa eran sus mismos hijos. Padre y madre, solo vivían allí como complementos. Pero nunca dijo nada, porque nada tenía que decir; en realidad, qué le podía importar a él que sus dos vástagos hubieran encontrado su vida en los restos de los sueños de sus progenitores.
Aunque en realidad, no era del todo cierto. Una vez, una tan solo, habló; aunque no protestó. Solo comentó en un murmullo que no se explicaba de donde sacaban sus hijos tanto dinero entre la mierda, que se oxidaba lentamente fuera y dentro de la casa. No se lo dijo a sus hijos, eso sería haber roto con la rutina de años y años sin cruzarse ni una sola palabra. Se lo confesó a su mujer, una noche, acostados ya y con la luz apagada. Sintiendo el viejo y delgado cuerpo de su mujer al lado, medio dormida. La mujer no respondió, amargada, pero sabía la respuesta.
-¿Cómo llegas tan tarde? Ya estaba preocupada.
Elisa estaba hecha un ovillo, en el sofá, tapada con una vieja manta de lana. Tenía todo el pelo alborotado y los ojos dormidos, con los que casi no podía ver cuando Miguel encendió la luz de la habitación.
-Tenía mucho frío y me tomé un café. Creo que no me he dado cuenta de la hora que era hasta que no te he visto aquí.
-¿Has sacado algo en claro? – Ya se había incorporado y sonreía ampliamente, con tranquilidad al ver que su preocupación había sido en vano.
-No lo sé.
-Pero, algo habrás estado haciendo hasta ahora.
-Algo me han contado, pero ya no sé si es lo que quiero saber, o si tiene que ver con ello. No sé,… es tarde, vamos a la cama. Tengo mucho sueño.
Era mentira que tuviera sueño, solamente no quería seguir hablando con ella de ese tema. Además no le gustaba que se hubiese quedado despierta esperándolo en el sofá; era una mala señal. O se preocupaba demasiado por algo que no tenía mucha importancia, al menos evidente, o desconfiaba de él.
Tenía que intentar quitarse de la cabeza todo eso para que al menos nadie pensara cosas extrañas de él. Para empezar era casi seguro que la mujer con la que compartía la cama desde hacía muchos años ya dudaba algo de su comportamiento.
Al menos ahora, dormida profundamente a su lado, su cara no denotaba ninguna expresión de inquietud. Solo placidez por el sueño y tranquilidad por la ausencia recuperada. Mirado con distancia, la duda que veía en ella era una imagen del secreto que llevaba dentro y que sentía escrito en su frente; visible por todos, cuando con seguridad nadie veía nada más en él que algo de ensimismamiento. Respiró profundamente y se preparó para pasar la noche en vela. La cabeza le bullía de frases, de imágenes, de suposiciones formadas a lo largo de los últimos días.
Lo paradójico de tanta confusión, de tanto desasosiego, era que se producía por una sola frase. Por un poco información que ni era desconocida ni era poco previsible.
” … la droga se la vendieron los hermanos Conde. Le dijeron.” Solo con leer de vez en cuando la prensa local. Ocasionalmente, para entretener la mirada unos minutos nada más, cualquier otro podía haber llegado a la misma conclusión, sin tener que caminar una noche fría por el barrio más perdido de la ciudad.
Pero, ¿por qué? Esa pregunta siempre ha perdido a los hombres. Desde la prohibición de la manzana, hasta el último mono que se espante las moscas antes morir, dejando definitivamente en paz a este planeta.
¿Por qué no podemos comer los frutos de ese árbol? ¿Por qué no dejaran morir en paz al mono todas esas moscas? ¿Por qué ha permitido dios que mueran todos mis monitos sabios, quedándome aquí solo? ¿Por qué vendieron droga adulterada los hermanos Conde a Rubén?
Pero el hombre nunca aprende. Es mejor no preguntar por asuntos que no nos devolverán ninguna respuesta; ninguna agradable cuando menos. Mejor es dejar las cosas como están, la manzana prohibida en su rama, al último mono sin su dios y sin sus monitos, la droga sin su razón.
La noche se suavizó, se aclaró el cielo y llegó la mañana. Pero por mucho que naciera el nuevo día nada cambió. Como mucho se pueden tomar las cosas con más tranquilidad, con más perspectiva, después de una noche de descanso. Y cuando no llega el descanso, al menos hay una pequeña purificación, un pequeño aislamiento que, si en el peor de los casos no trae nada bueno, como poco es un cambio a la hora de mirar a los ojos a los problemas.
-Tienes muy mala cara. No has dormido nada, ¿verdad? – Estas palabras sencillas, dichas por una cara resplandeciente por un descanso reparador, eran casi un atentado contra quien ha padecido insomnio.
-Creo que he dormido un par de horas solo.
-Has estado toda la noche moviéndote en la cama…
-No; en serio. Creo que un rato antes de amanecer cerré los ojos.
-Bueno, como quieras.
En la cocina se tomaron un café. No estaba tan cargado como lo necesitaba, para demostrar que no mentía cuando dijo que había dormido.
-Anda, toma. – Y le llenó una segunda taza cuando vio que había apurado la primera. –Que no va a haber quien te aguante en la clínica si no te despabilas un poco.
-Gracias. Te quiero.
-No seas tonto.
-Es verdad. Te quiero.
-Ya lo has dicho. No insistas más o tendré que empezar a pensar cosas raras de ti.
-¿Por qué dices eso?
-Por nada en especial; es solo una forma de hablar, una tontería de por la mañana. ¿Qué te pasa? ¿Por qué has puesto esa cara?
-… por nada. No me gusta que dudes de mí; ya lo sabes de siempre.
-¿Qué es lo que te pasa, Miguel?
-¿Con qué?
-No te hagas el loco. Sabes que me doy cuenta siempre de que estás preocupado por algo. Cuéntamelo por favor.
-No hay nada que contar.
-O sea, que es de la clínica.
-Ya te he dicho que no hay nada que contar a nadie.
-De acuerdo, ya entiendo. Es de la clínica… No haces bien con eso ¿sabes? Deberías hablar un poco conmigo o con alguien cuando estás agobiado, o con problemas, o como estés. Te agota mucho; pareces consumido.
-Por favor no empieces otra vez con eso. Ya te he dicho que no me pasa nada, solo ha sido una mala noche.
-Una mala noche después de llegar tarde, y ni siquiera borracho. ¿Sabes? Si al menos hubiese venido borracho o colocado…
-…por favor, Elisa.
-Colocado, sí. Lo preferiría antes que verte así.
-No te pongas así, por favor.
-Cuéntamelo entonces.
-…en realidad no es nada.
-Más a mi favor. Si no es nada, dime que te pasa. – Y lo miró con una ternura insondable desde sus ojos profundos y cálidos. No lo pudo resistir.
-Murió Rubén.
-¿Tu primo? ¿Cuando? ¿Cómo no me lo has dicho hasta ahora?
-No, Rubén. Un chaval, un paciente, un paciente muy joven. Metido en drogas.
-¡Ah! Ya, otro más, que pena.
-Sí, pero…
-Pero qué.
-No lo sé. No entiendo nada.
-Por favor. ¿Qué no entiendes?
-Nada; por qué pasó todo. Por qué siempre pasa igual. Ayer estuve en su barrio intentando saber cómo, por qué.
-Eso no le salvará. Por mucho que sepas ahora, o hubieses sabido en su momento; eso no lo salvará ahora. Ni seguramente lo hubiera salvado entonces.
-Ya, pero…
-No puedes torturarte por algo que ha pasado. Escúchame, cariño, ya pasó. Ya está todo hecho, no puedes conseguir nada.
-Tienes razón, pero si al menos supiera cómo, por qué…
-Con eso solo te haces daño, cariño. Déjalo, por favor.
-Pero si lo supiera, al menos podría dormir.
-¿Seguro?
-No.
-…
-Se me ha hecho muy tarde. Tengo que irme.
-Cuídate, por favor.
-… de acuerdo. Está bien, lo haré
-¿De verdad?
-Sí… Pero antes quiero enterarme de una sola cosa.
-Eres imposible, amor. Solo una, ¿de acuerdo?
-Solo una. Te lo juro.
-No me lo jures; solo por si acaso.
-Eres lo mejor de mi vida, ¿lo sabes?
-No hace falta que seas tan zalamero. Con que te cuides me conformo.
-Adios, Elisa.
-¿Seguro que es buena esta mierda?
-No os fiáis de mí, pardillos.
El viento soplaba fuerte desde la costa. Arrastraba alguna gota de agua, pero no se podía saber si venía de las nubes enormes y negras que tenían encima, o si eran arrastradas desde alguna ola al romper contra las rocas del acantilado. Amancio Conde lamió distraído, con la punta de la lengua, una minúscula gotita que le ha caído en el labio superior; inconscientemente, con un movimiento reflejo. No la llegó a saborear, estaba pensativo.
-Claro que nos fiamos. Lo que pasa es que no queremos tener líos.
-Mira, mierdas, que sois unos mierdas. No me toquéis los cojones. Si no queréis os vais y me dejáis tranquilo. Yo esto lo coloco donde quiero; es un género de puta madre.
-Tranquilo, que nos lo quedamos. Era solo una pregunta. Es que no se puede preguntar ¿o que?
-A preguntar a la escuela, mierdas. – Y arrugó la nariz al pronunciar la palabra, como si pudiera oler esa mierda de la que hablaba.
-Oye, cabrón, no hables así a mi hermano, entiendes gilipollas. – Dijo avanzando dos pasos, solo dos pero audaces.
-Déjalo, Pedro.
-Mira, imbecil. O controlas al idiota de tu hermanito o por la mañana los percebes tendrán su cerebro enano de desayuno.
-Nadie va a dar de comer a nadie nada. Nosotros vamos a llevarnos unos kilos de lo que has traído en el maletero, y en paz. ¿A cuanto lo vas a dejar al final?
-¿Ves, pardillo? Así es como se tiene que hablar, a ver si te fijas un poco más en tu hermano. – Le pegó una violenta palmada en la zona entre la cara y el cuello a Pedro, a otro de menos porte lo hubiera tirado al suelo, a el solo le hizo llevarse la mano con curiosidad a la zona golpeada, como buscando un pequeño mosquito. –Os lo dejo al mismo precio que la última vez…
-Perfecto.
-… más el diez por ciento por, digamos, problemas de distribución.
-¿Pero?
-Pero nada, pardillos. O pagáis lo que digo, o me cago en vuestra puta alma; y como os vuelva a ver por aquí no lo contáis.
-A qué coño viene todo esto, nosotros no tenemos tanto como para comprarlo tan caro, verdad Amancio.
-Que te calles, jodido mierda. – Esta vez la palmada sí que le hizo tambalearse. –Que dejes a los mayores. Y tú, o controlas a tu hermano o aquí la tenemos.
-Tiene razón. No tengo tanto dinero aquí.
-Pues te llevas menos, ese no es mi problema.
-Pero, ¿por qué?
-Que no me toques los cojones, que no tengo porqué dar explicaciones de nada a dos palurdos como vosotros. Los costos han subido y punto. ¿Entendido?
-Entendido. Pero nosotros también tenemos que lidiar con la policía. – Sacó un fajo de billetes, manoseados y sucios, atados con unas gomas, y lo puso sobre el capó del coche. Todavía estaba caliente por el calor acumulado por el largo viaje, pero ya no tanto como para secar la suave humedad de gotas minúsculas. Adelantó las manos, ya menos dispuesto a enfadarse con los hermanos Conde, pero Amancio le freno con su mano inmensa y áspera.
-Déjanos probar un poco ahora. Por quitarnos el mal rollo solamente.
Retiró las manos muy despacio, a regañadientes, sin dejar de controlar con la mirada el fajo enorme de dinero. Luego llevó una sola mano hasta el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una bolsita pequeña de plástico, con un poco de una sustancia dentro.
-Es de lo mismo que lo de las bolsas grandes ¿no?
-…
-Mi hermano te ha hecho una pregunta.
-Pero, a ver, quieres que le parta la cabeza. Esta mierda es muy, muy buena. Os metéis lo que os dé la gana, me pagáis y os largáis con lo vuestro… Hazme caso, será lo mejor.
-De acuerdo.
Los paquetes mudaron a otro maletero de menor categoría y más sucio. En cambio la suciedad de los billetes no produjo ningún escrúpulo en el interior de la chaqueta impecable, junto con la bolsita de plástico.
-Adiós, gracias. – Musitó Pedro antes de entrar en el coche por la puerta del acompañante.
-Hazle un favor: cuida a tu hermano que parece que le falta un hervor.
-Solo ha hablado con educación.
-Iros de una puta vez de aquí.
Se giró tan violentamente que perdió un tanto el equilibrio.
Pedro lo vio casi caerse a través del espejo retrovisor y se sonrió. Tuvo suerte de que no le viera, aunque se hubiera reído igual de inocentemente. Pero al menos seguía conservando los dientes en su lugar correspondiente, y los ojos abiertos sin problema.
Amancio encendió el contacto del coche. Recorrió en sentido inverso el camino de piedras y barro por el que habían legado al borde del mar, al acantilado. Hasta que no sintió bajo las ruedas el suave ronroneo producido por el roce del asfalto, húmedo y brillante, no soltó el aliento que tenía encerrado en el pecho nervioso.
Kilómetro a kilómetro se fue serenando. Sus manos se destensaron del gancho férreo al que tenía sometido al volante. Pero su boca continuó apretada y firme, formando una línea horizontal y definida bajo su bigote mal afeitado, no dijo nada, ni una sola palabra hasta que atravesaron el último puerto de montaña y llegaron a los primeros valles ásperos del interior, que anunciaban con cierta duda la planitud eterna de la meseta.
-La próxima vez, solo hablaré yo, ¿me has entendido, Pedro? – La pregunta no era tal, era una orden directa, ineludible. Pedro lo entendió sin problemas, solo con prestar algo de atención al tono de voz de su hermano.
-Perdóname, Amancio. Pero ese tío es mala gente.
-Ese cabrón, es un de los que controlan toda la puta droga que entra en este país; cuando tú naciste ya llevaba cargamentos de contrabando a la capital. Ahora toda la costa norte es suya, toda. ¿Entiendes?
-Sí
-Que hay que andarse con mucho cuidado con esta gente, que pareces nuevo.
-Ya, pero habrá que comprobar lo que compramos.
-Vale. Tienes razón, pero hazme caso. Con ese tipo ten la boca cerrada de ahora en adelante. Será lo mejor.
Cuando volvieron a cruzar unas palabras ya estaban cerca de la ciudad. A lo lejos se veía la mancha verde y alargada del río.
-¡Su puta madre!
-¿Qué pasa Amancio?
-Control de policía.
-Que les jodan.
-No te pongas farruco conmigo. Hay que andar con cuidado.
En efecto, trescientos metros más adelante se veían claramente los conos anaranjados, las señales luminosas y el coche de policía con las puertas abiertas, detenido en el arcén. A su lado dos agentes con ademan aburrido miraban al coche en el que se acercaban los hermanos Conde.
Ningún otro vehículo transitaba en ese momento por la carretera, así que era del todo inevitable que los mandaran detenerse para hacerles una inspección. No estaban especialmente preocupados por ello, se podía leer que con los de su generación se habían estrenado los controles antidroga y los de alcoholemia. Sabían las mil maneras de engañar o distraer a un agente para que no encontrara ninguna sustancia que conllevase problemas. Aún así debían actuar con cautela. Llevaban el maletero casi hasta los topes de bolsas de plástico de un aspecto inconfundible, y nunca se sabía con que clase de policía se podía caer. Tal vez con un muchacho sin experiencia ni méritos, que estaba ansioso por ponerse alguna medalla. Tampoco había manera de saber si ese era un mes en el que los altos mandos exigían la incautación de algún cargamento ilegal importante para poder aparentar ante la opinión pública. Esto era lo habitual y los hermanos Conde ya sabían cómo llegar a un acuerdo rápido y satisfactorio para las dos partes. Satisfactorio en cuanto a económico.
-Buenas. Documentación por favor.
-Buenas, agente. Espere un momento, creo que tiene que estar por aquí. Es que siempre se me cae cuando abro la puerta y no me acuerdo nunca de donde lo he dejado después.
-Mira, si es el hijo de la Marcelina, la del pan. – Susurro Pedro casi sin mover los labios, pero con una mueca socarrona.
-Callate.
-¿Decía algo?
-Nada, solo hablaba con mi hermano.
El policía se agachó y miró a través de la ventanilla del conductor para ver la cara del acompañante, en el cual hasta entonces no se había fijado. Pedro estaba mirando por la ventanilla, dando la nuca, para que no lo vieran reírse.
-¿Puede abrir el maletero?
-¿Eh? Claro que sí. Espere un momento.
-No, tu no. El otro, que quiero verle la cara.
-Tendré que darle las llaves entonces.
-Pues se las das, coño.
-Tranquilo, que a este le conozco yo. – Susurró Pedro según salía del coche.
-Pedro…
El agente lo esperaba ya junto al maletero cerrado. Su compañero miraba, entre indolente e interesado, apoyado sobre el capó del coche patrulla. Pedro se acercó resuelto hacia el primero, dijo algo que Amancio no pudo oír, solo los podía ver gesticular algo a través del espejo retrovisor. Medio minuto más tarde y sin nada significativo que ocurriese, con el maletero aún cerrado, vio como Pedro extendía afectuosamente la mano y forzaba al policía a despedirse con un abrazo y unas sonoras palmadas en la espalda.
-Anda, toma. – Le devolvió las llaves a su hermano mayor al entrar de nuevo dentro del coche. –Arranca y vámonos.
-Estás loco, o qué te pasa. – Gritó mientras pisaba el acelerador hasta el fondo, aplastandolo con fuerza, con toda la planta del pie.
-Pero, si es el hijo de la Marcelina.
-Como si es el hijo de tu puta madre. ¿De qué cojones vas? Te encanta ponerte gallito con la policía, pues un día vamos a tener un susto; un buen susto.
-Pero si llevo jugando con él a las cartas desde siempre. Rara es la semana que no me compra unos gramos.
-¿Le vendes a ese madero?
-Claro, pensé que tú también lo conocías. Su madre tenía una panadería en una calle cerca del rastro. Íbamos mucho hace ya años.
-Joder, pues no me acuerdo. – Ya no le prestaba mucha atención, solo pensaba para sí: este está cada vez más loco.
-Que sí, coño. No te acordarás ahora, pero la conoces. Y a su hijo también, seguro.
-No caígo. Pero, por favor, no hagas el gilipollas así otra vez.
-¿No confías en mi? Pero si en cuanto me ha visto se ha puesto blanco. Le pregunté un poco por la familia y me pidió que me fuera enseguida… No te fías de mí, es eso.
-Sí, hombre, claro.
-Que no, que no te fías de tu propio hermano. Qué cabrón eres… Vale que no soy muy listo y que no me apaño mucho con los tíos importantes como el norteño ese. Pero aquí sé lo que hago.
-Ya lo sé Pedro. Lo que pasa solo es que estoy un poco nervioso por lo de hay con el norteño aquel. No me gusta nada, no me fío.
-Teníamos que haberlo mandado a tomar por el culo. Hay muchos que venden más barato.
-Ya lo sé, pero no conviene. Tiene gente en todas partes, además siempre se ha portado bien. Conviene estar a buenas con esa gente, nunca se sabe qué puede pasar.
-… nunca se sabe, nunca se sabe.
-No te rías, joder. Lo digo en serio.
-Ya, pero siempre estás con el “nunca se sabe”.
-Mira, déjalo; pero ten cuidado.
-…
-¿Vale?
-Vaaaale.
La casita a las afueras de la ciudad, al otro lado de la vía del tren, no era la misma. Tampoco era la misma ciudad. Salió de sus fronteras tradicionales y llegó hasta donde jamas creyó que pudieran alcanzar sus señoriales calles apolilladas. Creció hasta la misma puerta de la casa del padre de los hermanos Conde, Ángel; hasta más allá incluso. Pero sin fuerza, sin carácter, imitando con defectos cómo debía de ser una autentica calle de una ciudad. Allí se intuían las aceras entre el polvo y el barro; la parte central de las calles fue asfaltada, pero tanto tiempo atrás que ahora solo resistían unos cuantos cuarterones pequeños e informes entre los charcos y la tierra aplastada por los coches que pasaban.
Los padres de Amancio y de Pedro habían muerto ya, llevaban años enterrados en el cementerio de la pequeña aldea de montaña de la que escapó Angel Conde en su ilusionada juventud. Tras una despedida, con más extrañeza que pena, los hermanos Conde tomaron posesión de la casa destartalada. Aparte de las paredes poco más tenía que pudiera acoger con dignidad el nombre de vivienda. Del antiguo descampado lleno de chatarra no quedaba nada. La vejez del padre ya no pudo cargar con él, así que fueron las autoridades municipales las que un día, de improviso, llegaron con una camioneta. Declararon insalubre el lugar, tomaron posesión de él y lo limpiaron. Quince idas y quince vueltas hizo la camioneta hasta que desapareció el último montón de chatarra y de basura.
Los hermanos Conde lo vieron todo desde la calle, imperturbables. Como si no fuera con ellos, fue como una continuación del entierro. Los padres habían desaparecido, y todo lo que era suyo debía desaparecer. Eso era la muerte.
Cuando el camión se fue calle abajo por última y definitiva vez, ambos se acercaron extrañados a ver el vacío que había quedado, para ver la nada. Era como ese cuadro en que un niño pequeño levanta la superficie del mar, igual que quien alza una sábana para ver si está limpio el colchón, y ve el lecho marino lleno de maravillas y misterios que el agua impide ver con claridad y pausa. Pero los hermanos Conde no veían más que una explanada llena de manchas de aceite, oxido y plantas medio secas y aplastadas, y algún que otro animal muerto con la piel seca como el cartón. Tuvieron una sensación rara. Se sentían con los pies sobre el lugar donde antes hubo una ciudad, ahora arrasada, o bosque talado y calcinado. Un sitio donde antes había vida y actividad y ahora no quedaba nada más que nada.
Tampoco pensaron en ello mucho más, no merecía la pena. Solo fueron conscientes en ese momento del cambio profundo que se había producido. Después entraron en la casa vacía, y se dieron cuenta de su abandono y de su ruina, y del pequeño patio lleno de basura. Un recuerdo, una muestra, de lo que se acababan de llevar del descampado, un recuerdo que se resistió a ser olvidado. Tampoco a eso le dieron importancia alguna. Estaba allí, lo mismo que no quedaba nada en el otro sitio. Lo mismo que sus padres no estaban y ellos sí. Las cosas nunca cambian del todo; solo, quizás, se transforman poco a poco, para llegar a ser otras sin dejar de ser ellas mismas.
Eso fue exactamente lo que pasó con la vieja casa. Los hermanos Conde no cambiaron ni la forma ni el tipo de mercancías con las que comerciaban por algo tan accidental como la muerte de unas personas o la desaparición de un montón de basura. Hacían lo que continuarían haciendo si el futuro tenía lugar para ellos. Eso no se modificó.
Lo que cambiaron fueron los tiempos, las modas, las demandas. En poco más de cinco años vieron cómo el dinero se iba acumulando en sus bolsillos sin que supieran muy bien por qué, ni qué hacer con él. No tenían ninguna educación, ni aficiones que requiriesen gastos importantes. Sus necesidades básicas, y casi animales, eran todo lo que necesitaban subsanar. De ese modo fue un pasa natural que el dinero cayera de los bolsillos para tapar los numerosos huecos que iban ganando el terreno poco a poco a lo sólido de la casa.
Las reformas se convirtieron en una costumbre y como el caudal de dinero que les llegaba aumentaba más que disminuía, lo que empezó como un lavado de cara, como un intento de que la casa no se viniera definitivamente abajo, terminó en una reforma total aunque paulatina. La pobre casa de una altura, con dos habitaciones y una cocina que hacía las veces de habitación principal, fue conociendo tiempos mejores. Las paredes se hicieron más robustas, perdieron agujeros innecesarios y evitaron que entrara el frío mesetario. El espacio habitable faltó pronto y se tuvo que recurrir al patio para hacer nuevas habitaciones. Se limpió definitivamente el lugar de inmundicias, ya sin ningún pesar ni extrañeza para los hermanos, y se dispusieron en su lugar nuevas habitaciones, un baño amplio y cómodo y una cocina moderna. Aun más, por ningún motivo en especial se decidió que las actuales modificaciones no eran suficientes y que se necesitaban más habitaciones para los dos hermanos solteros. Se continuó hacia arriba con otra planta que albergaba cuatro amplias estancias más. Pero todo sucedió sin ningún orden, sin ninguna mesura, sin ninguna unidad. El ladrillo se mezcló con la piedra, la piedra con el hormigón; el metal forjado con la madera nueva sin tratar, las tejas de barro con las planchas de zinc. Las habitaciones espaciosas se alternaban con cuartuchos estrechos, irregulares y casi nauseabundos. El mármol con los azulejos rotos robados de una obra. A las puertas de ese totum revolutum dejaron aparcado su coche tras solventar el incidente en el control de policía.
La mañana era especialmente anodina, pasajera, cotidiana. Un día de los que es perfectamente prescindible dentro del calendario. El cielo desde la primera hora de la mañana era de un gris pastoso y poco luminoso. El tiempo estaba inquieto e indeciso, lo mismo llovía con ímpetu, que salía un sol dudoso de rayos suaves y calor ficticio. Pero era siempre sustituido por más nubes y más lluvia. La ventana de la consulta de Miguel daba a un jardín en el que el viento azotaba con fuerza las ramas medio desnudas de los árboles. Por fortuna la ventana había sido reparada pocas semanas antes y no dejaba pasar esas corrientes insanas, que hacían que los pacientes entrasen con dolencias mentales y saliesen con problemas respiratorios.
El frío y desolado exterior hacía más evidente la calidez y comodidad del interior. Sentado, apoyado tranquilamente en el respaldo del butacón de piel sintética, miraba hacia el exterior y sentía el contraste entre los dos espacios con un pequeño malestar en el ánimo, que se dejaba notar en forma de pesadez, de bola mal digerida, en el estomago.
El último paciente no se había presentado; era algo que ocurría a veces. Y el que tenía que haber llegado hacía cinco minutos tampoco había dado hasta el momento señales de hacer presencia.
Había resuelto varios asuntos de papeleo pendientes durante esos casi cuarenta minutos de espera, y ya no se encontraba dispuesto a buscar nuevas tareas con las que entretenerse en lo que decidía aparecer o no el próximo paciente. Los días de lluvia, o aun peor, los días en los que no se sabía bien se llegaría a llover o no, eran malos para que la gente abandonase el refugio cómodo de su casa; aunque fuera para ocuparse de su propia salud.
Miguel ya no pudo aguantar más. Cerró la carpeta en la que consultaba unos horarios y llamó por teléfono a la recepcionista, avisándola que saldría antes de tiempo porque ya no tenía pacientes. Aun, así, concretó, que estaría un rato más en una cafetería cercana por si lo necesitaban para algo.
Cruzó la calle y entró en la cafetería que solían frecuentar todos los trabajadores de la clínica. Por ese motivo, tan enriquecedor para el propietario de la misma, acostumbraba a estar siempre lleno, con las mesas y la barra repletas de gente. La tendencia habitual no se rompió ese día, y tuvo que encastrarse en un pequeño hueco ante la barra, entre un pilar y un grupo de obreros que bebían cerveza. Pidió un café con leche, y mientras esperaba a que le sirvieran notó unos golpecitos suaves en el hombro izquierdo. Se volvió para ver quien podía ser.
-¡Ah! Hola, eres tú, Carmen. ¿Qué tal estas?
-Bien, doctor. Gracias.
-¿Te apetece tomar algo? – Se vio obligado a preguntar cuando le acercaron el platito con el café que había pedido, resignándose a olvidar su intención primera de estar solo.
-No. Yo ya me iba. Tenemos que volver a trabajar. – Y se volvió para señalar a unas cuantas mujeres que llevaban el pantalón y la camisola blanca corrientes entre los cocineros.
-Ah, bien. ¿Qué tal estas? – Preguntó sin saber muy bien porqué.
-¿Yo? Bien, supongo. Y tú, ¿estas mejor ahora? Al menos se te ve bien.
¿Qué si estaba mejor? A que podía venir aquella pregunta. Solo se conocían de vista, y de una conversación fugaz. O era que el otro día se encontraba tan mal, y de una forma tan evidente que ella se pudo dar perfecta cuenta. O tal vez, todo fuera una tonta suposición suya, ante una mera cortesía.
-Sí. Estoy bien. – Contestó tras una duda. –Pero, a qué te refieres. El otro día no recuerdo que estuviera mal
-No te acordarás, pero tenías una cara horrible. – Lo dijo sin malicia, con una sonrisa agradable y discreta. Mientras se apartaba un mechón rubio de la frente. Sin dar importancia, sin querer hacer daño; como quien comenta que estornudó ayer porque estaba algo resfriado. Pero le sentó como un golpe en medio de la frente. Instantáneamente le entró un fuerte dolor de cabeza. Se llevó las dos manos a las sienes, como si temiera que el cerebro podía romper la cascara de hueso que lo protegía.
-Lo siento, no sé a qué te refieres, pero me tengo que ir. No me encuentro muy bien ahora. – Pagó y dejó el café intacto sobre la barra, para que se enfriara lentamente antes de comprobar que nadie había de bebérselo.
-Te acompaño. ¿Qué te pasa?
-No, por favor. No te preocupes, me iba ahora a casa de todas las maneras. Me acostaré un poco hasta que se me pase. Gracias igualmente.
-Bueno, adios. – Concedió resignada la muchacha, que ya había hecho un gesto a sus compañeras para que no la esperasen. –Espero que te pongas bien, que se te pase el dolor… Hasta luego. – Se dio la vuelta, pero el giro quedó truncado a medio camino.
-Espera un momento, que ya se me olvidaba. Es que tengo una cabeza que… Que el otro día te hablé de una hermana mía que había estado con el paciente ese tuyo que murió, aquel muchacho.
-…Rubén. – Ahora sí que le dolía verdaderamente la cabeza.
-Eso, Rubén. Pues no sé si te interesará para algo, pero creo que le vio un día o dos antes de que muriera, el pobre. No sé si le habló, solo me lo comentó el otro día que comimos juntas. Se me había olvidado, y ahora que te vi en la barra me acordé de golpe.
-…
-No sé si podrá decirte algo, pero si quieres hablar con ella puedes llamarla. – Se volvió al camarero: Pepe, déjame un boli. Miguel no sabía que ese camarero que veía todos los días se llamaba Pepe. –Se llama Noelia, este es su número. Di que te lo he dado yo, claro. Bueno, me voy que me están esperando. ¿Seguro que estás bien? ¿Sí? Vale, adiós.
Y se fue.
El también tuvo que irse a su casa. Parecía que la cabeza se le iba a partir por la mitad.
Como dijo su hermana Carmen, ella se llamaba Noelia. Era prácticamente una versión reducida de la hermana mayor, solo que con el pelo muy negro. No castaño, oscuro, no era una diferencia de tono que es tan común entre personas de una misma familia. Ella tenía el cabello profunda y rigurosamente oscuro. Probable herencia del norte de África, fue lo que pensó Miguel cuando se fijó en esa característica que la hacía tan igual y tan distinta de su hermana mayor.
Cuando respondió al otro lado del teléfono sus palabras sonaron asustadas, dubitativas. Aunque su hermana la había puesto sobre aviso, no se encontraba muy segura ante la situación de hablar con un médico (doctor, se esforzó en puntualizar en vano) sobre algo de tan poca importancia como un antiguo compañero de estudios.
No entiendo muy bien lo que quiere que le cuente, pero de acuerdo, nos veremos entonces;
aceptó Noelia. En un primer momento consideró quedar en la consulta para que se encontrase más tranquila en medio de un entorno profesional y con muchas personas alrededor; luego se dio cuenta de que tendría que dar muchas explicaciones ante una situación tan excepcional. Después de un breve intercambio de opiniones sobre cual podía ser un lugar adecuado y que ambos conocieran para reunirse, acordaron que lo mejor sería una cafetería céntrica muy popular.
Justo antes de salir de casa estuvo a punto de confesar la verdad a Elisa, y decirle a donde iba en realidad, pero finalmente no le alcanzó el valor, no sabía exactamente por qué, pero prefería que no siguiera pensando que el mismo tema lo iba devorando, poco a poco, sin remisión. Sola le dijo que no pensaba regresar tarde, pero que de cualquier manera lo esperase en la cama. No deseaba volver a verla hecha un ovillo de temores en el sofá.
Al llegar a la cafetería Noelia ya estaba esperándolo sentada en una mesa, aunque no se percató de ella cuando echó un vistazo general sobre toda la enorme cantidad de gente que bebía infusiones y comía bollos. Se acercó a una esquina de la barra y se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era estúpido. No sabía que aspecto tenía Noelia, y ella tampoco sabía el suyo. Fue un insignificante detalle que a ambos se les escapó durante la conversación telefónica escueta. Miró desesperadamente al gentío ruidoso y luego consultó su hora en el reloj. Había llegado puntual, pero no sabía si ella ya podía estar allí mirándolo sin verlo, o si podían estar los dos esperándose durante minutos como idiotas, y plantarse respectivamente aun estando juntos entre las mismas paredes. Pero por fortuna, o por necesidad, al fondo, en una mesa junto a un espejo que solo parecía viejo y deslucido, vio a la copia oscura de su hermana Carmen. Por fuerza, se dijo, tenía que ser ella. No podía darse una casualidad tan descabellada de que hubiese una persona, a parte de la propia hermana de Carmen, que se pareciese tanto a ella. Decidió acercarse a la mesa.
-Hola. ¿Eres Noelia? – Dijo, como quien lanza un salvavidas de metal, no creyendo que vaya a flotar.
-Sí,… ¿el doctor?
-Sí, soy yo.
Por lo visto no se dio cuenta de que la había reconocido sin haberla visto nunca antes. O puede que no le diese importancia a eso; tal vez estaba acostumbrada a que la confundieran con su hermana, o a atraer la mirada de los hombres. Su cara tenía los rasgos de una timidez arrebatadora, un rubor en las mejillas que podía llevar al desconcierto. A pesar de su apariencia era muy habladora, igual que su hermana. A Miguel le costó mucho menos de lo que esperaba hacerla hablar de Rubén.
Parecía realmente apenada por su muerte. Confirmó lo que ya sabía por Carmen sobre que habían ido juntos al mismo instituto, e incluso habían compartido clases durante un curso. Pese a que Rubén era mayor que Noelia coincidieron durante un año de los que repitió. Según ella, en ese año no hizo demasiadas migas con él, era aun tan solo una adolescente insegura, y una diferencia de tan solo uno o dos años se mostraba infranqueable. Aun así lo describió como un muchacho alegre y despreocupado que no tardó en hacerse un hueco entre el resto de los compañeros.Claro está que reconoció que también sintió cierta admiración y hasta admitió algo de enamoramiento sin que el rubor de sus mejillas aumentara en lo más mínimo. Si bien le pasó lo mismo a ella y a gran parte del sector femenino, que encontraba atrayente a un muchacho que parecía solo un poco más maduro que el resto de los chicos casi imberbes de su clase. Pero en eso quedó tan solo, según sus propias palabras. De cualquiera de las maneras a finales del mes de mayo dio a entender que tuvieron que compartir algún tipo de tarea o trabajo juntos. Eso no lo dejó muy claro y prefirió no presionarla mucho, porque parecía ponerse verdaderamente nerviosa cuando la intentó reconducirla a ese vacío que había dejado en su historia. Se llevaba las manos al pelo con insistencia, varias veces en tan solo unos segundos, a la vez que acompañaba el gesto volviendo la cara hacia la calle; como si esperase ver aparecer a alguien que llegase tarde. Pero cuando Miguel dejó de pedirla detalles se calmó al instante y narró ese pasaje como si no hubiese estado incómoda en ningún momento.
Me hizo muchísima ilusión tener la excusa para pasar algún tiempo con él, aunque ya no sentía nada de nada
por él; comentó al comenzar de nuevo. Tan solo fueron unas cuantas tardes tibias y doradas de finales de primavera, unas estuvieron trabajando en la habitación de Noelia, otras quedaban en una cafetería tranquila del otro lado de la vía. Rubén no le dio ninguna explicación sobre por qué no se reunían nunca en su casa, pero según Noelia, estaba claro que no se sentía muy orgulloso del lugar donde vivía. Aunque en la frase siguiente también explicó que Rubén hablaba con mucho cariño de toda su familia, especialmente de sus hermanos. Noelia no se dio cuenta de que ahí había una incoherencia, pero puede que solo existiera como tal en la cabeza de Miguel.
No sacó mucho más en claro respecto a esto. El trabajo fue presentado con un resultado indefinido en el recuerdo de Noelia, y ella y Rubén no volvieron a quedar para nada. Eso sí, desde ese momento tuvieron algo más de trato dentro del instituto. De cualquier manera legó junio y las clases finalizaron, y no supo nada de él durante todo el verano. Le veía por la calle, por supuesto, pues apenas vivían a unas calles de distancia, pero no llegaron a cruzar más de una docena de frases durante esos casi tres meses de estío eterno de los estudiantes. Al empezar el curso Noelia confió en que de nuevo le tendría como compañero de clase, pero no fue así. Según ella eso no la defraudó mucho, pero había un brillo sospechoso y delator en sus ojos al decirlo. Pasaron unos cuantos meses sin que pudiera decir ni tan siquiera si habido ido Rubén al mismo instituto. Solo a raíz de unas muy malas notas en una evaluación parcial, si hubieses visto como se pusieron mis padres, exclamó poniendo los ojos en blanco y dejando caer una inocente palma sobre la rodillacasielmuslo de Miguel. El caso, continuó, es que me mandaron a unas clases de apoyo en una academia, tres horas a la semana por la noche; y allí fue donde volvíó a ver a Rubén. Se alegró mucho de verla, entre todos los repetidores y la gente que llevaba mal los estudios se forma siempre de forma rápida una especia de camaradería, de intimidad. La contó que le habían obligado a ir durante todo ese curso a clases de apoyo si no quería que lo expulsasen del instituto, aunque la razón exacta de esa amenaza tampoco se la aclaró.
La cosa fue que desde entonces se hicieron bastante amigos; nada más, te lo juro. Él, por aquel entonces, estaba loco por una chica que trabajaba en una panadería que estaba justo enfrente del instituto, y Noelia conservaba un noviete de verano que la escribía desde Barcelona. Así que nada, solo amigos, pero nos lo pasaban muy bien durante esas clases de apoyo. Imagina, en invierno, las ocho de la tarde, era un aburrimiento mortal, hacías lo que fuera por parar de bostezar. Y Rubén era muy divertido, se pasaba el rato haciendo caricaturas a los profesores. La verdad es que lo hacía muy bien.
Sobre la mesa de mármol ya había dos pares de tazas de café vacías y otros dos pares de jarras de cerveza. Casi no quedaban más clientes en el local.
-¿Qué hora tienes?
-No sé, creo que las doce.
-Pero qué dices, es tardísimo. Me tengo que ir, lo siento.
-Espera, por favor, aún no me has contado nada de lo que me dijo tu hermana, de cuando le viste antes de que muriera.
-Ya, lo siento, de verdad. Pero ahora no puedo quedarme más tiempo. Tengo muchísima prisa.
-Bueno, en fin.
Noelia ya estaba de pie, poniéndose su abrigo. Él, en cambio, todavía continuaba sentado. Mirando la mesa repleta de vasos vacíos y sucios. Triste, más bien defraudado.
-Gracias por escucharme. Me ha hecho mucho bien hablar de Rubén contigo. Tenía que soltarlo todo de alguna forma.
-Gracias a ti por contármelo…
-¡Oye! – Según se iba hacia la puerta. –No me has dicho para qué quieres saberlo, lo de Rubén.
-No lo sé. Lo estuve tratando y ahora estoy buscando el error. Pero tampoco estoy muy seguro de que hubiese un error; no estoy seguro de haberme enterado de nada de lo que creo saber. Gracias de cualquier manera. Adiós.
-Adiós… Espera. Mañana no puedo. Pasado mañana aquí mismo, a la misma hora. ¿Te parece bien?
-¡Sí!, claro. Aquí estaré; gracias otra vez, de verdad.
-No, en serio, muchas gracias a ti. Hasta pasado mañana entonces.
-Hasta pasado mañana.
Llegó hasta la puerta de su casa y tomó aire un par de veces antes de meter la llave en la cerradura. Quería entrar tranquilo, y Elisa estaría seguramente despierta y esperándolo.
-Hola. – Apagó la televisión al verle.
-Hola. No estabas dormida, ¿no?
-No, aun no es muy tarde. Ven siéntate un rato conmigo. ¿Cómo estás?
-Bien. ¿Por qué lo dices? Estoy bien. ¿Qué estabas viendo, alguna película buena?
-No tienes buena cara.
-Estoy cansado. Ya es bastante tarde… Nos acostamos.
-No vas a contarme nada, ¿verdad?
-No insistas más por favor, de lo contrario voy a hablar más de lo que quiero. Es por ti, pero sobre todo por mí. ¿Confías en mí?
-¿Tengo otro remedio?
-¿Qué quieres decir?
-Claro que confío en ti, solo que estoy preocupada. Estás muy callado. Siempre con la mirada perdida, muy lejos de aquí, muy lejos de hoy.
-Gracias. Vamos a la cama, anda.
-Sí, ve yendo tú. Yo tengo que ir al baño. – Arrugó la cara en un mohín cansado. –Me duele un poco el vientre.
-¿El periodo?
-Sí. No sé qué me pasa este mes. No te preocupes, acuéstate, ahora mismo voy.
-Te espero despierto. – Desde el dormitorio, a ella en el cuarto de baño. –Has dejado un cuaderno y una pluma sobre la cama. ¿Dónde te los dejo?
-Es tuyo. Tú veras donde. – Se escuchó desde el eco cercano del cuarto de baño, una voz insegura, como aguantándose la risa.
-No es mío.
-Espera un momento, anda.
El mecanismo de la cisterna fue accionado, sonó su estruendo amortiguado hasta que Elisa abrió la puerta para salir.
-Esto no es mío. Seguro.
-Lo he comprado esta tarde para ti. Ya que no vas a contarme nada, al menos escríbelo. Creo que te puede venir bien. Y, puede que, algún día…
-Te dejaré leerlo a ti la primera.
-Solo si quieres.
-Cuando pueda. Gracias otra vez.
Dos días después, en la misma cafetería del centro de la ciudad debía de reunirse nuevamente con Noelia. Miguel llegó en esta ocasión media hora antes de lo acordado, con su cuaderno nuevo bajo el brazo y la pluma estilográfica en el bolsillo de la chaqueta. Un rato después una vez voz de mujer joven le hizo levantar la vista del cuaderno, en él había cuatro páginas escritas de letra menuda y nerviosa.
-Hola, doctor.
-¿Qué tal estás, Noelia?
Ese día, sin ningún complejo, pasaron del café directamente a los licores; orujo y ginebra, respectivamente. Los tanteos habían quedado en la ocasión previa, ahora iban en serio. A cara descubierta. Y con el pañuelo a mano, doblado cuidadosamente dentro del puño cerrado de Noelia, sobre la mesa. El de Miguel también a mano, pero no tanto, en el bolsillo del pantalón.
Por donde empiezo. Dijo Noelia. Por donde quieras, da igual, lo importante es llegar hasta el final.
Invitó él.
Durante las clases de apoyo, a las que asistieron juntos, fraguaron una gran amistad muy íntima, muy cercana. Después de recoger los libros y salir de la academia acostumbraban a entrar en algún café o en alguna tasca que permaneciese abierta todavía. Las clases terminaban muy tarde, entrada ya la noche, y en invierno la gente no solía estar mucho tiempo fuera del refugio cálido del hogar; no se molestaban en llenar los bares. Pero ellos sí, no tenían otro lugar donde poder hablar. Sobre nada en particular, de nada profundo. Solo hablar, hilvanar palabra tras palabra. Hasta ese momento solo habían conocido gente normal, gente del barrio; gente de ese lado de la vía. Por fin se habían encontrado dos personas que al menos se preguntaban cómo era la vida al otro lado de la vía. No era que desearan alocadamente esa vida, pero al menos querían saber en qué se diferenciaba de la que ya conocían: los hombres que trabajaban de sol a sol, casas pequeñas y oscuras, madres que solamente veían la televisión durante todo el día, bares llenos de humo y jubilados jugando a las cartas entre olor a puro barato y café con posos. En fin, esas cosas que de vez en cuando hacen que casi todas las personas lleguen a preguntarse: ¿la vida es esto?
Según Noelia fueron dos cursos los que compartieron de ese modo. Luego Rubén logró terminar el instituto y se puso a trabajar. Allí le empezó a perder de vista. Era lo normal, tampoco se podía esperar otra cosa en el barrio, aceptó Noelia resignada. Pero, ¿y después? Todo eso era lo normal.
Después simplemente se saludaban cuando se cruzaban en la calle, se preguntaban cómo les iban las cosas, se marchaban cada uno por su lado y no se acordaban más del otro hasta que no se volvían a cruzar de nuevo. Podían pasar meses.
Pero si te digo la verdad, creo que hacía más de un año que no le veía.
Noelia se refería a la última vez que le vio. El día que compró la droga que acabó con su vida. Fue en un bar, cerca de su casa
Noelia no frecuentaba demasiado esos locales desde hacía mucho tiempo. Definitivamente el barrio que estaba al otro lado de la vía del ferrocarril se le había quedado pequeño. No tanto como para no seguir viviendo allí, pues continuaba viviendo allí en la vieja casa con sus padres. Pero su ambición, su deseo la llevaba todos los días a cruzar con peligro la vía del tren hasta llegar a la ciudad de verdad. O al menos más auténtica, más deseable que la parte que conocía. De una manera o de otra esa noche en concreto se entretuvo en ese bar concreto por unos problemas que se habían alargado hasta más de lo acostumbrado, haciendo que se tomara un pequeño descanso antes de subir de nuevo a la casa de sus padres. Solo fue un café o una cerveza rápida, no tenía ninguna intención de entretenerse.
Lo primero que la llamó la atención fue lo cambiado que encontró el bar. Según recordaba no había sido más que el típico local de barrio, solo había entrado alguna vez a tomar el aperitivo tras alguna noche loca de fiesta que se había alargado hasta el mediodía, o para ir a buscar allí a un novio fugaz cualquier domingo, rescatándolo del partido retransmitido por televisión del deprimente equipo local. Ocho o diez veces a lo sumo, pero el ambiente de cercanía proletaria, de tabaco negro y cerveza barata se le había quedado como otra constante en la planitud de la vida del barrio.
Ahora no. Había cambiado, no la decoración, pues parecía que ni una sola botella había sido cambiada de su lugar en las repisas de cristal ni siquiera para limpiarlas el polvo. Los marcos con recortes de prensa amarillentos continuaban colgados en el mismo punto de la pared. Era el mobiliario humano lo que había cambiado.
Al principio se sorprendió un poco, llegó casi a asustarse. Pero no era para tanto. No era el primer ejemplo que veía en los últimos cinco años. Los antiguos propietarios envejecían, se jubilaban y el local quedaba sin uso y lo alquilaban a gente de la barriada para sus amigos, para sus fiestas, para sus negocios. Lo que se entendía como un bar de yonkis, sin más rodeos estériles.
Noelia tenía claro que a esas alturas no se iba a asustar ni iba a salir corriendo de un bar porque estuviesen dentro un par de camellos o unos cuantos drogatas. Se había criado en esas mismas calles, entre jeringuillas usadas cuando el auge de la heroína; eso no la daba ningún miedo. Decidió tomar algo y después subirse a su casa, nada más.
Nadie se percató de ella, nadie la prestó una atención especial cuando se acercó a la barra. El camarero, un muchacho joven, espigado y con la cabeza rapada al cero, le abrió un botellín de cerveza de un golpe seco contra el mostrador de madera, astillándolo, y continuó leyendo un libro enorme y desgastado que seguía sosteniendo en una mano.
Alguien jugaba en una máquina tragaperras que había junto a la puerta, y la gritaba y la daba palmadas violentas cada vez que no lograba un premio. Que eran casi todas las ocasiones que probaba. Con el último trago del botellín casi se atragantó, porque la máquina se decidió a soltar algo de dinero y el jugador empezó a dar saltos y gritos de júbilo desmedido. De contento que estaba invito a una ronda a todo el bar, no era mucho lo ganado, aunque tampoco los presentes lo eran. Noelia no quiso darse por enterada, entendiendo que era una celebración privada entre los habituales. Cogió su bolso que había dejado sobre la barra y se lo colgó del hombro.
Ponle otra también a la señorita, Marcos.
Escuchó como decían a su espalda, y no tuvo más remedio que aceptar. Dejó otra vez el bolso en la barra y se volvió al jugador con la cerveza llena en alto y una sonrisa discreta para agradecérselo.
El jugador no la hizo más caso, estaba saludando a alguien que entraba por la puerta. Entonces pensó Noelia que mejor que invitar a nada, era mejor que el jugador se gastase su dinero en comprarse una chaqueta nueva, porque la que llevaba estaba rota y descolorida.
Hola, Rubén. ¿Cómo tú por aquí?
Dijo el jugador, y Noelia no creyó lo que veían sus ojos. Era él, sin ningún tipo de dudas. Cuando menos era igual a su amigo Rubén. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que se habían visto, el suficiente en una persona joven como para cambiar mucho físicamente; podía ser alguien que se le pareciera tremendamente o algún familiar. Tenía un aspecto general tan demacrado que bien podía haberlo confundido con cualquiera; aun así no dudó más que un mínimo instante: era él. No podía haber dos Rubén en ese barrio, que se pareciesen tanto sin ser la misma persona, no era solo probabilidad, era intuición. Además eso la confirmaba los rumores que habían llegado a sus oídos respecto a los problemas que se presumía que tenía con las drogas. Los rumores hablaban solo de las drogas, a nadie pareció importarle ninguno de sus otros problemas.
Tampoco era algo tan inusual en esa parte de la ciudad que cualquiera jugase un poco con las drogas. Al fin y al cabo era algo que se podía conseguir en todas las esquinas, en casi todos los bares. Otra cosa era pensar que las personas del barrio consumiesen habitualmente caviar iraní o champán francés; eso sí sería raro y verdaderamente preocupante. No creía que nadie tuviese dinero suficiente para concederse esos lujos. Pero el comprar unos gramos de alguna cosa rica era normal. Ella misma lo había hecho más de una vez, en realidad lo hacía con relativa frecuencia, de vez en cuando; pero sin abusar, solo para pasarlo bien los fines de semana y eso. Por eso no se alarmó ni se extrañó al oír hablar a la gente de los otros portales de su calle sobre si Rubén estaba enganchado a algo o no. En cambio esto era otra cosa.
No era lo mismo escuchar comadreos a ver allí mismo a Rubén, apenas cruzado el umbral de la puerta, en un bar triste y oscuro y pobre, con la mirada extraviada. Puede que fuese eso lo que hubiera hecho que Noelia no lo reconociese inmediatamente.
El Rubén que ella conocía tenía la mirada brillante, los ojos despiertos. En ocasiones la expresión distraída, aburrida tal vez. Todo menos lo que veía en ese momento, con el botellín de cerveza de la invitación todavía en la mano, sin probarlo siquiera.
Le quiso saludar, se moría de ganas por hablar con él; preguntarle cómo le habían ido las cosas hasta el momento; si había tenido suerte; si era feliz. Naturalmente no lo hizo, no estaba segura de que la fuese a reconocer. No pensó por un instante que la hubiese olvidado, sencillamente en ese momento él no podría reconocerla. No parecía que se encontrase la suficientemente bien como para entender que hacía ella, precisamente allí y ahora.
Enfermo no parecía, al menos no evidentemente. Para alguien metido en drogas tenía un aspecto saludable, sonrosado casi. Puede que estuviera un poco más delgado, pero solo eso. Solo eso, y la mirada, la cara. Necesitaba algo, tenía la cara, la expresión, el ansia de alguien que necesitaba algo más para sentirse bien, o para dejar de sentirse mal. Noelia no sabía muy bien lo que intentaba querer decir. Pero por eso sabía que no merecía la pena intentar hablar con él. Con su Rubén.
Entonces quiso salir del bar, para regresar definitivamente a su casa con calefacción central y cena fría en el microondas. Pero no pudo porque quería quedarse allí hasta volver a verle tal y como recordaba que era. No lo logró. Y se quedó apoyada con los codos sobre la barra con el botellín sin tocar entre las manos húmedas de sudor, mirándole entre los mechones de pelo que la cubrían la cara.
Rubén permaneció un momento más sin moverse. Parecía desorientado. Estaba pensando en algo, muy concentrado; tanto como para no conseguir moverse de una forma natural. Como sí el hilar un par de pasos fuese un proceso que se le escapase a duras penas de una obsesión mayor, inmensa. Tardó aún un poco más para poder moverse con algo de soltura, pero sin naturalidad, se fue acercando, trastabillando, hasta la barra. Le dijo algo al camarero, este sin levantar la vista del libro enorme y desgastado hizo un gesto vago con su nariz, y señaló a alguien que estaba en una mesa del fondo del local, en un rincón oscuro debajo de la televisión. Recuperó lo justo el poco porte del que era capaz y fue de la barra a la mesa indicada. No se sentó, se apoyó con las dos manos en el respaldo de una silla, y se agachó para hablar con el hombre que estaba sentado. No tarde mucho, ni un par de minutos. El intercambio, rápido, consabido, y Rubén salió a grandes zancadas del bar. Nada más.
Noelia se sintió mal, mal físicamente. Había algo que no le gustaba en todo el asunto. Podía haber pasado del todo sin más, salir del bar pensando: ese cabrón se va a meter esa mierda, y hasta dentro de dos días va a tener la cabeza como una puta lavadora vieja. Pero naturalmente no hizo eso, pensaba que algo de todo eso no estaba bien, algo en la mirada de Rubén la hacía dudar; o más bien temer.
Noelia esperó un poco más sentada en la barra por ver si veía la cara del hombre que había tratado con Rubén. Pero este no se movió de su mesa, permaneciendo apartado en la penumbra de su rincón.
Aguardó un poco más, vació finalmente su segundo botellín de cerveza, y ya no pudo aguantar más, se puso un poco paranoica y empezó a creer que la gente del mar la miraba demasiado. El camarero de la cabeza rapada con su libro, el jugador de la máquina tragaperras, los pocos clientes de las mesas. Cogió su bolso y se fue directamente hasta la mesa en la que estaba todavía sentado el hombre al que no lograba ver la cara. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para reconocerlo, fingió que se equivocaba de camino hacia el baño de mujeres, dobló en ángulo recto y se metió dentro.
No hizo uso del retrete, que estaba inmundamente sucio. Pero esperó dentro unos segundos, aguantando la respiración y el asco, y salió con paso firme hacia la calle con las rodillas temblándole. Luego corrió hasta su portal con las piernas blandas como la goma. Cerró la puerta tras de si y se quedó allí mismo, acuclillada en el suelo frío y oscuro del portal pensando en la cara de Pedro Conde. El hermano pequeño de los traficantes habituales del barrio; unos auténticos hijos de puta. Todo el barrio lo sabía, era mejor no tratar con ellos. Rubén debía de saberlo, pero entonces ¿por qué les había ido a comprar a ellos? Noelia lo pensó un solo instante. Enseguida trató de borrarlo todo de su cabeza, y como no pudo se puso a llorar.
La droga se la vendió a Rubén Pedro Conde.
Terminó de escribir esa frase en el cuaderno que le había regalado su mujer. Cerró la pluma con el capuchón y se fue a meter en la cama. El cielo había empezado a clarear a través de las cortinas de la ventana del dormitorio. Había estado escribiendo casi toda la noche desde que se había despedido de Noelia, desesperada y llorosa, desde que termino de contar su parte en la historia de Rubén. La quiso acompañar hasta su casa, pero ella lo rechazó con la cara enterrada en un pañuelo de papel. No insistió más y volvió a su casa, pensando que Elisa estaría preocupada, porque era muy, muy tarde.
Cuando entró en su casa todas las luces estaban apagadas, señal de que estaba dormida. Iba a entrar sigilosamente dentro de la alcoba cuando de refilón vio la luz del escritorio encendida con un pequeño papel escrito bajo la luz:
No es bueno que te acuestes en la cama cargado con demasiadas cosas malas en la cabeza. Déjalas mejor aquí antes. Besos.
Siguió el consejo, sacó el cuaderno y la pluma; y llegó el alba después.
Pasaron dos semanas en las que el cuaderno no vio incrementado su número de páginas escritas. Fueron dos semanas tranquilas, solo eso. Pero llegó un día en el que sonó el teléfono. Siempre suena el teléfono para que las cosas cambien.
-¿Noelia?
La pantalla del terminal delató, indiscreta, el origen de la llamada. Le había dado su número por si necesitaba hablar, esa noche la había visto muy afectada.
-No se quiso matar, ¿sabes? – Parecía feliz.
-Noelia, ¿eres tu? ¿De qué hablas? ¿Quién no se quiso matar?
-Me he enterado, es maravilloso; bueno es horrible. Pero no se quiso matar.
-¿Hablas de Rubén? Fue una sobredosis, porque dices eso ahora.
-Por que es la verdad. Le vendieron mierda, tenía droga muy adulterada, y por eso se murió. No fue cosa suya. No quería morir, le mataron. Es una puta mierda, pero al menos él no quería morir; es maravilloso.
-¿Cómo sabes eso? Yo no he leído nada en la prensa.
-De esas cosas solo te enteras en la calle. Los Conde compraron mierda mal tratada a alguien, y hay otro par de muchachos muy mal a parte de lo que le pasó a Rubén. Se va armar gorda.
-¿Por qué? Les detendrá la policía y ya está. – Dijo inocentemente casi con alivio porque todo parecía acabar por fin.
-Eso no lo sé, pero no creo. Lo que te digo es que en el barrio se va a liar bien, una cosa es que dejen vender droga a una gentuza como los Conde, y otra es ir matando a chavales. Lo que te digo, se va a armar.
Era de noche, madrugada profunda y cerrada y fría; incluso una leve capa de niebla se arremolina en jirones en las esquinas y entre las pocas farolas encendidas, que había en el camino lleno de socavones que lleva a la barriada; el conjunto de casas después de la vía del ferrocarril, hasta la casa de los hermanos Conde.
Era necesario, casi, que fuese noche profunda, que hiciera frío, que no hubiera ninguna posibilidad de encontrarse con nadie. No era tan solo una forma de contar las cosas; una reunión clandestina, un cónclave secreto al amparo de la luna muda y las estrellas inertes, para que las atrocidades que se desarrollasen no fueran jamas conocidas por el mundo. No, no era eso exactamente.
Aunque en cierto modo tiene algo de eso. Se iba a hablar de unos jóvenes muertos, de un crimen que se querrían mantener impune, de una injusticia por necesidad. Cosas, también, que no habían de ser expuestas a la luz del mediodía. A su brutal y parcial criterio, que debería de ser saldado con sangre, se podría decir que fue un simple desliz.
Había un coche, aparcado, parado lejos de cualquier luz de las que hubieran tenido la suerte de sobrevivir a una pedrada. Era un coche camuflado, es decir, un coche de policía disfrazado de coche corriente. Era un coche que se había usado para llegar hasta ese lugar sin levantar sospechas; presentarse a esas horas tan avanzadas en un coche patrulla, cargado de luces y de sirenas, hubiese sido contraproducente al fin necesario para la ocasión. Aun así, siendo un coche discreto, su conductor había querido tener la precaución de detenerlo en un sitio oscuro y a salvo de miradas curiosas. Toda precaución siempre es poca, no en balde no todas las noches se presentaba en esa calle el jefe de la policía de la ciudad; en persona, para tratar un tema desagradable en el que no debía de haber intermediarios.
-Pero, a ver. ¿Qué cojones habéis hecho? – El jefe de policía local tenía la cara enrojecida y bañada en un sudor grueso y grasiento. La silla sobre la que estaba acomodado soportaba con poco margen su voluminoso cuerpo. Tenía el vientre amplio y esférico como un gran orbe terráqueo, henchido de vísceras palpitantes. Le nacía de mucho más arriba del esternón, entre el canalillo formado por los pectorales, fuertes y marcados, a partes iguales de masa muscular y de grasa; luego la barriga describía una curva generosa hasta prácticamente las ingles. Tal generosidad de volumen le hacía totalmente imposible cerrar las piernas al sentarse. Su posición mientras hablaba y voceaba a los hermanos Conde era por todo esto muy peculiar; se asemejaba a un luchador de sumo de rasgos semíticos abalanzandose hacia el frente, con temeridad y desprecio de la ley de la gravedad, de tal forma que de no ser por la silla caería de vientre al suelo, como una tortuga dada la vuelta sobre su propio caparazón. Se apoyaba solo con la cara interior de los muslos y con un pequeño punto de su vientre sobre la parte horizontal del asiento, aplastando sus genitales. Cada vez que gritaba cargaba el peso peligrosamente sobre el vientre, estirando las piernas con fuerza para no caerse, como hacía en esta ocasión.
-Estate tranquilo, ¿vale? Aquí nadie ha hecho nada. – Respondió con calma Amancio, el mayor de los hermanos Conde, mientras echaba un trecho hacia atrás la cara para evitar la lluvia de saliva que arrojaban los labios del jefe de policía.
-Me cago en vuestra sombra. Hay tres chavales muertos, y otros cinco en coma; pasándolas putas. Y todos se metieron pura mierda, vuestra mierda.
-No tenemos ni puñetera idea de qué estás hablando, jefe. Es una putada lo de esos chicos, pero la droga es un lacra terrible para nuestra sociedad de la que todos somos culpables en parte.
-Amancio, me haces el favor de decirle al gilipollas de tu hermano que se calle la puta boca si no quiere que le meta un tiro en los cojones.
-C…
-Déjalo Pedro. Por favor, no la jodas más.
-Gracias. – Sacó un pañuelo de tela amarillenta, lleno de manchas de grasa, y se secó la frente. –He dado la vuelta a toda la mierda de ciudad y la mierda que se metieron esos desgraciados es vuestra. No solo eso, que parecéis bobos, se la vendisteis vosotros mismos.
-¿Desde hace cuanto?
-Tres semanas. Cuándo trajisteis lo último, ¿no?
-Sí. Tiene que ser nuestro. Seguro.
-Y todo lo vendisteis vosotros mismos. ¿Es que no podéis vender el material a cualquier colgado y lavaros las manos? No, no podéis perder nada de dinero. Lo tenéis que guardar todo para vosotros, podridos de dinero. Y luego vivir en esta mierda de barrio rodeados de escoria.
-No nos fiamos de nadie. Con dinero de por medio es mejor hacer las cosas uno mismo.
-¿Aunque luego las hostias os vayan directamente a vosotros?
-Sí, aun así.
-¿Aun así qué, Amancio?
-Nada, Pedro.
-Pues os van a caer leches de todos los lados. ¿Qué hacéis con el dinero?
-…
-¿Lo tenéis escondido en casa? No me jodáis. No podéis ser tan tontos como para eso… Sí, lo sois.
-Nos gustan las cosas así.
-Podíais haber comprado una casa de puta madre en un buen barrio, tener algún abogado en nómina para que os blanqueara el dinero, que os llevara los papeles. Pero no, lo tenéis que tener todo debajo de una baldosa, como si lo viera… No, mejor no me digáis nada. Prefiero no saber nada.
-¿Qué se puede hacer? – Amancio habló lacónicamente con los ojos fijos en la mirada profunda del jefe de policía.
-Yo qué sé. Si al menos trabajarais con algún camello de poca monta, no sé; le detenían, le metíamos un par de kilos durante el registro y se llevaba todo el problema él solo. Pero así, no puedo. Los de arriba me piden cabezas. Joder, me han llamado hasta de la Capital.
-Nosotros podemos salir de aquí ahora mismo. En dos horas.
-Y qué solucionamos. Que ya ha muerto mucha gente, que no sabéis en la puta mierda que estáis metidos. Os vais a ir, vale. ¿Adonde? A otra ciudad, lejos, a otro país. Caéis seguro.
-Entonces, ¿qué?
-No lo sé, hijo, no lo sé. Me gustaría poder ayudaros. Hemos hecho buenos negocios para todos; y para mi los negocios son sagrados. Quizás sería mejor para todo el mundo controlar toda es mierda que se meten los chavales ahora; pero yo ya estoy muy mayor para eso. Además da igual. Si no se cuela por un lado se cuela por otro. Además, que yo lo entiendo, que da dinero, y que todos tenemos derecho a comer. Pero es una mierda que ha jodido a un montón de críos, y no se puede hacer nada… Al menos contando con vosotros todos ganamos algo y de paso tengo controlado lo que entra; pero es que esto es demasiado. Hay que hacer algo.
-Ya sé de lo que habláis, cabrones.
-Cállate, Pedro.
-Pues a mi no me trincas, gordo cabrón.
Como respuesta la pared quedó manchada por un suave rocío de gotitas de sangre procedentes de la boca del menor de los Conde. El jefe de policía se limpió los nudillos con el mismo pañuelo que había usado antes. Cada vez estaba más sucio, se parecía a alguno de esos cuadros abstractos, lleno de manchas de diferentes colores.
-¿Y si hacemos algo?
-¿Algo?¿Qué? – Se guardó el pañuelo tras pensarse un momento si tirarlo al suelo o no; de lo perdida que estaba su blancura original para siempre.
-Algo. Si hacemos algo, cuanto tiempo tendríamos
-¿En qué coño estás pensando?
-En nada…
-¿QuecojonespiensasAmancio?
-¡Nada! Solo es una idea. Dime, ¿cuánto tiempo tendríamos?
-Puedo sujetar a los perros diez días. Como mucho, ni un solo día más.
-Hasta dentro de diez días entonces.
El jefe de policía tornó a sacar su pañuelo y volvió a limpiarse la cara con él, sin darse cuenta de lo sucio que se encontraba a esas alturas de la situación. Se lo pasó desde los gruesos rulos de carne que se le formaban en la nuca, bajo el pelo cortado a cepillo, hasta la papada doble. Al pasar por la mejilla izquierda se le quedó una gota de sangre proveniente de la encía de Pedro, no se dio cuenta y la dejó allí. Testimonio cruento que haría bien en hacer desaparecer cuanto antes pudiera. La sangre siempre es escandalosa y mala para encontrar excusas. Aunque un hombre siempre puede tratar de argumentar que se ha cortado al afeitarse; pero casi nadie se afeita de madrugada.
Balanceó su cuerpo amplio y su barriga descomunal. No terminaba de encontrar el centro de gravedad para poder levantarse de la silla sin caer sobre el suelo. Era como las maniobras de un dirigible, basculando suavemente el volumen de un lado a otro, avanzando y retrocediendo con dificulta pero con pericia, demostrando conocer sus propias limitaciones. Tan solo soltó algún joder entre dientes en el momento culminante de traspasar todo el peso a las piernas, a la vez que separaba de delante la mesa que había separado a los conversantes.
En el umbral, con el pomo de la puerta en la mano, el jefe de policía dudó un momento. Miró hacia delante, como si no hubiese una puerta sólida en medio, escrutando la calle que sin duda estaba silenciosa y desierta al otro lado. Había pensado decir una última cosa antes de salir de la casa, pero no estaba seguro de cómo iba a sonar el tono de su voz. No quería romper la imagen de suficiencia que había dado, aunque temía lo que pudieran llegar a hacer los dos hermanos. Por eso no abría aun la puerta, por si las palabras adecuadas llegaban a su boca cuando estuviese ya en la calle, y se enzarzase de nuevo a hablar a la vista de cualquier insomne.
Giró el pomo, pero no abrió la hoja. Se volvió para mirar a la cara de Amancio. Este, pensando que iba a salir, había dado un paso adelante y se encontraron ambos, separadas sus caras por muy pocos centímetros. Un poco incómodos, los dos retrocedieron.
-Amancio…
-Dime.
-¿Qué piensas hacer?
-No lo sé.
-Dime la verdad, necesito saber qué puede llegar a pasar.
-No te preocupes por nada. Tú solo busca un juez con el que se pueda negociar bien.
-No hagáis ninguna locura.
-¿Podemos hacer algo que no lo sea?
-No.
-Pues, eso mismo.
Abrió definitivamente la puerta y salió a paso rápido, mirando al frente con el cuello hundido en la camisa. Amancio apagó la luz de la entrada.
-Ya sabes, Pedro. Mañana temprano nos vamos.
La carretera ya estaba llena de camiones a pesar de que el sol casi no había salido. Amancio sabía que pasaría eso, que tanto tráfico dificultaría el viaje, pero no podía conducir de noche. Era del todo superior a su voluntad o a la necesidad. Le producían un sopor inmediato las líneas pintadas de blanco sobre el asfalto, conforme las veía pasar bajo los focos del coche.
Aunque una solución podía haber sido que condujera Pedro. Siempre era una alternativa, pero nunca era adecuada si estaba nervioso o bajo presión. Esta ocasión, por ejemplo, no se había preocupado por dormir un par de horas. Tras ver salir al jefe de policía entró en la cocina metió la mitad del hielo de la nevera en una bolsa de plástico y la otra mitad en una jarra. La bolsa se la puso en la boca, donde aun le sangraba la un poco la encía, y el hielo de la jarra le fue desperdigando con regularidad en vasos de güisqui que duraron hasta que Amancio lo metió en el coche a empujones; con su pelo moreno aún húmedo de la ducha matutina.
La solución nunca era Pedro; desde pequeños, por eso ahora estaba aguantando el paso lento de un camión que trepaba más que corría por las cuestas que menudeaban cada vez más. Esa era una señal inequívoca de que la meseta se había acabado, ya no podría tomar más velocidad hasta que llegasen a la costa, donde habría menos camiones y las carreteras estarían mejor preparadas para recibir mucho tráfico. La otra señal eran los árboles. En la meseta no era frecuente encontrar árboles mientras se conducía. Era claro que siempre se cruzaba por alguna pequeña mancha de pino, o por una chopera damérica al cruzar un río; incluso, a lo lejos, se podían ver árboles de más porte en oteros y cerros distantes. Todo eso sí, pero no se podía decir que durante el camino se hubieran visto árboles realmente. Si alguien preguntaba algo tan trivial como qué se había visto en el trayecto de la meseta hasta la montaña, cualquier otro respondería que tierra y más tierra. Lógicamente también habría visto pueblos, pájaros, ciertamente árboles y más cosas diversas; pero lo que diría sería tierra. Una enorme tierra de labor sin fin, de la que surgían los propios pueblos en los que vivían los habitantes de la meseta, que trabajaban esa misma tierra.
Una vez que aparecieron las lomas, las cuestas y los subibajas, ya no se estaba en la meseta y ya había árboles. No tantos como en los grandes bosques del norte, pero había muchos. Luego, más adelante, la tierra se arremolinaba, se arrugaba, se plegaba sobre sí misma. Parecía incómodamente empujada por fuerzas superiores, pero no parecía importarle. Allí la tierra era rica y negra, llena de pastos, de frutales, de maizales, de vacas orondas. No era como la meseta, donde la tierra se extendía con la placidez de una mancha de aceite. Como una espalda musculosa y relajada tomando el sol implacable.
Llevaban ya más de dos horas de camino y Pedro continuaba, dormido y amodorrado a la vez, en el asiento del acompañante. A Amancio le hubiera gustado tener algo de conversación, pero ya no esperaba nada improbable. De cualquier manera ya quedaba poco para llegar, una hora más o menos, casi se podía respirar el aire del mar.
La carretera cruzaba un pueblo típico de montaña, con casas de piedra y tejados rojos. Pararon por la puerta de un bar pequeño con las paredes encaladas y un gran letrero de madera pintado de rojo y amarillo. Necesitaba un café con imperiosidad, y llamar por teléfono. Zarandeó un poco a su hermano para que saliese del coche y le diera un poco el aire, pero Pedro gruñó algunos insultos y se acurrucó con el cinturón de seguridad peligrosamente entorno a su cuello. Lo dejó allí con resignación y entró en el local.
No había nadie ni delante ni detrás de la barra, era demasiado temprano. Se acodó en la barra y dio una palmada sonora y amplia sobre la madera pulida por el roce suave de los años. Por una puerta pequeña, por la que pasó medio agachada, apareció una mujer, una aldeana típica de cuerpo robusto y mejillas sonrosadas.
-Buenos días, ¿qué quiere? – Dijo mientras se secaba las manos llenas de jabón en el delantal, blanco de lejía, que llevaba sobre una falda negra de luto.
-Un café. Grande y cargado, por favor.
-La máquina no la tengo encendida aun. Va a tener que esperar un poco. Es muy temprano todavía.
-No se preocupe, no tengo mucha prisa. – Mintió.
-Bien entonces.
-¿Tiene teléfono?
-Sí, ahí, junto a la puerta.
-Haré una llamada en lo que se calienta la cafetera, gracias.
Sacó un teléfono móvil del bolsillo y consultó un número. Metió unas cuantas monedas sueltas y marcó. Sonaron tres tonos y al cuarto alguien descolgó al otro lado.
-Diga.
-¿Ramón?
-Sí. ¿Quién es? – Era una voz recia, tenía cierto acento norteño, pero sonaba aprendido no era el natural de un lugareño.
-Soy yo, Amancio.
-¿Amancio?
-Sí, el de…
-Ya, ya sé quien eres. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ti, ni de tu hermano. No os he visto desde que enterrasteis a vuestro padre. ¿Cómo os va?
-Bien. Estamos bien. ¿Y tú? ¿Qué tal la familia? ¿Qué tal los críos? Los cinco.
-Seis, tengo seis.
-¿En serio? El menor tiene que ser muy pequeño.
-Siete años ya, está hecho un hombretón.
-Que bien.
-Escucha, Amancio.
-Dime.
-Sabes qué hora es, verdad.
-Claro.
-No me llamas para preguntarme solo por la familia, porque me has sacado de la cama, estoy descalzo y se me quedan los pies fríos de hablar de chorradas.
-¿Sigues viviendo donde siempre, en la misma casa?
-Claro, ¿por qué?
-Me hace falta, a mi hermano y a mi, un sitio en esa zona donde estar tranquilos unos días para arreglar unos negocios. Solo por unos días, entiendes.
-Claro.
-¿Podríamos estar allí? Solo un par de días, cinco a lo más.
-Creo que sí. Hablaré con la mujer, pero no hay problema. ¿Cuándo legáis? ¿Mañana?
-En una hora.
-¡Coño!
-¿Algún problema?
-No. Pero que prisas que te gastas. ¿Por donde estás?
-Acabo de cruzar el puerto.
-¿Te persiguen? Porque si es eso, la cosa cambia.
-No, pero he tenido que hacerlo así.
-¿De verdad?
-Mira. Si tienes miedo, busco otro sitio. He pensado en ti porque hay confianza, o eso creía.
-Sí, hombre, pero…
-¿Cuánto?
-No, coño, no es eso.
-¿Cuánto?
-Mira… Ya hablaremos cuando lleguéis. ¿Venís los dos solos?
-Sí.
-Pues os estaré esperando. Adiós.
Y colgó sin que Amancio dijera nada más. Tampoco se preocupó mucho por ello. En la barra de madera le esperaba un tazón enorme de loza blanco, como los de antaño, lleno de café con leche. La leche era seguramente de alguna vaca que acababan de ordeñar entre los muros de la misma casa, por la cantidad de nata que tenía. La buena lugareña se había tomado al pie de la letra el pedido de un café grande. Instintivamente le entraron ganas de mojar galletas, pero temía que si se las pedía a la mujer, esta le traería un plato lleno.
Bebió con placer, y agradecimiento de su estómago, el cuenco de leche, dejó un billete en el mostrador y salió a la calle sin esperar a que volviera a aparecer la mujer. Con lo que había dejado cubría con creces el coste de la llamada y la consumición; pero el buen gusto de la leche auténtica que hacía tanto que no tomaba, le volvió generoso el bolsillo. De cualquier manera, pensó, el mismo tazón con la misma leche, le hubiese costado mucho más en la ciudad.
Solo después de haber salido del pueblo, su hermano pequeño pareció salir de su particular letargo etílico.
-¿Dónde has estado?
-Tomando un café.
-¡Joder!, me podías haber dicho algo. Tengo un hambre de la hostia.
-Estabas dormido del todo. Si ni te has enterado de cuando he bajado.
-Pues sí me he dado cuenta, entonces es que no estaba tan dormido, vamos, digo yo.
-Déjalo, Pedrito, que estabas fuera de juego del todo.
-No me llames Pedrito, coño… – Pegó la frente en la ventanilla de su lado, como dando por terminada la conversación. Pero al parecer se mareó pronto y volvió a mirar al frente. Con la voz un poco más pastosa y el tono más tranquilo continuó. –Además, has tardado mucho en tomar un café.
-La máquina no estaba encendida.
-Qué lentos son en ese pueblo.
La frase la dijo en un tono neutro, por nada en particular. Seguramente porque se acordó de un carro tirado por una mula que les hizo ir muy despacio hasta la salida del pueblo.
-También estuve hablando por teléfono.
-¿Qué?
-Nada, que hice una llamada.
-A ver. Estaba la máquina estropeada o hiciste una llamada. – La apatía dio paso a algo de tensión. Como hablando sin separar las muelas.
-Llamé en lo que se terminaba de preparar el café.
-¿Y por qué no me lo has dicho?
-¿El qué?
-Lo de la llamada, hostias. ¿Por qué no me has dicho que estabas hablando por teléfono?
-Por nada. No era importante.
-¿Qué hora es?
-Las siete y media.
Pedro se sonrió al oírlo, parecía divertido por algo que pensaba, y no tenía ganas de guardárselo dentro.
-Has llamado a alguien a las siete de la mañana y no era importante… Oye, ¿a quien has llamado? Si las putas no madrugan tanto.
-Gilipollas… He estado hablando con Ramón.
-Con Ramón, el gitano. ¿Pero de qué vas? Llamas al Ramón y me dices que no es importante.
-Sí.
-¿Sí? ¿Qué?
-Sí, que no es importante.
-Pero, a ver. – Se enderezó sobre su asiento. –Hace un montón de años que no sabemos nada del Ramón, y le llamas ahora; y no es para nada importante.
-…
-¡Hostias, Amancio!
-Le llamé para quedarnos unos días en su casa.
-Para escondernos del gordo cabrón de ayer. – Se notaba que no había olvidado el golpe impune que le había propinado. Lo dijo con resentimiento, pero con temor también, como si temiera que al terminar de hablar apareciera el jefe de policía repentinamente del asiento de atrás.
-No.
.-Pues, entonces ¿para qué?
-No sé.
-¡Pero si vamos a llegar ahora mismo! Tendrás que haber pensado algo.
-Todavía no lo sé; ya te contaré más tarde.
-¿El qué?
-Que no lo sé, joder. Cállate de una puñetera vez, que todavía nos metemos una hostia con el puto coche.
Desde ese momento los dos prefirieron dejar las cosas como estaban y no abrir más la cosa durante todo lo que restaba de trayecto. Pedro se hundió un poco en su ensoñación resacosa y cerró los ojos. Amancio siguió conduciendo como si no hubiesen pasado más que kilómetros en lugar de palabras. Bien mirado casi prefería conducir en silencio, sin tan siquiera encender la radio, dejándose llevar por la carretera ondulante hasta la ciudad, a orillas del mar. Había dejado la carretera principal bastante tiempo antes, más por gusto que por miedo. En principio no había nada a que temer todavía. Le gustaban las carreteras de montaña, las carreteras sinuosas del norte, de un gris oscuro y limpio por la lluvia eterna. Aunque de cualquier manera estaba bien conocer un camino discreto y seguro por el que volver a casa si había problemas.
Esta carretera, la vieja, como la llamaban los lugareños, era el triste testimonio de la prosperidad del siglo XIX y del XX. Ahora no era más que los restos, las sobras de la riqueza del XXI. Las enormes casas de piedra de los indianos fueron construidas en unas aldeas que no habían conocido durante siglos nada más que los restos de la historia. Pero el inicio del monstruo mundial de la industria fue piadoso con estas tierras perdidas para la causa de la prosperidad; esa tierra era abundante. Ya no la tierra en la que sembraban patatas, coles y manzanas, que eso ya se sabía desde mucho antes. Sino, más bien, las entrañas de esa tierra, preñadas de carbón y metales.
Un buen puñado de industriales e ingenieros, de la tierra conocida como Europa, tantearon el país de punta a punta hasta encontrar lugares con vetas abundantes, y engatusaron a los políticos del momentos para quedarse con la exclusiva de la extracción y comercialización de las abundancias de la madre tierra. Obviamente se hicieron ricos, groseramente ricos, pero no eran tan egoístas como para quedarse con todo. Principalmente porque no querían ni mancharse las manos, ni doblar la espalda, así que contrataron a los habitantes del lugar para que sudasen por ellos. El trabajo fue duro, pero no estuvo exento de recompensas. Esas estrafalarias mansiones enormes, en localidades que eran poco más que una reunión azarosa de casas, conocieron la prosperidad. El aumento de la población, el empedrado de las calles, el alumbrado público, con suerte algún teatro, algún frontón, alguna espadaña nueva para el templo y, sobre todo y ante todo, el ferrocarril.
El ferrocarril que unía a los pueblos con la capital de la provincia, incluso los unía con la capital del país, y los conectaba también con el océano. Que era su fin fundamental, el sacar de ese pestilente país toda esa riqueza, para utilizarla en naciones más merecedoras de la gracia del capitalismo. Aunque por suerte el mismo ferrocarril también sirvió para que crecieran y se desarrollaran pequeños negocios locales. Pequeños talleres, fundiciones, herrerías que con el tiempo fueron verdaderas empresas que favorecieron a toda la región norteña, que no conocía más prosperidad que la de sus puertos, a entrar por derecho propio en el siglo XX. Surgieron todo tipo de negocios, de comercios, de bancos, de asociaciones sindicales y políticas que dieron al fin algo de bienestar a todas esas gentes.
Los esqueletos oxidados de toda esa riqueza era lo que ahora estaba viendo Amancio mientras conducía hacia la costa.
A ambas orillas de la carretera se veían esas grandes mansiones deshabitadas, esos racionales pueblos decimonónicos de piedra y tejados grises, vacíos y sin vida. Edificios como cadáveres polvorientos que en su interior no conservaban ni el recuerdo de los tiempos pasados, solo el polvo.
Por las calles solo había viejos. No por desprecio, pero realmente no eran ancianos en el sentido venerable y reposado. Eran viejos que miraban con añoranza e incredulidad las fábricas descomunales, cerradas, oxidadas y abandonadas desde muchos años atrás. Cuando la vida parecía simple. Y era todavía simple, lo que pasaba era que ahora a ellos les había tocado vivir en el lado malo, en el lado donde las fábricas en las que podían trabajar cientos de jóvenes, ahora solo eran útiles para los chatarreros. En algún sitio, con muchísima suerte, habían sido restauradas con la categoría de monumentos históricos de la industrialización; pero eso más que motivo de orgullo, era un mal chiste. Esos artefactos ingentes de metal eran para trabajar, no para que quedase bonito en una fotografía.
Pero era lo que había. Y no era lo peor, por que al fin y al cabo tenían la dignidad de los cadáveres de los elefantes, de los monasterios en ruinas. Lo peor era lo insignificante. La insignificancia estaba abandonada y esparcida por todas las partes. Cientos de coches y maquinaria agrícola abandonada y herrumbrosa en las cunetas, en los corrales, en los descampados
Eran los esqueletos de los débiles de la manada, de los pequeños que habían llegado hasta donde habían podido, y allí habían quedado abandonados sus restos sin que le importase a nadie.
Cientos de pequeñas tiendas, escuelas, cines, bibliotecas, cafés elegantes, tascas humildes. Abandonadas, no cerradas por un interés concreto, sino repudiadas infamemente por sus dueños, que las dejaron por no poder ganarse el jornal con ellas. Tras eso, que el resto de la vida de las aldeas y pueblos pasase a desaparecer, era cuestión de tiempo.
Eso mismo tenía ante si Amancio, pueblos poco menos que muertos. Por dudosa fortuna, el fin del maltrecho siglo XX intentó subsanar el abandono y la derrota. No lo consiguió del todo, aunque algo de empeño puso. Como resultado el siglo XXI era una pintoresca mezcla de abandono y savia nueva. Era un árbol derribado por un rayo, al que de forma inverosímil le habían transplantado un brote nuevo, pequeño y tierno e inútil. En estas cosas y en otras parecidas pensaba cuando casi imaginándolo empezó a oler a sal, a mar, a oír gaviotas demasiado lejanas todavía para ser oídas.
La capital marítima orgullosa se dejaba caer, resbalando, por la pendiente suave hasta el gran océano del norte. Con los cimientos firmemente asentados en el puerto antiguo desde donde salían lana, hierro y aceite. Con los edificios nobles del XIX, con los nuevos brotes de la industria del XX. Con los barrios nuevos y ordenados. Aunque no hacía falta llegar tan lejos, pues Amancio condujo el coche hasta el primer desvío que había a la derecha, mucho antes de llegar a la propia ciudad. La carretera se degradaba rápidamente en un camino mal cuidado, donde abundaba más la tierra que el asfalto. Avanzaba entre pequeñas huertas, edificios fabriles rotos en lienzos de ladrillos musguientos, montañas de escombros, y se detenía en una hondonada en la que se amontonaba toda suerte de basura y desperdicios con forma de proyecto de lo que podrían llegar a haber sido casas.
El cielo estaba gris, y las nubes tan cerca de la tierra que no llovía, sino que simplemente se deshacían. Pese al clima inclemente, había un hombre, una figura a los lejos entre la lluvia, de pie en la puerta de una vivienda hecha de restos. Vestía de negro absoluto, y a pesar del refugio que le proporcionaba un sombrero igualmente negro, debía de estar completamente calado.
-Hola, Ramón. ¿Qué tal la familia? – El primero en bajar del coche fue Pedro. Entre el duermevela del viaje y el alcohol le habían dejado la tez grisácea, no tanto como mortecina, porque los ojos los tenía rojos e inquietos, pero sí con un aspecto general bastante lamentable que hizo torcer el gesto austero del hombre vestido de negro que continuaba aguantando la lluvia que se deshacía.
-Bien, muchacho. Están muy bien, gracias… Hola, Amancio. – Volvió la cara hacia el hermano mayor, dejando a Pedro con una frase de cortesía en la boca, se esperó tan poco esa súbita falta de atención que se quedó con la boca entreabierta y no supo otra cosa que hacer con ella que convertirla en una sonrisa. Pero quedó tan forzada que parecía que se estaba carcajeando sin producir ningún sonido, como la risa de un sordo que en ocasiones es tan siniestra. Amancio lo miró despectivo, con gravedad.
-Cierra la boca, que parece que estás colgado. Ramón va a pensar cualquier cosa.
-Por mi no te preocupes.
-Si no es solo por ti. Es que todo ha sido un poco precipitado y no he dormido nada. Oye, qué hacemos. Entramos o no. Tú ya estás acostumbrado a esta mierda de lluvia, pero yo me estoy calando hasta el tuétano.
-Claro, hombre, pasad.
-¿No habrá nadie? Si os molestamos ahora volvemos dentro de un rato.
-No hay problema. – Abrió la puerta de la chabola, dejando ver el interior, que parecía limpio y ordenado. La casa estaba hecha de tablones, de planchas de metal, de desperdicios, pero la puerta era como la de una casa corriente; de madera cuidada y brillante, con molduras formando una caprichosa y algo excesiva simetría. –He mandado a la mujer y a los hijos a comprar algo a la ciudad y a comer a casa de la familia. Pensé que sería mejor hablar con tranquilidad de lo que os traía por aquí.
-Bien hecho. – Amancio esperó junto al umbral a que pasase su hermano pequeño, y luego entró él, tras darle un empujón entre la espalda y cuello.
Ramón, sin preocuparse porque su sombrero ya no soportaba más agua y ya empezaban a surcar su cara varios hilos de lluvia, esperó un momento más para comprobar que no había nadie mirando, antes de entrar también en la casa y cerrar la puerta.
Por dentro la chabola parecía mucho más cómoda y casi lujosa de lo que daba a mostrar por fuera. Pero eso era la tónica general de todas las personas que vivían en ese tipo de construcciones, se preocupaban más por el interior, por la parte en la que de hecho vivían, que por el exterior. Por otro lado tampoco les gustaba mucho que nadie supiera cual era exactamente su forma de vida. No quiere decir que todos ellos pretendieran disimular enormes fortunas, pero de cualquier manera querían tranquilidad.
-No sé muy bien por donde empezar. Hace tiempo que no nos vemos, pero no he tenido más opción que recurrir a ti. Tenemos que arreglar algunos asuntos aquí, ya te dije, y necesitamos un sitio donde estar y…
-Espérate, Amancio. Anda sentaos, y luego me contáis. ¿Queréis tomar algo?
Pedro, con la boca cerrada ya, miró a su hermano mayor con extrañeza. Era posible que hubiese entendido mal lo que había dicho Ramón, pero la expresión también confusa de Amancio le confirmó el hecho. Amancio era quien había hablado, pero Pedro sabía a la perfección que pese a que no había dicho ni una sola palabra más de lo conveniente, quizás más al contrario; era del todo imposible que ese hombre no se hubiese dado cuenta de que el motivo por el que estaban en ese momento allí era de todo menos una simple visita de negocios a la ciudad. Casi se podía dar por consabido que tenían problemas con la policía. Problemas difíciles de controlar si se habían tenido que meter en un coche apresuradamente en mitad de la noche. Pero, al parecer, daba lo mismo. Ese hombre, ese demasiado antiguo amigo, les invitaba con toda calma a tomar un aperitivo, quizás a beber unos vasos de buen vino, antes de tratar los temas verdaderamente importantes. Podía ser que pretendiese aparentar una tranquilidad de buen anfitrión, o podía ser que intentase ganar tiempo con la oferta del piscolabis. O, simplemente, ese hombre empezaba de ese modo siempre los negocios; tal y como lo había visto hacer a su padre, a su abuelo.
Era un gesto extraño, pero el cansancio y algo de prudencia hizo que aceptaran la invitación sin impedimentos y dejaron para la digestión los problemas a hablar.
-Y, bien. – Dijo, sin levantar la mirada de la mesa, a la que limpiaba las migas de pan con el dorso de la mano, tras volver a llenar los vasos bajos de vino con un tinto muy oscuro y fuerte, que dejaba unas manchas densas y pastosas donde caía.
-Han muerto unos cuantos chavales allí, se está montando mucho alboroto; lo habrás visto en las noticias.
-No veo las noticias, no me entero de nada. – Esperó un momento antes de conceder. –Pero, de lo vuestro tampoco me he enterado.
-Bien.
-¿Qué vas, es decir, que vais a hacer? – Rectificó al fijarse en la mirada esquiva de Pedro, que volvía a verse apartado.
-Poco se puede hacer. Todo el problema lo tenemos nosotros. Nosotros compramos mal, y nosotros lo vendimos después. Si no hacemos algo, los muertos nos los van a colgar a nosotros.
-De todas formas, algo tendrás pensado. No te has venido aquí solamente para escapar del lío que tenéis en vuestra ciudad; porque saltaríais de la sartén para caer en el fuego. – Hizo una pausa. No estaba seguro de lo que iba a decir, de si podía asumir que sabía más de lo que decía. Aunque eso se aceptaba sin más, que era capaz de pronunciar en voz alta lo que conocía. Cuando dices algo una vez se rompe un sello, un himen, y la policía o cualquier animal con una barra de hierro te puede hacer contar todos los secretos. –Se lo comprasteis a Negrín ¿no?
-¿Qué? – Amancio no sabía que había dicho Ramón. Pareció entender que era el nombre de quien controlaba todo el tráfico de la zona, pero lo había entendido muy bien. Interpretó un poco y simuló haber entendido. –Sí, claro, pero yo le conozco como…
-¡Cállate! – El gitano no saltó de la silla en la que estaba sentado. No levantó en exceso la voz tampoco. Pero su cara expresó un pánico tan profundo, casi terror, que Amancio se calló, asustado, de si su interlocutor se había enfadado por algo.
-Trata de no pronunciar ese nombre en mi casa.
-Pero, tranquilo, hombre. Si no he dicho nada.
-Si le llamo Negrín es porque es como hay que llamarlo. Y no de otra forma.
-Nunca creí que fueras supersticioso. No puedes decir el nombre de un empresario. Se dedique a lo que se dedique.
-Tú no lo entiendes, no vivís aquí. No es superstición, es solamente, no sé, precaución.
-Dí lo que quieras, yo creo que ha sonado solo como miedo.
-Por mi puedes pensar lo que prefieras, pero será mejor que no digas nunca su nombre en mi casa, si no quieres que todos caigamos en desgracia. Hazlo por mi, por mis hijos, si lo prefieres.
-De acuerdo. Y, sí, se lo compramos a Negrín. Llevamos muchos años trabajando con él y nunca hemos tenido problemas. Nos fiamos de él, es un hombre serio. Por eso hemos venido aquí, para hablar con él, para solucionar con él el problema.
-No creo que se moleste ni en deciros que no. ¿Tratabais con él directamente?
-No. Es decir, al principio sí. El empezaba en esto y nosotros también; pero eso fue hace muchos años. Ahora siempre hablamos con,… con gente. No lo sé, siempre son distintas personas, lugares distintos.
-Lo que te digo, Negrín ahora no se va a preocupar por vosotros.
-Hacemos buenos negocios, para él y para nosotros. Creo que algo le interesará, aunque solo sea el dinero.
-No, Amancio, no. Lleva ya muchos años vendiendo droga fuera del país, a toda Europa. Lo que saca de una ciudad pequeña como la vuestra es lo que se gasta en un mes en cualquier capricho que se dé. No sois nada.
-Sí, si ya sé que tienes razón. – Amancio asumió finalmente la derrota de la que quería escaparse, como un gato que se zafa cuando intentan meterlo en un saco. –Pero algo tendré que hacer, sino nos van a joder, pero bien. La policía es capaz de dejarnos linchar en la plaza principal si les aprietan un poco las tuercas.
-Entonces sí que os habéis escapado.
-Sí, es la verdad.
-Pero, no teníais otro sitio, joder, mira que hay sitios.
-Hay muchos, pero si nos encuentran aquí,… siempre le caerá algo al… Negrín. – Y dejó caer una sonrisa desencantada al pronunciar esas palabras.
Al principio Ramón, el gitano, le acompañó en el gesto, se contagió de la sonrisa para quitar algo de la tensión que se estaba acumulando. Pedro también se contagió algo, pero por inercia, pues no acababa de entender muy bien todo el problema, para él las cosas siempre eran más sencillas. Y siguió sonriendo un rato después de que al gitano se le borrase todo asomo de relajación al terminar de comprender el significado de todo lo que había dicho Amancio.
-Tú estás loco, loco, loco de cojones. Pero cómo vas a amenazar al Negrín. No van a encontrar de vosotros ni un cacho así. – E hizo un gesto con la uña marcando la mitad de la yema de su dedo meñique. –No puedes amenazar a Negrín.
-Yo no quiero amenazarlo. Solo que si quiero hablar con él, en otro lugar no nos hará ni caso; en cambio, aquí, aunque solo sea por no llamar la atención si nos ponemos nerviosos, tengo una oportunidad, aunque sea solo una.
-Entiendo, entiendo. ¿Cómo te vas a poner en contacto con él?
-He intentado usar el teléfono de siempre, pero no contesta nadie.
-Claro, es lógico.
-Claro.
-Y no sabes dónde puede vivir aquí, donde tiene su casa.
-No.
-Entonces…
-Entonces necesitamos que tú nos ayudes a contactar con él.
Ramón, el gitano, había recuperado algo de templanza, y como había empezado a entender cómo pensaba Amancio, no se irritó, no hizo nada extraño ni exagerado, solo asintió con la cabeza, dando a entender que comprendía lo que le decían. Tenía las cosas muy claras, a decir verdad estaba muy seguro de lo que los hermanos Conde se proponían hacer era un despropósito total. No era una certeza, era un hecho que todo ese asunto no tenía buen aspecto, ni seguramente llevaría a un buen desenlace. Pero no quiso que se dieran cuenta de nada, prefirió dejar todos esos malos pensamientos solo para él, y dejar ocurrir las cosas sin que se le manchasen los pies de barro más de lo necesario. Les indicó que lo más conveniente sería que no se moviesen mucho por la ciudad hasta que él lograse ponerse en contacto con la gente de Negrín. Y sin mediar más palabras, por lo ensimismado que estaba en sus cábalas apresuradas sobre el devenir de los acontecimientos, les mostró la habitación que había preparado para ellos durante el tiempo que necesitasen pasar allí.
Por discreción, y seguridad sobre todo, a esa habitación solo se podía entrar desde una pequeña despensa que había en la cocina. No estaba totalmente oculta, pero tampoco podía decirse de ella que su presencia era evidente. No tenía ni una sola apertura al exterior, ni la más mínima ranura dejaba entrar el aire o la luz. Lo que hacia que el ambiente estuviera muy viciado, como notaron al apartar un par de sacos grandes con leña, patatas, ajos y cebollas que en cierta medida disimulaban la puerta, normal y corriente, por la que se entraba.
Por el aspecto que presentaba parecía que no era la primera vez que era usada para el menester de dar un cobijo discreto a quien lo pudiera necesitar; aunque fuese tiempo atrás. Era pequeña, casi mínima, solo entraban dos esteras extendidas en el suelo, que parecían dispuestas apresuradamente pocas horas antes, por las huellas de pisadas que se veían sobre la capa de polvo.
Respecto al resto, seguía la misma curiosa tónica general que lo que ya conocía de la chabola; el aspecto exterior no daba a entender de qué forma estaba formado el interior. Sin llegar a parecer una casa normal y corriente, ni mucho menos un palacio, la habitación era como cualquier otra de un piso de la década de los cincuenta, que hubiese sido cuidada, pero sin exceso. No tenía una gran presencia, pero era del todo habitable. El suelo era de un linóleo en buen estado aunque, como se notaba a simple vista, estaba cubierto de polvo, y las paredes estaban decoradas con un papel pintado de tonos y motivos desfigurados por el paso del tiempo, pero sin ninguna muestra significativa de humedad. Del techo, construido por planchas blancas de yeso, colgaba una única bombilla. Siguiendo en sentido inverso el cable eléctrico a través del techo y de la puerta, a la que estaba grapado con unos anillos gruesos de metal, se llegaba hasta un interruptor ya antiguo más que viejo, que era el único mobiliario de la habitación. No tenía ninguna toma para conectar un calefactor o un aparato que caldease algo el ambiente frío y húmedo de la habitación sin ventanas, aunque el invierno no por estar más cerca del mar, dejaba de ser riguroso. Para suplir ese defecto, que por otra parte podría haber causado un incendio, al pie de ambas esteras había unas mantas gruesas de pelo largo y suave, que olían a hierbas silvestres, y disimulaban en parte el aire viciado del cuarto.
-Tardaré unas cuantas horas. Podéis descansar aquí entre tanto; falta te hace, muchacho. – Le dijo, dándole una palmada en la espalda, a Pedro. –Adiós.
Este no devolvió el saludo como hizo su hermano mayor, solo miró al gitano, lo miró profundamente.
Ni Amancio ni Pedro dispusieron de mucho tiempo para inspeccionar más a fondo la habitación. Por una parte porque poco tenían más que saber de ella, y por otra parte, porque cayeron fulminados por el sueño los dos en el momento en el que toda la longitud de sus espaldas entró en contacto con la horizontalidad del suelo duro, suavizado apenas por las esteras.
Pedro no dudó nada antes de perderse en el sueño, tan solo se dejó llevar por los restos del alcohol que todavía le corrían por el cuerpo y por el cansancio acumulado en el viaje.
Del mismo modo se rindió Amancio, aunque tuvo la intención de recapacitar; de hilvanar una secuencia de situaciones y posibles acontecimientos que le diesen la manera exacta de salir entero de ese embrollo. Pero no pudo, el lecho no era confortable, ni la tibieza del ambiente era la suficiente, pero el cubículo estrecho, la total ausencia de claridad alguna, la respiración profunda y suave de su hermano junto a él, todo le precipitó sin remisión hacia el sueño. Como un niño entre unos pechos cálidos y fragantes.
No sabía cuanto tiempo exactamente había estado durmiendo. Su reloj no tenía ni lucecita auxiliar ni esfera fluorescente, por lo que no tenía medio alguno de saber que hora era. Solo sintió el rumor de pasos en las habitaciones cercanas, voces que decían algo en tono despreocupado. En un primer momento pensó que estaba soñando, dada la oscuridad impenetrable que lo rodeaba, pero transcurridos unos minutos fue del todo consciente de que estaba despierto y de que había más personas además de ellos dentro de la chabola.
Las voces parecían agudas, de mujeres o de niños, pero tenía algún miedo de que alguien, cualquiera, los hubiese encontrado en su huida por nada hacia algo que aun no había pasado. En definitiva, los hechos no le hacían tener temor de ninguna cosa, pero lo que iba maquinando en su cabeza le hacía estar aterrado.
Quería estar convencido de que esas voces no representaban ningún peligro. Se incorporó de la estera con la espalda rígida por la incomodidad, y estuvo escuchando, en silencio en medio de la oscuridad, lo que hacían los propietarios de esas voces.
Oía, como a ráfagas, gran número de pisadas. Pasos que se movían sin un orden concreto por toda la casa. En un principio creyó que un grupo de personas estaba registrando la casa, pero sin llegar a encontrarlos gracias al oportuno y propicio escondite en el que se encontraban; escuchaba pisadas rápidas y ¿húmedas? En torno a tres de las cuatro paredes que formaban el cuartucho, donde todavía continuaba la luz apagada, y temiendo que su hermano pequeño despertara ruidosamente y les descubrieran. Aun así, pensó que no tenían escapatoria, que más pronto o más tarde alguien repararía en esa puerta que comunicaba con la cocina, la abrirían, tal vez alumbrando con una linterna a sus dos confusos y acorralados habitantes, y todo acabaría allí.
Pensó que, aun sin tener una noción exacta de la hora que era, si llegaban a no ser descubiertos, podría entrar en cualquier momento Ramón, de vuelta de contactar con la gente de Negrín y ponerlos a la vista de los que revolvían sin ninguna misericordia. O, todavía peor, pudiera ser que los que ahora mismo parecían estar recorriendo la cocina con sus pisadas húmedas respondieran a que el propio Ramón los había delatado para ahorrarse los problemas que seguramente ellos le iban a causar si tenían tiempo.
Continuó otros cinco, tal vez diez o quince minutos, sentado sobre la estera a oscuras. No podía estar seguro porque solo controlaba la noción del tiempo a través del ritmo frenético que marcaba su corazón. Fuera del modo que fuese, la frecuencia de los pasos y su número fueron disminuyendo de forma significativa. Tanto como para atreverse a tentar la suerte y probar a salir de la ratonera donde estaba con su hermano.
Por un instante, un brevísimo momento, llegó a considerar la remota posibilidad de despertar a su hermano, contarle someramente la situación en la que pensaba que estaban metidos y buscar una solución con su ayuda. Aunque ese pensamiento duró tan solo eso mismo, un segundo breve. Solo con prestar algo de atención se notaba que su respiración era muy profunda, suave y regular. Estaba realmente dormido e, independientemente de la confianza que le tenía, prefirió incorporarse lo más silenciosamente que pudo, abrir la puerta muy despacio y salir con cuidado afuera de la habitación. Si Pedro se despertaba por casualidad y no encontraba a su hermano mayor con él no se alteraría demasiado, es más, podía ser que no se diera ni cuenta.
Giró el picaporte de metal cromado con suavidad, temiendo que pudiese estar cerrado con un pestillo, o con una llave desde fuera. No tuvo, no obstante, ningún problema; como tampoco había nada que le bloqueara el paso.
La cocina estaba vacía, una luz vaga y lechosa indicaba que aún era de día, por lo que, realmente, no había dormido durante tanto tiempo como pensaba, y que continuaba lloviendo. Todo parecía tranquilo pero se demoró unos segundos para comprobar que no había nada extraño en la cocina. Poca cuenta se daría de los cambios en una habitación que no conocía para nada, pero quedó más tranquilo y pudo escuchar con más seguridad que nadie estaba cerca, y si era necesario podía intentar salir corriendo por una puerta que comunicaba el descampado exterior con la propia cocina.
Con toda seguridad lo más prudente y lo seguro hubiese sido escapar lo más sigilosamente posible y evaluar la situación de posible peligro desde un lugar seguro. Pero, en lo más íntimo, temía que se estuviese comportando de un modo en exceso paranoico. Si no era que toda la compleja trama conspiradora que había acabado urdiendo en su cabeza no tenía excesivo, aunque no nulo, fundamento. No dio demasiados pasos, entre otra cosa porque se hubiese salido a la calle, cuando escuchó de nuevo esos pasos húmedos y rápidos. Solo que esta vez eran mucho más nítidos y se acercaban hacia él. Amancio se paralizó por completo y solo pudo pensar en una cosa: se fue todo a tomar por culo.
Nada más, absolutamente nada más. Solo pensó esa frase, esas ocho palabras durante un segundo interminable. Porque tan solo tardaron un segundo, único e insignificante, los pasos húmedos y la persona que los producía en presentarse frente a frente con Amancio.
Más bien cabría decir frente a tripa, pues la altura de con quien se topó Amancio no superaba la del vientre de este.
Un niño de unos ocho años, delgado, muy delgado, con el pelo negro brillante, corto y fuerte como las cerdas de un cepillo. Tenía también la piel morena, no en exceso, tan solo de estar mucho tiempo expuesto al sol, más que por una característica racial. Estaba vestido con dejadez, la ropa medianamente limpia y medianamente sucia, abrigado lo junto para los rigores de la estación en todo excepto los pies, que estaba, claro está, descalzos. Al caminar hacía un sonido similar a una palmada.
El niño y Amancio se quedaron mirándose ambos a los ojos. El adulto con miedo acumulado por todo lo que había pasado por su cabeza y también con algo de tranquilidad creciente, al encontrarse tan solo con un niño pequeño como origen de sus miedos. Al niño, por otra parte, se le veía muy seguro; con las piernas estiradas y algo separadas, y los brazos pegados muy rígidos al tronco. Pero con un brillo asustado en los ojos enormes y claros, mientras intentaba controlar el miedo que iba subiendo por su estómago, al encontrar al extraño, apretando con fuerza la mandíbula y los labios.
La tensión de las dos miradas que se cruzaba entre el miedo y la seguridad duró muy poco y saltó del lado del pequeño. Amancio vio cómo sus hermosos ojos se llenaban súbitamente de lágrimas y su pecho se hinchaba de aire. El niño aguantó la respiración con los pulmones llenos de oxigeno justo para coger fuerzas y soltar un grito estridente y agudo.
Gritó una, dos, tres, y hasta cuatro veces como un animal herido. Amancio no se movió de su lado, ni tan siquiera retrocedió un poco asustado; y esperó sin esperanza para ver qué era lo que pasaría a continuación, quien llegaría en auxilio de los gritos del chiquillo.
Solo llegaron una mujer, que sin duda debía de ser su madre, con una abultada chavalería arremolinada entre sus faldas, además de otros cuantos adolescentes con cara de curiosidad que se asomaron por el marco de una puerta.
-Entonces, solo tienes estos seis hijos; juraría que cuando los vi antes eran muchos más.
En el cuarto que hacía las veces de salón de la casa estaban dispuestos alrededor de una gran mesa, sentados en sillas, taburetes, sillones destartalados, hablando animadamente, con cierta voz queda, como con miedo de un peligro no nombrado. La luz era muy pobre, solo una bombilla grande y con manchas amarillas en la ampolla de vidrio, colgaba de un cable desde el techo; quedaba en penumbras todo lo que no estaba justo debajo de la fuente de luz.
-¡Te parecen pocos seis hijos!
-No, para nada. Pero estoy seguro de que vi muchos más cuando me los encontré a todos con Lucía, en medio del pasillo, y al pequeño, gritando como un loco.
-Con lo asustado que estabas podías haber confundido a los seis con toda una escuela. – Comentó también Pedro, con la mirada todavía soñolienta.
-¿Cómo sabes si estaba asustado o no? Si solo me veías la espalda y habías salido corriendo porque te habían despertado los gritos. – Amancio devolvió el reproche a su hermano porque aún estaba molesto por no haber podido contar con él.
-Sí que te vi la cara, y estabas muerto de miedo con el niño chillando. – No hubo nadie que diera la razón a Pedro porque nadie había hecho ningún caso a sus palabras. La verdad era que solo se había acercado a la escena en cuestión cuando todo estaba aclarado, y su hermano estaba ya entonces verdaderamente tranquilo.
Estaba sentado a la derecha de su hermano mayor, que miraba de frente al dueño de la chabola. La conversación estaba mantenida exclusivamente entre ellos dos. Estaban colocados a ambos lados de la mesa, bajo el haz de luz más brillante; el resto de personas se dispersaban, conforme su grado de importancia en los temas que se hablaban, en zonas de sombra cada vez más profundas. Desde la claridad leve donde estaban Pedro y Lucía, la mujer de Ramón; hasta donde el niño más pequeño dormitaba hecho un ovillo en una butaca polvorienta. Se habían colocado así de manera natural, pero sin duda aprendida, después de terminar de cenar. Los dos hijos de mayor edad de Ramón y de Lucía, un chico y una chica, tenían el privilegio de sentarse en un rincón de la mesa, pero lejos de su padre.
El muchacho era el vivo retrato de su padre, solo que más delgado y con la cara más redondeada y un gesto despistado en los ojos; pero el resto era el mismo pelo, los mismos rasgo, las mismas manos. La chica, en cambio, tenía algo del padre y algo de la madre. En su pelo, largo, alternaban hebras oscuras con ligeros brillos pelirrojos muy cercanos al rubio de su madre. Era alta y delgada, como el resto de los hermanos, pero su cuerpo ya anticipaba algo de la rotundidad de una mujer adulta, que indudablemente no había heredado del cuerpo mínimo en curvas y longitud de su madre. Debía de rondar los diecisiete años, y a pesar de compartir lugar privilegiado en la mesa junto a su hermano, no prestaba ninguna atención a los temas que se departían en la mesa, estaba más pendiente de los más pequeños. Por lo que parecía los dos hermanos mayores gozaban de cierta importancia respecto a todo lo importante que concernía a la familia, casi más que la madre. Esta, a pesar de su lugar de honor junto a su marido, tenía solo el papel de comparsa. Durante toda la conversación solo abría la boca para preguntar al marido si deseaba algo. Con esas mismas palabras, estaba más atenta a sus deseos o caprichos que a sus necesidades propiamente. Se llegó a levantar más de diez veces de la mesa para tales fines, pero en cambio no dirigió ni una sola mirada a ninguno de sus hijos. A ninguno si se exceptuaba al mayor, del que bebía sus palabras las pocas ocasiones que decía algo.
Al parecer esa podía ser la razón por la que la otra hermana se preocupaba tanto por los más pequeños. Llevaban mucho tiempo hablando, la cena había terminado, y la mesa estaba ya recogida. Se vació una enorme cafetera de hierro fundido, y la madre trajo una bandeja de cristal rayado con licor y vasos pequeños, por deseo de Ramón. La muchacha no dejaba de mirar preocupada a sus pequeños que ya estaban dormidos en posturas inverosímiles desde tiempo antes.
Cuando Lucía sirvió cuatro vasos de licor, la indignación de su hija mayor no cupo más en si y la lanzó una mirada de superioridad velada, que se borró instantáneamente a un leve gesto de su padre. Entonces la muchacha, como obedeciendo una orden esperada, se levantó sin mediar palabra y fue sacando en brazos, de uno en uno, a sus hermanos pequeños fuera del salón, hacia el cuarto donde dormían. Tardó unos minutos en acabar con los cuatro pequeños, pese a que la corpulencia de alguno no tan pequeño como para ser transportado en sus brazos delgados y juveniles, lo hizo con perseverancia; o más bien, con cabezonería. Por otra parte nadie hizo ningún ademan de intentar ayudarla; ni una mirada, ni una palabra. Ni la madre, ni su hermano, ni mucho menos su padre entendían que pudiera hacerlo otra persona. Cuando iba a cargar a la cuarta y última criatura Pedro desplazó su silla hacia atrás para levantarse y ayudara a la muchacha, ya que la luz débil de la habitación se reflejaba en el sudor de su frente. Pero una mirada furibunda y la mano firme de Amancio sobre la suya le invitaron a dejar que las cosas pasasen como estaban sucediendo hasta el momento.
Terminada su labor volvió a ocupar su lugar en la mesa. Con el pelo un poco aplastado por el sudor, y los ojos cansados y adormilados.
-Bien. Creo que hoy ya hemos hablado de todo lo que teníamos que hablar. Lo mejor será que nos vayamos a dormir; mañana saldré temprano para hablar con la gente de Negrín y que lo podáis ver lo antes posible. – No tenía nada que ver con lo que estaban hablando antes. Sencillamente decidió cortar la reunión en ese punto.
-De acuerdo, Ramón. Confiamos en que nos puedas ayudar. – Amancio tardó un poco en reaccionar por el corte abrupto que había sucedido, dijo algo de compromiso y se levantó de la mesa arrastrando tras de si a su hermano, al ver que se había levantado ya el matrimonio, y respetuosamente antes sus dos hijos mayores.
-Dormiréis en el mismo cuarto. No por precaución, que también, para qué nos vamos a engañar, sino porque no hay otro sitio; la casa es pequeña.
-No es ningún problema, está bien.
-Intentad no salir fuera de la casa hasta que yo vuelva. Si necesitáis algo entretanto se lo decís a mi hija. – Se volvió hacia la muchacha, despertándola, pues se había quedado dormida. –Lucia, cuida de que estén atendidos.
-No te molestaremos mucho, Lucía. ¿Te llamas como tu madre, verdad? – La dijo Pedro sonriendo.
-La molestaréis lo que tengáis que molestarla. Para eso está… Y se llama como su madre, ¿algún problema?
-No, era por ser amable.
-Con quien tenéis que ser amables es conmigo. Mi familia es cosa mía.
Salieron todos de la habitación menos la joven Lucía, que continuó en el salón hasta que los hermanos Conde entraron en su zulo a dormir. No vieron que la muchacha no permanecía por servilismo, sino porque dormía en una pequeña cama plegable en un rincón de la propia habitación.
Amancio odiaba profundamente compartir dormitorio con su hermano pequeño. Tenía la cualidad insoportable, para un insomne como él, de caer dormido de forma instantánea en cuanto alcanzaba la posición horizontal. Daba igual que acabase de despertarse de una siesta larga. Simplemente se dormía sin ningún preámbulo. Sin artificios, sin vueltas, sin todos los preparativos y los conjuros, las cuentas de ovinos saltarines, el repaso de listas estúpidas e infinitas; y todos los trucos inocentes con los que se puede defender un insomne. El tiempo anterior que habían pasado en el cuartucho, escondidos, no le había afectado mucho, él también se encontraba cansado por el viaje, el enfrentamiento tenso y velado con el jefe de policía; y durmió como un niño sin malicia. Pero esa noche no iba a ser igual. Estaba seguro, desde el momento en que cerró la puerta tras de si que comunicaba con la cocina, a través de los sacos ahora apartados, y apagó la luz de la bombilla que oscilaba del techo. No se encontraba especialmente cansado, ni tampoco preocupado en demasía por el resultado que pudieran tomar los acontecimientos, al menos por el momento. Pero vio el suelo estrecho y comprimido entre las paredes deslucidas, las esteras duras, las mantas cercanas al harapo. En definitiva, nada que le invitara a recogerse en agradable sueño placentero. Y menos aun, con el cuerpo enorme de su hermano, desparramado más que tumbado en el suelo, roncando con sonoridad y constancia rítmica.
La noche pasaba despacio sobre el cadencioso acompañamiento ronquil. Fuera el tiempo se mostraba inclemente con un acompañamiento de lluvia repiqueteante sobre las laminas de uralita, que servían de techo a la construcción, y con el viento fuerte, húmedo y racheado que din dudo provenía del océano cercano. No le veía, obviamente, en medio de la oscuridad absoluta de la habitación ciega, pero sabía que la bombilla bailaba alegremente movida por el efecto de la lluvia y el viento sobre el techado. Se imaginaba su danza con un movimiento acompasado, como si ejecutase el baile del ronquido de Pedro. Eso ya era insoportable; no solo tenía que soportar el ruido, sino también el movimiento que su estúpida imaginación otorgaba a una bombilla.
No creía haber dormido más de tres o cuatro horas cuando salió desesperado del zulo ruidoso. Pensaba beber agua, dar un paseo fuera, o lo que fuese que le diera como beneficio los dones del bendito sueño.
Abrió la puerta cerrada del pequeño cuarto y notó algo en los pies. Algo suave, caliente y rápido que le rozó la planta en un movimiento repentino, como de algo que escapaba al ser repentinamente descubierto. Sintió el roce que se perdía entre hacia el lugar donde permanecía dormido su hermano. O bien había entrado un gato, que no recordaba, o el sueño de Pedro tendría un invitado desagradable. Amancio no le dio más importancia. Cerró la puerta, pues tampoco era cuestión que por donde uno, entrasen después más, teniendo la intención de volver a entrar y reposar algo, ya que no dormir.
La parte de la chabola que hacía las veces de cocina y de habitación principal estaba completamente a oscuras. Fue como salir del vientre de un animal de las profundidades, para acabar en la negrura de su boca. Solo una ventana diminuta, sobre donde creía recordar que estaban los fogones, eran la única promesa que daba la habitación de que existía un mundo ahí fuera. Un lugar donde el aire era fresco, la lluvia mojaba el suelo y los ratones se escapaban entre los charcos.
La única manera posible de orientarse en esa cocina, oscura como los fogones del propio infierno, era recordar donde estaba cada cosa respecto a la guía del ventanuco. Pero no recordaba nada, a los dos pasos que se alejó de la puerta que acababa de cerrar, se golpeó en la pantorrilla con un taburete, una silla o un cajón de madera que, según él, no tendría que estar allí.
Se percató de que le sería imposible llenar un vaso de agua, de un grifo que no terminaba de ubicar en ningún lugar, y luego bebérselo sin despertar a todas las personas que estaban bajo el mismo techo de chapa; a todos menos a su hermano pequeño, claro estaba.
Lo mejor sería salir simplemente, la puerta estaba junto a la ventana, se recordó a si mismo en silencio. En esta ocasión aguantó al menos cinco paso. Cinco pasitos cortos, escuetos como de pájaro, hasta que se topó nuevamente con algo. Pero contrariamente no se hizo ningún daño. Era algo blando, era algo carnoso, era el cuerpo de alguien. De ningún animal, pues no notaba pelo, ni una viscosidad excesiva. No había más remedio de que fuese el cuerpo de una persona. Joder, ya estamos otra vez. Ahora qué coño pasa, ¿quién anda durmiendo en la cocina. Y, ¿para qué? Para vigilarnos, para que no nos escapemos… El discurso interior de Amancio podía haber ido desde ese punto hasta el infinito de la paranoia. Había dormido poco y todos los acontecimientos pasados y venideros le estaban pasando factura a sus nervios. Podía haber continuado así por espacio de horas, de no ser porque sintió que la parte de esa persona con la que había topado era un brazo; y la mano de dicho brazo estaba en ese momento agarrando su tobillo desnudo. Eso rompió el flujo de pensamientos e insensateces no nombrabas que hilaba, y le dejó la mente en blanco hasta que una voz adormilada dijo:
-¿Quién eres? – Era una voz dormida, femenina y juvenil.
-¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Quién está ahí? – No sabía qué pensar de lo que estaba pasando, ni mucho menos qué decir. Pronunció las primeras palabras que llegaron de su cerebro hasta su boca. Pero lo mismo podían haber sido otras cualquiera.
-Es el amigo de mi padre, no. Me ha despertado, ¿necesita algo?
-¿Quién eres? ¿Su mujer? Lidia.
-Nooo. Soy Lucía, su hija.
Amancio necesitaba imperiosamente saber donde estaba la cara de la muchacha, que le estaba le estaba hablando desde la altura de sus rodillas.
-¿Dónde está la luz? – Hablaba al frente, simplemente, también a susurros; pero no estaba seguro de que le estuviera oyendo con claridad.
-No la encienda, si no se van a despertar todos. ¿Necesita algo?
-No…
-Si necesita algo, dígamelo a mí, y yo le ayudo. No me hace falta dar la luz para moverme por la cocina.
-No, de verdad. No necesito nada, solo quería tomar un poco el aire; no puedo dormir.
Sintió que la voz ascendió desde su altura original a la vez que se alejó. La chica se había incorporado de donde estaba echada.
-Pero, está loco. Con la que está cayendo va a salir usted fuera.
-Sí, claro. Pero será solo un rato. No sabes lo que es estar ahí dentro con mi hermano. No sabes como ronca.
Escuchó una risa ligera y divertida, de esas que solo pueden salir de una persona que ha abandonado hacía poco la infancia, y luego el roce de un cuerpo menudo entre unas sábanas, notó que se levantaba y se acercaba a él tanteando el aire.
-Extienda una mano. – Continuaba hablando muy quedo. –Yo le acerco. Si intenta salir solo armará un escándalo tremendo y se asustaran todos. Yo le llevo, pero usted vuelve luego con mucho cuidadito, que tengo mucho sueño y esto no es una portería.
Pese al sonido casi imperceptible se notaba un tono amable y desenvuelto que acabó en una sutil carcajada trenzada de palabras. Amancio, obediente al tono autoritario y afable, extendió perpendicularmente el brazo, que creía que estaba más próximo a la pequeña Lucía. Sintió dos o tres soplos frescos de aire hasta que el último vino acompañado por una mano delicada, aunque fuerte y en cierto modo suave. Indudablemente era la mismo mano que hasta poco antes le había agarrado el tobillo. La mano derecha de Lucía, pensó que era una mano agradable para tenerla cogida al andar.
A pasos muy cortos, pero ligeros, y siguiendo un camino serpenteante y confuso del que estaba seguro que no se iba a acordar cuando pretendiese volver a dormir; llegaron sin ningún inconveniente a la puerta que la otra mano de Lucía hizo aparecer de entre la oscuridad, junto al ventanuco estrecho de la cocina.
-Bueno, ya estamos. Usted sabrá, si pilla una pulmonía no le diga luego a mi padre que le ayudé yo, que sino me mata. – Esto último lo dijo más seria mientras abría la hoja.
-Gracias.
A la luz de la noche se dio cuenta de que estaba vestido tan solo con unos calzoncillos y una camiseta de tirantes. Le entró una enorme vergüenza al ver que a su lado estaba la muchacha, sencilla y con la expresión seria después de lo que había dicho. Tampoco ella iba muy vestida, tan solo llevaba una camiseta, enorme y blanca, seguramente heredada de su hermano mayor, que le llegaba a tapar poco más que el arranque de las piernas. Amancio estaba tan avergonzado que no se atrevió a darla las gracias mirándola a la cara. Pero cuando ya se estaba girando Lucía para volver a acostarse, vio de refilón sus ojos azules y grises en la oscuridad. Enseguida se sumergió en la negrura del vientre del cadáver de animal hecho de residuos en el que vivía, y dejó a Amancio sin que tan siquiera pudiese pestañear. Luego sí, luego pestañeó y cerró la puerta para que la lluvia no entrase en la cocina, notando la tierra empapada bajo los pies. Estuvo un buen rato. Media hora, o tal vez más, no estaba seguro. Evitó mojarse todo lo posible, entró nuevamente dentro y se acostó junto a su hermano sin tropezar ni una sola vez. Se despertó y Pedro ya no estaba allí. Por los ruidos cotidianos que oía ya debía de ser de día.
Las paredes de la habitación carecían de ventanas o de cualquier tipo de abertura hacia el exterior. Era una cualidad muy útil si se querían conservar alimentos o personas a salvo, pero era inevitable que se formase una atmósfera cargada y algo insalubre. A pesar de que su hermano ya no estaba dentro el aire estaba cargado de olor, de destilaciones corporales. Por fortuna los días calurosos aun estaban lejanos, de lo contrario sería insoportable estar dentro. Sería parecido a permanecer en una tienda de animales a mediodía.
Se estiró con pereza, con el cuerpo agarrotado por el poco sueño y la mala calidad de este. Se vistió, se puso de nuevo la misma ropa del día anterior, que estaba muy arrugada y tenía el mismo olor que la habitación. Podría salir tal y como estaba, en paños menores, y pedir que le lavaran la ropa, pero eso significaría esta de esa guisa durante una cuantas horas a la vista de todos los muchachos y de Lucía. El que Ramón le viera así, se la traía al pairo.
Se alisó como pudo las prendas y salió. Los sacos de patatas y demás verduras continuaba a una distancia más que prudencial para ocultar de la vista la puerta rápidamente. No había nadie de la familia en la cocina, solo estaba su hermano sentado, tomando un gran vaso de café con leche por lo que parecía por el olor.
-Buenos días. –Masculló.
-Hola, hermanito. – El benjamín parecía rebosar buen humor. –Vaya horas para levantarte, tú que siempre madrugas tanto.
-No he dormido nada. Ese cuarto es una puta mierda.
-Anda, tómate un café.
En ese momento vio como de un rincón aparecía un ratón, de tamaño más que mediano, caminó lentamente hasta un pedazo de pan que había caído en el suelo junto al fregadero, le dio unos cuantos mordiscos parsimoniosos y después desapareció arrastrando su botín. Pensó en preguntar a su hermano si había notado algo por la noche, pero, visto lo visto, no tenía importancia.
-¿Dónde están todos?
-Ni idea. No había nadie cuando me levanté. He entrado en las otras habitaciones y tampoco había nadie.
-Habrán tenido que salir a algo. Pero todos a la vez es un poco raro. Está bueno este café.
-Sí, está cojonudo. Pero estáte tranquilo, no creo que nos tramen nada, no he visto nada raro entre sus cosas.
-¿Has estado registrándolos? – No había prestado mucha atención al anterior comentario, ni casi a ningún otro de Pedro.
-Pues claro. No me fío una mierda de ellos.
-Joder, Pedro, que Ramón es un amigo.
-Me cae mal.
-Todo el mundo te cae mal.
Pedro dejó ruidosamente el vaso sobre la mesa y derramó parte del contenido. Frunció el gesto con un mohín bastante infantil; en ese momento era solo un niño regañado por su hermano mayor. Daba igual que estuvieran, allí, intentando quitarse de encima a un muchacho muerto por algo que le habían vendido.
-Pero seguro que estás más tranquilo. – Insistió Pedro.
-Sí. – Concedió. –Estoy más tranquilo, pero hay que confiar en los amigos, siempre.
Tomaron un par de cafés más cada uno y nadie apareció por la casa. Era ya más de mediodía y les había entrado hambre, en parte por la inquietud. Escucharon como unas voces que se iban acercando. Se quedaron junto a la puerta de su zulo para esconderse si fuera necesario, pero no lo fue. Las voces agudas e infantiles eran de la mujer y los hijos que volvían a la casa. Aunque de Ramón no les llegó sonido alguno, pero nadie parecía preocupado.
Se sentaron nuevamente a la mesa y de eso modo fueron encontrados por la mujer y el torbellino de niños que gritaban y alborotaban a su alrededor. Todos iban cargado con bolsas grandes y blancas, que parecían llenas hasta reventar de trapos, o telas, o cualquier cosa que pudiera ser aplastada sin romperse. Iban muy abrigados con prendas que nunca correspondían a sus tamaños, pero que en compensación eran muy gruesas y pesadas. El día no daba la impresión de que fuera tan frío, ni el invierno estaba siendo tan crudo como para que fueran necesarias esas ropas para salir a la calle. Aun así las mejillas de los más pequeños estaban teñidas de un rojo vivo, expulsaban abundante vaho por la boca y un goteo, casi continuo, de mucosidad líquida caía desde sus narices. De todas las maneras estaban sudorosos y joviales, con el flequillo empapado de sudor y podía ser que hasta de lluvia, pegado a la frente. Los dos hermanos mayores también llegaban con la nariz y las mejillas de un rojo intenso; debían de tener mucho más frío que los pequeños, pero también sudaban más copiosamente, tanto que Lucía llevaba abierto el abrigo, dejando ver que vestía también la misma camiseta con la que había dormido la víspera. Iban cargados con gran generosidad, en cambio la madre, tras ellos, iban tan solo con un bolso de mano de tamaño mediano.
-Hola, familia. – Pedro estaba ayudando a descargar los fardos a los más pequeños.
-Hola, Lucía. – Amancio habló directamente con la madre. No parecía preocupada por nada, ni menos interesada en la presencia de los dos extraños en su casa. -¿Dónde está Ramón?
Con una expresión de extrañeza incuestionable preguntó que a cual Ramón se refería.
-Ramón, tu marido. – Puntualizó con más desinterés que otra cosa. No le gustaba esa mujer en absoluto. No por nada, sencillamente le caía mal; en eso se parecía a su hermano. No estaba muy convencido de que pudiera sospechar o temer algo de ella, aunque lo más probable era que no, pero la despreciaba instintivamente.
-¡Ah! Nos dejó hace un rato, tenía algo que hacer. Algo importante, decía. No sé, ha estado bastante preocupado toda la mañana.
-¿Te ha contado algo de lo que habló?
-¿Cuándo?
-Y yo que sé. Antes de que lo vieras preocupado.
-Ha estado preocupado desde que se levantó. Pero tampoco me dijo nada; ¡este hombre!
-Entonces, ¿ya estaba preocupado antes de ir? – Ahora sí se estaba empezando a preocupar. En parte por el diálogo carente de sentido, en parte porque no terminaba de entender lo que había estado haciendo Ramón toda la mañana.
-No ha ido a ningún sitio ni nada. Solo ha venido con nosotros a vender; ha estado preocupado, pero tampoco es para tanto. Siempre que va a hablar con Negrín se pone algo nervioso. Cuando venga ya estará mejor.
-Todavía no ha ido a ver a Negrín.
-No podía, hijo. Qué quieres, hoy había que levantarse pronto para trabajar. Ahora te dirá lo que ha hablado y en paz, ¿no?
-Pero me dijo ayer por la noche que…
-Ya, pero estabais muy nerviosos, ¿qué os iba a decir?
-¿Qué pasa Amancio?
-Nada… Vamos a tomar un café.
-¿Y el gitano? No dijo que no saliésemos.
-Si el no tiene prisa, no sé porqué vamos a tener nosotros cuidado. Lucía. No, tú no, tu madre. Lucía, le dices que luego le vemos, que no aguanto más rato aquí metido.
Era un poco temerario pasearse con un coche con la matrícula de otra región, así que se fueron caminando los dos hermanos, siguiendo la pequeña carretera serpenteante que llevaba hasta las primeras casas de la urbe, todavía lejos del mar.
Los primeros bloques de edificios que vieron no se diferenciaran en nada de los que había en cualquier otra ciudad. Las construcciones no eran las mismas, por supuesto, ya que sus arquitectos tenían un mínimo de imaginación; pero esencialmente eran todas iguales. Muchos pisos apilados en muy poca altura, techos bajos, pocas y estrechas ventanas, balcones alargados con ventanas de aluminio deslucido, paredes sin pintar desde hacía décadas, o bien de ladrillos negros por el hollín del puerto y el humo del tráfico rodado. La única diferencia importante en realidad era la humedad. Todas las cosas que tenían metal lo mostraban oxidado, como abandonado. Los tendederos estaban protegidos por grandes plásticos para resguardar la ropa que no se secaba nunca. A parte de eso y la prolongada cuesta abajo hacia el mar en la que estaba construida la población, todo era lo mismo, lo acostumbrado. Por eso, por esa misma costumbre entraron en un bar cualquiera, en una tasca, que podía haber sido la de la vuelta de la esquina en cualquier parte del país. Incluso el nombre del establecimiento era común hasta la saciedad. Las paredes eran iguales, la barra estaba hecha del mismo material, los parroquianos estaban de la misma forma vestidos. Quizás solo fallaba el acento, ese pequeño exotismo que nos sorprende al cruzar un río o al sobrepasar una montaña.
Ambos tomaron un café recurrente con idénticas lágrimas de aguardiente. Se dieron cuenta del hambre que les había atosigado en lo que esperaban a Ramón, el gitano, y decidieron que unas raciones de pescado y marisco autóctono serían algo apetecible. Pero, no había, de eso no tenían nada. Y engañaron al apetito con la siempre presente, y mal valorada, tortilla de patata y unas sardinas enlatadas en aceite. Después Amancio consideró que ya había pasado tiempo para que el gitano hubiese vuelto y pudieran al fin tener noticias de él. Dieron media vuelta y retornaron por las mismas calles y carreteras y caminos, intentando recordar los recodos idénticos, las esquinas y los callejones sin salida, por si hubiese necesidad de ellos. Más adelante, al fin, entraron de lleno en el vertedero, en cuyo medio vivía la familia que les alojaba.
Había el habitual alboroto de gaviotas y demás carroñeros propios de esos parajes. Pero también algo más, voces de niños. Sobre una loma pequeña y accesible se sorprendieron de ver a los hijos de Ramón y de Lucía; pero no por una cuestión de repugnancia, pues ellos mismos se criaron en su día entre también montones de chatarra, y eso era lo mismo aunque a más escala. Lo verdaderamente singular era que tenían montado un auténtico parque de juegos. Había mutaciones de toboganes y balancines entre los que reían, chillaban y de divertían. Había también algo como un banco, un par de bidones, bajos o recortados, que sostenían unos tablones donde sentarse y desde donde miraba atentamente la hija mayor de Ramón, Lucía. Todo el conjunto era tan curioso que se acercaron sin proponérselo para verlo de cerca antes de ir a hablar de lo que estaban más interesados.
Se detuvieron ante la zona de juegos improvisada. Tal vez llamarlo zona de juegos fuera una exageración, pero el resultado era el mismo, ya que los niños parecían divertirse estupendamente. Pedro no tardó en unirse a ellos, participando de manera violenta en los violentos juegos de los pequeños sátiros urbanos. Se entusiasmaba con facilidad, y no pasó mucho tiempo hasta que alguno de los pequeños recibió un empujón más violento de lo que podía resistir, y se fue llorando a resguardarse entre los brazos de la pequeña Lucía. Amancio no era tan dado a mostrarse efusivo, o a hacer alardes de sociabilidad, y había preferido compartir asiento con la mayor de los hermanos mientras Pedro se desfogaba, a la vez que trataba de no pensar en que Ramón, el gitano, no volvía. Durante unos minutos fue capaz de dejarse llevar por la situación, extraña y alegre, y no se acordó de su problema. Trató de hablar con Lucía, la hija, pero esta se mostraba en exceso seria y reservada, y le costaba charlar con soltura, o bien demostraba que era tan solo algo poco más que una niña y se aburría o no parecía entender de lo que hablaba Amancio. Aun así, la ansiedad pudo más que la insustancial conversación y acabó por preguntar:
-Y tu padre, ¿ha vuelto ya?
-¿Mi padre?
-Sí, claro. Ramón, vuestro padre. ¿Había llegado a la casa cuando vinisteis para aquí?
-No. Pero no creo que tarde mucho, señor.
-¿Por qué? Te ha dicho algo de lo que iba a hacer o lo que podía tardar en hacerlo.
-No. – Y pareció un poco insegura, tal vez intranquila por que no pensaba que su padre tuviera que hacer algo en especial. –Nunca llega casa muy tarde, tampoco tardará hoy. – Lo dijo como quien sentencia que se pondrá el sol al final de la tarde porque siempre lo ha hecho así.
-Bueno, pues iremos a ver si ha llegado. – Dijo mientras apoyaba las manos en las rodillas para levantarse.
-Esperé un poco más, señor. – Con una mano sujetaba contra su regazo la cabeza de un pequeño que sollozaba, y la otra la apoyó sobre la de Amancio, suavemente, para que no se levantara. –Si seguramente no habrá legado, quédese un poco aquí.
-No decías que no tardaría en llegar tu padre. Ramón. – Puntualizó al ver que no terminaba de reconocer al gitano exactamente.
-No tardará en llegar, pero todavía no ha llegado; seguro. Los niños se lo están pasando muy bien con el otro señor.
-Es mi hermano.
-Se parecen un poco, pero no parecen hermanos.
-¿Por qué? – Amancio siempre había tenido la convicción de que eran iguales, con las típicas diferencias entre primogénito y segundo, pero iguales al final.
-¿Y de donde vienen? – Lucía ya había soltado la mano de Amancio, y le quedó sobre el dorso el fantasma de su presencia, pequeña y leve.
-Del otro lado de las montañas.
-¿De la capital? – Pareció ilusionada por esa perspectiva.
-No. – Dudó si decirla de donde venían, la chica parecía inocente, y era mejor que no hubiese comentarios indiscretos con otros niños, en la escuela o en otro lugar; si era que iba. –No, venimos de entre la Capital y las montañas.
-¡Ah! Tiene que ser bonita la capital. Yo quiero ir a vivir allí. ¿La conoce usted?
-Sí. He estado muchas veces.
-¿Hay muchos famosos por la calle? Una mujer me dijo una vez que había visto a un cantante, uno que bailaba muy bien. Me hubiera gustado verlo a mí, me sé muchas canciones suyas de memoria.
-Yo nunca he visto a nadie. Además tampoco es para tanto. A mi no me gusta mucho, siempre hay demasiada gente. Es como todos los demás sitios, o hasta más feo.
Este último comentario pareció importunarla un poco a la muchacha, que había dejado de hacerle caso al oírlo y hablaba con ternura al niño sollozante y le daba besos húmedos y sonoros en el pelo. Amancio intentó disculparse, sentía haberla herido, solo era una niña ilusionada.
-Bueno, solo he visto algo de la capital. Igual por otros barrios se ven a más famosos y es todo más bonito.
Lucía seguía sin hacerle ningún caso.
-Allí está, ya ha llegado Ramón.
Efectivamente, el gitano bajaba de un coche grande y que estaba detenido junto a la chabola. Amancio estaba demasiado lejos, en ese montón de desperdicios, para ver quien conducía el vehículo, pero aún así intentó aguzar la vista por si podía memorizar alguna cara. Sospechaba que Ramón acababa de hablar con Negrín, y el chofer podía ser uno de sus hombres. Estaba centrado, con todos los sentidos pendientes en levar a buen término ese problema dentro de la boca del lobo.
-Vamos, Pedro. Deja a esos niños en paz, que ha llegado ya el gitano.
Su hermano soltó a uno de los pequeños y bajó la cuesta apresuradamente, formando una pequeña avalancha de hierros oxidados e inmundicias variadas. El niño, al que había tenido sujeto, le miró mientras se frotaba la parte de la cabeza donde había recibido unos pequeños capones de Pedro.
Ramón no parecía haberse dado cuenta de que los hermanos Conde iban detrás de él y se metió dentro de la casa. Cuando entraron a su vez, Pedro y Amancio, lo encontraron sentado a la mesa de la cocina, con un vaso de vino en la mano y la botella del mismo cerca su alcance.
-¡Ah! Hola, ¿cómo estáis?
-Bien. Bueno… ¿Qué? – Preguntó Amancio con ímpetu. Ramón miró al vaso, como si la respuesta estuviera flotando en el líquido. No debió encontrarla porque vació el vino de un trago. Torció el gesto, se limpió los labios con el dorso de la mano y rellenó el vaso. Tal vez la respuesta ahora sí estaba allí.
-Esta semana podréis ir a hablar con él. – Dijo por fin.
-¿Cómo que esta semana? ¿Sabes en cuanto tiempo podemos tener a la policía encima? Si no lo sabes, ya te lo digo: en un par de horas si tienen ganas. Ramón, cómo que en esta semana; estamos jodidos.
-Lo sé. A lo mejor en un par de días puede hacerse algo, pero lo mejor es que te hagas a la idea de que hasta dentro de una semana entera nada. Es mejor que esperéis tranquilos, Amancio.
Este se sentó violentamente sobre una silla, que casi se desbarató definitivamente ante el empuje del cuerpo, junto a Ramón, le quitó de la mano el vino y vació el vaso también de un solo trago.
-Bueno, hermanito, tranquilo. Una semana, pues una semana. Suerte que el mandamás va a hacer caso a unos mierdas como nosotros.
-Tiene razón, Amancio. Haz caso a tu hermano. He tenido suerte de que haya querido hablar conmigo; eso primero. Y después de que le haya dado la gana hablar con vosotros. Si le apetece os deja toda la mierda para vosotros, pero no quiere que le salpique nada, así me lo ha dicho.
-Y una semana pasa pronto. – Concedió con ironía Amancio.
-Claro que sí. – Se alegró el gitano. –En una semana, en unos cuantos días lo tendréis todo solucionado.
Pedro también pareció alegrarse por la expectativa de pasar unos cuantos días más en esa ciudad, como si fuera un turista.
-Oye, gitano. Me tienes que decir donde hay aquí algún local de los buenos, donde se pueda ir a tomar algo por la noche, donde se juegue a las cartas; todo eso, seguro que tú sabes.
Una semana pasa pronto. Son solo siete días y siete noches. Siete amaneceres y siete ocasos. Un ocaso puede durar a veces un solo segundo o toda una vida. Así que Amancio se imaginó todo lo que podía durar una semana completa; todo lo larga que podía ser cuando se estaba esperando algo. Cuando te estaban buscando. No tenía las expectativas de su hermano acerca de pasárselo bien entre tanto. Sabía que pasaría la mayor parte del tiempo metido en ese cuarto sin ventanas o asomando un poco la cabeza al sol suave, que caía entre la basura que rodeaba la casa. Preferiría que Pedro fuese un poco más sensato, que no se dejase ver, que fuese discreto, que no llamase la atención en ambientes en los que no tenía que llamarla. Porque enseguida se enteraría Negrín o la policía, que tanto daba. Pero sabía que sería imposible tratar de mantenerlo en el mismo lugar más de un solo día. Con seguridad acabaría emborrachándose e insultando a los niños o pegando a Ramón. Tampoco sería muy grave eso de no ser porque sabía que Ramón sacaba su navaja con mucha rapidez. Pese a todo lo peor sería mantenerle dos días entre cuatro paredes, aunque permaneciese calmado; porque al tercer día se volvería loco y saldría a degüello de la casa. No sería más que lo que podría haber hecho en toda una quincena, solo que concentrado en catorce horas. Ya había tenido alguna experiencia así con él, burdeles, timbas en las que perdía mucho dinero, peleas, detenciones, agresiones a la policía. Todo digno de las páginas de sucesos. No, eso no. Lo mejor era darle toda la cuerda que pidiera; ya se encargaría él de tener los ojos abiertos por los dos, y de estar precavido de soltarle una buena hostia si se desmadraba mucho.
Efectivamente los días que duró la espera fueron como se había imaginado por lo que concernía Pedro, y no tanto como lo había previsto para él mismo.
La vida en la casa de Ramón, el gitano, era muy rutinaria pese a lo que se podía suponer. Nadie tenía un trabajo fijo, solamente unas cuantas veces por semana iban a distintos puntos de la ciudad, donde se organizaban mercadillos callejeros en los que se podía encontrar todo lo que se pudiera colocar sobre una manta extendida en el suelo. Junto con Lucía, la madre, iban a su lado todos sus hijos más pequeños y alguno de los dos mayores, principalmente Juan. Ramón raramente los acompañaba, y si lo hacía permanecía solo un rato breve para luego reanudar sus propios asuntos. Lucía, la madre, a parte de esto y de comprar y cocinar algo, de ocupaba poco más de lo que no fuera la pantalla de la televisión; por supuesto no se preocupaba de que sus hijos asistieran habitualmente a la escuela. Si lo hacían era porque los acompañaba Lucía, la hija. Para otra persona podía parecerle totalmente imprescindible que los niños fueran a clases con algún tipo de compañía. Pero para esos chiquillos todos aquellos supuestos peligros no eran nada, si Lucía, la hija, se molestaba en llevarlos hasta la misma puerta del colegio era porque por el camino siempre se entretenía con algo y encontraba cualquier razón para evitar las clases. La propia Lucía, la hija, tenía edad para ocuparse ella misma, o para que alguien lo hiciera por ella, y asistir a un instituto; pero consideraba que no lo necesitaba.
La casa tenía un orden extraño y propio dentro del caos. Aproximadamente en los mismos momentos del día la casa se vaciaba, aunque en principio, ninguno de sus habitantes no tuviera que hacer nada fuera. Y, por el contrario, no importaban los quehaceres si consideraban que debían de estar reunidos entre sus paredes.
Esta cadencia le hizo un poco más llevadero el tiempo de espera. La mañana siguiente se despertó, dejando a Pedro dormido con una borrachera profunda y reciente, y encontró la casa vacía y silenciosa. Desayunó algo y se sentó sin hacer nada. Pasaron un par de horas en la misma inactividad, se asomó en un par de ocasiones a la explanada. Le entró un tedio inmenso y pensó que tampoco había que exagerar en ser precavido y que le apetecía mucho acercarse hasta el puerto. Cogió su chaqueta, mirando al cielo, y no le pareció que fuera a llover.
La ciudad respiraba con dificultad bajo el cielo gris y el aire frío. Se hacía pesado caminar y le costó mucho trabajo encontrar la orilla del océano. La ciudad estaba edificada de espaldas a la costa, cuando parecía que iba a llegar al fin, se abría entonces una frontera de vallas, carreteras de tráfico agresivo, edificios industriales y puertas cerradas. Pudo, con esfuerzo y con el cuello de la camisa empapado en sudor, encontrar un resquicio en las defensas, una fisura a través de un callejón estrecho y húmedo, sobrio y abandonado. Se subían unos escalones burdos de cemento, que ascendían en paralelo con la línea de la costa. Luego, tras una fila de coches aparcados muy juntos, se abría una playa estrecha de arena basta y negra; y después el mar. Ese mar defraudaba, y le defraudó a Amancio. Era una explanada inmensa de un gris cementereo, que deprimía como el aparcamiento vacío de una fábrica abandonada y monstruosa. Era triste, casi ni oleaje animaba su superficie, el poco que se apreciaba tenía una cadencia casi mecánica. No quiso permanecer allí más de unos minutos. Se dio la vuelta y se alejó rápidamente de regreso a la chabola de Ramón con el pelo mojado de salitre, sucio y pegajoso. Se metió directamente en la habitación sin ventanas y no salió hasta que el hambre le anunció, muy pasada ya, la hora de comer. Su hermano continuaba dormido, la casa estaba vacía, y un plato único con comida fría estaba dispuesto con orden en medio de la mesa, esperándolo.
Cuando finalizó de comer lo dejó junto al fregadero y se volvió a sentar a la mesa. Al cabo de más o menos una hora silenciosa entró Lucía, la hija.
-Entonces, la capital es una mierda. – Le espetó la muchacha sin más.
-Eso creo yo.
-Ya me parecía a mi.
Era extraño lo que una sola frase podía cambiar la percepción que tenemos de una persona hasta el momento previo a que esta la pronuncie. En este caso fue así. Para Amancio fue un cambio tan profundo que desde ese instante la espera de las noticias sobre Negrín fue un tiempo que aprovechar, en lugar de una sucesión de horas vacías, como un viaje en tren sin un libro que leer, que solo tiene sentido cuando se acaba llegando al destino.
No fue nada más que compartir una rutina ajena con otra persona. Pero en realidad, qué más cabe esperar de la vida.
Pedro ya había logrado estabilizarse en un estado constante de embriaguez festiva cuando tuvieron que meterle de cuerpo entero en un bidón lleno de agua fría. El gitano acababa de llegar, mandó afuera a Lucía, la hija, con el resto de los niños y le dijo a Amancio que al día siguiente irían a hablar con Negrín.
Asintió, satisfecho y tenso al mismo tiempo, y le preguntó Ramón si tenía algo para que su hermano pequeño no llegase borracho como una cuba a la entrevista. Entonces le sugirió lo de él bidón que llenaban de agua para que se bañasen los chiquillos. Por el frío las noches el agua debía estar muy fresca, solo bajo el resguardo del cielo junto a la chabola; lo suficiente en cualquier caso.
Cogieron por los pies y por los brazos al menor de los Conde, lo sacaron de la casa en volandas sin que llegase a inmutarse demasiado, y lo metieron de cabeza en el agua helada.
Durante más de media hora estuvo insultándolos con palabras que habrían hecho sonrojar a un sargento legionario, pero allí todos miraban divertidos y sonrientes; hombres con barba y niños que casi no sabían hablar. Cada vez que Pedro forcejeaba por escapar lo empujaban nuevamente al fondo. Como su estado era muy lamentable no tenía fuerzas para resistirse, y cuando a Amancio le pareció que era suficiente mandó a Lucía a por jabón; creía haberlo visto en algún rincón de la casa, pero no estaba seguro. Tras unos minutos de enjabonarlo concienzudamente, y los consiguientes aclarones, lo ayudaron a salir y le cubrieron con una toalla el cuerpo desnudo y azulado por el frío. No solía acostumbrar a dormir con mucha ropa y de tanto trasiego se le había quitado toda.
-Ahora tómate un café y vete a dormirla. Mañana hablamos de una puta vez con Negrín.
Un coche diferente al que dejó otro día a Ramón, el gitano, les recogió a los tres en una plaza de un barrio relativamente cercano. Había una intención discreta en esas precauciones, y también la había en la forma espaciada y despreocupada que los tres, Amancio, Pedro y Ramón, entraron dentro.
Tardaron más de lo imaginable en recorrer la ciudad y tomar una pequeña carretera, estrecha y nueva, que corría paralela a la costa entre huertos, pequeñas fincas y casas de campo vacías los días laborales. Después de más de media hora, en la que era suponible que habían procurado que nadie los siguiera, cogieron un desvío por un camino sinuoso de ceniza que bajaba por un acantilado hasta la orilla del mar. Allí, junto a una playa mínima, lamida por el agua helada de la pleamar, había una casa incrustada entre la pared vertical de roca y la vegetación salvaje y húmeda. Alguien sin importancia se esmeraba con una máquina de agua a presión y un cepillo en limpiar la fachada de cemento de musgo y de otras manchas diversas. Aunque por lo húmedo del lugar era una batalla perdida desde el principio, que solo el celo o la constancia en las ordenes a un empleado se empeñaba en poner trabas. Los tres sentían cierto temor. Un tanto menos Ramón, el gitano, porque no era la primera ocasión que se presentaba en esa casa; pero al igual que los hermanos Conde sentía ese miedo reverencial por la riqueza. Era el mismo sentimiento que impedía a la gran mayoría de las personas hablar a viva voz dentro de un banco, una iglesia o un museo; el miedo al poder, y por extensión a la riqueza. A la riqueza que otros poseen, claro está, y que convierte al resto en meros títeres que harán todo lo posible por lograr el halago y no ser expulsados de ese lugar, baluarte ante la miseria; y si había suerte lograr también unas monedas de plata.
Ese poder era el que ostentaba Negrín. Su presencia física no era nada, ni tan siquiera insignificante. Un hombre bajito, menudo, de cara redonda y nariz larga y afilada, clavo y con los ojos pequeños y esquivos. No aparentaba más que cualquier pobre pescador, que tiene miedo de pedir un precio justo por su pescado, por si al final se quedaba sin nada.
Pero ahí llegó en su día un golpe de suerte. Unos cuantos paquetes que en un bote tan mísero como el suyo no llamarían la atención a la autoridad. Y luego más, y luego gente a la que pagar para no tener que arriesgarse él; y después otras muchas cosas hasta llegar a esa bonita casa, y poca gente a la que rascar la espalda y muchas personas que se la rascaban a él; pobre pescador.
No había ningún bote, ninguna escenografía en la entrevista. No era un hombre que supiera utilizar esos sofisticados elementos de poder. Simplemente los llevaron hasta la cocina, elegante y cara, pero tan solo una cocina. Y allí estaba sentado, con las mangas de la camisa blanca subidas, comiendo almejas vivas a las que echaba gotas de medio limón.
-¿Qué quieres gitano? – Su voz era aguda y débil, algo chillona y desagradable cuando elevaba el tono. Como el graznido de una gaviota.
-Los hermanos Conde, que han venido para hablarte de eso que te comenté.
-Pues vosotros diréis, hijos.
Solo había una silla en la cocina, en la que estaba sentado el propio Negrín. Miraron incómodos alrededor por si había algo en qué acomodarse, pero no encontraron nada.
-Mira, Negrín, lo que pasa en que tú nos… – Se adelantó Pedro, al que poco o nada parecía impresionar el poder y la posición del hombre que comía moluscos.
-Tú calla. – Amancio avanzó un paso a la vez que ponía una mano inmensa y dura sobre el pecho de su hermano. No lo hizo con fuerza, ni casi con determinación. Lo hizo con un gesto heredado de su padre, cargado de autoridad. Un poder indiscutible que emanaba de una tumba antigua.
-Verá, señor. – Intentó continuar el mayor.
-Por qué no dejar hablar al otro, parece que tiene mucho que decir, que tiene ganas de hablar. Toma, quieres una. – Y le ofreció el plato a Pedro. –Coge una, me las han traído hace una hora, están vivas.
-Vale…
-No quiere, gracias. Verá, señor, creo que es importante lo que tengo que decirle.
-Tú deja al muchacho que coma si quiere. Tampoco hay tanta prisa, creo yo.
-Yo creo que sí la hay, señor.
-Pues yo creo que no es para tanto un crío muerto, joder, que es esto lo que es. – Hizo un gesto a un hombre. – Acercadle al muchacho una botella de blanco para que me la abra y acompañemos las almejas, ¿te dejará? – Señalando con socarronería a Amancio.
Pedro dudó un momento, pero al final aceptó. Descorchó la botella y llenó hasta un tercio cuatro vasos que habían dispuesto en el medio de la mesa. Cogieron cada uno el suyo y Negrín alzó el propio para proponer un brindis.
-Por… por la muerte, que coño.
Bebieron en silencio. Amancio permaneció con la cabeza inclinada, con la barbilla contra el pecho, los labios aún sobre el borde del vaso. Era un buen vino, olía ácido y un poco a fruta. Pero no era como el que ponía en cualquier bar por muy bueno que fuera; este olía a fruta y a vino de verdad. Sí, seguramente, era el mejor vino que probaría en toda su vida, pero no lo paladeaba porque tenía en la cabeza solo a la sombra de la policía y a un crío muerto.
-Gracias, es un buen vino, pero…
-Es un vino cojonudo.
-Sí, pero…
-Anda, di lo que tengas que decir de una puta vez, a ver si te quitas esa cara de triste que tienes.
-Pues lo que ha dicho, señor. Un muchacho muerto, de momento que nosotros sepamos. Tenemos a la policía encima y no sabemos qué puede llegar a pasar. Por eso hemos venido, para ver que se puede hacer.
-A ver, que me quede claro, porque creo que no me estoy enterando de algo. Según tú, – y enfatizó con bastante desprecio el pronombre –se ha muerto un chaval, o dos, o quince, por algo que no debían de haberse metido. ¿Me equivoco?
-No.
-Y también según tú, eso que se metieron se lo vendisteis vosotros y ahora tenéis a la policía que quiere encontraros para nada bueno. ¿Es eso?
-Sí, es eso. – Amancio se pensaba cada palabra antes de hablar, lo que hacía que fuera muy despacio.
-¿Y qué me tiene que importar eso a mí?
-Lo que se metieron estaba mal, y seguramente morirá mucha gente más. De lo mismo que le vendimos al primer muchacho, vendimos a muchos más. En una semana se puede liar muy gorda.
-¿Y qué? ¿Y eso qué? Mira, hijo, eres un triste, pero es que además me estás aburriendo del todo. Acaba de una vez.
-El material se lo compramos a usted, siempre se lo hemos comprado a usted. Si estaba mal lo que nos llevamos nosotros, también puede haber más por otros sitios.
-Entonces, – le cortó Negrín porque estaba viendo perfectamente hacia donde pretendía llegar Amancio desde el principio, -habéis venido a ponerme sobre aviso.
-Sí, claro, eso también. Pero el problema que tenemos es que si nos pillan a nosotros acabaremos cayendo todos, más tarde o más temprano. – Esto lo dijo de un tirón, sin respirar, había estado pensando en cómo decirlo durante mucho tiempo. –Queríamos que nos ayudara.
-Bien. – Dijo con la boca, pero su cara no decía lo mismo.
-Si no nos pasa nada a ninguno, pues, todos contentos. ¿No?
-¿Tú eres gilipollas o qué, gitano? Me traes a mi casa a estos dos imbéciles para que me amenacen, pero ¿qué os habéis creído?
-Pero, señor, Amancio tiene razón. Puede que se arme mucho alboroto. Y si el problema se ataja pronto pues… – Intentó mediar Ramón sin mucha esperanza.
-A la puta calle, cabrones, a la puta calle.
Negrín estaba enfadado, parecía muy enfadado, y debía de estarlo seguramente aunque en realidad no se había levantado de la silla en la que permanecía sentado. Tenía una mano en torno a su vaso de vino, pero este continuaba apoyado en la mesa y casi no lo tocaba. La otra mano sostenía débilmente la cáscara de un molusco y se la notaba vibrar levemente. Era el único indicio visible de su ira.
-Echad a estos perros.
Unos hombres grandes y bien vestidos aparecieron repentinamente en la cocina. Casi se podían haber materializado del aire, pero con seguridad estaban pendientes de todo junto a la puerta. Rodearon con eficacia y sin alardes a los hermanos Conde y a Ramón. Sin tocarlos si quiera, y procedieron a expulsarlos de la casa.
Se escuchó súbitamente un golpe, como una pequeña explosión dentro de la cocina. Los hombres altos y bien vestidos, de manera instintiva, alargaron sus manos hasta sus respectivas axilas izquierdas; unos centímetros más abajo.
Negrín miraba a todas partes buscando un agujero, humo o fuego, o lo que fuera que hubiese dejado en su lugar la explosión. Tras unos segundos de desconcierto se dieron cuanta de que había unos cristales rotos a los pies del menor de los Conde. Había tirado su vado de vino contra el suelo y las paredes lisas de la cocina habían servido de altavoz. No había sido un gesto violento, tan solo lo había tirado con desesperación.
Todos lo miraron con confusión, tenía la cara congestionada y roja. Parecía a punto de estallar.
-¿Quién te crees que eres, viejo de mierda? Venimos a avisarte de un problema, mi hermano te habla con sinceridad, te pedimos ayuda como buenos clientes tuyos (que sabes que lo somos, no te hagas el loco), y nos dices que te amenazamos y nos echas de tu casa con estos monos vestidos de personas. ¿Quién te piensas que eres, muerto de hambre? Si hace diez años estabas vendiendo pescado podrido a los restaurantes de turistas. No nos puedes tratar así, te vas a acordar de mi cara lo poco que te queda de vida. – Las últimas palabras las fue chillando mientras lo arrastraban a él y a los otros dos hasta la salida de la casa.
No fue por un trato de cortesía. Sencillamente, hacerlos regresar andando desde tan lejos, habría sido llamar en exceso la atención. Pero no fue porque no le quedasen ganas a Negrín. Uno de sus colaboradores más cercanos se encargó de coger un coche y llevar a los tres alborotadores de vuelta a la ciudad, mientras los gritos de Negrín, en la casa junto al mar, clamaban porque se acabara con ellos de la forma más inmediata y dolorosa posible. Ese muchacho inconsciente había herido su honra de antiguo pescador.
Aunque pasado un rato, tras el despacho de los negocios matutinos la tranquilidad regresó a su casa. Era, en realidad, un hombre sencillo al que el dinero lo contentaba. Y seguir la sucesión de operaciones y los beneficios que le depararían, le sumía irremediablemente en una placidez sin mácula.
Solo fue a media tarde, tras una prolongada y calmosa digestión cuando volvió a reparar en el incidente matutino. Pidió explicaciones a los hombres que se ocupaban de su seguridad y estos, con algo de miedo, le remitieron a la solución que había practicado su colaborador cercano. No llegó a la ira, pero blasfemó cuando exigió que le diera las explicaciones en persona.
-Mira, – tenía la deferencia de poder tutearlo, era lo que correspondía como mínimo a quien le gestionaba el dinero, -sé que esos irresponsables deberían estar ya muertos, nadie debe ladrar tan siquiera a la mano que le da pan. Pero tienen razón, tienen a la policía encima y pueden tratar de buscarnos problemas.
Hablaron durante unos minutos, el tema tampoco tenía la mayor importancia. Acordaron no decidir nada de momento, era lo más práctico cuando las cosas no estaban claras. El colaborador salió dejando solo a Negrín con la convicción de mantener controlada la situación. Cuando Negrín se encontró sin nadie a su alrededor en la habitación se levó las dos manos a la nariz, muy cerca, y las olió.
Desde que Pedro Conde lo había increpado gritando cuando lo echó, siempre había habido alguna persona cerca de él y había sentido vergüenza de que lo descubrieran con un gesto tan íntimo. La gente no lo notaba, o disimulaba no notarlo, pero el olor a pescado no había abandonado sus manos por mucho cuidado que había puesto en lavárselas con jabones olorosos en los últimos años, desde que abandonó la mar.
Siempre que se sentía mal buscaba con ansia un instante de intimidad en el que comprobaba si sus manos seguían apestando a pescado podrido. Y ese día el muchacho del interior se lo había recordado groseramente. Le había devuelto a una época de su vida, en que la vergüenza y la pobreza hacían que todos le miraran por encima del hombro. Su primera reacción había sido la ira, pero en el fondo esta provenía del miedo a volver a ser ese mísero pescador; y después se había vuelto a olisquear las manos como un animal, buscando el rastro de un olor desaparecido que creía que había descubierto alguien, y con el que podían volver a humillarlo. La luz cayó, la tarde se hizo noche y alguien entró en esa sala para decirle cualquier cosa a Negrín. Se asustó y distanció las manos de su cara lo más lejos que pudo. Escuchó lo que tenían que decirle y se lavó las manos otra vez más.
-Mira que eres animal, – dijo Ramón, el gitano, entre risas.
Estaban sentado nuevamente en torno a la mesa de la cocina de su chabola. Hacía unas horas que los habían bajado de un coche grande, al que subieron con bastante preocupación. Durante un momento los tres llegaron a pensar que solo bajarían en un acantilado lejano, les pegarían un tiro en la nuca, y arrojarían sus cuerpos al mar. Pero eso fue antes, ahora estaban más tranquilos y reían.
-No pensaba otra cosa.
-Pues para otra vez, no digas lo que piensas. – Pretendía ser una reprimenda, pero el tono de Amancio no lo expresaba. Había estado demasiado nervioso durante todo el día y ahora tenía una risa floja colgada de los labios.
-Lo mejor fue la cara que puso, ¿os fijasteis Parecía que iba a explotar allí mismo.
-Sí, tú ríete. Pero Negrín es muy peligroso.
-Ya lo conocemos.
-No, vosotros solo le compráis. Yo vivo en la misma ciudad y te acabas por enterar de muchas cosas.
-Entonces por qué trabajas con él.
-Y qué remedio me queda si no. – Contestó resignado Ramón, el gitano, mientras abría los brazos, dando a entender que en esa chabola no le sobraba el dinero, ni mucho menos.
Se miraron, sombríos, por un instante. Estaban metidos en asuntos que no les gustaban, pero la vida era así de difícil. Solo por dinero se acepta hacer determinadas cosas, por muy hundido que se esté.
-Siempre le ha perdido la boca. – Intentó continuar Amancio con buen humor. – De chaval se llevó muchos golpes por lo mismo. Le daba igual lo grandes o lo fuertes que fueran. Se plantaba delante, con las piernas abiertas, agarrándose los huevos como un torero citando, y soltaba cualquier cosa. Lo que fuera. A veces era un chiste y todos se reían; otras veces decía verdaderas burradas de sus madres y claro, llegaba a casa lleno de moretones.
-Pero, y lo que nos reíamos luego.
-Ya, pero seguro que la primera vez que te hubiesen pinchado se te hubieran ido las ganas de bromas, ¿a qué tú no tienes una de estas? – Se levantó la camisa y enseñó una cicatriz alargada y brillante, muy mal cosida, que recorría toda la larga de uno de sus costados.
-Joder, eso tuvo que doler.
-Un poco, no te jode. – A Amancio. –Es verdad que tu hermano es un gracioso, no lo recordaba así.
-Ya ves, cuanto más crece, más gracioso se vuelve. Hay casi nos matan por su culpa.
-Tampoco es eso, Amancio.
-No, no es eso. Pero ahora ¿qué hacemos? Seguimos estando jodidos y Negrín era el único que nos podía ayudar.
-Algo se podrá hacer. – Terció el gitano, por animar solamente.
-Algo hay que hacer, eso seguro.
-Y si nos lo llevamos por delante.
El gitano se empezó a reír a grandes carcajadas. Con la boca muy abierta y muy llena de dientes grandes y amarillos. Amancio miró a Pedro con disgusto, no le gustaba que bromeasen con cosas así.
-Ya está bien, no. ¿No te has dado cuenta de que ya se han acabado los chistes?
Pedro Conde dio una palmada, ancha y sonora sobre la mesa desnuda, como para demostrar su autoridad de hermano menor; de responsable de la solución. Pero no resultó porque Ramón y Amancio ya estaban serios, conscientes de que las palabras sí que tenían importancia, de que si decidían algo era porque se iba a hacer. No tenían tiempo para hablar por hablar. También eso lo sabía Pedro, pero no lo evidenciaba, y exhibía una sonrisa indolente, suave y sin importancia.
-No estoy bromeando, hermano. – Respondió con sorna, pero seguro. –Tenemos la mierda hasta las orejas y poco podemos hacer. Solo digo que si no logramos nada, por lo menos lo matamos y que nos encierren a gusto.
-Como último recurso. – Puntualizó Ramón, expectante, a ver en qué quedaban todas esas palabras.
-Como último recurso habrá que pensar algo, pero como venganza no está mal. Aunque no creo que sea fácil.
-En serio, ¿te parece bien? – Pedro no las tenía todas consigo de que su hermano le diera la razón.
-Hombre, Pedrito, es una gilipollez y seguramente será imposible acercarnos a Negrín con una pistola en la mano. Pero si al final no llegamos a nada, pues bien; tú seguro que tienes cojones para intentarlo.
Pedro hizo un gesto como de suficiencia, pero se quedó a mitad de camino. Sus palabras lo habían apresado, no había tenido la cautela de los otros que lo escuchaban y ahora no tendría otro remedio que cumplir lo dicho.
Las palabras quedaron pronunciadas, tanto quienes las dijeron como quienes las escucharon y dieron por buenas, quedaron todos ligados a llevarlas a cabo. Pero aún no quedaron en cuando o como o qué.
La situación era complicada. Legaron noticias a través de amigos de Ramón de que la policía tenía bajo control a los hermanos Conde, solamente estaban esperando la orden de detenerlos. Seguramente estaban viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos en su ciudad, en el interior de la meseta, si moría alguien más en las próximas horas el jefe de policía tendría que actuar rápidamente y rendir cuentas a los prebostes de la ciudad. Al parecer su situación había degenerado rápidamente en las horas que siguieron a la entrevista con Negrín. Ninguno pensó que eso no fuera una coincidencia. Peor de cualquier manera estaban sentenciados. Si antes de doce horas no había malas noticias podrían intentar de nuevo una entrevista en la que lograr alguna ayuda desesperada, que se antojaba imposible después del episodio de los insultos. No habían conseguido ponerse de acuerdo en lo fundamental, principalmente porque sabían que no podían hacer nada.
A Pedro se le había metido en la cabeza que lo mejor sería salir del país cuanto antes. En precaución de que la cosa no tuviera remedio. Realmente era un viejo sueño suyo, marcharse a América. Tenía la segura convicción de que en algún pueblecito remoto de una selva americana no volvería a tener problemas con la policía. Pese a lo atrayente que podía resultar la opción, era irrealizable desde el momento en que se enteraron de que estaban siendo vigilados de cerca; pero eso no era un inconveniente para Pedro, y Amancio no se molestó en tratar de quitárselo de la cabeza. Lo aplazó todo para la mañana siguiente y le dijo que se fuera a tomar algo, procurando no meterse en ningún lío.
No era una buena manera de evitar un enfrentamiento con su hermano menor, pero era la única que tenía. Necesitaba considerar con tranquilidad y a solas todas las opciones que se podrían desarrollar. Si era honesto consigo mismo la idea de escaparse a América era muy agradable para él. Con el poco dinero que tenían ahorrado no les sería muy difícil vivir una buena temporada en algún lugar apartado y barato. Tenía desde hacía meses una sensación de cansancio respecto a su propia vida, no estaba cansado de lo que hacía, estaba agotado de cómo vivía su vida. No la encontraba ningún sentido y en ese momento justamente no podía marcharse, pero quizás cuando pasase todo eso, sí que podría empezar a pensar en cambiar de aires. Pero él solo, sin nada ni nadie del pasado; empezar desde cero. Aunque hasta que eso ocurriera tenían que suceder otras muchas cosas; que acabase esa incertidumbre, por ejemplo, que no hacía más que estrangular sus menguadas resistencias.
Cuando Pedro salió a media tarde, con el bolsillo lleno de billetes para dejar en la primera caja registradora del primer bar, Amancio salió sencillamente a caminar. Pero aunque su intención era simple, no lo era su propósito. Sabía que fuera de la chabola encontraría a Lucía, la hija, jugando con sus hermanos pequeños, y tenía la intención de hablar con ella de forma casual para luego pedirla que le indicase algún cine cercano donde pudiese ver una película; si quería ir también con él. La invitaría por supuesto.
Lucía aceptó ilusionada y le guió ella misma a través del vertedero. Atajando por él se llegaba a uno de esos grandes centros comerciales que están a las afueras de las ciudades, y que están llenos de gente y de tiendas ruidosas, y que suelen tener unas cuantas pequeñas salas de cine, en las que siempre ponían el mismo tipo de películas. Ella acostumbraba a ir allí a menudo, con alguno otra amiga, y las más de las veces ella sola. A Amancio le importaba muy poco qué película concreta ir a ver, no seguía los estrenos, no entendía mucho de actores ni de argumentos; de pequeños veía películas de indios en un cine destartalado y frío, pero tampoco le gustaban demasiado. Así que aceptó sin miramientos lo que propuso Lucía.
El argumento era del todo extraño. Había muy poca luz y casi todo el tiempo la pantalla permanecía oscura, con alguna mancha marrón que entendía que debían de ser los actores dentro de un túnel, una fábrica o algo así. Desde el primer momento no entendió que pasaba, había una mujer muy guapa que aparecía y desaparecía. Unas veces era rubia y dulce y otras tenía el pelo oscuro y actuaba violentamente. Luego había varios hombres que la buscaban o la perseguían, y cuando la encontraban gritaban algo ininteligible y salían corriendo. Luego pasaba algo con una pequeña máquina extraña y de repente estaban todos en un jardín con mucha luz y muchos árboles frutales, tenían el pelo muy corto y vestían todos de naranja. Estaban muy serios y hablaban de hombres de los que ya habían hablado durante la película. Después la chica cogió de la mano a uno de los hombres y se fue por una puerta. Al final todo volvía a ser muy oscuro y aparecía de nuevo la chica, otra vez rubia y con el pelo muy largo, persiguiendo al hombre. Llegaba un momento en que lo perdía de vista. Se paraba delante de una puerta grande de metal, la abría y se veía una habitación muy alta y muy grande con una luz muy blanca. La chica se quitaba la ropa antes de entrar, y lo último que se veía era la luz blanca que se iba comiendo la espalda desnuda de la mujer. Y ya estaba.
Amancio no estaba muy seguro de haber permanecido despierto durante todo el tiempo. Seguramente no, porque en un momento se giró y vio a Lucía llorando por algo supuestamente emotivo, pero que él no entendía; parpadeó, la miró otra vez y estaba riéndose a carcajadas.
Algo extraño.
Salieron del centro comercial nada más acabar la película, dentro hacía un calor de aire seco y de muchedumbre que aturdía a Amancio. Fuera, en la calle, más allá de las puertas automáticas y de las tiendas y de la gente, hacía frío. La estación estaba siendo muy cruda y un viento del norte empujaba hacia el interior la humedad del mar. Con tan solo andar unos pasos fuera del edificio el silencio era casi absoluto y el aire se agitaba con violencia. La carretera, por la que intermitentemente iban y venían coches, estaba al otro lado del edificio y no les llegaba hasta allí nada más que un rumor vago. Era agradable sentir algo así. Amancio tenía el vello erizado de frío, y las mejillas de Lucía comenzaban a tener un tono rosado muy vivo, pero la expresión de mareo que tenía su cara desde que salieron de la sala de proyecciones se había disipado casi del todo.
Era muy tarde, el sol se había puesto cuando entraron para comprar las entradas. Amancio sugirió que sería mejor regresar a la casa de Ramón, el padre de Lucía, dando un rodeo por donde hubiera casas y personas. Allí había tan solo casas pequeñas de hortelanos que no tardaría en desaparecer rodeadas por los tentáculos que se extendía desde el corazón del vertedero, no había calles asfaltadas ni farolas. Solo la luz de una luna clara, de una noche muy fría, iluminando el camino por entre los árboles y más adelante la escombrera. Pero Lucía se negó, se tardaría mucho más del doble de tiempo, además había ido sola por ese camino muchas veces antes, lloviendo y nevando incluso. Si a él no le importaba ella lo guiaría rápidamente. No tuvo otro remedio así que aceptó, no tenía miedo en absoluto, pero no quería que ella llegara a pensar que lo tenía. Se quitó de la cabeza que los hombres de Negrín les pudieran estar siguiendo; esa era una buena oportunidad, pero las habían tenido mejores. Cogió la mano de Lucía para que no se cayera con el camino oscuro.
Verdaderamente quien que trastabilló más veces fue él. Lucía conocía el camino con los ojos cerrados, en la casi total negrura que los rodeaba, en pocos minutos cruzaron los huertos que dormían bajo una fina capa de hielo, y alcanzaron la escombrera.
Se extendió ante ellos un panorama extraño y desolado, pero sobre todo, muy hermoso. La luminosidad del astro nocturno lo confundía todo en grises delicados, daba igual que fueran sacos de escombros agujereados, ladrillos rotos, bloques de hormigón, tubos, alambres o vigas herrumbrosas. Era como un páramo yermo, como esas imágenes de la superficie de un planeta deshabitado, en las que una llanura sembrada de fragmentos de roca se extiende más allá de donde alcanza la vista. La gran tranquilidad, el silencio imponente, solo roto o más bien acompañado por la respiración jadeante de Lucía al andar rápida y segura entre los desechos acumulados, sosegaban eso que podía ser el alma de Amancio. Lo alejaban absolutamente del descontrol, del problema que temía tanto. Casi lamentó cuando finalizó la caminata nocturna. Casi, porque el frío y la humedad se le habían metido dentro de los huesos. La cara de Lucía estaba pálida de solemnidad, excepto las mejillas y la nariz, coloradas como la pulpa de una sandía. Solo conservaba caliente la mano con la que se había agarrado a Amancio.
Cuando entraron en la casa de Ramón, Amancio pensó que tal vez sus padres le preguntarían por lo que habían estado haciendo él y Lucía, pero no fue así. A la mesa estaba solamente sentado el gitano, comiendo un bocadillo y bebiendo una cerveza. Lucía no dijo nada y entró en la habitación en la que dormían sus hermanos. Amancio se sentó también a la mesa.
-¿Se sabe algo? – Dijo solo por hablar.
-No, aun es pronto. Hasta mañana no hablaré con nadie… de cualquier manera si hay noticias antes ya me avisarán. – Ramón procuraba mantener en secreto todos sus contactos. –Toma, come algo. Estás pálido.
-Es el frío. – Pero aceptó la mitad del bocadillo que partió Ramón con las manos.
Comieron los dos un rato en silencio. Luego volvió a aparecer Lucía, se había quitado la ropa húmeda y fría y ahora solo llevaba puesto un albornoz verde muy grande, cogió unas galletas y se sentó también a la mesa mientras las mordisqueaba. Sin ni siquiera mirarla, Ramón, dijo:
-No tienes frío.
Lucía, al momento, se cerró el cuello de la bata que estaba abierto sobre su pecho con gran generosidad.
-Me voy a dormir. Si te enteras de algo dímelo. – Amancio se despidió y entró rápido en la pequeña habitación sin ventanas a la que todavía no había regresado su hermano. Soñó con muertos, muchos y sin cara.
Después las horas de la noche pasaron tranquilas, y finalmente amaneció sin ninguna nueva. No había muerto nadie, cualquier dosis que en adelante matase a alguien tardaría en ser relacionada con ellos. La policía se retiraría a una distancia prudencial, apartando un tanto la hoja del hacha de los cuellos de los hermanos Conde.
Amancio ya había abierto los ojos cuando su hermano Pedro llegó borracho, y se dejó caer en su colchón. Tampoco tenía la mayor importancia y salió del cuarto que compartían sin más. En la cocina estaba de nuevo Ramón, el gitano, estaba sentado en la misma silla que la noche previa; bien podía haberla pasado en vela allí mismo, pero tenía la expresión fresca y despierta. Ambos se miraron, la pregunta era tan obligada que no fue necesario que vibrara el aire en la garganta de Amancio para pronunciarla.
No. Esa fue la respuesta aliviadora de una noche de presagios que surgían y se retorcían entre si para formar hipótesis cada vez más fatídicas. No había ninguna noticia de allá, confirmó Ramón, el gitano.
Pero Amancio persistía en su duda. ¿Había o no había hablado con alguien? Pues que él no tuviera noticias no quería decir que no hubiesen ocurrido. Y, de cualquier manera, eso tampoco quería decir que no hubiese nada de qué temer. A pesar de todo eso la respuesta seguía siendo la misma: no. No había pasado nada, no había muerto nadie en su lejana ciudad del interior, ni iba a pasar nada por el momento. La gente que tenía que hablar lo había hecho, y todo el asunto estaría paralizado durante algún tiempo, tal vez el suficiente.
¿Seguro? Era lo que rogó Amancio a continuación. Dudando que el suelo que sentía firme bajo sus plantas no se fuera a resquebrajar en un instante.
Del todo. Fue la respuesta de un hombre al que no le gustaban los rodeos ni las bromas innecesarias.
-¿Qué es lo que vais a hacer ahora?
-¿Puedes llevarme ahora mismo a hablar con Negrín?
-Claro, pero no estoy muy seguro de que quiera hablar con vosotros. ¿Has visto cómo está tu hermano?
-Te he dicho que si puedes llevarme ahora a mi solo.
-¿Lo dejamos aquí?
-Sí.
-Mejor. Vamos.
El camino ya lo conocía Amancio de la vez anterior, solo que en esta ocasión el trayecto fue mucho más rápido. El gitano no tomó ninguna precaución para evitar que fueran seguidos, salieron directamente desde la puerta de la casa en la escombrera hasta la entrada de la gran mansión junto al mar de Negrín. El tiempo seguía siendo frío y desagradable, continuamente llegaban empujados por el viento jirones d niebla y finas ráfagas cargadas de humedad que olían a salitre. De vez en cuando, cada un par de minutos el parabrisas se llenaba de agua y tenían que limpiar las gotas menudas para poder seguir viendo la carretera, desierta y estrecha. Las grandes casas residenciales y las más modestas de pequeños agricultores parecían vacías, como abandonadas a su suerte y a las inclemencias del clima durante años; aunque solo estuvieran huérfanas de habitantes desde el fin de semana anterior. Ese era el precio que tenía que pagar la gente que vivía en la costa del mar del norte. Frío y humedad para vivir, y lo mismo para trabajar día tras día hasta acabar también en un agujero frío y húmedo. Era normal, comprensible, que existieran personas como Negrín, gente que no se podía permitir perder la oportunidad de conseguir un dinero fácil; viniera de donde viniese. Otro asunto era luego continuar montado en el mismo carro cuando se ha dejado de ser un pobre pescador, al que lo mejor que le podía pasar era no volver de regreso al puerto una noche de tormenta. Pero, claro, quien se iba a negar a un negocio que por un lado salvaba la existencia de una vida, y por el otro evadía de una existencia odiosa a otras vidas. Eran los dos distintos extremos de una misma cuerda abandonada en medio de un charco sucio.
Todo esto lo podía haber pensado Amancio mientras llegaba a la puerta de la casa de Negrín, pero no lo hizo. Hubiese sido muy noble por su parte, pero estada demasiado preocupado por su propia vida, porque no se acabara de una manera desagradable y a destiempo.
Cuando Ramón apagó el motor de su vehículo ante la reja cerrada de la casa de Negrín ya había dos hombres vestidos de traje preparados para abrirles las puertas, y un tercero que vigilaba la situación desde cerca, con los brazos cruzados sobre el pecho. Este último era el mismo colaborador cercano, que el otro día había buscado razonar con Negrín; a buen seguro que había detectado que se acercaban kilómetros antes de llegar, y ya estaba esperándolos concretamente a ellos. Cuando les hizo una leve indicación con la barbilla a Amancio y a Ramón, sin decir ni una sola palabra, quedó claro que hablarían inmediatamente con Negrín. Casi con seguridad los estaba esperando.
En esta ocasión fue todo un poco más ceremonioso, vista la poca autoridad que mostraba hablando de asuntos importantes en la cocina mientras comía. Ahora, en esta segunda oportunidad, los esperaba en un salón amplio con ventanales grandes que se abrían al mar. La decoración era escasa, parecía casi una habitación vacía y descuidada. Pero los pocos objetos demostraban un gran poder, económico, por supuesto. Negrín estaba sentado en un sillón de espaldas a las ventanas, era de la piel de algún animal exótico, y de lo incómodo que era lo usaba muy poco, solo para tales ocasiones. En una pared se apoyaba un mueble antiguo repleto de pequeños cajones, con una botella de cristal tallado encima. En dos paredes había colgados varios cuadros de estilo moderno, no respondían al gusto de Negrín, ni a otro gusto definido, solo eran dinero que se buscaba distraer de la mirada del fisco; y que entre tanto daba cierta distinción a su dueño.
Tampoco estaba el anfitrión ese día en mangas de camisa. Vestía una camisa blanca impecablemente planchada, traje negro riguroso, corbata gris con un nudo grande y bien hecho, y como detalle un descomunal reloj de oro, descaradamente a la vista, sobresalía de la manga izquierda.
Todo fue más medido. Las palabras estrictamente restringidas a las preguntas precisas. Siguiendo el comedido ritual las intervenciones de Amancio fueron tímidas, miedosas y cargadas de precaución. Las ocasiones en las que Ramón abrió la boca fueron solo para aclarar los términos más confusos de la conversación. Las respuestas de Negrín fueron precavidas, condescendientes, pero para nada aclaratorias y concretas.
Todo se podía resumir en que no había pasado nada nuevo. Negrín comprendía perfectamente la situación peligrosa en la que estaba imbuidos los hermanos Conde, se hacía cargo de que la mercancía en mal estado y, a la postre asesina, procedía de él. Todo había sido algo casual y lamentable que por fortuna solamente había causado una muerte directa, y alguna otra dudosamente directa. Lógicamente Negrín, ni nadie cercano a él, podía verse implicado en ello; esto fue algo en lo que ambas partes coincidieron. Negrín también descartó ayudar de manera directa a los Conde, amparándolos de la justicia de alguna forma, pero no vio con malos ojos la opción que comentó Amancio de perderse en América una temporada. Aunque se arrepintió justo al acabar de decirlo. Negrín accedió con demasiada amabilidad y Amancio ya se vio acompañando a las algas fría del océano.
-Y, ¿entonces qué hacermos?
Fue la pregunta postrera que hizo Amancio, pero que llenaba el ambiente desde que comenzó la reunión.
Por supuesto la respuesta no era algo que concerniera o importase a Negrín pero, precavidamente avisado por su colaborador no quiso con ella mostrar que se desentendía del futuro de los hermanos Conde. Le aseguró a Amancio que con toda seguridad, deseaba, que en un par de meses todo habría acabado y podrían continuar con los tan buenos negocios que habían estado desarrollando para ambas partes. No había nada más que decir. Ramón y Amancio ya se miraban la punta de los zapatos cuando en un gesto de estudiada amabilidad les invitó a pasar a un pequeño saloncito para tomar un café, que le traían de Colombia, explicó.
Esta última parte de la entrevista obvió por completo los temas tratados en un primer momento y simplemente parecían unos conocidos que coincidían en una reunión, y mantenían una conversación por simple educación. De no ser por lo dispar de su aspecto, todo podría haber hecho parecer que fuera así; pero el traje pulcro de Negrín contrastaba mucho con respecto a las ropas vulgares y desgastadas por el uso de sus invitados.
El ambiente no hacía nada más que acentuar esta frontera invisible entre los mundos de esas personas: el lujo por una parte y la supervivencia por la otra.
Acabado el café terminó también la reunión, y los invitados fueron acompañados hasta la puerta, no sin antes oír una nueva invitación de Negrín para volver a hablar con él si había nuevas noticias. Dejó muy claro que solo ofrecía hablar, pero menos era nada.
Cuando Amancio y Ramón ya se habían montado de nuevo en el coche para regresar, el colaborador cercano de Negrín entró con discreción en una habitación en la que él estaba. Se encontraba de espaldas a la puerta, mirando por una ventana hacia la porción de océano que desde esa altura se podía ver. Era una actitud frecuente en él, un hombre que ha vivido del mar no lo olvida nunca. Negrín no había vuelto a frecuentar en exceso las estrecheces de un barco, solo ocasionalmente, pero de forma invariable pasaba un par de horas al día mirando al mar. Acostumbraba a estar relajado cuando lo hacía, pero hoy no era así. En ese momento estaba rígido, tenía los brazos estirados y tensos, pegados al tronco. Y los puños los mantenía cerrados con fuerza. Había controlado demasiado su ira en una amabilidad artificial, que había asumido por consejo de su colaborador cercano. Este cerró con suavidad la puerta por la que había entrado, y se acercó delicadamente hasta él.
-¿Servirá de algo todo esto?
-Con total seguridad, señor. No tendrá que volver a preocuparse por ellos. Se han ido muy tranquilos y muy confiados.
-Eso espero. De lo contrario prepárate para hacerlos desaparecer con rapidez, no me gustan.
-No te preocupes. – Se saltó la distancia de cortesía para demostrar que estaba seguro de su consejo y también para transmitirle confianza.
Pedro se había despertado y Lucía, la madre, le había contado lo que sabía de aquello que habían ido a hacer el marido de ella y su hermano. Cuando apagaron el motor del vehículo no necesitaron ni Amancio ni Ramón ninguna aclaración respecto a ese asunto porque los gritos se oían desde fuera de la casa.
Amancio esperaba de su hermano que reaccionara violentamente cuando descubriera que había sido dejado de lado. Aún con esa previsión, se sorprendió de la agresividad de Pedro. Entraron rápidamente, algo alarmados, creyendo que además de gritar se podía haber puesto a golpear a Lucía o a los niños. Luego descubrieron que no era para tanto, porque solo estaba dando patadas a las paredes endebles, que temblaban tiempo después de recibir el golpe. Había pequeños socavones en las partes más deterioradas por la humedad.
Cabrones, hijos de puta, cabrones.
Continuaba gritando Pedro después de ver que ya habían entrado aquellos a quienes iban dirigidos los insultos, como si no le importase que tuviesen destinatario, como si lo único importante fuera dar cuerda a su ira. Fue muy curioso, porque después de lograr sentarlo en una silla de la cocina para hablar, para tratar de explicarle lo injustificable; cuando estaba más calmado y no daba golpes en las paredes, todavía seguían soltando insultos. Llegado un momento gritó por última vez y habló más sereno; ya había cubierto toda la cuota de insultos apropiada para su grado de enfado, ya podía continuar con un comportamiento normal.
-Pero, ¿qué cojones pasa, hermano? Cómo has podido dejarme de lado como a un perro. Los dos estamos en esto; imagínate cómo se pondría padre y madre si lo pudiesen ver.
Pedro aún mantenía los efectos del alcohol ingerido durante la noche, sin duda acrecentados por algún lingotazo matutino; esto, junto al cansancio, le hacían devenir involuntariamente hacia una melancolía que nunca profesaba ni abiertamente, ni mucho menos sobrio.
-Pedrito, deja a los muertos tranquilos. Si no te preocupaste de ellos cuando estaban vivos, no les molestes ahora con tonterias. – Pedro intentó objetar algo, pero estaba tan lento de reflejos que su hermano le dejó con las palabras medio colgadas de su boca abierta. –No me jodas con bobadas. Sabes perfectamente por qué hemos ido sin ti… Si no te hubieras pasado tanto de la raya el otro día seguramente no tendríamos ni que haber tenido que volver. Pero no, te gusta demostrar que eres el más hombre, aunque nos la juguemos con ello. Estás mal, no controlas hasta donde llegas y lo estás estropeando todo.
-Pobre del bueno de Amancio, – Pedro se había recuperado, incluso había cogido aire para soltar una buena parrafada, -te crees muy importante, muy serio, muy seguro de ti mismo, y lo único que eres es un payaso del que se ríe todo el mundo. Dime una cosa, ¿quieres? A que no has sacado nada del puto pescador que apesta a salitre… No respondas nada, porque yo lo sé sin oírte decir cosas serias y dignas. No te ha dicho nada porque no le importamos nada, yo el otro día ya me di cuenta y por eso se lo dije a la cara, por hijo de puta. Y a lo mejor estaba un poco pasado de más, bueno, pues vale. Pero aún así me doy cuenta de lo que pasa a mí alrededor. Me doy mucha cuenta, sé muchas cosas. – Y se sonrió, como el que calla, como el que sabe que los dados están trucados pero sigue jugando. –Si al menos te hubieras molestado en hablar conmigo antes de salir a escondidas como una rata, te hubiera podido contar lo que sé.
-Mira, hermano, importa una mierda lo que sepas o lo que no. Pero dilo de todas las maneras; dilo porque esto lo vamos a solucionar de una puta vez tú y yo; y luego no quiero volver a ver tu cara de puto borracho en toda mi vida. Di lo que quieras, pero si de verdad fuera importante lo habría dicho enseguida, y no hubieras esperado a que se te pasase la tajada.
-Tú no sabes lo que es la noche, allí todo funciona de otra manera…
-Vete a tomar por el culo, di lo que tengas que decir y cállate. No me importa nada tu vida y tu noche. ¡No me has oído! En cuanto esto se acabe yo no tengo hermano.
Pedro pareció darse cuenta, al fin, de que Amancio estaba hablando muy en serio.
-Oye, Amancio.
-Que cuentes eso tan importante y me dejes en paz, coño.
Se produjo un silencio nítido, como si el aire se hubiera congelado. Antes, durante la discusión, todo tenía un aspecto más tabernario, más como de bronca de borrachos; pero en ese silencio las cosas se dispusieron en su lugar correcto y las palabras volvieron a ser más fuertes que quienes las pronunciaban.
-Negrín tiene un hijo. Llega esta tarde a la ciudad.
Las expresiones de las respectivas caras de cada uno no eran para nada elocuentes, en esencia por el desconcierto de la situación en la que poco a poco se habían ido cayendo, atrapados. Ya no era, sencillamente, salir huyendo de la ciudad donde habían comerciado con sustancias que habían provocado muertes desafortunadas. Tampoco era que en su apresurada huida se hubiesen ido a meter en la propia boca del lobo, de la que surgió el negocio y que tenía la peculiar forma de administrar la justicia y ver el mundo que tienen las mafias ilegales. Evidenciaron su situación manteniendo contactos, aún a sabiendas de que la policía los mantenía en un cerco estrecho preventivo, demostraron así que a todas luces eran culpables y recurrieron a quien no iba a ayudarlos de ningún modo. Tal vez, si hubiesen sido pacientes y juiciosos hubieran podido optar por aceptar un trato substancioso con un juez que quisiera poner en aprietos a Negrín. Pero la gente, como ellos, que ha vivido siempre del otro lado (del otro lado de la sociedad, del otro lado de la vida, del otro lado del trabajo rutinario y legal de ocho horas al día seis días a la semana) está más cómoda hablando con alguien que los apunta con una pistola, que con otra que les hable de leyes, acuerdos y delaciones. Ese era el origen del problema que cubrió de seriedad a los tres hombres, que discutían de sus asuntos oscuros en esa habitación sucia y vieja del extrarradio de una ciudad pequeña y gris.
En cuanto Pedro mencionó que el hijo de Negrín, Ignacio, regresaba esa tarde de un cursillo en una universidad americana, Ramón, que solo había mirado y oído con prudencia, se adelantó a ofrecer lo que iban a pedirle. No había mucho tiempo y había que ahorrar las palabras. En dos horas tenéis un arma. Esa fue la frase concreta y certera, sin ambigüedades. Era algo que no estaba fuera de lugar, que no sorprendió a nadie. Si por ejemplo hubiese sugerido llamar a la policía y hacer una denuncia falsa sobre el hijo (que traía droga oculta en la maleta, por ejemplo) para presionar a Negrín, no le hubieran entendido siquiera. Pero el poner a su disposición un buen par de pistolas con las que encañonar al buen hijo del traficante era algo que les gustaba y que podían entender. Les agradaba no porque fueran violentos, en ese caso ya tendrían sus propias armas, sino que la inmediatez de o haces esto o disparo en la cabeza de tu mocoso, era lo más parecido que conocían a una negociación aventajada.
Pedro y Amancio, sin mirarse entre si, asintieron con las cabezas. Querían las armas, pero lo que no iban a desperdiciar era saliva.
La casa era pequeña, las habitaciones eran reducidas, las paredes eran endebles y finas. Se oía cualquier susurro desde el rincón más alejado sin tener que prestar mucha atención. Pedro y su hermano no habían gritado, sino un poco solamente al principio de la discusión, cuando regresaron Amancio y Ramón. Este solamente había pronunciado algunas frases de palabras recias y cortantes. Pero, claro, Pedro no había tenido ningún pudor en airear su rabia ante la esposa de Ramón; ni había tenido la más mínima preocupación por saber si los hijos de la pareja estaban dentro de la casa para oír sus imprecaciones arrabaleras. Por suerte los más pequeños estaban dentro del colegio gracias a la mano de Lucia, la hija. Aunque ella no había tenido la misma responsabilidad consigo misma y estaba en la casa, desocupada. Esperaba a Amancio para decirle que iban a estrenar esa noche una película que le gustaría ver; había escuchado a un presentador de la televisión hablar muy bien de ella y quería resarcirlo en cierto modo del sueño y del aburrimiento que notó la noche anterior en su cara.
Después de espiar discretamente desde un rincón de una habitación, pensó que esa noche Amancio no la llevaría al cine seguramente. Tampoco estaba muy segura de que pudiera ir con él en ningún otro momento, ni tan siquiera si volvería a verlo. También había llegado hasta ella la fuerza de las palabras que comprometían los actos y el futuro.
No era, ni mucho menos, la primera vez que escuchaba hablar a su padre de armas. Ni tampoco sería la primera si fuera de drogas, de putas, de inmigrantes ilegales, de dar una paliza a alguien por dinero. Tampoco sería la primera vez que desaparecía de la ciudad después de haber matado a una persona. Para ella estos asuntos eran tan comunes como para otros muchachos de su edad saber que su padre robaba material de oficina o hacía horas extras sin declararlas a hacienda. Que estuviese acostumbrada, hasta cierto punto, no quería decir en absoluto que fuera de su aprobación. Simplemente convivía con ello. Por otra parte sería mentir el asegurar que no le gustaba la violencia. Su entorno era muy agresivo, las calles y plazas por las que había desarrollado la parte más importante de su vida eran geografías donde la violencia física era una parte inseparable del lenguaje necesario para sobrevivir. No era tan violenta como lo podía ser un muchacho por el simple hecho de que su cuerpo menudo no tenía la suficiente fuerza, pero en su ámbito de acción también había penetrado en ese idioma agresivo, poniendo siempre énfasis en los acentos, marcando claramente las comas, finalizando con puntos contundentes.
Aún era muy temprano para ella llegar a las palabras de poder que eran las armas. Esos verbos de no acción. Pero se sentía fuertemente interesada y atraída por ello, por lo que representaban. Por eso había escuchado, a escondidas y con interés, las palabras de los hermanos Conde y de su padre. No tenía muy claro para qué necesitaban las armas, pero el saber que manos cercanas las empuñarían la producía un estado de excitación.
Comprendía, pues, la tensión que habitaba como una persona más entre el exiguo espacio que definían las paredes de la casa. La tensión entre los hermanos. Amancio no permanecía más tiempo del imprescindible en la misma estancia que su hermano menor. Tuvo que aceptar continuar compartiendo el dormitorio improvisado porque sabía que era imposible dormir en otro sitio; barajó incluso la posibilidad de hacerlo en el coche, pero el temor de estar demasiado expuesto era muy grande. Pedro era como una fuente inconstante. A ratos estaba exultante, todo lo veía con optimismo. Expresaba a cualquiera, quisiera este oírle o no, que en cuanto apretasen un poco a Negrín con el asunto de su hijo, este cedería a cualquier cosa que ellos le exigieran. En esos momentos tampoco el problema con su hermano le parecía importante, lo consideraba una mera riña fraternal que se iría como el mal tiempo. Pero esos instantes de confianza y seguridad duraban muy poco tiempo; no más que unos minutos. Intentaba buscar con la mirada a Amancio para comentarle alguna idea o simplemente para sortear la ansiedad del momento terrible que había de llegar; pero en cuanto este lo veía lo ignoraba, con tal repulsión y asco, que Pedro caía abatido. Permanecía acurrucado en cualquier rincón, mirándose como le temblaban las manos de nerviosismo. Le asustaba mucho ver que sus manos tenían vida propia, que toda su voluntad no conseguía serenarlas. Lucía, la hija, lo miraba con disimulo pero muy atentamente durante el tiempo que le duraba ese estado. La daba pena ver a alguien tan bravucón temblar y sufrir de una forma tan evidente; aunque más bien el sentimiento era de repulsión, de asco, como cuando veía un reptil huidizo entre las hierbas secas de la escombrera, o cuando se encontraba con una paloma aplastada por un vehículo en la calle.
Conforme iban pasando las horas también miraba a Amancio con mayor discreción aún. Él también estaba muy nervioso, se lo notaba sin ninguna duda, era consciente de ello y sabía por qué estaba así. No trataba de ocultarlo como su hermano, quizás el hecho de entender el origen de su miedo le hacía poder controlarlo en parte; no era tanto su esclavo. De cualquier manera no se daba cuenta de la atenta observación de la que era objeto por parte de la pequeña Lucía. No tenía ningún pensamiento a cerca de ella, había demasiadas cosas en su cabeza, además de la muchacha morena.
Más bien había una especie de oscuridad, de imágenes que se enturbiaban unas sobre otras de tal manera que al final no había nada. Pensaba en lo que se habían impuesto a ellos mismos hacer. Y era impuesto porque cada vez tenía más definida la idea de que la mejor manera de acabar con todo eso era irse, desaparecer una buena temporada. Se imaginaba sentado junto a la ventanilla de un avión, y esa imagen emborronaba la previa en la que empuñaba una arma amenazando a un hombre joven e ingenuo que era el hijo de Negrín. Después venían más impresiones confusas, distintos devenires, que podían ocurrir o no, dependiendo de que esa tarde saliese huyendo o no. Luego pensaba que escapar no era digno, ni tampoco era de recibo con su hermano (pasara lo que pasase al respecto), ni con Ramón, ahora que estaba metido del todo en el asunto. No les debía absolutamente nada a ellos, ni tampoco a nadie más; pero ahí estaba ese algo, justo en ese lugar sobre el ombligo y bajo el estómago que se le ponía rígido como una piedra de río cuando pensaba detenidamente, cuando dudaba qué hacer.
Los hechos estaban delante, las palabras habían sido pronunciadas, las armas ya estaban cargadas entre las paredes de la chabola, y el coche que traería al hijo de Negrín desde el aeropuerto hasta la casa su padre pasaría a la hora conocida por la ruta definida. No era que las cartas estuvieran repartidas, era que los triunfos ya habían sido jugados y solo quedaba recoger lo que quedaba de la cantidad apostada.
Lucía, la hija, no se había movido del rincón en el que estaba agazapada hasta que su padre y los hermanos Conde se levantaron para salir a la calle, con las armas en los bolsillos de sus chaquetas.
El plan era, como suele decirse contundentemente, que no había plan. No era esa una manera de hablar, era una realidad imponente y helada. Según Pedro había oído durante la noche pasada en un tugurio de carretera antes de estar demasiado borracho, Negrín tenía un solo hijo por el que sentía una desmedida devoción. Lo quería tanto que no quería tenerlo dentro del mundo que controlaba. Su madre era la antigua esposa de los años malos de pescador, del hambre y de las manos malolientes, murió cuando el pequeño apenas levantaba un par de palmos de suelo, antes de los años buenos. Negrín, en un principio, siempre se justificaba diciendo que todo eso lo hacía por su hijo huérfano de madre. No es que fuera un padre cuidadoso y cercano, pues desde que enviudó mandó al niño a un internado tras otro, que iban subiendo de categoría conforme su padre iba progresando en los negocios. Con ese suceder había ido saltando primero a los mejores colegios de la ciudad, luego a los mejores institutos del país y más tarde a las más importantes universidades de Europa. Pero el nivel de corrupción y riqueza del padre era tan vergonzoso de asumir para él ante su vástago, que cuando terminó sus estudios de diversas carreras universitarias lo envió, sin previo aviso, a América a hacer cursos en las principales universidades autóctonas, y a comprar y dirigir pequeñas empresas de Sudamérica. Para que se fuera labrándose un buen futuro lejos de su mundo. Aún en esa vida errante el hijo de Negrín volvía a la tierra de su niñez un par de veces al año, de vacaciones, para rendir cuentas de los negocios a su padre y para mantener algo de contacto familiar. Pues bien, según lo oído por Pedro, ese hijo llegaba esa misma noche a la ciudad. Un avión privado lo dejaría en un aeródromo pequeño y discreto, y un coche lo llevaría por la única carretera que comunicaba el aeródromo con otra carretera secundaria para poder llegar hasta la casa de su padre a la orilla del océano. Pedro se interesó abiertamente por todos los detalles que le pudiera facilitar el parroquiano con el que departía en la barra. No dio ninguna explicación para su curiosidad, pero normalmente la gente no es tonta. Algo se olía, y a nadie le gusta que un forastero venga a husmear las miserias propias de tu ciudad. Resumiendo, que habló con la gente de Negrín sobre ese forastero curioso.
A pesar de las breves y confusas indicaciones que daba Pedro sobre el lugar donde podían encontrarse con le coche que llevaba a Ignacio, el hijo de Negrín, Ramón sabía perfectamente cómo encontrar el lugar. A parte del gran aeropuerto comercial que estaba a unos kilómetros por una buena carretera, tan solo había tres o cuatro aeródromos más en toda la región. Unos quedaban descartados por lo lejanos y otros porque se encontraban demasiado cerca de algún pueblo. El último que restaba era uno cercano a las montañas, comunicado por una pequeña carretera como le habían descrito a Pedro. Por otra parte Ramón, el gitano, sabía que era de uso habitual de la gente de Negrín, principalmente por lo discreto y lo apartado, y no quiso hacer más caso de los desvaríos dubitativos de Pedro Conde.
Subieron los tres al coche poco antes de que terminara de anochecer. En algunas calles comenzaban a encender las farolas, bajo el halo troncocónico de luz se veían pasar jirones de niebla traída desde el mar. No tenían ningún plan de acción preestablecido, solo llevaba cada uno su arma encima. Por eso no hablaron durante el trayecto, no había nada que comentar o dejar claro; pero tampoco deseaba ninguno mantener un contacto humano con quienes compartía el vehículo. Cada uno, por sus propias razones y motivos, estaba cansado tanto de la situación como de los compañeros de viaje con quienes le había tocado pasarlo.
Al final se perdieron. La niebla no era muy espesa en la ciudad, pero al salir a campo abierto apenas se podía ver unos pocos metros arrebatados con sufrimiento por los focos. Las carreteras de la comarca más cercana a la montaña estaban bien cuidadas y asfaltadas, pero eran muy estrechas y sinuosas, y aún conociéndolas era muy sencillo desorientarse. Pensando que se dirigían en sentido contrario a su objetivo se percataron de forma casual de que en realidad estaban donde querían estar. Recorrieron un tramo de unos kilómetros con dos carriles y escogieron una curva rodeada de nogales y arbustos frondosos. Salieron de la carretera, se ocultaron lo mejor que pudieron entre los ramajes y apagaron el motor. Aun quedaba algo de tiempo antes de que tuviera que pasar el coche que llevaba al hijo de Negrín.
Los minutos pasaron lógicamente tensos. El cielo estaba oscuro, noche sin luna, y esa carretera perdida no tenía ninguna iluminación. La oscuridad en los alrededores era absoluta. No había tan siquiera el consuelo de un punto luminoso en la lejanía que delatara un pueblo o una aldea escarpada de montaña. Estaban encajonados entre unas laderas que casi caían a plomo, estaban ellos y nada más. Tenían cuidado de no encender ni las luces exteriores ni las interiores del habitáculo, ni siquiera la banda fosforescente del dial de la radio, o el consuelo de un cigarro con el que ahogar el nerviosismo. Nada. Porque el poco éxito del que tenían expectativa dependía más que nada de la sorpresa, de que nadie se percatara de que a la vuelta de la curva un coche salido de la más perdida negrura los abordaría como un barco corsario a un galeón cargado de oro, y a continuación a punta de pistola unos desarrapados sacarían del coche al hijo de un magnate norteño, le meterían al cañón del arma en la boca y le darían un recadito a su padre.
Esta era más o menos la versión oficial, luego cada uno de los tres tenía ligeras variantes que quedaban por si las cosas no se desarrollaban bien del todo.
Una luz al fondo se acercaba, indicando que el coche aparecía puntual. Era posible que hubiera una equivocación, que pasara un vehículo cualquiera. Pero parecía muy difícil, porque durante el tiempo que llevaban esperando no había pasado ni tan siquiera una liebre distraída. Tampoco importaba demasiado que el coche no fuera el que debiese ser, como el plan no estaba muy delimitado, con pedir disculpas o salir huyendo lo más rápido posible sobraba. Pero no ocurrió tal cosa. Desde lo lejos, en lo alto, donde debía de estar el aeródromo surgió un puntito de luz que iba creciendo hasta concretarse en dos focos, que horadaban potentes la niebla y la noche. En un par de minutos pasarían por la curva en la que estaban los tres emboscados.
Los hermanos Conde y Ramón, al volante, se habían dado cuenta al momento de que el coche estaba en la carretera. No estaban pendientes de ninguna otra cosa, y a pesar de que no estaban entretenidos en nada y con nada, desde el momento en que supieron que el coche se estaba acercando la inactividad fue total. Solo había la tensa espera del cazador, que sabe que si se le escapa la presa morirá de hambre. La niebla parecía espesa por momentos y cuando pasó el coche por su curva, ante ellos, dudaron al principio de que no hubiera sido otra cosa. Un brillo confuso, un jirón de nube arrastrado hasta el suelo por el viento, una oveja; cualquier duda que les permitiera excusarse de no cumplir su palabra. Pero no había otra opción, habían visto pasar el coche, un foco que se movía en medio de la noche y de la niebla no era lago fácilmente confundible. Ramón, movido por la evidencia, ya que ninguno de los Conde había dicho o hecho nada, decidió por si mismo arrancar el motor y salir en apresurada persecución entre la oscuridad sin preocuparse en conectar las luces. Parecía fácil en principio alcanzar el coche que los precedía, pero entre la noche y las curvas de la carretera era algo bastante complicado. Durante unos minutos Ramón condujo a ciegas, sin tener la referencia de las luces rojas del coche que llevaba al hijo de Negrín. Al final llegaron a una recta larga, en la que al fondo se adivinaba un brillo luminoso en el límite de lo perceptible. Ramón aceleró a fondo y solo cuando estaba a punto de impactar contra el otro vehículo encendió sus luces. El coche perseguido se deslumbró con el fogonazo súbito de luz y se bamboleó sobre la línea que llevaba sobre la carretera. Ante esto Ramón aceleró al máximo una vez más, empujó el coche y lo obligó a salir al arcén para no estrellarse contra los árboles gruesos que delimitaban la siguiente curva. El coche del hijo de Negrín apagó su motor y se quedó quieto fuera de la carretera. Ramón dio marcha atrás, porque se había pasado de largo con la embestida brutal, era curioso ver como se acercaba lentamente con la luz que indicaba la marcha atrás correctamente encendida. Se paró a escasos metros del otro vehículo, del que no se percibía ningún movimiento. Salieron los tres, cada uno por su lado, pistolas en mano. Pedro dio una patada a uno de las ventanillas de la parte trasera y metió el cañón del arma dentro. Gritó algo, palabras no muy definidas entre si; el principio de una y el final de otra, dudó en el último momento al vocalizar. Dentro del coche había un muchacho de unos veintitantos, sorprendido por el cristal roto, pero no estaba asustado. Ramón, entre tanto, tenía encañonado al conductor, y Amancio había abierto la otra puerta para sacar por ella al veinteñero, que seguía sin parecer en exceso sorprendido ni asustado.
Otro coche se acercó muy rápido hacia ellos. Los enfocaba con un cañón de luz muy potente y se empezaron a oír algo como tiros al aire.
Al principio ninguno de los tres fue consciente de lo que ocurría. Simplemente estaban ocupados en algo y apareció repentinamente un coche por allí armando jaleo. Lo mismo que si estuvieran jugando una partida de cartas en un bar y de pronto entrase un borracho dando gritos. Pasaba algo, pero no tenía por qué ir con ellos. Pero el coche seguía acelerando hacia donde ellos estaban, y los tiros al aire acabaron por caer demasiado cerca de ellos.
Alguien preguntó que qué pasaba. Pero no había tiempo para conversaciones, o para buscar una causa a que ahora los estuvieran disparando a ellos, de lo contrario hubieran mirado inquisitivos hacia Pedro. Primero porque nunca nadie diría de él que era discreto, y segundo porque él les había dado la información. Pedro tenía la culpa de confiarse de cualquiera, pero Amancio se arrepentiría el resto de su vida de no haberse dado cuenta de que su hermano era idiota del todo.
Por fortuna a Ramón se le escurrió, por la sorpresa, de entre las manos el conductor, que huyo hacia la protección del bosque. Entonces reaccionó, se percató de que o bien hacían algo, lo que fuera, correr o liarse a tiros, o lo tenían muy crudo para salir de allí. Se parapetó detrás del coche del hijo de Negrín, que ya tenía algún orificio de bala, agarró a Amancio del cuello de la camisa y lo paso a su lado, a cubierto. Pedro seguía en pie, amenazando a Ignacio, el hijo de Negrín, que ahora pregonaba una sonrisa amplia de superioridad, sin preocuparse de que era el objetivo más que fácil para los disparos que se acercaban. Primero gritó Amancio, pero estaba tan asustado que solo le salió un gritito afónico, como de gallina estrangulada. Tomó el relevo Ramón, que con su voz recia y cazallera rompía el silencio y la oscuridad también. Pero Pedro no reaccionaba, con el brazo muy estirado y el arma al final de él; un dedo acusador, peligroso y aterrado. Por segunda vez gritó Ramón, pero esta ocasión lo acompañó disparando dos veces su arma. El coche que se acercaba frenó en seco, entonces le dio tiempo de rodear el vehículo que los parapetaba y tirar del pelo a Pedro para que se agachara en lugar seguro. Como si lo hubiese despertado de un sueño, caminó vacilante hasta donde no podían alcanzarle los proyectiles. También el hijo de Negrín se había asustado al descubrir que sus agresores no dudaban en usar sus armas, y viendo que ya ninguno de ellos lo apuntaba, se rebulló en su asiento y trató de abrir la puerta de la ventanilla rota para salir corriendo por ella. Tenía la mano sobre la manilla que accionaba el mecanismo de apertura, cuando la mano grande y áspera de Amancio Conde le hundió la nuez en la tráquea, casi ahogándolo, y poniéndole el cañón de su pistola primero en la nuca y luego, girándolo, sobre un ojo. Si se nos escapa este, la jodimos del todo. Murmuró como justificándose de lo que hacía.
Mientras tanto el otro coche ya se había puesto en movimiento otra vez, pero más despacio ahora, hasta pararse a unos cincuenta metros de donde estaban los tres asaltantes.
El par de focos gigantes, muy potentes, colocados sobre el techo del vehículo enfocaban directamente, creando un haz de luz que deslumbraba a Ramón cuando trataba de averiguar cuanta gente podía estar atacándolos. El viento movía las nubes, densas, a ras de suelo, que al atravesar la zona iluminada parecían retorcerse, como llevadas por una angustia infinita y vaporosa.
Durante un par de minutos no sucedió nada. Cada bando estaba parapetado en su lugar seguro, esperando lo que podían hacer los otros. Era una espera tensa, ningún otro coche circulaba por esa carretera, y menos en una noche tan desapacible. Nadie les iba a molestar hasta que el amanecer aclarase los contornos de las cosas y todos fueran unos blancos más fáciles. Como mínimo disponían de tres o cuatro horas hasta entonces, no había prisa por equivocarse.
Se escuchó con claridad que en el coche de los focos se habría una puerta, parecía que alguien salía. Un par de suelas duras, de un zapato de buena calidad, rozaron contra la grava de la carretera. Sin dudar, Ramón se puso de pie, cerró los ojos para que no le cegase la luz y disparó hacia donde provenía el sonido. Una bala impactó sobre metal, haciendo un ruido sordo. No había alcanzado su objetivo, sabía que era muy difícil, pero al menos había delimitado su territorio. De ahí no se podía pasar.
La respuesta no tardó en llegar. Una ráfaga de un arma automática barrió el coche del hijo de Negrín y parte del de Ramón. Concretamente reventó dos ruedas.
Cabrones.
Murmuró Pedro cuando vio que quedaba inutilizado su coche para huir de allí. No veis que nos han jodido. Increpó a los otros dos.
-Si crees que vamos a salir de aquí corriendo con un coche, lo tienes claro.
-Y tú que sabes.
-Conozco esta zona un poco, solamente. – Continuó Ramón con paciencia. –Su coche es mucho más rápido, conciénciate de que habrá que jugar las cartas de otra forma.
Pedro estaba cada vez más ansioso, respiraba como si acabase de correr una larga distancia. No llegaba a comprender lo que decían, solo hablaba por no estar callado. El coche en el que lo habían llevado hasta allí tenía dos ruedas pinchadas, así que no veía ninguna otra manera de escapar.
-¿Qué cartas?
Ramón señaló con el cañón de su pistola al hijo de Negrín, que ya no parecía tan alegre ni confiado. Parecía arrogante, como si se creyera superior, pero en sus ojos había miedo sin ninguna duda. Amancio completó la significativa mirada explicando que los otros tardarían más o menos tiempo en tratar de cazarlos, pero gracias al muchacho saldrían enteros de allí. Al final las cosas pasan como tienen que pasar, y de un simple aviso se había pasado a un secuestro.
La diferencia estaba en las palabras. Un aviso, una recomendación de ten cuidado conmigo que estoy muy loco, se puede hacer de cualquier manera. Pero las palabras pesaron mucho, y con las armas en la mano había pocas alternativas.
Entre tanto las palabras se habían materializado en acciones, a través de Amancio. Era él el que había evitado que el hijo de Negrín se escapase, y lo mantenía retenido, la cara pegada al coche; y el cañón, geometría circular que dejar pasar a la muerte, hincado en la nuca. No era muy consciente ni de los tiros ni de las ruedas pinchadas del coche, ni de lo que hacían exactamente Ramón y su hermano. Solo al cabo de unos minutos el frío y la humedad le fueron penetrando hasta los huesos y entró en conciencia de lo peligrosa que se estaba poniendo la situación.
-¿Qué hacemos?
Dijo en voz alta, pero en el tono del que no busca una respuesta de nadie. Solo como quien expone a la claridad del día una verdad evidente. Pedro y Ramón se miraron entre si, confusos, dentro de la propia confusión que los rodeaba; llevaban cruzando palabras el tiempo suficiente como para creer que Amancio los había estado escuchando.
Gracias a los focos que los cegaban podían verse levemente las caras. El sudor los empapaba las frentes y los cuellos, la humedad del ambiente se condensaba en el cabello, en las cejas, en los pelos de las barbas descuidadas de varios días fuera de casa, formaba minúsculas gotas que daban un aspecto brillante y metálico. Los ojos no se los podían ver, la luz no era tan directa como para eso, pero tampoco era necesario. Tenían miedo. Se notaba en la forma de arquear las cejas, en la respiración breve y pesada sin que el aire llegase casi a los pulmones, respirando solo por obligación; los labios apretados, los músculos de las mandíbulas rígidos, pétreos. Ahora que parecía que los tres por fin habían regresado de sus propios refugios íntimos, de sus entresijos mentales, debían hablar de lo que iban a hacer; de qué cojones iban a hacer. Y se miraban en la penumbra del parapeto que formaba el coche, por un momento parecía que alguno iba a romper el silencio, solo roto vagamente por el ronroneo del otro coche que esperaba a que se moviesen. Pero no, al final la garganta estaba seca y dolía articular cualquier sonido. Solo el miedo. Quedaba el miedo grabado en sus rostros, temiendo que esa noche morirían, o algo peor. Aunque también quedaba ese brillo desesperado que lograr iluminar unos ojos en el agujero más profundo; el brillo de la esperanza insana, de la desesperación rayana con la locura por mantener la vida a costa de la propia cordura. El imperativo de los pulmones por seguir llenándose de aire sucio; del corazón a continuar bombeando sangre a órganos infames para que no se coagule en las venas.
Ese brillo que los tres tenían fue el que articuló la conversación que no tuvieron para que esta vez no pesaran tanto las palabras. Lo bueno de este tipo de conversaciones es la rapidez, pues un parpadeo puede transmitir millones de matices que con las palabras sería necesario malgastar libros de saliva. Concretado el brillo la responsabilidad de los actos sucesivos recayó en Amancio, no por una supuesta jerarquía, que no la había, sino por que él era quien tenía apoyada su arma contra la nuca de Ignacio, el hijo de Negrín.
Ramón movió, nervioso y contundente, el mentón hacia él, incitándolo a moverse. Pero Amancio tenía miedo, no quería levantarse, antes de hacerlo quería avisar para que no le volaran la cabeza antes de abrir la boca. Vocalizó un sonido deforme y desentonado, un gañido de animal herido que aún puede dar una cornada y escapar. Volvió a intentarlo, volvió a gritar como un hombre que hubiese pasado toda su vida entre locos y perros encerrados. Solo a la tercera surgieron palabras autenticas. Avisos de sus intenciones, y de que utilizaría al muchacho como escudo por si acaso. Le clavó el cañón bajo la mandíbula, medio ahogándolo al apretar por encima de la nuez, para obligarlo a levantarse entre él y los otros.
-Cuidado con lo que hacéis, no sea que le deis un disgusto a vuestro jefe, y este año no os mande cesta de navidad.
Lo dijo por decir algo. Era una broma insípida y sin sentido, pero le sirvió para poder volver a confiar en su voz.
Del otro lado no hubo ninguna respuesta, ningún sonido les llegó. Solo las luces que rompían la negrura, el suave rugido del motor; y, si acaso, poniendo mucho empeño e imaginación en ello, el chasquido metálico de un arma al quitarle el seguro.
-A ver, los del otro lado, los esbirros. – Continuó con un tono más templado. –No tenemos nada en contra de vosotros ni de este chaval. No queremos hacer daño a nadie, pero nos pone muy nerviosos que nos traten de matar; y a lo mejor se nos cruzan los cables y hacemos una locura… Y sería una pena que este chico tan guapo y tan listo acabase con los sesos manchando el suelo. Entendéis.
El silencio fue la respuesta.
-Ahora, ¿esperamos o qué?
Ninguno había esperado que con ese simple gesto pudieran haber logrado irse tranquilamente de allí, tampoco habían esperado nada en concreto. Aun así, estaban desorientados.
-Trae a este aquí. – Ordenó Pedro a su hermano mientras descargaba su arma y se sacaba un gorro de lana del bolsillo.
Le caló el gorro hasta las cejas a Ignacio y, ante el asombro estático de los que le miraban, le obligó a este coger el arma sin munición.
-Ramón, si hace el tonto le disparas donde te venga en gana; pero que duela mucho. Y tú, hijo, te pones de pie y apuntas a los amigos de tu papá. Ya verás que risa.
Si le quedaba el más mínimo rastro de humor y de confianza, se perdió en el tiempo que le llevó a Pedro hablar. Sus ojos se abrieron del todo, como si los párpados buscaran retroceder cobardemente, huyendo de su deber de proteger ante todo a los ojos. Temblaba de pánico, no con ese temblor similar al frío, sino con el miedo del que nunca ha llegado a conocer de cerca el dolor y la muerte. A pesar de ello se movió obediente, pero cuando estaba levantado, expuesto, con el arma inútil en las manos extendidas, gritó tímido y tembloroso que por favor no le disparasen. Alguien en el otro lado conoció el timbre de su voz pero antes de que pudiera decir algo una bala había impactado en el hombro del chico, que gemía, caído ahora, sobre el asfalto mojado.
-Hijos de puta, ¿estás bien, Ignacio?
La primera parte de la frase quedó sepultada por el estruendo que quedaba tras las detonaciones, cortas y secas de los disparos. Pero el final se definió nítido en la quietud de la madrugada en la carretera vacía.
-Ignacio, vaya nombre de mierda. – Se reía a carcajadas Pedro. –Díselo, Ignacio. Dile el agujero que te han hecho. A ver cómo se lo explican a tu padre.
El hijo de Negrín se revolcaba de dolor, como el rabo de una lagartija cortado sobre el polvo, con lágrimas en los ojos que brillaban en la oscuridad y la boca con un alarido roto sobre los labios. Pedro le había quitado de la mano, como la garra de un animal, la pistola descargada. La puso de nuevo el cargador lleno y la colocó sobre el párpado izquierdo del muchacho sollozante.
-Que se lo diga. Diles lo que te pasa.
Le miró, pidiéndole piedad. Ante lo que solo obtuvo una patada cerca de donde tenía la herida. Solo entonces gritó realmente.
-Me habéis dado. Me habéis pegado un tiro en el hombro, joder.
Más silencio. Un murmullo sordo, lejano. Una conversación apagada al otro lado de las luces. Tal vez un tecleo dudoso sobre un teléfono móvil, que luego quedó en nada. Y más silencio.
-¿Por qué tardan tanto?
-Peor para ellos. Al fin y al cabo, si este se desangra, es asunto suyo.
-Pero luego vendrá Negrín y nos tendrán que identificar por los empastes de las muelas, como en las películas.
-Te crees que esos otros no lo saben. Saben que Negrín nos arrancará las tripas vivos, pero antes les sacará los ojos a ello. O nos vamos con el chico vivo, o todos a tomar por culo. O nos dejáis irnos con el chico o todos a la mierda. – Gritó esto último.
-Estás loco.
-Que te jodan. Que os jodan a todos.
Del otro lado alguien alzó la voz, interrumpiendo la discusión.
-Eh, vosotros, mierdas…
Un alarido agudo y repentino de Ignacio cubrió las palabras. Pedro aulló después. Empezaba a estar demasiado fuera de sí.
-Tú sigue así y lo único que recogeréis será un muchacho muerto.
-Tranquilo, por favor. – Las palabras se apelotonaban y saltaban unas sobre otras, mezclándose timbres y significados. Formando al tiempo un idioma nuevo que solo servía para comunicar el dolor, el miedo y la mierda. –Dejad al chico y hablamos tranquilamente.
El chico se queda con nosotros; el chico no se va ni de coña.
Se leía en las miradas de los tres compañeros acorralados.
De cualquiera de las maneras estaba claro que algo tenían que hacer. Ellos ya habían movido ficha; el hijo de Negrín tenía un tiro, no parecía muy feo pero perdía sangre. De esta saldrían, pero tampoco había que jugársela. Pedro reía. Más bien sonreía ampliamente, y la débil luz le destellaba sobre los dientes húmedos y amarillentos. Se la había jugado bien. Con eso no lograba nada, también lo sabía, pero se la había metido bien hasta dentro. Hasta la empuñadura. Cuando menos le matarían riéndose en sus caras.
Amancio y Ramón no sonreían, pero por dentro pensaban lo mismo. Una batalla no gana una guerra. Pero una batalla, esa al menos, la habían ganado ellos.
De haber sabido cómo lo tenían de fácil se habrían reído más. Porque de donde procedía la luz artificial estaban muy nerviosos. La noche seguía siendo igual de húmeda y oscura, el soplo había sido cuando menos confuso y los que ahora tenían al hijo de Negrín eran unos muertos de hambre sin nada que perder para llegar hasta el final. Sabían que no tenían otra opción para recuperar vivo al muchacho que dejar que se lo llevaran esos cabrones. No se podía hacer nada más; pero por si acaso iban a esperar algo de tiempo.
Y ese tiempo pasó. No se cruzaron más palabras, no tenían nada que decirse. La noche empezó a perder la intensidad y decidieron que ya era su hora. No iban a quedarse esperando allí a que amaneciese por completo y viniera más gente a por ellos. Despacio, con mucho cuidado se fueron arrastrando, con el muchacho tras de si hasta el coche que había recibido menos impactos. Se acomodaron sin levantar mucho las cabezas, encendieron el contacto y se movieron muy despacio, alejándose del coche que mantenía inútilmente los focos encendidos. Al segundo desvío por un camino rural que encontraron se metieron por él, con Ignacio, el hijo de Negrín, herido y escaparon del peligro por el momento.
Poco a poco, con mucho esfuerzo, casi a empujones el silencio y una calma mal disimulada se abrieron paso en la casa de Ramón, el gitano. Habitualmente, hubiera ruido o no, que solía haber, nadie se quejaba de ella. Era una de las ventajas que tenía vivir lejos de todo; tan aparte de la vida de la gente decente y común. Pero esta vez había sido necesario recurrir a todos los calmantes que se escondían en los fondos de los viejos cajones para que los gritos de escándalo y las llantinas nerviosas no levantaran sospechas. Que por otra parte nunca dejaban de recaer en ellos pasase lo que pasase.
Lucía, la madre, dormía ahora, tranquila y drogada en una posición incómoda para su cuello y para su espalda sobre su cama. Ella y los niños habían dejado de gritar, pero eso tampoco solventaba mucho el problema. Qué se podía hacer con un muchacho, poco más que un adolescente, atado y con un pañuelo en la boca para que no gritase, dentro de una casa. Era cuestión de tres o cuatro horas a lo sumo, para que toda la gente de Negrín se presentase allí tirando la puerta abajo y disparando contra todo lo que se moviera. Entre tanto algo habían hecho como atestiguaban los ojos morados y el labio sangrante de Ignacio; al menos con eso estaría más quieto, pero no solucionaba nada. Por eso hubo que drogar a Lucía, y un poco menos pero también a los niños. A Lucía, la hija, no, en contra de lo esperado. Parecía tranquila, casi curiosa, intrigada por el rostro sanguinolento. Al principio sí que había gritado, igual que todos. Del mismo modo que habían estado gritando nerviosos los tres hombres que habían escapado por carreteras no marcadas en los mapas con el hijo de un hombre mucho más poderoso de lo que ellos creían.
Pero el grito, agudo y todavía infantil, de Lucía tenía algo del niño al que finalmente le regalan algo que nunca se atrevería pedir a sus padres. Aunque puede que todo esto fuera una impresión exagerada.
Nunca es agradable desconocer lo que va a pasar. Tener la sensación de que el mundo puede explotar en millones de pedazos en cualquier instante, por la razón más peregrina y más imprevisible que se pueda imaginar. Pero la certidumbre es siempre peor, se puede soportar con más o menos entereza; con el estómago relajado y la mirada despierta; aún así, aún en el mejor de los casos la certidumbre de una desgracia es más terrible que la desgracia en si. Todos en esa casa, en la que ahora también respiraba el hijo de Negrín, sabían que iban a morir. Todos, conscientes o no, niños o adultos, tenían la certeza de que morirían ese mismo día. No era ninguna evidencia, ninguna orden firmada sobre un papel oficial. No era algo que no ofreciese alguna mínima posibilidad de ser evitado; siempre hay una puerta de atrás. Pero cuando te has tenido que ir corriendo con el hijo de alguien como Negrín en el asiento de atrás, sabes que lo más probable es que arrojen por la noche tu cuerpo acribillado al fondo del mar; más allá del cabo donde suelen marisquear al amanecer. Pedro y Amancio no lo sabían, solo lo sospechaban.
Ramón, en cambio se maldecía, no tenía que haber dudado nunca de que eso podía acabar así. Le daba algo de pena su familia, seguro que también matarían a su mujer y a sus hijos, pero tampoco demasiado. Sentía pena y rabia por él mismo.
Las palabras continuaban pesando, plomizas y viciadas, en el ambiente enrarecido de la casa. Se le podría enjuiciar por su posición social, por su baja calaña; justificando así que se tenía bien merecido todo lo que le podía pasar. No tenía que haberse metido a ayudar a esa gente, se repetía en silencio mientras contaba los segundos que iban pasando rápidos. Pero a parte de lo inevitable que es intentar enmendar el pasado, tampoco habría podido negarse a echar una mano a alguien que se lo pidiera, y más siendo viejos conocidos.
-Gitano, sal a dar una vuelta a ver si oyes algo.
-¿Y para qué? – No tenía fuerzas para mucho más, solo una tibia negativa a que lo obligasen a levantarse de donde se había dejado caer.
-Si pasa algo nos cargamos al chaval, y a tomar por culo… Tranquilo, Ramón, mientras el chico esté vivo no creo que se atrevan mucho a tocarnos los cojones.
-Entonces, en lugar de que nos maten hoy, lo harán más adelante.
-Más o menos.
-¿Más o menos? Que cabrón eres.
-Sí. Anda vete, que te vendrá bien un paseo… Y si hablas con alguien, pues mejor. – Ramón se levantó muy lentamente, como en un movimiento eterno de galaxias que se separan. –Ramón, oye, esto te lo pagamos.
Ni siquiera se volvió para mirarlo mientras hablaba y se tocaba un bolsillo abultado de billetes. Abrió la puerta y salió a la explanada polvorienta.
Amancio se aseguró que Ramón se había ido de verdad, también comprobó que Lucía, su mujer, seguía dormida y narcotizada. Miró torbamente a su hermano, que no se había separado del hijo de Negrín, sentado en el suelo junto a él, sujetando el extremo de la cuerda con la que le habían atado los tobillos, las muñecas y el cuello. Pedro se levantó y arrastró consigo al joven. No habían intercambiado ninguna palabra los dos hermanos, pero estaban esperando a que Ramón saliese de la chabola para continuar con lo que habían empezado. Todos los niños estaban sentados a la mesa de la cocina, vigilados por los mayores, comiendo chocolate para que se les pasara el susto.
Amancio se llevó a parte a Lucía, la hija. No pretendía contarla nada de lo que estaba pasando, ni tenía la intención de tranquilizarla. Sabía perfectamente hasta donde legaba la perspicacia y la capacidad de observación de la muchacha. Era lista, y lo que no sabía se lo imaginaba. Se la levó a un lado, apartándola del resto de sus hermanos, a los que cuidaba solo con eficiencia, para hablar unos minutos. Para intercambiar unas palabras, antes de reunirse con su hermano Pedro y con el hijo de Negrín en la pequeña habitación sin ventanas. La que habían estado usando de dormitorio; aunque no siempre era usada para ese fin.
Amancio se llevó a Lucía aparte, más bien, para una confesión. O más exactamente par una expiación de los malos propósitos. Como los guerreros medievales, que la noche antes de entrar a batalla reconfortaban su alma rezando en capillas y velando sus armas. A lo mejor antes, en la carretera por la madrugada, habían asistido a una eucaristía para poner al día su cuenta de pecados y buenas acciones. Pero lo que de verdad podía aplacar algo el temor de un hombre que se va a ver enfrentado a la carne lacerada y a la sangre escapándose de las venas, era la reflexión, la calma, la contemplación de la belleza, la armonía de espíritu. Y eso era lo que buscaba exactamente al conversar con Lucía; quería calmar su alma ante el temor, esconderse de la culpa que lo acecharía después. En ella encontraba, sin poder explicarlo con torpes palabras, un equilibrio en la brutalidad de la existencia. Otro, tal vez, hubiese recurrido a encararse a un aria de alguna ópera en concreto, a recitar versos de un poeta clásico, a evocar una pintura renacentista, a una buena botella de vino de la tierra o licor foráneo, a un lance amatorio justamente retribuido; incluso un pervertido habría escrito un mal relato al respecto. Amancio no alcanzaba ninguna de estas sublimidades, y con el estómago encogido y duro como una pelota de tripas secas, cogió la mano derecha de Lucía, menuda, caliente y un poco áspera y, sin mirarla directamente a los ojos, la habló. La habló del sol que no pasaba entre las nubes hinchadas y grises que siempre había en el norte, habló de la chaqueta raída de lana de colores que llevaba puesta, habló de la película que la llevó a ver una noche pasada ya. Habló de cualquier cosa a la que Lucía pudiera responder sin demostrar claramente que sabía lo que había pasado y lo que iba a pasar. Ella contestaba liviana, completaba ideas que Amancio no tenía ánimo de terminar, puntualizaba nimiedades deliciosas; y movía, entre tanto, la mano nerviosa entre los dedos gruesos y cortos del hombre que tenía delante. Hizo poco más que ser educada y amable con alguien que la decía cosas y más cosas. Era poco lo que a su parecer hacía, no tan poco era para Amancio, que al cabo de unos cuantos minutos soltó su mano, no purificado, ni renovado, pero sí reconfortado como solo reconforta el orujo una mañana helada de invierno.
-Este viene, o qué es lo que le pasa. – Se escuchó mascullar suficientemente fuerte desde la otra punta de la chabola como para que Amancio se diese por aludido.
Lucía levantó la mirada con un rostro que era solo ojos oscuros y pestañas interminables. Tenía una expresión confusa e interesada. Imaginaba mucho más de lo que sabía, y eso parecía excitarla. Amancio se separó de su lado farfullando una disculpa, confusa por lo evidente. Le pidió que estuviera tranquila y cuidase de sus hermanos hasta que regresase su padre o se despertara su madre. Y sobre todo la avisó de que no tenía porqué preocuparse, ni tan siquiera acercarse a donde iban a estar él y su hermano Pedro.
Lucía no respondió, bajó la vista a las manos, que tenía apoyadas sobre las piernas, una envolviendo a la otra.
Salió de la habitación y de su lado para encontrarse con Pedro, que lo esperaba al parecer impacientemente. Y en cuanto dio la espalda a Lucía fue consciente de que todo había sido en vano, de que la poca serenidad que había tratado de acumular en esos minutos escasos se había desvanecido por completo. Lo comprobó con una resignación triste y pensó que lo mejor sería subirse las mangas de la camisa para hundir las manos en la mierda.
Pedro estaba nervioso, desencajado. Esperaba junto a la puerta a su hermano que no llegaba, no sabía por qué razón. Si Ramón se había ido y su mujer estaba dormida, no entendía con que se estaba entreteniendo. Había cogido del cuello al hijo de Negrín y lo había llevado a trompicones hasta la habitación sin ventanas, que tenía los dos colchones mohosos tirados en el suelo. Se había tropezado con uno de ellos y los pies se le habían enganchado entre las sábanas retorcidas, en el traspié había soltado al muchacho y este, sin poder huir hacia ningún otro sitio se había hecho un ovillo en un rincón. Pedro consideró en un breve instante liarse a patadas con el pobre amordazado, pero aguantó la respiración unos segundos y se lió a golpes con los colchones hasta que los convirtió en objetos informes de los que salían jirones de tela, relleno y muelles oxidados. En algún museo contemporáneo hubiesen dado de dinero por ellos. La muestra innecesaria de ira asustó más, si aún podía, al muchacho. Sollozaba y se retorcía, lo que le permitían las ataduras. Parecía que además se había orinado encima, pero estaba tan empapado en sudor y lágrimas, y la habitación olía tan mal por si misma, que era difícil de saber.
Procuraba no mirar al muchacho lloroso mientras esperaba a su hermano mayor, porque le regresaba el impulso fuerte y concreto de golpear, de destrozar, de romper algo bueno, que debía controlar. Al menos por el momento. Se contenía sacando el cuello fuera del cuartucho para hacer como si buscaba a Amancio, pero aún oía el llanto lastimoso y ahogado del hijo de Negrín. Eso lo enfurecía casi tanto como verlo ahí, encogido y aterrorizado; por eso gritaba de vez en cuando y reclamaba a voces la presencia de su hermano. Para que pasara algo; lo que se suponía que tenía que pasar o cualquier otra cosa. Pero al menos algo que rompiera esa sensación de espera.
Ignacio, el hijo de Negrín, tampoco soportaba esa misma sensación de que algo no llegaba a ocurrir todavía, pero que más tarde o más temprano sucedería. Hacía horas que había perdido su habitual confianza. Esa seguridad que le hacía moverse con pasos amplios y tranquilos cuando viajaba por grandes ciudades de Europa y América, por despachos de paredes paneladas de maderas caras y nobles en los que jugueteaba a los negocios con el dinero siempre rebosante de su padre. Aún en el intercambio de disparos de la noche previa, se había sentido respaldado por la cercanía de la mano de su progenitor, protectora en forma de hombres armados y pagados. Pero ya con el amanecer fue deseperándose poco a poco hasta caer en un temor negro para él; muy negro especialmente para él, porque era la primera vez que lo sentía tan omnipresente y cercano. Conservaba todavía algo de esa confianza, esa superioridad aprendida casi desde niño. Sabía que era muy difícil que su padre no lograse algo que se propusiera, que su voluntad y sus deseos se acababan realizando mediante su dinero o sus largos tentáculos. Algo de esa mínima y lastimosa confianza aún la tenía dentro de aquella habitación sin ventanas, empapado en sudor y pánico como quien sueña con lo imposible.
Los dos hermanos miraban con la misma expresión de cierta repugnancia al muchacho machacado y semiconsciente, que se esforzaba por respirar en el suelo sucio y pringoso. Parecía que iba a dejar de vivir en cualquier momento, que el segundo siguiente iba a ser demasiado para soportarlo. Pero como en un milagro que no pide ser realizado acumulaba más existencia y dolor. Amancio abrió solo un poco los dedos de una mano y un trozo informe y fofo de carne sangrante cayó pesado al duelo, con un ruido de goteo sordo.
Todos habían seguido fielmente las líneas pactadas que delimitaron los actos y las palabras del pasado, pero no por lo claramente inevitable dejaban de preguntarse cómo habían llegado hasta allí. Se lo cuestionaban igualmente los tres hombres que compartían el mismo aire en la misma habitación sin ventanas. ¿Dónde estaba el punto en el que aún podían decidir un camino u otro libremente? Seguramente habían pasado junta a él, sin verlo, a toda velocidad, llevados por la prisa que da la ansiedad de vivir la vida misma. Hubiese sido necesario sentarse un momento en cualquier recodo del camino de los días, bajo una sombra fresca y tranquila para hablar del propio camino, de hacía donde les llevaba. Puede que el hijo de Negrín se hubiese planteado dejar que lo arrastrasen, sin freno por unos derroteros que no había decidido; pero nunca es fácil ver las cosas desde dentro. La misma responsabilidad se podría requerir a los dos hermanos Conde, y se justificarían con la pobreza y el hambre, que siempre justifica casi todo, pero el que hace daño también puede decidir no hacerlo. Siempre se puede dejar de herir. La vida es demasiado complicada. Y por esa complicación otro inocente más estaba sangrando y dos culpables intentaban comprender lo que habían hecho y lo que iba a pasar.
Hubiesen seguido todavía más tiempo tratando de comprender, a ese cuerpo que se ahogaba entre sudor y sangre, de no ser porque se escuchó un grito mal ahogado y poco disimulado desde la habitación contigua. Creyeron que alguien habría entrado en la casa sin que se hubiesen percatado, era poco probable, pero no habían estado muy atentos a casi nada en los últimos minutos. Amancio, limpiándose las manos manchadas en los pantalones, le pidió a su hermano que vigilara a aquel cuerpo que casi no se movía. Salió por fin de esa habitación que le empezaba a ahogar y a dar nauseas, notó unos paso ligeros y suaves, de pies descalzos, que se apagaban en la cocina. Amancio fue hacia allí con una certeza más que una suposición. Los niños continuaban en ella, aburridos, sentados en torno a la mesa. Habían acabado hacía tiempo el chocolate, y con seguridad también se habían cansado de jugar y hacer pequeñas travesuras propias de su edad. Uno apoyaba la cabeza entre los brazos y casi dormitaba, otro balanceaba rítmicamente los pies que le colgaban de la silla, con el mismo tedio que un pequeño mono en su jaula. El más mayor, que debía de compartir la responsabilidad del cuidado junto con Lucía, miraba cansino una revista. Lucía estaba sentada en la misma silla en la que la vio por última vez, muy recta, muy envarada. Ni el cuello ladeado, ni los hombros caídos; no llevaba así mucho tiempo, pero pretendía aparentarlo.
-Lucía.
Llamó una vez sin resultado. Tampoco en la segunda ocasión, ni en la tercera obtuvo respuesta. Después se acercó suavemente hasta ella, la puso una mano muy leve sobre el hombro, casi sin tocarlo, y la susurró al oído si se encontraba bien. Ella continuaba sin contestar, toda rigidez y respiración alterada. La rodeó para ver su cara, y en un primer momento ella le ocultó el rostro. Desistió enseguida y vio sus ojos negros muy abiertos, la piel totalmente cubierta de gotas de sudor, y las aletas de la nariz estiradas convulsivamente.
-Lucía. Ven conmigo afuera. Te tiene que dar un poco el aire.
-¿Qué ha hecho ese hombre? – Respondió al fin, pero sin que pareciese que hubiera oído lo que le había dicho Amancio.
-¿Qué quieres decir? ¿Le has visto hacer algo?
-No. Pero, entonces ¿por qué le habéis hecho eso? – Estaba claro que había estado mirando el tiempo suficiente.
-Anda, ven conmigo. – Insistió con mucha suavidad, la cual contrastaba con sus manos todavía algo sucias de sangre. La sujetó con firmeza, pero sin fuerza evidente, por ambos hombros y la obligó a levantarse.
-¿Y los niños? – Acertó a preguntar mientras la llevaba afuera.
-No te preocupes, estarán bien.
Fuera el cielo continuaba gris, pesado y bajo. No llovía exactamente, pero el aire arrastraba ocasionales y menudas gotas que a lo lejos borraban las formas y el horizonte. Era un día tan desapacible como cualquier otro, a Lucía no parecía que le incomodara mucho. Amancio no había terminado de aclimatarse y tenia los ojos entrecerrados y el rostro contraído, incómodo. Pese a ello trataba de respirar con regularidad y de forma profunda para que su voz sonase tranquilizadora. Lucia le iba a preguntar sobre lo que le había pasado al hijo de Negrín, tal vez no lo haría con las palabras; pero sus ojos eran implacables. No tendría miedo de preguntar un una ocasión normal, o tal vez fuera más ingenuidad, el anhelo de mostrarse y demostrar ser madura lo que hacía ignorar el temor; pero en esta ocasión la sangre que vio derramada la había relegado a su condición original de poco más que una niña, de algo menos que una mujer.
Pese a todo lo preparado que quería estar Amancio, lo primero que le dijo Lucía le sorprendió.
-¿Qué nos va a pasar cuando se entere de lo que le habéis hecho a ese chico?
-Que se entere, ¿quién? – Dijo superado el primer asombro.
-El padre de ese chico. Cuando se entere de que le habéis hecho daño, el querrá hacernos daño a nosotros.
-Acaso sabes tú si ese muchacho ha hecho algo malo… O si su padre ha sido el que lo ha hecho.
-¿Y qué? Si me hicieran algo así, aunque hubiese hecho de verdad algo muy malo, mi padre se lo haría pagar. Es lo normal. Seguro que tu padre también lo haría, ¿tienes padre, no?
-No. Yo ya no tengo padre… Y tampoco sé si hubiera hecho algo así por mí. Y menos si no me hubiese portado bien.
-¿Pero tu padre te quería?
Amancio tomó aire. La conversación no estaba discurriendo por donde él pretendía, ni mucho menos por un terreno que le fuera agradable. Aún así hizo nuevamente un esfuerzo, que no era en realidad necesario, porque Lucía estaba ahora más interesada en la vida de Amancio que en el muchacho inconsciente de la habitación sin ventanas.
-Lo mejor va a ser, – continuó –que no pienses mucho en todo esto. En un par de días habrá pasado todo. Las cosas se arreglarán, y Pedro y yo nos habremos ido para que podáis seguir estando tranquilos. – La cara de Lucía se entristeció rápidamente, como una sombra que cruza rauda la luz del sol y enfría durante un momento lo que antes fue cálido. -¿Estás bien?
-Sí. –Respondió con viveza, pero con un mohín todavía evidente.
-¿Te pasa algo? ¿Tienes miedo? Tranquila, que no te va a pasar nada; tu padre se preocupa mucho por todos vosotros.
-Entonces te irás cuando todo haya acabado, ¿no?
-Pues claro. – Contestó sin pensarlo mucho, porque en realidad estaba recapacitando sobre las palabras con las que acababa de intentar tranquilizarla. Eran una gran mentira o, cuando menos, no estaba seguro de lo que había dicho. Pues por mucho que Ramón se quisiera preocupar por su familia, no era condición indispensable para que no les fuera a ocurrir nada a su mujer o a sus hijos. Lo cierto era que las cosas, acabasen bien o mal, lo único que depararían sería una amenaza evidente, un peligro nítido sobre todos ellos. Pensó eso por segunda vez con un poco más de calma y sintió una enorme pena por esa niña de ojos oscuros. Aunque, a decir verdad, eso solo duró un segundo.
Al cabo de ese segundo apareció por la calle Ramón y ya no hubo ni más palabras ni más pensamientos. Solo una mueca escueta y de significado inconfundible, que venía a decir algo así como, no sé lo que estás haciendo ahí con mi hija, no me importa, pero déjate de gilipolleces y vente para dentro que hay cosas que oír. Además de una leve posdata desde una ceja arqueada: donde coño está el loco de tu hermano.
A simple vista podía parecer un mensaje muy complicado para un medio tan limitado como la cara humana, pero Amancio lo entendió sin error y en menos de un segundo. Demostrando tal comprensión dejando allí plantada sin ni una sola palabra más, ni una disculpa, a Lucía bajo el cielo gris inmenso.
Ramón entró en el interior de la chabola sin esperar a Amancio, que llegaba andando despacio tras él. Sospechaba que el gitano podía llegar a imaginar lo que había pasado allí cuando les había dejado a solas con el hijo de Negrín, de cualquier manera no tenía interés ni ganas de ver su reacción, le dejaría ese placer a su hermano.
Escuchó atentamente un par de gritos y se quedó parado. Habían sido exclamaciones de sorpresa y miedo, de alguien que se había encontrado con lo que temía. Amancio estaba seguro de que Ramón no se había opuesto mucho en salir de su casa, con la primera excusa que pudiera, para evitar tener que mancharse las manos más de lo que las tenía. Pero de cierta manera tenía que cumplir su papel, mantener algo de cordura. Siguió con los pies clavados entre el barro y el polvo mientras discutían nerviosos su hermano y Ramón después de los gritos iniciales. No duró más que un momento y vio salir por la puerta ahora a su hermano pequeño con la cabeza agachada, andando a grandes zancadas. Se paró un momento en el umbral, algo en el suelo pareció llamar su atención, soltó una patada amplia y desidiosa, y continuó andando mientras se alejaba. Cuando Pedro estaba lo suficientemente distante decidió entrar por fin en la chabola.
Justo antes de acceder definitivamente a la casa algo también le pareció extraño en el quicio de la puerta. Había algo que se movía en el suelo. Eran unos pequeños ratoncillos, del mismo tipo que abundan entre los desechos de cualquier ciudad. Pero se movían de una forma rara, poco normal que hacía que se hubiese fijado en ellos. Uno de ellos a decir verdad no se movía, era solo un pegote informe de sangre y pelo. Con seguridad era el que había recibido el golpe de su hermano. Lo lógico hubiera sido que el resto de ratones hubiesen salido corriendo asustados, pero estaban allí como hipnotizados. Estaban enderezados sobre sus patas traseras y movían cadenciosamente el cuerpecillo, las patas y la cabeza; casi como si estuvieran bailando. Pero a Amancio le pareció inadecuado utilizar esa palabra en unos simples roedores. Amagó una patada para que se fueran, para que dejaran esa farsa que por momentos le pareció una alucinación. Pero los ratoncillos ni se inmutaron. Continuaban con su danza animalesca. Los miró nuevamente con mayor atención, doblándose con una mano apoyada en los riñones, por ver si era una alucinación suya. Pero no había duda, los jodidos bailaban. Cogió el pomo de la puerta y entró en la casa sin mirarlos, le habían puesto nervioso. Se quedó en tal estado de alteración que apenas se enteró de lo que hablaba Ramón. Quien después de discutir con Pedro fue hasta la cama en la que continuaba durmiendo, narcotizada, su mujer Lucía. La zarandeó para ver si reaccionaba, pero solo logró alborotarla un sueño que parecía plácido. Después fue a la habitación sin ventanas, en la que había quedado solo y sin vigilancia el hijo de Negrín. Estaba en ese lugar cuando lo encontró Amancio, mirando al muchacho semiconsciente. Estaba muy alterado, tanto que le llamó la atención dentro de la propia alteración inexplicable que le habían causado los ratones bailarines, se retorcía las manos con tanta fuerza que se volvía blancas mientras duraba la presión, y se tornaban rojas cuando las soltaba. Tenía los ojos muy abiertos y parecía no parpadear; además su respiración era rápida y ansiosa, dilatándole las aletas de la nariz.
Amancio, sin darlo mucha importancia aunque tampoco sin percatarse demasiado, le preguntó casi como compromiso que de qué se había enterado. Tras lo cual comenzó a hablar de forma alocada, atropellando las palabras y las frases unas con otras. Extendiéndose tedioso en detalles nimios o pasando casi por alto factores importantes. Es decir, habló de tal forma que al poco Amancio dejó de prestarle atención. Solo se enteró de retazos, de imágenes sueltas e inconexas como de un sueño, a las que solo fue otorgando sentido y orden más tarde y más calmado. Comprendió entonces que Negrín había sufrido una especie de ataque nervioso, o algo así, cuando se había enterado de que los dos hermanos y el gitano se habían llevado a su hijo. Según alguien había oído a alguien que le había contado otro alguien que había visto al propio Negrín hecho un ovillo sollozante sobre una silla en el rincón más oscuro de un salón pequeño y discreto, con una foto de su hijo en un marco de plata. Por supuesto no había que dar mucho crédito a ese tipo de habladurías, pero también es cierto que siempre venían a raíz de un hecho cierto.
Ramón estaba muy preocupado porque Negrín hubiese sentido tanto el secuestro de su hijo. El motivo exclusivo de su estado de ánimo era ese. Pero Amancio podía estar satisfecho, porque el golpe de fuerza con el que quería forzar la ayuda de Negrín había salido bien. Ramón no lo veía tan claro. No por su nerviosismo, sino al contrario.
Él conocía perfectamente cómo se sucedían los acontecimientos en esa ciudad gris que daba a un puerto negro. Si una persona osaba molestar gravemente a un coloso como Negrín solo podía espera dolor como resultado. En cierto modo había consentido participar en todo ese teatro estúpido porque no confiaba, para nada, en que pudieran llegar a algo tan extremo. Pero los hechos habían ido un paso más adelante y, ahí estaba, muerto de miedo por no perder su vida.
Le dijo claramente a Amancio que estaba asustado. Que por mucho que pareciera que iban a ganar la partida, lo cierto era que no les quedaban nada más que unas pocas horas para tratar de escapar con vida. Pero el mayor de los Conde no entendía, o no prestaba la suficiente atención a lo que estaba diciendo, como para pensar que su existencia, o la de las otras personas que habían estado cerca de la historia, estaban pendientes de un hilo.
-Oye, – preguntó con una calma repentina que estaba acorde con una mirada inquisidora -¿y qué hacías tú ahí fuera con Lucía?
-Nada. – Se apresuró a responder Amancio. –Los niños estaban un poco inquietos y quería estar seguro de que no nos habían espiado mientras estabamos ocupados con el hijo de Negrín.
-Y para eso te llevas a Lucía a la calle. Para dejar a los otros con el bobo de mi hijo y el atontado de tu hermano… Si quieres que estén tranquilos se lo dices a Lucía y punto, sin llevarla a parte. A no ser, que quieras hablar de otra cosa.
-No sé que quieres decir.
-¡Me cago en tus muertos, Amancio! Respóndeme la verdad por lo que más quieras en este mundo: ¿Lucía ha visto al chico este?
-La verdad es que no estabamos muy pendientes de nada mientras estabamos con el tema.
-¡Seréis cabrones! Lo ha visto, mi hija lo ha visto.
La cara de Amancio fue cambiando hasta evidenciar una culpabilidad nítida, y Ramón se fue engrandeciendo, indignado, sacando fuera toda la tensión que había estado acumulando por lo pasado en los últimos días.
-Sí, bueno, es verdad. Pillé a Lucía mirando detrás de la puerta, es decir, oí un ruido, fui a ver a Lucía y me di cuenta de que ella lo había visto todo.
-¿Pero cuanto tiempo estuvo mirando?
-No lo sé.
-Y, claro, tampoco estás seguro de que el chaval la haya visto a ella.
-Hombre, pues yo creo… Pero mira como está, si no se entera de nada
-Eres un cabrón. – Dijo muy serio, parecía a primera vista muy tranquilo, pero dentro hervía de furia. Un párpado le temblaba levemente y sus dos puños estaban cerrados en una garra deforme y atrofiada, que en nada se parecía a una mano.
-Sois unos hijos de la gran puta. – Continuó. –Os he ayudado, os he abierto mi casa, habéis comido con los míos. Os he seguido el cuento de vuestros problemas de mierda solo por la amistad que tuve con vuestro padre. Y vosotros, ¿vosotros, qué? Solo me habéis jodido cada vez más. Cada vez que os ayudaba vosotros me habéis dado por el culo. Y ahora, encima que ya habéis puesto en peligro a casi todo lo mío, tú, gilipollas de mierda, tú no te preocupas de que el hijo de Negrín se pueda acordar de la cara de mi hija. Yo ya contaba con que no iba a salir vivo de esta; ni tú, ni tu puto hermano, claro. Pero esperaba que alguno de mis hijos continuara mi apellido. Y precisamente has elegido a la mejor de todos para que sea la que primero muera. Porque tú serás el responsable único el día que a ella le pase algo; tú, o lo que quede de tus huesos.
Ciertamente la parte que afectaba exclusivamente a Ramón tenía muy mal aspecto, y por extensión, aunque ninguno tuviera la profundidad de mira o la capacidad para reconocer la situación, también tenía un aspecto francamente oscuro para el resto. Daba la impresión de que todos actuaban por inercia dentro de una obra de teatro sin memoria. Quedaba muy lejano en el tiempo los días en que los hermanos Conde solucionaban y se ocupaban de sus propios asuntos en su ciudad pequeña del interior del país. Parecía que habían pasado meses en lugar de solo unos días desde que murió un muchacho extraño por algo que ellos le habían vendido. Y esta especie de carrera alocada por huir hacia lo que fuera, aunque fuese un peligro mayor, había empezado buscando el amparo y la protección de una figura rara y espinosa como Negrín. Ahora mismo entre sus ingenuas manos tan solo tenían a un hijo, indefenso entre sus magulladuras, pero que en potencia era como la cuenta atrás de una explosión; y se colaba la evidencia de que si algo indefinido no los auxiliaba estarían todos muertos en unas pocas horas. Y todo por un muchacho muerto al que nadie avisó de donde se estaba metiendo, un muchacho olvidado que a pocos importaba cuando estaba vivo, y menos aún recordaban estando muerto. Pero que, como el pequeño guijarro de una cumbre alta se cae sin intención atraído por la gravedad, y en su inocente caída provoca una avalancha. Esa era en realidad la situación exacta, una ola gigante de tierra y rocas que arrasaba a culpables e inocentes solo por el mero hecho de estar allí. Todo eso sin que nadie se acordase tan siquiera del pobre chico-guijarro muerto, pues tan solo corrían huyendo de la destrucción sin saber, inconscientes, que nada corre tanto como una montaña que por fin se decide a andar tras eones de quietud.
Y las primeras piedras de lo inevitable habían comenzado a aplastar ya la vida que estaba debajo de ellas, pues el hijo de Negrín luchaba sin fuerzas por permanecer vivo tras una irrazonable paliza que solo conseguiría acercar el rumor sordo de la montaña que avanzaba. Pero, claro, ¿quien puede oír al susurro silencioso de una montaña metafórica que no existe nada más que como una unión de palabras que resumen un todo? Nadie puede, por mucho que se esfuerce, aunque siempre existe el azar. Un pequeño charco que con olas diminutas nos alerta de una vibración extraña, o el silencio súbito de unas aves canoras, o más bien palabras imprudentes que se escapan de una boca indiscreta.
Y en tal situación se encontraba Pedro.
Los primeros ecos de la catástrofe, las primeras nubecillas de polvo las descubrió precisamente el menor de los Conde. No tenía muy claro lo que querían decir esos primeros signos de la desgracia que se acercaba pero, como se dice, no le dieron buena espina. Como si hubiese espinas bondadosas que acariciaran y le hicieran cosquillas en la cara. Fue algo que no le gustó, aunque no sabía por qué.
Estaba harto ya de ver como se iba muriendo el muchacho al que le habían dado la paliza. Porque para él era indudable que se iba a morir. Su respiración era poco más que un burbujeo muy leve entre la sangre que inundaba sus pulmones. Además se movía igual que un perro encerrado en una jaula muy pequeña, errático y con movimientos cortos y repetitivos. Estaba medio inconsciente, y su cuerpo reaccionaba como una máquina a punto de pararse, o como el rabo amputado de una lagartija. Todo eso y el maloliente charco de sangre y otros fluidos, que se iba extendiendo por el suelo de esa habitación sin ventanas, le desagradaba profundamente a Pedro Conde. Esa habría sido su respuesta si le hubiese preguntado alguien los motivos por los que había salido de la habitación y de la chabola. Pero lo cierto, o lo más significativo para su fuero interno, era que todo ese cuadro le recordaba demasiado a la muerte de su padre. Además, el chico no se iba a ir a ninguna parte.
Aunque tal vez si hubiese sabido lo que iba a encontrar en la puerta de la casa se lo habría pensado mejor. Porque cuando agarró con violencia, con los restos de su violencia desatada sobre el muchacho indefenso, y con torpeza el pomo de la puerta, esta no se abrió con facilidad; había mucha humedad y se quedaba encajada en el marco. Pero tras un forcejeo breve la abrió repentinamente y perdió un poco el equilibrio. Cuando lo recuperó estaban allí.
Había cuatro ratoncitos, de esos de campo, no de los que son tan desagradables y sucios de vertedero. Cuatro pequeños ratones de pelo grisaceo brillante apoyados sobre sus patas traseras. Como sentados, o más bien como si intentaran ponerse en pie. Y los muy cabrones estaban bailando. Eso pensó de lo que veía Pedro, porque de los movimientos extraños, rítmicos y acompasados que realizaban los cuatro, solo se podía deducir que estaban bailando por muy ratones que fueran, y por poco que se supiera que bailasen o hiciesen otras cosas no propias de ratones fuera de los cuentos para niños. Dudó un segundo. Parpadeó. Volvió a parpadear de nuevo tras frotarse los ojos con un gesto tópico de incredulidad. Era increíble, ahí estaban bailando como movidos por hilos de un marionetista invisible. Llegó a mirar hacia arriba por si era un juego de los hijos de Ramón. Pero no, hubiese sido un juego demasiado perfecto. Entonces fue cuando lo sintió, la mala espina, el presentimiento, la mala sensación. Supo casi instantáneamente que algo malo tenía que pasar. Pero no pudo asociarlo al muchacho moribundo o a Negrín o a su hermano porque era una sensación, no una idea que hubiese surgido de un hecho preciso. Era solo eso, una sensación, un nudo en el estómago, casi ni eso. Pero le hacía sentir incómodo, irritablemente idiota ante un problema que no era que no supiera resolver, sino que casi no se percataba de que fuera un enigma. Por eso, precisamente, soltó sin pensar la punta del pie con rabia sobre uno de ellos, daba igual. Lo importante era que había matado a uno de los cuatro.
Sin quedarse a ver de qué manera había deformado con el golpe al cuerpo, antes vivo y bailarín del ratoncillo, se fue a grandes pasos.
Era en él inevitable que por mucho que lo esquivase o lo dilatara terminaría entrando en algún bar, café, pub o establecimiento equivalente en el que ingerir alcohol a un precio no muy razonable. En defensa de Pedro se podría alegar que esa no fue su intención primera, que solo anduvo durante un tiempo sin un destino pensado, solo por olvidar a aquel cuarto asqueroso y a aquel muchacho moribundo. Pero al andar se cansaba, y entonces necesitaba beber; y no era de los que se conformaran con el agua de las fuentes públicas, que jalonaban más o menos generosamente las calles de todas las ciudades.
El local, pues era difícil darle alguna categoría a parte de que tenía paredes, techo y una puerta de acceso desde la calle, era poco recomendable. Ya no por el propietario o la clientela que lo frecuentaba, que no era ni mejor ni peor que cualquier otro de mejor apariencia; no era recomendable pues se antojaba imposible que una persona medianamente sensata pudiera dar mayor preferencia a ese lugar en detrimento de otro distinto por mísero que fuese. En dicho local se encontraba todo lo poco y lo normal que se podía destacar, a saber: una barra de ladrillo y cemento rematada por un tablón de madera aglomerada, que el uso había transformado su color original en una pátina aleatoria de grasa y suciedad. También había un grifo de cerveza, brillante y húmedo, y toda suerte de botellas de bebidas de alta graduación muy poco variadas en sabores y categorías. Un encargado o propietario con pantalón negro y camisa blanca sucia, la cual estaba siempre irremediablemente arremangada y con varios botones abiertos ya fuera verano o invierno. Y por último una escuálida constelación de clientes habituales por la barra y las mesas poco estables que ocupaban el espacio libre; los cuales estaban pendientes de lo que apareciese en la televisión enorme, antigua y grasienta, que controlaba desde un rincón privilegiado todo el local. El zumbido incoherente e inútil del receptor trataba de ocupar los silencios entre las conversaciones. Reemplazando a su vez el anterior zumbido de radios y transistores, que pasaron a mejor vida con la irrupción de esas inquietantes imágenes de colores que mostraban un mundo tan deforme como irreal.
Pero por una casualidad cualquiera, ya fuera tedio, repugnancia o simple descuido, nadie prestaba su interés a lo que explicaba con gestos exagerados una mujer rubia de facciones vulgares. En cambio mantenían una conversación muy animada, casi violenta, sobre algo que al parecer les afectaba a todos muy profundamente. Pues con total seguridad una conversación sobre cualquier otro aspecto no hubiese producido nunca posiciones tan encontradas en tan cotidianos parroquianos. Pedro no se interesó ni pensó en ningún momento en participar, solamente ocupó un rincón libre y comunicó al camarero tras la barra su interés porque el flujo de alcohol no decayera en su vaso.
Por lo que se entreveía, sus posiciones se confrontaban respecto a un premio de lotería, bastante abultado, que había recaído en algún conocido de la barriada. Alguien famoso por su condición miserable y por su costumbre de sablear a todos sus conocidos y cercanos; y más recordado aún por sus reticencias a devolver lo prestado. Y en ese punto se encontraban los discutidores, pues unos juzgaban una desvergüenza y de una mezquindad sin límites, ya no que no hubiese saldado sus deudas, sino que no había tenido el detalle de celebrarlo con sus convecinos. El otro bando consideraba que lo que había hecho estaba bien, y que se había quedado corto. Que en un lugar tan rastrero como ese las demostraciones de generosidad eran solo obra de ingenuos o imbéciles, ya que no de las dos cosas a la vez; y apostillaban que de haberles pasado a ellos, hubieran desaparecido en cuestión de segundos de ese cubo de inmundicia que formaban la docena de calles del barrio. Para olvidar para siempre toda la pobreza y toda la ruina moral en la que habían estado hasta entonces.
-Parece que no sabéis la mierda de piso en la que vivo. Es que es lo normal. – Decía uno. –Si me tocara algo de dinero no es que lo arreglara. Porque entre humedades y grietas da asco, sino que cojo una lata de gasolina, lo quemo entero y me compro una casa de verdad.
-Sí claro. Y después quemas el edificio entero.
-Pues que se jodan. Si por no tener no tiene ni paredes. Que solo tiene un poco de cemento y el resto es arena. Me paso el día oyendo como follan los vecinos.
-Sí, porque lo que es que ellos oigan lo que tú follas, poco.
-Vete a tomar por culo.
-Oye, tio, no te lo tomes a mal, que todos sabemos cómo está tu parienta y que no te tiene que gustar mucho meterte en la cama con ella.
-Es esto lo que os decía. Me toca algún premio gordo y, qué, voy a quedarme en este barrio de mierda aguantando a gilipollas como este. Pues no, ni de coña; desaparezco y no me veis más. Me voy a Cancún a que me la chupe una negra, y a que me llamen señor todo el tiempo.
-Sí, muy bien. Y todos los que nos quedamos aquí, que nos jodan. Continuamos tragando nuestra mierda y la que has dejado tú. Así seguro que se arreglan las cosas.
-¿Qué cosas hay que arreglar?
-Lo veis, si es que es este el problema. El barrio es una puta mierda, la gente unos capullos. Y en lo único que pensamos es en huir como las ratas de aquí.
-Y que hay que hacer. Si quieres, para una vez que a alguien le toca algo, y tiene un poco de suerte, va y lo reparte con la gente que le ha estado jodiendo la vida.
-Hombre, negarás que eso estaría bien. Ahora mismo estabais diciendo que a ver si invitaba aquel. Pues es más o menos lo mismo que acabas de decir. Eso es preocuparse porque las cosas mejoren, que no sigan tan mal como están.
-Eres un ingenuo. Entre gente como la de aquí, o como la de cualquier otra parte del mundo porque los hombres son todos unos cabrones en todos los sitios, solo va a lo suyo. Nadie quiere mojarse para arreglar nada.
-Pero es que habría que pensar lo contrario, implicarnos todos para que de algún modo nadie pudiera evitar mojarse y colaborar.
-Te digo que eso suena muy bonito. Pero no se puede hacer, aquí cada uno tiene sus problemas. O, es que te vas a preocupar por alguien cuando te quedes sin curro, o cuando estás enfermo, o cuando no tienes para pagar el alquiler de ese mes.
-Lo ves como es lo contrario. La cosa está en que los que mejor estén se hagan cargo de los que están mal. Pero aunque solo fuera por el interés de que les devolvieran la ayuda cuando la necesitaran.
-No te entiendo.
-Estamos con la mierda hasta el cuello, vale. No hay trabajo, de acuerdo. Las cosas son muy caras, también. No sé ¿qué más? La delincuencia, la droga. Para solucionar todo eso solo pensamos que hace falta mucho dinero, y como no lo tenemos, pues creemos que no hay nada que hacer. Pero aunque no haya dinero, no veis que somos muchos, joder; somos la hostia de gente. Porque, a ver, ricos siempre habrá; con eso seguro que no se puede hacer nada. Es que es lógico, que por lo que sea, por listo o por suerte, alguien se forre. Pero, si a mi me fuera mal ¿os costaría mucho a cualquiera de vosotros echarme una mano?
-Hombre…
-En serio. ¿Tan mal estáis como para negar una pequeña ayuda?
-No, claro.
-Pues ya está. Si a eso le añades que nadie se pudiera quedar nunca sin trabajo; sin comida, aunque solo fuera la justa, o sin casa. Creéis que las cosas serían tan malas.
-¿De qué estás hablando? Porque todo esto viene a algo, a que sí.
-No… Bueno, sí, un poco.
-¿Qué? Cuéntalo, coño. No puedes hablar del paraíso, y luego no decir donde está. Eso jode, y además quedarías como un falso.
-Aquí no, pero hay sitios…
-Uno que se va a América.
-No. No aquí mismo, pero tampoco tan lejos. En este mismo jodido país.
-Algo lejos entonces.
-Tampoco. Es que todo depende de mucho, hay lugares que son como os he dicho y que sí están lejos, más al sur. Pero es que no es todo tan difícil. Hay pueblos abandonados, hay montes enteros que nadie quiere trabajar y que no cuestan casi nada. Hay muchas cosas si se tiene interés.
-¿En el sur dices?
-Sí.
-No en levante.
-No.
-Es que me contaron una vez algo parecido de unas tierras de un marqués que murió sin dejar herederos. Y pasó el tiempo. Y había mucha gente que trabajaba en las tierras, y en los frutales y con los animales. Una aldea pequeña pegada al palacio del marqués, que vivía no muy bien, pero tampoco lo pasaba mal. Y claro, si se repartía todo entre las familias, o entre el gobierno o entre quien fuera, toda esa gente se quedaba en la miseria; y tampoco era cuestión. Pues pasó que el tema llegó a los tribunales y duró mucho tiempo, muchos años. Y mientras tanto los trabajadores del difunto marqués siguieron a lo suyo mientras creían que les iba a durar. Entonces, no sé muy bien como, pues alguien dijo que eso también era suyo, que no lo tenía en propiedad pero sí en uso y que nadie podía quitarle ese uso ni a ellos ni a sus descendientes. Y así siguieron, porque ya nadie quería unas tierras de las que no se podía echar a los trabajadores. Ahora creo que los controla el gobierno o algo, pero ellos pueden hacer lo que entre todos deciden.-
-Sí, algo así es lo que os contaba. Lugares que no son de nadie exactamente, donde da igual que trabajes o vivas. Dentro de poco me iré a vivir a un sitio así que vamos a organizar en la montaña.
-O sea, que tú también te vas.
-Sí, pero para luchar por mejorar las cosas. Tenéis razón en que es muy duro vivir aquí, en este barrio, en esta ciudad. Hay muchas cosas malas, y el cuerpo no lo aguanta. Hasta hace poco han estado unos de esos pistoleros que tiene Negrín, el de las drogas. Comentaban que tenían que encontrar a no sé quien que había tocado las pelotas a su jefe. Uno le pasó la pistola al otro y se fueron. Veis, es que no se pude vivir con gente que actúa así…
La conversación continuó. Pedro no había participado en ella, solo se preocupó porque su vaso se encontrara siempre lleno del destilado que había elegido. Aunque también, por lo animado y lo efusivo, se había descubierto siguiendo las respuestas y las argumentaciones, escuchando de un modo discreto que no diese a entender intenciones dudosas no derivadas del propio aburrimiento. Era cierto que el tema le daba absolutamente lo mismo más que el asunto más aburrido para él. Pero necesitaba desconectarse, relajarse, olvidar lo que había estado haciendo y lo que acababa de hacer en esa ciudad. Deseaba tener algo en la cabeza que no fuesen sus propios problemas. En cierto modo y hasta un momento concreto lo había logrado sin inconvenientes, pero como se podía esperar la conversación había tocado unos temas que le habían sacado de su indiferencia inicial. Por fortuna cuando escuchó pronunciar el nombre de Negrín ya había tragado el último sorbo de su bebida, y no había tenido que pasar por el evidente apuro de toser y ahogarse ante unos desconocidos justo al mencionar un asunto tan peligroso. Pero lo que no pudo evitar fue que las manos se le agarrotaran en torno al vaso de cristal que sostenía, haciendo que se derramase una pequeña parte del licor sobre la barra sucia y ajada. Con discreción y rapidez lo solucionó con unas cuantas servilletas de papel que tenía en la mano. Entonces pensó.
Respiró con calma y terminó la copa que tenía todavía en la mano. Contó después, mentalmente, hasta cien y pidió otra copa más. Pidió la cuenta entonces, dejando lo justo, sin propinas pues ya era de por si una cifra bastante alta.
Empezó a beber a sorbos esa última copa servida hasta que le quedó menos de un tercio por apurar. A continuación apartó de delante el vaso y se levantó de la silla. Se despidió de forma general de la gente que continuaba dentro del local, y con los que no había llegado a cruzar ni una sola palabra y salió a la calle a pasos comedidamente amplios. Ya en la calle procuró mirar despreocupadamente a un lado y a otro y, entonces sí, se fue corriendo hasta la chabola de Ramón, el gitano. Cuando llegó estaba cubierto de sudor y resoplaba como una mula vieja. Pese a todo, no estaba nervioso al hablar, era algo que temía desde hacía tiempo.
Ramón y Amancio estaban sentado cada uno en un extremo de la mesa de la cocina. Daba la impresión de que habían estado hablando entre ellos, pero la conversación había devenido más bien en discusión o en una confrontación agria de pareceres, y se miraban torvamente. Sin fijar la mirada pero sin perderse de vista. Ninguno de los dos levantó los ojos cuando entró, jadeante, Pedro.
-¡Gracias a Dios! ¿No ha pasado nada, verdad? ¿No ha venido nadie? Pensé que iba a llegar tarde. Venga, moveros cagando leches, que hay prisa.
Amancio continuó sin molestarse en levantar los ojos para ver qué quería decir, a pesar de que lo tenía de frente. Ramón se giró para pedir que se explicase.
Le vio ahí, todo él era excitación. Unas gotas gruesas de sudor le cubrían la frente y le resbalaban groseramente por la cara y el cuello. Como el camino había sido largo y apresurado estas habían tenido tiempo suficiente para empapar y mudar el color del cuelo de su camisa en un tono más oscuro. Trataba de hablar, pero el aire le faltaba y solo sonaban resoplidos difíciles de descifrar, que a él mismo le ponían nervioso, y que a sus interlocutores creaba una sensación de ansiedad, que particularmente en Amancio se desarrollaba en una mayor repulsión por el que hasta hacía poco consideraba como su hermano. Las manos se movían, amplias, invadiendo todo el aire que estaba su alrededor como un intento de ser más explícito con los gestos, viendo que con los sonidos no lograba resultados. No se daba cuenta, no tenía un espejo ante si para verlo. Pero él se creía sereno, tal vez un poco exaltado por lo inesperado de la situación; aunque de cualquier manera tranquilo y controlando en todo momento los acontecimientos excepcionales. Lo real no era así. No solo balbuceaba por la falta de aliento; sobre todo lo hacía por un nerviosismo incontrolado, en el que se unía un cerebro poco despierto para los problemas complejos con un cuerpo sobre el que ya no ejercía ningún imperio. Los pies le zapateaban arrítmicos en el suelo, y las rodillas le flojeaban dejándolo caer por momentos; para al momento recobrar el poderío y balancear el torso peligrosamente. El vientre se contraía, como de dolor, y sin saberlo había instantes en los que proyectaba su voz directamente contra el piso. Las manos, indomables, no solo ejercían su área de control sobre el espacio circundante, sino que manejaban su antojo caprichoso por todo el cuerpo y la cabeza de Pedro. Se metían curiosamente entre las prendas húmedas de sudor y lluvia; palpaban ingenuamente una anatomía sin duda sabida. Si había una definición respecto a un orden lógico que controlase su naturaleza, esta era sin duda caos.
Cualquiera de los dos podría haberlo hecho por la misma causa y con justicia, pero al final fue Amancio el que reclamó una vuelta al orden en todo ese desbarajuste con brazos, que en definitiva siempre había sido su hermano. Golpeó la mesa con la palma de la mano, produciendo un sonido de carne muerta que cae sobre la tabla de corte del carnicero. Lo hizo sin saber que ese fue el ruido que hizo al caer la primera piedra de la avalancha que se acercaba, que ya estaba allí.
-A ver, tarado. ¿Qué cojones pasa? ¿Te has vuelto gilipollas del todo de una vez?
Solo ante aquella agresión evidente, frontal y poderosa, pareció salir Pedro de su bruma de confusión. Su rostro se volvió cerúleamente blanco. Su cuerpo entero se paralizó, cesando instantáneamente todos los temblores y paroxismos que le señoreaban hasta entonces. Quedó rígido, inmóvil, perplejo, estático. Aunque, revelando que realmente permanecía vivo, las venas destacadas de su cuello y de sus sienes latían con virulencia. Sin duda la sangre le fluía en abundancia hasta el cerebro, que era un bullicio de neuronas intentando retomar el control que momentáneamente habían perdido, por un exceso justificado de alguna de esas sustancias que controlan el correcto comportamiento del cuerpo. En esos segundos breves en los que permaneció latente tras el exabrupto de su hermano mayor, Pedro recuperó el dominio sobre si mismo. Reaccionó y entró al trapo.
Salió al reproche con valentía y con un arrojo en correspondencia a la desfachatez de su hermano. Se entretuvo en justificarse a si mismo, a su comportamiento actual y pasado; evidenciando y explicando que un carácter como el suyo no admitía ni cortapisas ni muros que lo limitasen. Que pudiera ser que hubiese causado perjuicios, males y problemas, pero tanto como lo podía haber hecho cualquier otro. Y aún más sin detenerse en contarlos ni entrando en antiguas polémicas, con toda seguridad se podían sacar a la luz idénticos efectos producidos por las acciones del hermano mayor y sensato de la familia. Pero, y entró así directamente al asunto importante que quería tratar y que por distintas cosas había dilatado, como nunca se sabía por donde podía saltar la liebre, lo cierto era que gracias a él y su díscolo temperamento, había surgido la ocasión de esquivar el peligro.
Ramón asistía un tanto atónito a la discusión fraternal, y bien hubiese deseado salir de escena disimuladamente, pero cierto temor y algo de curiosidad le hacía seguir clavado al asiento, esperando ansioso las nuevas de Pedro. Esa misma ansiedad le hizo exclamar, de una vez poniendo fin a todo lo superfluo, pero ¿qué?
-Vámonos todos cagando hostias que vienen para acá dos pistoleros de Negrín.
Primero Ramón y Amancio intercambiaron una mirada que de por si sola era una palabra de innumerables sílabas y matices, y que venía a confirma muchas cosas. Si con todo lo que había tardado en arrancarse a decir que el peligro era inminente, sino inevitable, era imposible dudar que ese hombre que abusaba de distintas drogas a la vez no fuese otra cosa que un cretino y un idiota. Luego concretaron más las ideas en palabras. Pero los reproches fueron rápidos, ya habría tiempo si lo había, pues en ese instante solo importaban los detalles imprescindibles para salvar la vida.
Pero Pedro no podía concretar nada. Sus palabras no eran más que conexiones realizada por un cerebro rebosante de alcohol que por fuerza quedaban en nada. Sí, había bebido, bastante. Pero lo había hecho porque se encontraba mareado, indispuesto después de la paliza sin sentido que la habían dado al hijo de Negrín. Aunque eso no quería decir nada y no restaba tampoco valor a lo que realmente había oído.
Cuanto te habías bebido cuando oíste a ese hombre del bar contar lo de aquellos pistoleros.
Quiso saber exactamente Ramón, comprobando en la respuesta dubitativa que siguió que en efecto había consumido demasiado. Y, continuó entonces, reprochándole que cómo pretendía que se fiaran de lo que les contaba cuando estaba aún más borracho de lo que estaba en ese momento. Pedro trataba de zafarse. Era cierto todo eso, pero a santo de qué vendría inventar una historia así, con la que alarmar a la gente y terminar alarmándose él mismo. Podía ser verdad que estaba, y había estado más borracho cuando lo escuchó, pero lo había oído de aquella boca desconocida sin ninguna duda.
Amancio zanjó, categórico y cruel: porque eres tonto.
Pero Pedro no se dio por vencido y miraba constantemente por la ventana, comprobando que no se acercaba nada ni nadie a la casa. Podía ser mentira lo que contaba, pero no por eso era improbable. Con todo lo que había ocurrido era lo más normal del mundo, de un mundo como ese, que si alguien te tocaba las narices a ti y luego a tu hijo lo lógico era mandar a dos cabrones armados para acabar con el problema de forma rápida. Y, aunque solo fuera por eso, Pedro sabía que no tenía más remedio que creerlo. Y pese a no exponer muy lúcidamente su argumentario, quedo suficientemente remarcado por unos gestos concisos y elocuentes que realmente estaban haciendo el idiota por quedarse allí discutiendo tranquilamente mientras cada vez les restaba menos tiempo para poder huir con vida todos ellos.
Solo entonces, solo después de aquellas palabras torpes y poco elocuentes la verdad cayó antes sus ojos como cae una roca, enorme e inesperada desde el cielo, pero no por eso menos sólida e irreprochable.
-Coño, me cago en todos mis muertos. – Exclamó Ramón. –Vamos, hay que irse de aquí ahora mismo. ¿Tenéis algún lugar seguro donde esconderos?
-¿Cómo que algún lugar? – Si los hermanos Conde precisamente se habían metido en ese agujero, húmedo y sucio, en una ciudad tan lejana de la suya, era para escapar. Porque cuando y donde estaba estaban anteriormente tampoco era un sitio seguro. Y ahora tenían que montarse nuevamente en el coche ruinoso para encontrar alguna geografía discreta en la que ver pasar los meses sin sentido hasta que todo lo pasado no fuera nada más que algo que se podía leer en los periódicos atrasados, con los que envuelven las castañas en otoño, sino los encontraban de nuevo y definitivamente y terminaban con todo de una vez.
Ese era el pensamiento de los hermanos Conde. O al menos era lo que creía Pedro que ambos pensaban. Pues la realidad era otra.
-Necesito un coche. – Susurró Amancio con los dientes muy apretados. Se le marcaban nítidamente los músculos de la mandíbula inferior tras la piel seca y la barba mal afeitada.
Ramón no escuchó estas últimas palabras. Recorría de un lado a otra las habitaciones, revolviendo cajones, moviendo muebles, desordenando cosas y rescatando de ese caos fajos de billetes, manoseados y húmedos. También, como recordándolo repentinamente, gritaba el nombre de alguno de sus vástagos y de su esposa. Quería recoger sus posesiones, materiales y familiares, meterlas en una bolsa y salir corriendo. Con seguridad, si su familia hubiese entrado en la misma bolsa de tela en la que guardaba el dinero habría estado mucho más calmado.
El primero que acudió al reclamo paterno fue el hijo mayor. No le dio ninguna explicación, solo le dijo que tenían que irse enseguida. El muchacho tampoco reclamó aclaración alguna, fuera porque estaba acostumbrado a ese trasiego o fuera porque nunca hacía ninguna réplica al padre.
-Trae una furgoneta. – Le ordenó mientras volcaba el contenido de un cajón sobre el suelo. Esparciendo prendas de vestir de colores, como una primavera floreada que llegaba de un rincón de repente.
El muchacho no pareció entender y respondió asustado, contradiciendo el mandato paterno: no tenemos furgoneta, padre. Ramón se enderezó del montón de ropa en el que había encontrado un puñado de billetes de diseño antiguo, que con seguridad llevaba allí escondido más de diez años. Con un calcetín verde y naranja entre los dedos le dio un golpe sonoro entre el cuello y la cara a su hijo. Cuando el muchacho se levantó del suelo y salió, algo tambaleante hacia la calle, Ramón volvió a hablar, esta vez para nadie, repitiendo la necesidad de encontrar una furgoneta. Regresó después a la cocina, donde todavía estaban los hermanos Conde sin decir ni hacer nada. Soltó una cantidad increíble de billetes y más billetes sobre la mesa, y los contaba apresuradamente antes de meterlos en otra bolsa, mayor que la que había estado usando al principio.
-No vais a caber todos en una furgoneta, Ramón.
Pedro miró esquivamente, pero sorprendido al oír lo que había dicho su hermano. Aun así no dijo nada. La mirada de Amancio mostraba una convicción gigantesca a la que tuvo miedo de enfrentarse.
-Hay que hacer algo con el hijo de Negrín. ¿Sabéis si está vivo todavía? – No había hecho caso a lo que le dijo el mayor de los Conde.
-Puedo ayudarte. Me llevaré a alguno de tus hijos. Iremos más rápido, y será más difícil que nos cojan. – Insistió Amancio, sin pestañear, pero con el tono de voz más alto, más agudo.
-Sí, claro. Vosotros dos y alguna de mis fieras. Si no os matan antes, os vuelven locos los críos y los matáis vosotros mismos.
-No pasará nada de eso. Iré más deprisa, además yo no voy con Pedro.
-¿Todavía estás con eso?
-Es asunto mío. Así te podré devolver el favor, en cierto modo.
-No tienes coche para ti. – Algo temía Ramón. Hablaba cauto, con distancia. Sabía que lo normal hubiese sido que Amancio y Pedro hubiesen salido de allí hacía tiempo y lo más rápido posible. Conocía, o intuía al menos, lo que estaba pasando y simplemente quería marear un poco a Amancio para no llegar a una situación desagradable.
-El coche no es problema. Y también me encargo yo del chico de Negrín. Venga, deja que te ayude. Puedo llevarme a alguno de los más pequeños y a Lucía para que no tengan miedo. – Le miraba al padre directamente a los ojos, o más exactamente al punto intermedio entre ambos, que correspondía con una nariz gruesa y huesuda; con fijeza pero a la vez con una súplica lastimosa más propia de un chiquillo al que no conceden un capricho.
Pero Ramón siguió sin darse por enterado: ¿Qué quieres hacer con el chico?
-Tengo la pistola. – Contestó de inmediato, como tratando de finiquitar un tema que le interesaba poco para poder hablar de lo que realmente deseaba.
-Amancio, – empezó en tono conciliador, -si no quieres irte con tu hermano es verdad que es problema vuestro. Y si dejamos ahí tirado al hijo de Negrín para que lo encuentre su padre, tampoco pasa nada. Lo mismo se muere él solo, o lo mismo no, y puede que nos ahorremos un problema más. Todo eso, al fin y al cabo, da lo mismo. Lo único que importa ahora es salir cagando hostias de aquí, como sea… Pero, por favor, déjame a mi que me ocupe de mi familia. No necesito tu ayuda, no te dejaría a nadie de los míos ni por todo el oro del mundo. Hacednos un favor y no os volváis a acercar a nosotros. – Respiró profundamente, creyendo hacer puesto fin a la discusión que no había empezado; y añadió después con desgana. –Me voy, creo que ya me esperan todos ahí afuera. Haced lo que os dé la gana, pero yo no me quedaría mucho más en esta casa, por si acaso.
Ramón salió hacia la puerta. Pedro hizo lo mismo un par de paso por detrás. Amancio permaneció imperturbable en el mismo lugar, puede que con los ojos un poco más húmedos; tal vez no.
-Espera. – Dijo muy bajito. Añadiendo después a viva voz, muy descontrolado. – Espera.
Y tiró al suelo de la cocina, justo en la mitad del espacio que lo separaba de Ramón, un enorme fajo de billetes grandes. Sería complicado calcular la cantidad exacta del mismo, pero era muchas veces más que todo lo que había recogido Ramón de su propia casa hacía unos segundos.
Ramón y Pedro se giraron al mismo tiempo, coordinados, al oír el inesperado sonido del papel moneda golpeando contra el suelo.
Pedro hizo un gesto con los brazos, el mismo que haría si pretendiera que alguien no se arrojara al vacío desde una ventana. Pero el movimiento fue abortado, casi desde antes de iniciarse, con una orden severa de su hermano.
-Cállate, esto es solo lo mío. Tu otra mitad la tienes en nuestro coche, móntate y vete ya.
Su voz era tan autoritaria, tan irreprochable, que Pedro hizo como cualquier perrillo faldero al que se riñe por una travesura, agachó la cabeza y salió a la calle sin abrir la boca ni atreverse a devolver la mirada a su hermano.
-Coge el dinero, gitano. Y deja que tu hija venga conmigo.
La voz de Amancio era terrible, como la de un Zeus vengativo. Pero no era suficiente para alguien como Ramón, que no sabía nada de dioses clásicos.
-¿Qué?
-No decías que ni por todo el oro del mundo. Puede que con eso te lo pienses mejor. Solo quiero que Lucía me acompañe, nada más.
Comprobó con placer lúbrico la mirada de avaricia que había en los ojos del padre de Lucía, la hija. Veía que incluso sus dedos se revelaban, ansiosos, por coger el descomunal paquete de billetes que le ofrecían a cambio de nada. De casi nada. Amancio no desperdició la ocasión y arrojó otro fajo de las mismas dimensiones junto al primero. No era concebible que hubiese estado allí, hablando con tal cantidad de dinero sin que se le hubiese notado.
-Coje todo de una vez y dame a tu hija. – No era una invitación, ni tan siquiera era una amenaza. Solo fue una descripción fría y objetiva de lo que pasaría. No había nada que decir ni objetar a una simple notificación.
El padre dudaba. Sí, había mucha avaricia en él, pero tenía la sensación de que lo estaba engañado. Al margen de la mercadería con la que se trataba. Pensaba que esa cifra astronómica de dinero sería luego descubierta como una mentira, como un vulgar timo.
Amancio lo miraba imperturbable, seguro. Estaba tranquilo de que sus deseos se cumplirían sin falta. Veía con deleite la forma en que Ramón trataba de decir algo, inseguro; algo que él estaba convencido que sería que aceptaba el trato. Pero no fue así, al menos del todo. Otras fueron sus palabras.
-Lucía, di a tu hija que salga de la furgoneta y que venga aquí ahora. – Pero dudó un poco, y volvió a insistir. –Lucía, hija, ven conmigo un momento.
Amancio sonrió resplandeciente de satisfacción, en una cara que era solo ojeras y barba medio cana.
Lucía entró, sonriente y servicial en la cocina, igual que siempre. Con los pies manchados de polvo, y algo de temor en la mirada ante lo que pudiera querer su padre.
-Te quedas con Amancio, ¿entendido? – Dijo mientras se abrochaba la chaqueta, en cuyo interior albergaba ya los billetes que había aceptado del mayor de los hermanos Conde.
-Padre…
Pero la débil réplica quedó sin destinatario, porque su padre ya no estaba en la habitación. Solo estaban ella y Amancio, que continuaba sonriendo, pero algo había cambiado en su mirada. Algo profundo. En contra la sonrisa que persistía en Lucía, la hija; la única ahora, era sincera y sencilla.
Se podrían usar muchas y muy diversas palabras para relatar lo que sucedió a continuación, pero lo único concreto fueron los propios hechos.
Amancio y Lucía permanecieron unos minutos más dentro de la casa, en la que había vivido hasta entonces Ramón, el gitano, con su familia. Pedro Conde y el mismo Ramón salieron, cada uno por su lado, en sus respectivos vehículos, de la explanada en la que estaba construida la casa. Pero la fortuna, o más bien el hecho de que Pedro fuera uno solo, y de que Ramón tuviese que organizar una mermada prole aunque aún cuantiosa, hizo que el primero en alcanzar el camino asfaltado que comunicaba con la carretera fue Pedro. También tuvo algo de incidencia el factor de que Ramón tuviera que explicar a su esposa el porqué no los acompañaba su hija mayor. Pero no había que enjuiciar este hecho, pues implicaría nociones de responsabilidad frente a unos acontecimientos que, a parte de terribles, estaban predestinados y por tanto no tenían responsable.
Así pues, antes de que la furgoneta de Ramón pudiera alcanzar la carretera principal se encontró de frente con otra furgoneta. Como el camino era muy estrecho solo podía pasar un vehículo a la vez. La otra furgoneta llevaba dentro a los pistoleros enviados por Negrín, por supuesto. Ramón trató de escapar marcha atrás, pero ni ese ni ningún otro vehículo podría alcanzar mucha velocidad en el sentido contrario al habitual. La furgoneta de los pistoleros de Negrín no tardó en forzarla, a empujones, a salir del camino; atascando sus ruedas entre los escombros y los desperdicios.
Medio minuto después los hombres a las órdenes de Negrín había acabado con la mayor parte del trabajo encomendado. Entraron dentro de la furgoneta con los cañones de las armas todavía humeantes. No contaron los cadáveres que dejaron tras de si, per si hubiesen tenido esa prudencia hubieran comprobado que faltaban personas. Sería un error que podía salvar otras vidas.
Después continuaron hasta la chabola, ahora totalmente abandonada. Entraron y al poco tiempo salieron. No había nada ni de interés ni de valor; una casa pobre y desordenada con una habitación como un armario con manchas de sangre. Rociaron con un líquido inflamable la construcción paupérrima, y en pocos segundos fue todo una tea ardiente, que al cabo de una hora no fue más que unos restos mínimos de ceniza negra y frágil que se deshizo con la primera lluvia. Borrando a la vista toda la memoria.
De vuelta pensaron que sería también una buena idea hacer la misma operación con la furgoneta llena de muertos, más que nada por borrar cualquier descuido que hubieran podido tener con el fuego, purificador y sagrado. Este segundo fuego tardó más en consumirse. Aunque de cualquier forma nadie se interesó por ninguna de las dos columnas de humo en una ciudad con un cielo perpetuamente gris y contaminado. Solo después de un par de días una patrulla rutinaria dio parte de los hechos. De los cuales quedaba poco que informar, porque tras el fuego los rateros de la zona se llevaron todo lo medianamente útil. Obvia decir que no quedó nada del dinero. Si acaso los inspectores de policía se preguntaron por las cenizas de papel que encontraron entre la camisa y el cuerpo del cadáver sentado al volante. Todo el dinero del dudoso comercio desapareció.
Por otra parte Amancio y Lucía habían escapado andando a través de la escombrera, siguiendo el camino imaginario que unía la chabola con el centro comercial en el que vieron una película días antes. Nadie los molestó al tratar de salir de la ciudad porque entre un coche incendiado y otro controlado que viajaba camino de una pequeña ciudad del interior, nadie reparó en que faltaban dos personas en la cuenta. Amancio robó un coche pequeño y discreto de un barrio marginal y pobre, y salieron por una carretera hacia el sur. Terminaron su viaje muy al sur. Tan al sur que a los oriundos del lugar llamaban a los de esa región norteños.
Había pasado el tiempo. Habían pasado varios meses desde que los dos iniciaron juntos un peregrinaje hacia un lugar en el que no tuvieran que temer lo que había pasado. En el que ninguno de los dos tuviera que sentir miedo por algo, pues a pesar de que el peligro se cernía sobre Amancio, Lucía sentía igualmente un gran temor. No tenía nada más que a ese hombre, casi desconocido del todo, como familia. Durante el viaje, siempre hacia el sur, fueron recorriendo y dejando atrás pequeñas estancias en pueblos y ciudades donde Amancio tenía amistades y relaciones con gente que pensaba que los podría ayudar; pero fue descubriendo poco a poco que si había alguien en cualquier lugar que lo podía conocer y auxiliar, también habría alguien que estaba en peligro y los hacía peligrar. Estaba más que claro que las redes de Negrín alcanzaban casi todo el país.
Entre tanto Lucía, la única ahora, fue descubriendo el lazo que la unía a esa persona, extraña y dulce con ella, que siempre evitaba que mirase la prensa o viese las noticias.
Al principio de la huida era algo evidente. Lucía estaba preocupada por enterarse de lo que le podía haber pasado a su familia. No podía saber que estaban todos muertos, calcinados y enterrados bajo unas lápidas sin nombre. Durante algún tiempo Lucía conservó una especie de curiosidad melancólica, como la que se tiene por saber sobre el estado de la calle en la que se vivió durante la niñez, que produce un desasosiego pasajero y agridulce al descubrir que ha cambiado por completo. Pero esa curiosidad se dejaba doblegar dócilmente por las descaradas precauciones y tiernos cuidados que profesaba Amancio por ella. Nunca había sentido un trato semejante hacia su persona y no podía evitar el caer indefensa ante él.
Ese trato tan cuidadoso y atento por parte de Amancio tenía una explicación y un origen muy concreto. No le gustaba pensar en lo que había hecho, no le gustaba acordarse de esos fajos henchidos de billetes que habían constituido tan clasificable trato; pero le agradaba y le fascinaba tanto la mano pequeña y suave de Lucía cuando la agarraba para dar un paseo.
Él sí leía atentamente la prensa y escuchaba con ansiedad las noticias y luego, más tarde, hacía como que no se había enterado de nada. Aunque la verdad era que se había enterado de mucho más de lo que quería.
Durante más de diez días la prensa y los noticieros nacionales, y especialmente los locales, informaron, destriparon y deformaron todos los hechos que se iban dando a conocer tras el brutal hallazgo de la furgoneta carbonizada. En el transcurso de más de una semana eran puntualmente expuestos, a la dudosa luz de los periodistas, todas las posibles hipótesis por las que una familia entera había sido acribillada a balazos y más tarde quemada en un rincón marginal de una ciudad costera, tranquila y sucia. La primera suposición se dirigió, lógicamente, a un ajuste de cuentas entre distintos clanes de narcotraficantes de la zona. Pero nada corroboró esta teoría, porque Negrín personalmente se encargó de ello. Uno de sus largos tentáculos alcanzaba a distintos directores de periódicos y emisoras locales. Esta suposición fue desechada con el argumento de que allí no había clanes enfrentados de traficantes porque allí no había droga. Los vecinos de la región se reían por lo bajo ante tan evidente mentira, pero cuando los medios de comunicación nacionales tomaron el relevo del asunto ya nadie se acordaba de aquella teoría tan lógica.
Las distintas hipótesis no eran nada más que una excusa para poder hablar con detenimiento y detalles de la crueldad y la barbarie del asesinato múltiple; y Amancio se enfrentaba con dolor a la información sensacionalista sin poder evitar cierto sentimiento de culpa. Pues, en resumidas cuentas, su hermano y él eran los responsables primeros de todas esas muertes. Aunque la verdad era que de no ser por la evidente exageración informativa su sentimiento de culpa no habría sido tan grande. Pues la mera muerte violenta era algo relativamente normal, que él mismo había experimentado hacía pocas jornadas sobre el cuerpo del hijo agonizante de Negrín, antes de deshacerse de él.
Sea como fuere, cada vez que leía una noticia empapada de sangre y manchada de ceniza corría a refugiarse en la figura menuda de Lucía. La abrazaba con fuerza y permanecía así unos minutos antes de soltarla reconfortado. Lucía pensaba que era objeto de un gran amor, cosa que no era del todo verdad ni del todo mentira, y todos salían ganando.
Con el tiempo Amancio dejó de leer esas noticias cercanas en el periódico o en los noticieros, sustituyéndolas por otras de una sangre que no conocía, pero se creó en él la costumbre de abrazar, siempre fuertemente, durante unos minutos al día a Lucía. Cuando por fin detuvieron su huida en ese lejano sur, casi no sentía culpa, ni casi recordaba nada; pero seguía abrazándola de ese modo un par de veces al día.
Antes no leía nunca el periódico. No escuchaba las noticias en la radio o en la televisión; si acaso tenía algo de interés por la prensa deportiva. Seguía las penurias de los equipos de fútbol de la región por las categorías subterráneas del panorama deportivo. En alguno de los cómicos y mínimos logros de estos equipos había llegado a comprar, en un arrebato forofo, algún periódico o semanario que inmortalizara la pequeña gesta de ese año. Pero poco más. En el mundo en el que él se había criado las noticias importantes del gran mundo no tenía importancia. Era un universo pequeño y cerrado, en el que lo que había que saber se aprendía a la vuelta de la esquina o en la calle de al lado. El único medio de comunicación eran los bulos de las comadres, los susurros a escondidas de los chivatos, lo que te decía la policía que ahora no podías seguir haciendo porque sí y cosas parecidas. Era un territorio paralelo, o más bien desconectado de ese mundo real en el que pasaban cosas y la gente lo leía en papel impreso.
Amancio, concretamente, nunca había tenido mayor relación que la mencionada con ese mundo. Tampoco había sentido necesidad. A decir verdad tenía una sensación morbosa respecto a los periódicos, pues solo los había comprado hasta entonces para recortar la esquela de un familiar o de un amigo. Y esa sensación continuaba y se acrecentaba ahora.
Al principio solo compraba prensa para informarse de los sucesos trágicos que le afectaban, ni siquiera se molestaba en leer el resto de las páginas. Las tiraba en la primera papelera que encontraba y trataba de dejar allí también todo de lo que se había enterado. Pero, con el tiempo, fueron raleando las notas sobre el asesinato extraño de la ciudad del norte. No habían desaparecido por completo porque la crueldad extrema y sinrazón aparente del caso habían impactado a los lectores de noticias del país, y estos seguían interesados por su devenir irreal; así que estaban en los márgenes, en recuadros pequeños, escondidas como el gusano en la manzana podrida. Y ese repliegue obligó a Amancio a tener que pasar las páginas de una en una y con cuidado, hasta que pudo aprender que las noticias se organizaban en distintas secciones. Entonces tragaba saliva cuando descubría el titular diminuto y en letras muy negras que anunciaba lo que seguía. En cuanto se encontró hábil para encontrar la sección precisa volvió a sus viejas costumbres, recorría de un vistazo somero las páginas exactas, encontraba lo que buscaba, a escondidas de Lucía, tiraba el periódico casi impecable a la papelera y trataba de olvidar lo que acababa de encontrar con tanta ansiedad.
Con el paso de las semanas, de cuatro en cuatro, las noticias que Amancio buscaba como el agua en el desierto dejaron de ser diminutas reseñas para ir esfumándose poco a poco hasta desaparecer prácticamente del todo. Solo aparecían detalles, pormenores, pequeñas notas sobre impresiones y pistas que seguía la policía en función de lo poco que había quedado para investigar. También había comentarios sobre la colaboración, meramente desinteresada, de un rico preboste de la ciudad para ayudar en lo posible a las fuerzas del ordena a solucionar los hechos tristes y lamentables. También hablaron los papeles un par de veces de su hermano, Pedro Conde.
En un primer momento nadie relacionó que un traficante de poca monta del interior del país fuese detenido intentando salir en un barco extranjero sin pasaporte y con una desproporcionada cantidad de droga… Pero esto ya no le interesaba a Amancio.
Había ido adquiriendo la costumbre de dejar vagar la vista por otros artículos mientras realizaba su batida diaria. Y ahora el periódico estaba más arrugado cuando acababa dentro de una papelera cualquiera.
Le sorprendía constantemente la gran vanalidad de la mayoría de las noticias. Porque podía llegar a comprender que a la gente le interesara lo que pasaba en el mundo, en general. Esa mezcolanza de elecciones, tiranías, terremotos guerras, acuerdos de paz, sequías, acuerdos comerciales, golpes de estado, conferencias de paz, declaraciones de guerra, juicios a presidentes derrocados, gobiernos corruptos, y todas esas cosas que hacían interesante la llamada política mundial. Además todo esto tenía el excitante aliciente de producirse en países exóticos, extraños, remotos y salvajes. Se podía decir que casi como curiosidad o como divertimento era necesaria una sección internacional en un periódico. Amancio la consideraba incluso instructiva, pues estaba empezando a saber posicionar sobre un mapa países, ciudades, ríos y cordilleras. Pero lo cierto era que tampoco encontraba mucha utilidad a esos nuevos conocimientos; eran poco más que un mero juego.
Lo que Amancio consideraba del todo superficial y prescindible era el resto de la información. No todo absolutamente, por supuesto, había noticias, pequeñas esquelas, poco más, que eran de una importancia vital para él. Y también algunas informaciones más parecidas. Pocas, eso sí, pero interesantes para él porque hablaban de gente. Aunque la gente estaba representada por iniciales muy enigmáticas, pero al menos eran cosas que le pasaba a la gente normal de la calle.
Con eso no decía que el resto de noticias no le interesaran a nadie. Era normal que a alguien le pareciera importante: a la familia del presidente del gobierno derrocado, por ejemplo. Estaba claro que la gente cercana a esos políticos les gustaría saber lo que se contaba allí que hacían. No entendía, en cambio, que una persona cualquiera pudiese tener curiosidad por le que le ocurriese a tal o cual ministro o alcalde. Siempre había algún bicho raro; él mismo conocía a personas que hablaban de tal o cual político como se lo conocieran desde niño, pero esa no podía ser más que una excepción que no justificaba que la cara de esos tipos apareciese uno y otro día en las páginas de los diarios.
Y eso por no mencionar el resto. Papeles y más papeles en los que se hablaba de artistas, deportistas, empresarios y toda clase de gente sobre la cual se contaban asuntos sin importancia. Realmente estupideces, cosas que a una persona mínimamente razonable le daría vergüenza escribir sobre un papel. Pero Amancio leía todas esas tonterías. No al principio, pero pasadas las semanas leía página tras página sin olvidar ninguna. Luego, más tarde, cuando Lucía comenzó a ir regularmente a clases, se convirtió en una rutina. Había pasado ya mucho tiempo y estaban muy lejos de aquella ciudad del norte, sucia, gris y maloliente, en la que habían matado a toda la familia de Lucía, la única.
Ahora tan al sur, tan cerca del ecuador, hacía mucho calor. Siempre, todo el año; por la mañana y por la noche. Al principio era agradable, simplemente por la novedad de no tener que preocuparse nunca de salir a la calle con una chaqueta. Pero luego cansaba, pues no existía el ritmo marcado por las estaciones, que daba algo de constancia al paso de un año concreto y completo. Pero era un lugar muy barato, casi ridículamente barato. Llevaban los dos, Amancio y Lucía, viviendo juntos en una pequeña casita blanca cerca de una playa inmensa (dudaba casi de que no fuera infinita) desde hacía medio año. Y no habían gastado ni la décima parte de un fajo algo más pequeño que uno de aquellos que fueron arrojados a los pies de Ramón.
En el sur todo era más sencillo. Por ejemplo, nadie consideraba malo o extraño que una muchacha, que no era evidentemente mayor de edad, viviera con un hombre que peinaba canas abundantemente, sin ser por lo que parecía un familiar. Allí se podía vivir cómo y con quien se quisiera, si bien de puertas adentro. Pero para eso la pequeña casa tenía un patio, también pequeño, todo paredes blancas y enredaderas, que solo comunicaba con el exterior por una puerta cerrada discretamente con llave.
Por otra puerta distinta entraba Amancio en ese patio todas las mañanas, después de salir a comprar el periódico. Cogía una gran jarra de leche fría y dulce, que le había dejado preparada Lucía en la cocina, unas horas antes cuando salía para sus clases. Normalmente cuando Lucía regresaba Amancio había terminado poco antes esa jarra y el periódico.
Se había constituido en un puro placer para él el susurro áspero del papel al ser manipulado. Principalmente desde que no se sentía afectado o preocupado por lo que pudiera contar. Había descubierto una afición grata en lo que originariamente había sido una necesidad para poder mantener su vida y la de Lucía a salvo. Ahora solo era un cúmulo de agradables curiosidades sin importancia, que le entretenían el paso de tiempo y la espera hasta que Lucía regresaba de sus clases, antes de la hora de comer.
Siempre encontraba algo que le excitaba la imaginación, que le intrigaba o que le perdía en ensoñaciones. También encontraba ocasionalmente informaciones que le alertaban. Tuvo un pequeño susto, o grande por lo inesperado, cierto día.
Fue entre las páginas de la sección nacional, donde desde hacía bastantes semanas ya no había ningún rastro, ni ningún eco lejano de algo que le interesara cercanamente. Era una pequeña columna, poco más que el resumen de una noticia que tal vez en su ciudad de origen mereciera una plana entera, pero en el maremagnum del panorama nacional era casi irrelevante. Se refería a hechos muy lejanos en el tiempo en una ciudad pequeña y anodina del interior, que Amancio conocía a la perfección, sobre una persona que había muerto, que Amancio conocía de asuntos de compraventa de sustancias ilegales. Todo lo cual hizo regresar a Amancio Conde a un pasado antiguo, muchos meses atrás, cuando surgió el inicio del fin de la vida que hasta entonces había conocido. Fue una sensación extraña leer palabras impresas sobre algo que había tenido relación con él, pero que recordaba como algo desdibujado, como algo que no le había pasado en persona, como algo que le había contado.
La información era muy breve, y claro, casi más que leer, interpretó lo que se contaba. Él había esperado que con el paso del tiempo aquel asunto sucio se hubiese perdido, se hubiese esfumado de la memoria. Ese asunto oscuro de la muerte de un muchacho concreto, del que no recordaba su nombre, hacía ya mucho tiempo; por el que fue buena idea cambiar de aires. Lamentablemente nadie pensó que huir hacia delante, hacia el mar, fuera aun más peligroso que quedarse quieto.
Pero son paradojas; una muerte más, tan igual a cientos de otras por causa de las drogas que hacía saltar la alarma de lo públicamente prudente. Entonces un concejal, un alcalde, o un político o un potentado; uno de esos que menudeaban en las páginas de los diarios sin que en realidad le importase a nadie, señalaba diciendo que hasta allí, que lo que antes no importaba ahora sí lo hacía, y que la ley tenía que actuar. Entonces los hermanos Conde, una gente que solo se ganaba la vida como podía, eran declarados enemigos de la salud y de la ciudadanía, y tenían que salir corriendo para lavar unos trapos sucios que en gran parte no eran suyos.
En parte todo eso había caído en el olvido ya. La gente suele escandalizarse rápido, y olvidarse de todo más rápido todavía. Esta noticia era la excepción, alguien que no olvidaba, que no dejaba que el río recuperase la calma para seguir su curso.
Un médico, o un enfermero, o alguien que había tratado a aquel chaval muerto, se empeñaba en recordar.
La información publicada, por si sola, solo narraba que dicho sanitario llevaba exigiendo justicia desde que descubrió la muerte del joven, y que en esas fechas había terminado de recopilar información pormenorizada de todas las personas y circunstancias que habían acaecido en el fallecimiento, que él se empeñaba en denominar asesinato. Había reunido toda la información en una especie de libro, que por una casualidad había sido publicado por una importante editorial nacional con el formato de una novela cualquiera. Y esa era la noticia en si, la puesta a la venta de una novela, que no era más que una crónica sobre los trasfondos de la ciudad natal de Amancio Conde.
Supuso, por un breve momento sin importancia, que tal vez en ese libro se hablase de él y de su hermano, y que si pudiera le gustaría leerlo si no era muy largo. Pero lo que le preocupó realmente fue que aquel tema, viejo y olvidado, siguiera dando coletazos. Que no se dejase a los muertos tranquilos, porque sabía que cuando se pregunta a los muertos estos hablaban siempre de más, ya que nada les importaba demasiado. Eso por un lado, pues por otro le aterró la posibilidad de que a través de aquel médico, de algún modo, Negrín llegara a encontrar a su Lucía y a él.
No tuvo mucho más tiempo para pensar en nada de ello. Estiró la mano hacia la jarra de leche helada, la notó muy ligera de peso porque ya estaba vacía, y antes de tomar la poco cómoda determinación de levantarse hasta la cocina para preparar más, descubrió que era mucho más tarde de lo que creía porque escuchó como Lucía abría la puerta de regreso de sus clases.
Amancio cerró el periódico, despreocupado, sin acordarse ya de lo que acababa de leer, y lo dejó doblado por la mitad sobre la mesa junto a la jarra vacía. Se levantó para acercarse a verla. Ella esta dejando los libros, que había usado ese día en sus estudios, en un escritorio ordenado que estaba bajo una gran ventana de la habitación principal de la casa. Era el único rincón de toda la amplia construcción que denotaba que allí vivía alguien. Allí había libros, papeles, material de escritura y dibujo técnico; objetos que eran usados evidentemente. En cambio el resto de la estancia, y de la casa en general, parecía más un hotel o un piso de alquiler en el que los objetos y los muebles estaban despersonalizados. Había pocos y eran indispensablemente utilitarios. Lucía se había empeñado un tanto en hacer más habitable, más doméstica, esa residencia que ya no era tan de paso. Había pasado varias tardes recorriendo tiendas y mercadillos de la ciudad eligiendo cortinas, jarrones, láminas decorativas y algún tapiz mientras Amancio la acompañaba con resignada satisfacción, y con una sonrisa risueña que le afloraba en los labios en cuanto ella no lo miraba, ensimismada, en decidirse por una tela, un adorno o una fruslería entre decenas distintas.
A pesar de esos esfuerzos, que para el gusto de Amancio eran algo recargados; bonitos, demasiado bonitos tal vez. De un gusto infantil evidente, pero que apuntaba indudable madurez, o por lo menos, seguridad. Con todo, la casa no perdió el aspecto de precariedad, de cierto nomadismo, que hacía que Amancio se sintiera más cómodo, menos atado. Siempre trataba de actuar como un pequeño freno en las ansias que llevarían sin reparo a una tremenda barroquización por parte de Lucía. Ella, en cambio, nunca lo objetaba ni contrariaba abiertamente; pero en una ocasión lo reprochó su tendencia al minimalismo ¿zen?, le comentó una vez al salir de una tienda en la que no dejó de mostrarla los inconvenientes de una enorme mesa de patas torneadas.
Lucía no parecía darse cuenta y todo lo entendía como una broma, o como parte del carácter reservado de Amancio. Pero una expresión concreta de sus ojos, oscuros y rasgados de cada vez más mujer, demostraba que sabía del temor oculto de Amancio por tener que huir, más aún hacia el sur.
Ese miedo siempre estaba allí. Los días que el cielo estaba cubierto por nubes grises como en el norte, detrás de los cuadros recién colgados, entre las sábanas de su cama un domingo por la mañana o en cualquier otra cosa sin aparente importancia.
Amancio entró en la cocina, donde ahora estaba Lucía bebiendo agua fría de una botella de cristal, empapada de condensación. Bebía con el cuello muy estirado, con mucha sed, mientras su pelo recogido en una cola de caballo ondulaba con suavidad sobre su espalda.
Esperó a que terminara de saciar su sed y la abrazó con suavidad por la cintura. La besó en los labios levemente, apurando una gota de agua que le iba a resbalar desde una comisura.
-¿Estás cansada? ¿Comemos algo y salimos a pasear por la playa?
Era un día resplandeciente. El cielo era de un azul blanquecino casi, sin nubes; y el mar estaba calmado hasta dar la impresión de ser una enorme fotografía puesta allí, colgando de hilos invisibles, solo para ser contemplada por ellos. No había viento, no hacía demasiado calor. Solo había arena inmaculada por la ausencia de los bañistas.
Lucía se estaba duchando mientras Amancio improvisó un almuerzo, tratando de no producir un cataclismo en la cocina, ordenada y limpia, consistente en carne frita con verduras. Estaba limpiando apresuradamente una sartén en la que por un descuido se había quemado un trozo de grasa, cuando Lucía entró en la cocina, cubierta con un albornoz rosa demasiado grande para su cuerpo breve, secándose el pelo. Lo frotaba con fuerza con una toalla igualmente rosa.
Amancio la miró embobado unos segundos. Se olvidó de ocultar las evidencias de su torpeza y la admiró con arrebato. Tenía una belleza pura e hiriente cuando salía del agua. Daba igual que fuera de una piscina, de un río, de un pantano; o, con una historia muy graciosa por cierto, saliendo del mar oliendo a salitre. El pelo se le pegaba al cráneo liso, y la forma afilada y perfecta de su osamenta era como un elogio a algunas de esas culturas antiguas, hermosas, fértiles y terribles. No podía evitar sentirse vulnerable mirando algo tan bello para él. Realmente no tenía sentido poner palabras a un sentimiento así.
Cierra la boca.
Le dijo ella, en bromas, sabedora ya de lo que conllevaba esa mirada. Tímida también, avergonzada de sentirse destinataria de una devoción que no había conocido nunca. Ahora me visto y salimos. Aseguró, como si fuera algo inmediato, cuando era bien sabido que tal hecho tardaría en producirse una hora, por lo menos.
Había pasado la hora de mayor calor del día cuando cerraron tras de si la puerta, que Lucía se empeño durante un fin de semana completo en pintar perfectamente de un tono concreto y difícil de encontrar de azul. Fue un comportamiento que extrañó mucho en su momento a Amancio, y también lo asustó, pues era asentar con firmeza un pie en esa ciudad; pero el resultado le agradaba siempre que lo miraba; y recordaba a Lucía vestida con ropa suya, vieja y grande, manchada su cara de azul graciosamente.
La casa estaba situada justo enfrente del mar. Las noches en que el calor apretaba en exceso, y el mar estaba agitado, la humedad era tal que empapaba las sábanas de su cama. Aunque habían escogido esa habitación para tener su dormitorio por lo fresca y agradable que era. Esa misma humedad que ya había comenzado a cuartear ligeramente la puerta azul.
Ese día, en cambio, era especialmente seco por la ausencia de viento procedente del mar. Era un buen día para pasear tranquilamente por la playa alargada y suave. Por eso quería Amancio realmente pasear, porque no le gustaba lo que le hacía recordar el aire húmedo; no por cualquier otra cosa de la que se hubiera enterado ese día.
Daba una sensación de calma, y también de un desasosiego dulce, ver la playa vacía. Los días de bullicio y apreturas habían pasado, y a pesar de ser una jornada perfecta para pasarla junto a la orilla inquieta del mar, solo a lo lejos se veían minúsculos paseante y gente haciendo deporte.
Amancio buscó instintivamente la mano derecha de Lucía cuando se descalzaron. No era un movimiento consciente, ni calculado, ni buscado, era algo que sencillamente pasaba. Ocurría siempre que paseaban juntos; se colocaba a la derecha del cuerpo de Lucía y su mano izquierda se movía nerviosa, como sin dueño, hasta que por fin se enlazaba a la mano morena y pequeña. Igual que un naufrago se abrazaba a un madero que flota entre los restos de la tormenta.
Durante la mayor parte del tiempo guardaba silencio al caminar sobre la arena, tibia y agradable en la superficie. No porque fueran dos persona silenciosas y calladas en el trato con la gente o entre ellos, sino porque no tenían nada particular que decirse en ese momento. En ocasiones Lucía separaba sus labios para comentar algo sobre las clases o sobre las compañeras de estudios. Era muy satisfactorio para Amancio comprobar que, en efecto, era una chica lista que solo necesitaba que la prestasen un poco de atención; con seguridad sería muy brillante de no ser por el lastre que llevaba acumulado de años de desinterés por el estudio. Ella se sentía muy satisfecha y se hinchaba de orgullo como un pavo real cuando se comparaba con el resto de sus compañeras. Ya no solo por sus aptitudes, que la colocaban por encima de la media, sino porque se sentía superior a todas ellas en muchos aspectos. En su mayoría eran muchachas de su misma edad, y como tales sus principales preocupaciones eran los cantantes de moda, los chicos con los que empezaban a relacionarse y las distintas y cambiantes modas que llegaban con retraso a ese rincón apartado y pequeño. Lucía, que hasta hacía pocos relativos meses se hubiese encontrado en ese ambiente perfectamente a gusto, ahora ya no era del todo así. No le habían dejado de atraer los gustos propios de su edad, pero ella ahora había dado un paso más hacia delante. De hecho cada vez daba más pasos adelante junto a Amancio, acercándose al final de la playa.
Cuando finalmente llegaron a un sucio y feo espigón que marcaba la línea divisoria entre el área recreativa, de arena y olas, y el puerto pesquero de la ciudad; oliendo a pescado y con una nube de gaviotas siempre encima.
Habían andado mucho, varios kilómetros, y podían continuar aun más, pues el puerto era solo una cesura leve en medio de la playa infinita. A Amancio le apetecía verdaderamente, pero la comida que había preparado fue escasa además de mal hecha; tenía hambre. Le propuso a Lucía comer algo en alguna de las tascas de pescadores del puerto, o en uno de los chiringuitos que en medio de la calle servían frituras a los turistas.
-Está bien, comemos algo, pero que no sea ni salchichas ni carnes raras de esas. Entramos en un sitio normal, nos sentamos y comemos algo normal. – Concediendo por una parte, aunque recriminando por otra las costumbres, un tanto burdas y tabernarias, de Amancio.
Le sorprendió un poco la reacción de ella, aunque muy poco en realidad, al cabo de pocos segundos ya no se acordaba de casi nada, y cuando entraron en el local con mejor aspecto del puerto ya casi se le había olvidado por completo. Después, cuando terminaba lo que quedaba de una gran bandeja, en la que les sirvieron una pequeña variedad de pescados humildes y sencillos pero indudablemente frescos, fue cuando a Amancio le regresó a la cabeza la reticencia de Lucía por la carne de los chiringuitos. Se lo comentó, más que preguntárselo directamente, fue una cosa del tipo de esas que se dicen cuando se deja la raspa de una sardina arrebañada en el plato.
Cuando lo escuchó Lucía también dejó la sardina que estaba comiendo sobre el plato, pero la suya estaba a medio acabar. Tú no sabes de donde sacan la carne para todo ese tipo de cosas. Repuso muy tranquila y muy grave. Erguida sobre el respaldo de la silla, con la cola de caballo de su melena colgando libremente como un estandarte antes de una batalla que no se iba a celebrar.
-¿Y tú cómo sabes tanto de esas cosas?
Lo que dijo Lucía a continuación fue algo muy breve, esencial casi. Pero lo hizo con una frialdad, una superioridad, propia de quien habla desde lo alto a la muchedumbre. Algo de película antigua, en blanco y negro, en la que mujer sufre y es maltratada, pero no se sabe cómo, siempre está por encima; es siempre poderosa pese a recibir todos los golpes del mundo. Ella se apareció así a los ojos de Amancio, como una mujer con mayúsculas, en toda la plenitud de la palabra; y no como esa niña que se esforzaba en parecer adulta. Dijo:
-Hay muchas cosas de mi que no puedes saber.
Solo fue eso, sin agresividad, sin la violencia de un reproche. Solo informó de un hecho nítido, sin lagunas, importante; pero sin importancia para ella. Y eso la daba todavía más poder.
Amancio no se sintió ni amenazado ni ofendido. Continuó hablando igual con ella. Siguieron paseando cogidos de la mano; la mano izquierda de él con la derecha de ella, Llegaron muy lejos a lo largo de la playa.
En un momento se sentaron cansados en la arena, fresca y húmeda, y ella apoyó su cabeza contra el pecho de Amancio, se durmió un minuto escaso, y cuando despertó decidieron volver a la casa con la puerta azul. Tampoco nada en su actitud había cambiado, pero Amancio la comenzó a mirar con ojos distintos. Ella había puesto un hito, había marcado una frontera donde Amancio creía que solo había una llanura inmensa y libre para él. La miró con más respeto, y el mismo amor. Él mismo no se dio cuenta del todo, pero cambió respecto a ella, cambió en pequeños detalles. Ya nunca ocultó el periódico ante ella; tuviese algo oscuro y olvidable o no. Incluso algún día lo terminaba de leer a su lado. Era innecesario ocultarle nada, había muchas cosas en ella que él no sabía.
Pero también en él empezaron a existir cosas que Lucía no podía saber. Cómo que intentó ponerse en contacto con ese médico que había escrito un libro sobre un muchacho muerto hacía mucho tiempo ya, en una ciudad que fue la suya.
La vida no cambió en exceso a pesar del complejo incidente. No era de esperar que algo así ocurriera. La vida continuó igual que un río que avanza del mismo modo tras recibir las aguas de un afluente o después de sortear un nuevo obstáculo. Puede que durante el tramo siguiente las corrientes fueran más turbias y engañosas, dubitativas; pero eso no duraba mucho, pasados los kilómetros, los paisajes y los días el cauce era el mismo en esencia que antes del accidente.
A Amancio los días posteriores le dejaron ese extraño poso de sentirse desorientado, sin saber exactamente por qué, pero sintiendo que sus pies no estaban bien asentados en el suelo. Fue una sensación desagradable que pasó y desapareció con el tiempo. Si acaso quedó un pequeño remolino en la memoria, nada más.
Los días y semanas que sucedieron al pequeño incidente de por si solos no trajeron ningún cambio; pero sumados a los meses que su huida llevaba detenida en la ciudad blanca a orillas del mar tranquilo, sí que tenían más importancia y efecto en las sensaciones de Amancio . Desde siempre él había estado en movimiento constantemente, era verdad que ese movimiento no le había llevado a ningún sitio nuevo, si se exceptuaban los últimos acontecimientos. Y, ahora, en un desenlace propio de folletín decimonónico, se encontraba cómodamente sentado todas las mañanas en un patio fresco, en un asiento confortable, sin ninguna otra preocupación. Pensó en un momento que el dinero podría ser un problema. Pero no consideró los cambios que tendría su vida diaria. Antes, en esa vida pasada, que cada vez era más lejana y más difusa en su memoria, gastaba mucho dinero. Tenía una vida muy desordenada, en lo que contribuía decisivamente aquella persona que fue su hermano, en la que el dinero entraba a raudales en la vieja casa de los Conde y también salía con el mismo cauce. Sería ridículo enumerar los conceptos concretos en los que se gastaba el dinero, hacer una especie de auditoría de vicios y pecados cuando, en definitiva, casi nada escaparía de esa hipotética lista. En cambio, ahora era un hombre de familia, con una mujer a su lado y con un hogar. Y ese hogar, por muy derrochador que fuera, nunca podría llegar a ser esa máquina devoradora de dinero que habían sido los hermanos Conde. Fue un descubrimiento que sorprendió, no estaba seguro si para bien o para mal, a Amancio. La vida no tenía por qué ser cara.
Cuando empezó a notar que se formaban raíces en sus pies, situadas en una casa de puerta azul junto a la playa, consideró que era momento de buscar un destino productivo al dinero que guardaba en una bolsa grande de plástico dentro de su maleta. No podía acceder al mercado legal de dinero, pues sería como encender un cartel luminoso en medio de la noche; pero para alguien discreto que acumulaba una cifra desorbitada en billetes pequeños no tardaron en salir amigos dispuestos a ayudar. Con amenazas explícitas, intereses abusivos y viejos trucos que conocía del oficio de las calles, consiguió tener una pequeña y efectiva cartera de agentes de confianza que le rentaban todos los meses una cantidad suficiente, aunque no abultada, de dinero para los gastos de Lucía y suyos. Exactamente ese fue el primer hito, el primer aviso. El segundo vino de los labios de Lucía aquella tarde en el puerto pesquero. Ya no era el que había sido. Ahora tenía un trabajo, o algo similar, que le proporcionaba ingresos estables; tenía una compañera a su lado; tenía una casa. Tenía una vida normal, que ocultaba su pasado. En definitiva, se aburría. Pero el amor sincero, profundo que sentía hacia Lucía le hacía vivir en una especie de felicidad aséptica, de la que solo salía en contadas ocasiones; como cuando leía en el periódico noticias que coleaban de su pasado. Entonces surgía el aburrimiento, la duda, el temor por un pasado que pese a disolverse poco a poco le perseguía. Le perseguí, por ejemplo, en forma de furgoneta carbonizada llena de cadáveres de una familia casi entera.
Tal vez por eso quiso hablar con el médico que escribió el libro sobre ese muchacho que había muerto en aquella otra vida suya.
No se podía decir con propiedad que trató de ocultar esa intención, que después se materializó en acto, como tampoco se podía decir que fuera una intención propiamente dicha. Amancio no tuvo en ningún momento un pensamiento, único y concreto, que tratase de aquel médico al que se refirió un artículo de prensa y del que ni tan siquiera recordaba su nombre. Fue más bien una marea que poco a poco fue subiendo desde alguna geografía de su interior, donde creía que tenía controlados ciertos recuerdos y sentimientos.
No fue nada premeditado, pero a pesar de ello guardó mucho cuidado de que Lucía no se enterase de nada. Y por lo que le pareció no demostraba conocer nada, aunque ahora sabía que no podía estar seguro de ello; ni de ella. Amancio buscaba los momentos en los que no estaba Lucía en la casa; cuando estaba asistiendo a clase, o cuando había salido a hacer una compra o a hablar con una amiga; y entonces llamaba o se acercaba a alguna calle para hablar con alguno de sus agentes que tenía por la ciudad. Lo hacía con disimulo, sin llegar a esconderse, pero tratando en todo lo posible no llamar mucho la atención; a pesar de que en cualquier otra ocasión la misma Lucía le hubiese podido acompañar cuando no había ninguna razón para pensar algo sospechoso.
Simplemente llegaba Amancio, saludaba, preguntaba con educación que cómo iba todo… Luego tal vez comentaba cualquier tema que estuviera en boca entre la gente en ese momento: el fútbol, la política, o esas cosas de las que hablan las personas cuando se encuentran en la calle o en los bares. Después de eso, de esos dubitativos prolegómenos, se pasaba a los temas importantes, a los negocios propiamente; a asuntos de los que era mejor evitar las miradas curiosas. Y por último, como un comentario sin importancia para su interlocutor, Amancio dejaba resbalar, como sin darse cuenta, una pregunta inocente sobre lo que le había movido a salir de su casa. Normalmente no obtenía ninguna contestación, pero cuando por una casualidad le respondían algo, lo dicho no tenía ninguna importancia. Solo con el paso del tiempo, cuando sus agentes se fueron dando cuenta de que Amancio quería algo, pero no lo decía con claridad. Solo entonces, muchos meses después de leer aquella noticia en un periódico, solo en ese momento comenzó a obtener contestaciones, respuestas y parte de la información, que sin saberlo, Amancio quería.
Miguel.
Buscar información, formarse, adquirir conocimientos, crearse una opinión o emitir un juicio es algo que en comparación tiene mucha relación con la agricultura, con el oficio de labrador u hortelano. Amancio se sorprendió al ser consciente de ello. Alguien, cualquier persona, cuando por ejemplo pretende estudiar un oficio o una carrera, lo primero que hace es acumular montones de libros, muchos años de dedicación y experiencias relacionadas con ello. Primero no se ve nada, no parece que se vaya a llegar a ningún sitio pues la personalidad, la mente, tarda en asimilar, en empaparse, todo lo nuevo aprendido. Pero luego, puede que incluso muchos años más tarde, surge el resultado. Algo insignificante y hasta puede que casual, que demuestra a todas las luces que ahí había algo por derecho propio. Más tarde aun, si el proceso había sido el adecuado, si el azar había sido generoso, si el trabajo duro y constante; casi sin darse cuenta estaba enfrente, erguido y evidente, aquello a lo que se aspiró en un pasado ya lejano. Se ha llegado a ser una persona culta, o se tenía una formación sólida, o se era capaz de emitir un comentario acertado y justo; o se poseía una cuenta en el banco con una enorme cantidad de dígitos a favor.
Y, a fin de cuentas, es parecido a lo que logra el campesino de la tierra seca y hostil. Durante meses trabaja y trabaja el suelo para que deje de ser una superficie mineral y estéril. Luego, con mucho miedo casi, se deposita una semilla cualquiera, humilde. Y, a rezar; que las lluvias sean abundantes, pero no mucho; que el sol caliente, pero no abrase; y todos esos avatares de la vida campesina. Después, un día cualquiera, cuando casi se ha perdido la esperanza aparece un brote pequeño, insignificante, débil; una manchita verde en medio del suelo. Se toca con cuidado con la punta de un dedo para comprobar que lo que se ve no es una ilusión. Se suspira, aliviado en parte; porque se vuelve a rezar para que el cielo sea dadivoso y comedido para que la planta crezca sana. Y casi sin darse cuenta se vuelve del mercado con el bolsillo lleno de dinero tras vender lo cosechado.
Algo similar le sucedió a Amancio. Estuvo meses y más meses buscando información, semi-clandestinamente para que Lucía no descubriera sus motivos. Cultivó una tierra yerma, con paciencia y algo de angustia; y un día cualquiera, cercano ya al olvido, a perder la esperanza de encontrar algo, de aliviar su alma, de sanar su culpa; surgió una hojita verde, tierna y fresca: un mombre, Miguel, y un medio para contactar con él. Un nombre, una calle en una ciudad sabida, un teléfono. Ahora solo había que esperar a que todo marchase bien y el brote creciera y diese el fruto que Amancio quería recoger.
Una carta, de esas de las tradicionales, con unos folios doblados en cuatro dentro de un sobre de papel. Con una dirección y un destinatario escritos a mano y con un sello pegado con saliva. Una forma un poco obsoleta de comunicarse.
El teléfono y otras redes telemáticas habían acabado con el antiguo monopolio de la comunicación entre personas, muchos años atrás. Pero por mucho que lo consideró, pensó y repensó, a Amancio no se le ocurrió una manera mejor de ponerse en contacto con Miguel, el médico que había escrito aquel libro, que hablaba de muchas cosas en genera, de muchas cosas sobre él.
Era un sistema lento, y torpe; pero tenía la ventaja de ser muy discreto, porque actualmente nadie repara en una carta a no ser que sea por su rareza y su escasez. También había otra ventaja que lo hacía infinitamente superior a cualquier medio de comunicación; al menos respecto a sus intereses. Del mismo modo que esas partidas de ajedrez que se juegan por medio de postales que se envían jugadores que viven en lugares distintos; partidas que duran mese, años e incluso décadas durante las cuales los adversarios tienen tiempo más que de sobra para diseñar estrategias, probar caminos que tras estudiarlos resultaran erróneos, estudios hasta aprenderse de memoria la disposición de las piezas sobre el tablero, y tener día y noche la partida dentro de la cabeza sin poder pensar en otra cosa. Algo perfecto en cierto modo, pues hasta que no se mandaba el movimiento escrito en la tarjeta postal siempre había tiempo para rectificar a una posición mejor.
Amancio no sabía jugar al ajedrez; solo jugaba a las cartas, y con dinero encima de la mesa. Ni tan siquiera había oído que se pudiera jugar a ese extraño conjunto de figuritas de formas caprichosas a través de cartas; pero él estaba haciendo lo mismo. Desde el momento en el que recibió un pedazo de papel, en el que con mala caligrafía estaba registrada la dirección y el nombre del médico que hasta entonces desconocía, había imaginado la manera en que iba a escribir la carta; lo que quería y lo que no quería contar; lo que quería preguntar, lo que le movía a escribir la propia carta. Antes de tener delante la hoja de papel y el bolígrafo en la mano, que temblaba, ya había escrito en una pizarra mental muchos párrafos para después repasarlos, modificarlos y posteriormente borrarlos. En unos no le convencía lo que decía, en otros cómo lo decía, en algunos hablaba de más y en otros muchos era tan cauto que no decía nada. Pero al menos tenía la tranquilidad de que nadie esperaba su carta. Era el movimiento de apertura y disponía de todo el tiempo del mundo para hacerlo, y hacerlo bien. Aunque eso no era del todo cierto, no tenía tanto tiempo. No era prisa en ningún modo, pero notaba cada día que pasaba, cada gesto que no comprendía de Lucía; que un peso mayor se formaba en su estómago. Se daba cuenta de que comía con menos apetito, que leía el periódico con miedo de encontrar una noticia que le asustase, temía que un desconocido llamase a la puerta azul por la noche. Por todo eso solo tardó poco más que una semana en escribir y mandar algo, que si bien no era exactamente lo que quería, era lo mejor que él podía hacer.
Aquello que le hubiese gustado explicar a Amancio era algo concreto, pero por un lado era del todo distinto a lo que había escrito en la carta, y por otro lado no tenía mucho que ver con lo que terminó entendiendo Miguel. De cualquier manera no dejaba de ser la misma historia, pero los matices, que siempre son lo más importante, variaban mucho. Porque los hechos eran ineludiblemente los hechos verdaderos. Pero esos detalles, como un ligero brillo en los ojos que dice todo sin que un rostro pronuncie ninguna palabra, son los que nos hacen comprender la esencia de una historia.
La historia empezaba con la que, en parte, ya conocía Miguel. Contaba los negocios siempre clandestinos de Amancio y de su hermano. No explicaba concretamente ningún asunto relacionado con drogas porque, simplemente era una faceta más de todo el mundo en el que se movía. Era importante, pero no determinante, solo una parte más del pastel.
Amancio reconocía saber quien era el muchacho muerto (Rubén); tenía una imagen, hasta cierto punto concreta de él. Era joven, pero no más que otros muchos. No era un consumidor habitual de ninguna sustancia específica; más bien consumía en función del dinero que tenía, de la gente con la que estaba, del ánimo, de muchas cosas. Pero no era ninguno del que pudiera decirse que podía acabar mal. Todo el mundo podía tener un día de mala suerte y por desgracia le tocó a él; aunque nadie lo esperaba. Hasta él mismo se sorprendió, si bien se le pasó enseguida la sorpresa, cuando tuvieron que abandonar la ciudad por su causa directa. Después de una concreta y esclarecedora visión de su futuro próximo si el problema causado por esa desafortunada muerte llegaba a mal término.
No se disculpó explícitamente, asumía que era algo que formaba parte de ese comercio turbio, pero expresaba algo de desasosiego, más que nada porque la muerte de Rubén había sido el origen de muchos males y muchas otras muertes. Miguel comprendió que la culpa que podía sentir por la muerte de Rubén era solo el eco debilitado de una pena infinitamente mayor que sentía por otra causa que aún no conocía.
Sin detenerse mucho más en eso pasó directamente a tratar de muchas otras cosas más que ubicaba en una ciudad del norte del país, y que Miguel conocía algo porque había permanecido durante muchos días en las páginas principales de todos los periódicos del país; pero que no terminaba de entender qué tenía que ver con todo el conjunto. Aunque leyó pasmado la sucesión de brutalidades y despropósitos.
Se hablaba a cerca de una casa en medio de basuras y desperdicios, y de una familia extraña, algo irreal, que la habitaba. Que parecía sacada de una película neorrealista de personajes sórdidos, marginados, violentos; de costumbres cercanas a un canibalismo social que hacía que se les tomara más como una metáfora social que como a unos seres reales.
Amancio no daba ninguna justificación en las líneas del por qué de ninguno de los hechos. Debía de tratarse de un vínculo antiguo, de una razón secreta o de un miedo inconfesable. A pesar de ello mencionaba muchas cosas. Las cuales, tras varias lecturas detenidas permitían establecer una serie de acontecimientos: estaba claro que Amancio y su hermano habían tenido que dejar su ciudad y habían elegido aquella urbe portuaria porque les parecía segura para ellos (la razón no parecía tener mucha importancia para él). Pero luego todo se complicaba. Había un personaje, seguramente con influencia y poder, que tenía que ver en alguna forma con todo lo que había causado la muerte del muchacho (Rubén) y también con los acontecimientos posteriores.
Esto lo entendía Miguel más como una disculpa, como si tratase de deformar los hechos reales para proclamar su inocencia, aunque no por ello menos dudosa. Conocía muy poco del tráfico de drogas y de las relaciones de vasallaje que este conllevaba. Pudiera ser que hubiese algún cacique local que controlase el comercio y las influencias en toda la zona norte, pero lo que parecía dar a entender Amancio era algo tan desproporcionado y monstruoso en términos sociales que debía de ser mentira sin duda.
El cacique, obviamente, mostró poco interés por la resolución de los problemas de los hermanos Conde y todo acabó deviniendo en una carnicería. Un hijo del propio cacique aparecía torturado hasta la muerte por Amancio y por su hermano menor. Los dos sabían que llegados a ese punto no tenían ninguna perspectiva de solucionar sus problemas, pero aún así daban un paso más hacia el abismo, para acto seguido huir desordenadamente. Dejando como único destinatario de la ira del padre del torturado a la familia que acogió a los hermanos. En dos líneas solamente explicaba que sentía algo por una de las hijas de la familia, con seguridad poco más que una niña, y que convenció a su padre de una manera extrañamente convincente de llevársela con él.
Luego venía el episodio que conocía de la familia asesinada y posteriormente calcinada que acaparó la información nacional.
Por último, hablaba páginas y páginas sobre los meses que llevaban viviendo juntos como pareja Amancio y la hija de la familia calcinada. Una historia idílica de amor en la que trataba y hablaba de la niña como una mujer madura, cariñosa y complaciente. En la que él aparecía como un ser atormentado, casi inválido, inútil por unos sentimientos que no comprendía pero le torturaban. Sin profundizar mucho en ello comprendió una culpabilidad que solo una pequeña parte de su consciencia llegaba a entender con tal, pero que poco a poco estaba subiendo a niveles superiores, pues de otro modo toda la extensa carta no tendría ningún sentido.
Las palabras escritas de Amancio tardaron mucho tiempo en llegar a poder de Miguel. Y no fue por las deficiencias del casi obsoleto servicio postal del país. La razón precisa fue que tuvo que ser reenviada desde el lugar de destino a una dirección diferente. Miguel ya no recibía el correo en su casa y en la de su mujer, ahora tenía como dirección oficial la de su despacho en la clínica. Dicha información no era conocida por los agentes de Amancio por el mero hecho de que era debido a una situación estrictamente personal y no tenía ninguna repercusión en el ámbito civil, solo la circunstancia de que Miguel ya no dormía allí y no conservaba sus pertenencias en los armarios y los muebles de la casa. Ahora estaba en el oscuro almacén de un guardamuebles.
Miguel no llevaba una buena temporada desde hacía muchos meses atrás. Pese a que podía parecer lo contrario, ni la muerte de Rubén, ni un posible debilitamiento de su matrimonio desembocaron en ruptura; eran solo síntomas notorios de su mala temporada. Había algo más profundo, por debajo de lo corporal o lo anímico, más cerca de lo espiritual que le demostraba con claridad que su vida no iba bien. Estudiando detalladamente todos los diferentes aspectos que habían comenzado ese periodo nefasto no había nada grave, ni mucho menos determinante. Rubén había muerto, y no le eran achacables ni falta de celo ni error; el muchacho sabía muy bien lo que hacía y había temido un golpe de mala suerte. A posteriori siempre se pueden considerar cosas que se podían haber hecho o intentado para cambiar el desenlace fatal, pero el propio Miguel se dio cuenta de que por muchos esfuerzos que hubiera hecho el resultado habría sido idéntico; lo sabía sin ninguna duda. No se podía reprochar a si mismo nada como profesional, ni nadie ajeno tampoco podría hacerlo por ninguna razón.
Su matrimonio, su relación con su mujer no sufrió tampoco por ese motivo. Incluso hasta cierto punto se fortaleció más, ella se percató de que algo no iba bien en Miguel, y no eficientemente, sino que movida por un amor antiguo y dedicado, se empleó hasta más lejos de su límite y sus posibilidades. Utilizó viejos trucos de mujer de terapeuta como la ocasión en que le regaló el cuaderno y la pluma, para que escribiera lo que veía que no podía contar con su voz. No curaba nada, ayudaba más bien poco, pero era algo. Y con el tiempo se demostró que fue algo provechoso, pues recurriendo a un viejo compañero de la facultad consiguió que leyeran ese cuaderno manuscrito, caótico y tremendo. Miguel siguió escribiendo e informándose, y gracias a una corrección creativa y profesional sus anotaciones se convirtieron en un relato atractivo y con posibilidades de ser publicado. Finalmente en un tiempo breve llegó a las librerías y alcanzó cierta notoriedad y unas ventas más que aceptables. Esto podía haber sido un motivo de alegría para la pareja, aunque solo fuera por el dinero extra que reportó, pero por aquel entonces Miguel ya no vivía en la casa mutua. No fue algo premeditado, no causado por una discusión o un distanciamiento. Las cosas entre los dos les iban relativamente bien, conversaban con asiduidad, mantenían algunas aficiones de su juventud en común, practicaban un sexo satisfactorio con regularidad y placer; pero Miguel dejaba de estar cada vez más tiempo.
Dejaba de estar en la casa, con ella, y también dejaba de estar cuando estaban entre las mismas paredes. Ella persistió, buscó muchas maneras para que volviera, pero nada resultó. Dejó de estar tan a menudo que la primera noche que no durmió en el tálamo común, y lo hizo en la camilla de su despacho, casi no se dio cuenta. A la mañana siguiente lo llamó por teléfono y tras hablar dio la batalla por perdida; convinieron en que seguían siendo una pareja, que ni había ni querían terceras personas, pero que las cosas estaban como estaban. Por eso a Miguel le tardó en llegar la carta de Amancio.
Esperó mucho tiempo en decidirse a abrir el sobre, no le gustaba. Lo leyó finalmente; primero una vez, asombrado sin creérselo realmente. Después lo releyó muchas veces más hasta decidir qué era lo que debía de hacer.
Pensó mucho en todo. En todo lo que quería decir esa carta, en todo lo que había pasado hasta ese momento desde que murió Rubén; en toda la gente que sufría y moría todos los días. Pensó en que de algún modo el libro que le habían publicado con sus palabras había tenido una utilidad finalmente. Había dudado mucho antes de aceptar que cualquier persona, y mucho menos cualquier editor, lo leyera. Primero se negó rotundamente a que sus palabras fueran difundidas. Poco le afectaban los razonamientos en que aducían que tenían mucho valor y podían ser de mucha utilidad para otras personas en situaciones parecidas. De ninguna manera, eran sus palabras, eran sus pensamientos sobre tinta, sus sentimientos; y aunque eso importaba muy poco (le importaba una mierda), lo importante eran los hechos, las situaciones, las personas mediante las cuales habían tratado de ordenar lo que sentía y lo que había pasado con la muerte de Rubén; y todo eso no le pertenecía, no era suyo y no podía decidir sobre ello. Pero al final le pareció indiferente, no pensó más en el asunto, y el libro se publicó. Y ni siquiera arqueó las cejas cuando encontró en el buzón un gran sobre de papel acolchado con el libro nuevo, oliendo a tinta fresca con su nombre bajo un gran título en letras . Llegó a la casa, dejó el libro sobre una mesa, encima de un montón de papeles viejos, y se sentó en el sofá. No pensó en nada más; bueno, no del todo. Tuvo un pequeño momento de claridad en el que se sorprendió de que todo le afectase tan poco, le importase tan poco. Era un libro, algo destacable, algo que llena de orgullo el pecho de muchos, y él lo despreciaba. No, más bien lo ignoraba, como un papel que te dan paseando por la calle y lo arrojas en la papelera más cercana. Pasó ese instante y todo le dio igual, le dio igual que le diera igual; ya no le importaba que no le importase; ya no le importaba nada.
La primera vez que leyó la carta se sorprendió, se espantó más bien; cómo era posible que quien él consideraba culpable de la muerte de Rubén le escribiera esa carta sin sentido. Unas horas más tarde, en la tercera o cuarta lectura de esos folios enviados desde lejos, pensaba mientras caminaba por una habitación con los papeles en la mano cuando se quedó mirando unos libros sin ninguna razón, sin ningún motivo, solo porque sí. Últimamente le ocurría mucho, descubría sorprendido que había estado parado durante horas, quieto y sin moverse, delante de un escaparate u otra cosa parecida. Se daba cuenta cuando apagaban las luces o cuando alguien se le acercaba mucho y le rozaba. En ese momento concreto miró uno minutos los libros que había en una estantería en su propio despacho cuando entre las palabras, de los lomos de distintos colores y tamaños, vio su propio nombre. Se sobresaltó gratamente, hasta casi sonrió: una persona que tenía su mismo nombre y apellido había escrito un libro, y lo tenía en su casa sin saberlo. Era inaudito. Luego, como si se hubiera abierto una ventana dentro de su cabeza, y hubiese entrado aire fresco. Lo comprendió todo al momento. Amancio Conde había leído su libro. Había leído sus palabras y le había enviado las suyas propias. Indudablemente eso significaba algo, pero no tenía muy claro el qué.
Continuaba sin tenerlo claro cuando iba dentro del autobus que le llevaría hasta la capital, para allí de nuevo subir a otro autobus distinto en el que alcanzaría la lejana ciudad del sur en la que estaba Amancio Conde.
Decidió usar un medio de transporte tan lento y tan deficiente, tan pasado de moda gracias a los nuevos portentos de la tecnología, porque quería tomarse su tiempo. Quería pensar, quería leer, quería descubrir qué era lo que iba a pasar con la reunión entre él y Amancio. También estaba la razón de que era un medio de transporte muy barato, y con cierto aire de nostalgia de viajes de su juventud con la mochila al hombro. El tren cumplía las mismas cualidades, e incluso mayor regusto decimonónico, pero desafortunadamente el sur era el sur, y allí ni siquiera esos testimonios de desarrollo de siglos pretéritos estaban presentes, y había que recurrir al transporte por carretera. Tardaría más tiempo, gastaría menos dinero; eran buenas perspectivas dado el último giro que había decidido en su trayectoria profesional.
Después de muchas relecturas de la carta de Amancio Conde, después de pensar mucho en qué era lo que debía hacer, en cual era su responsabilidad exacta en ese asunto. Después también de intentar, sin resultado, hablar con su mujer para encontrar un punto de apoyo, una guía; después de todo eso y de algunos pormenores más, se decidió por encarar la situación; y que pasase lo que tuviera que pasar, aunque fuera nada.
Conseguir una excedencia en el trabajo fue muy fácil. Nadie le había llamado la atención por nada, pero no trabajaba del mismo modo que antes, riguroso y profesional. Además notaba a sus espaldas las murmuraciones que había cuando se difundió finalmente la comidilla de que dormía en la camilla para los pacientes de su propio despacho desde hacía semanas. Así que pedir un periodo indefinido sin empleo ni sueldo fue bien recibido por el gerente de la clínica, que le despidió en la puerta de su despacho, lujoso y espacioso, con una palmada en la espalda de esas que tumban a un hombre, en este caso solo un mero armazón de huesos como él.
Por eso también era adecuado un viaje barato en autobús. Subió por la noche, para evitar la canícula salvaje de la llanura, con una pequeña mochila con ropa y con un bolso de mano algo mayor repleto de libros de psicología, de historia, de filosofía, novelas de viajeros ingleses del XIX; temas que quería recordar y conceptos que le motivaban la imaginación. Estaba seguro de que necesitaría emplearse a fondo con Amancio Conde pasara lo que pasara.
Lo de incluir enormes novelas fue para llenar el tiempo de alguna forma. Últimamente solo leía libros que tuvieran un número exagerado de páginas, había descubierto que era la única manera de salir de una realidad que se le hacía más repugnante por segundos. Pero el viaje hasta la ciudad del sur fue tan pintoresco, tan evocador de tiempos pasados, tan lleno de novedades y curiosidades que casi no prestó excesiva atención a los libros. Solo, acaso, tal vez cuando tenía que esperar durante horas a que llegase un nuevo autobús en alguna estación solitaria y vacía, como sacada de una película de un futuro inhumano. Pero aún así, al cabo de leer unos cuantos capítulos le vencía la curiosidad y miraba con inquietud todo lo que le rodeaba. Los vagabundos que se refugiaban en esos lugares para dormir con algo de tranquilidad, los otros pocos viajeros que como él esperaban en una mezcla de aburrimiento y expectación, las parejas de amantes adolescentes que se separaban, y aprovechaban las últimas horas juntos entre besos interminables y húmedos, con las manos curioseando libres entre las ropas; los homosexuales, los traficantes de poca monta, los sospechosos y vividores de la noches, que encontraban en los aseos abiertos un campo virgen para hacer lo que no querían que nadie viera. Y también, las baldosas rotas y sucias, los mensajes escritos en los azulejos, las verjas de los comercios cerrados, los fluorescentes que zumbaban, los taxistas que bostezaban cuando escuchaban emisoras radiofónicas nocturnas y sugerentes. Toda una oda a la vida oculta y marginal para la mayoría de los comunes, que en ocasiones se mostraba con tanta verdad que llegaba a parecer belleza en los ojos de Miguel. Más tarde, ya de nuevo en otro autobús distinto, no pudo evitar el deseo de escribir unas líneas sobre lo visto en las páginas que quedaban en blanco del cuaderno que ella le regaló en un día lejano en el tiempo y en los sentimientos.
Siempre que la ocasión se lo permitía, a Miguel le gustaba sentarse junto a la ventanilla. Con volver la cabeza hacia el cristal se sentía tranquilo, aparte de la humanidad embutida en ese artefacto de metal con ruedas. No tenía prisa habitualmente por salir el primero de los autobuses, y le hacía sentirse un poco acorralado el mirar a un lado y tener a alguna persona, sudorosa y cansada codo con codo; y a través del abismo breve del pasillo, ahí mismo otra anatomía más. No, eso era demasiado agobio. Sin intimidad para leer o para escribir, o para mirar a donde quisiera. El único inconveniente estaba en que durante las noches el cristal funcionaba en cierto modo como un espejo, y esa compañía sí que lo desagradaba algo. Su reflejo taciturno y un poco demacrado: la barba sin afeita, el pelo despeinado y cada vez más ralo, los ojos hundidos, la piel sudorosa; y sobre todo ese aire de abandono que reflejaban todos sus rasgos de una forma que solo tenía sentido cuando se apreciaba el conjunto. Ese era un compañero de viaje no deseado del que no podía desprenderse.
Aún así, cuando el reflejo era algo más benévolo y débil disfrutaba, o más exactamente, miraba con curiosidad lo que se le mostraba a través del cristal. Era algo casi mágico ver cómo el paisaje evolucionaba y mutaba, gracias al afecto de la velocidad, en otro diferente ante sus propios ojos entre el intervalo de dos bostezos. Miguel pensaba que algo que a él le resultaba meramente curioso, debía de ser una experiencia del todo aterradora para los hombres de épocas tan antiguas, como los que aparecían en el libro que estaba leyendo. Era un volumen muy viejo, muchas veces releído y consultado, que había comprado en una librería de viejo cuando estudiaba en la facultad. El libro contenía varias obras de teatro antiguo de los principales autores trágicos griegos, también albergaba pequeñas obritas de autores menores y marginales desconocidos para la historia, pero que en ocasiones eran de un carácter enternecedor por lo ingenuo de las tramas. No recordaba haberlo seleccionado entre el resto que rebosaba el bolso de mano, pero estaba allí. Medio oculto entre otros de mayor porte y menos desgastados. Cuando lo descubrió no pudo menos que sonreír de todos los recuerdos de situaciones y amigos con los que lo había compartido hacía muchos años. Sin intención de leerlo concretamente, solo ojeándolo y deteniéndose en páginas al azar, buscando anotaciones y comentarios a lápiz de letras variadas y diversas. Pero finalmente se enganchó a ese mundo pintoresco de dioses infantiles como niños y de hombres con valores que el mundo nunca había conocido en ellos. Creía, firmemente convencido, que mucho más que metamorfosis, gigantes, animales fantásticos y objetos maravillosos, a cualquier espectador de la época le hubiese impresionado muchísimo más ver como el mundo se movía veloz en ese carro metálico movido sin caballos, sobre una pista con apariencia de carbón.
En cambio lo que a él, pobre hombre moderno, le impresionaba y le hubiese traumatizado de poder asistir a semejantes panoramas, era la crueldad extrema a la que admitían someterse por conceptos como la deshonra, la calumnia, la deslealtad. Ese tipo de cosas que ahora solo provocan sonrisas y bromas en los escépticos cuando alguna persona las considera seriamente. No era capaz de imaginar a ninguna de las personas que él conocía hacer algo como cortarse las manos, o la nariz, o dejarse aplastar por una roca, por haber cometido un error, una equivocación cualquiera. Y más aún, le horrorizaba el comportamiento de esos dioses perversos, crueles como muchachos que destripan a una rana solo por curiosidad, que sometían a tormentos crueles, cruentos e imaginativos hasta lo ridículo, porque los hombres mortales, sus peones, osasen quebrantar sus rígidas leyes arbitrarias.
Por ejemplo, leía en ese momento, mientras cruzaban una garganta de piedra gris con su pequeño arrollo en el fondo, paciente en su labor de cantero durante milenios, la historia de un rey antiguo de una isla del mediterráneo que comerciaba con mercaderes de oriente con maderas y aceites exóticos. El rey tomó como hombre de confianza a un mercader originario de unas llanuras lejanas de donde salía el sol, que llevaba mucho tiempo viviendo en su reino en una austeridad absoluta y casi lastimosa, pero cuyos barcos siempre le traían oro, metales y piedras preciosas. El rey ambicionaba armar un gran ejercito para conquistar una isla vecina, para lo cual necesitaba mucho dinero, que con los consejos del mercader estaría prontamente a su alcance. Pero en sueño un coro de espíritus infernales le advertía de que fuese prudente, que un extranjero no era quien para administrar ese reino; le advertían que el extranjero le traicionaría sin dudarlo. El rey dudaba por el sueño premonitorio, pero finalmente su ambición pudo más y nombró primer ministro de su país al mercader. La primera medida de esta fue sacar a las prostitutas sagradas, las hetairas, de los templos de la montaña santa a un templo del mismo dios que se encontraba en el puerto. Ya que fornicaba como símbolo obligatoriamente diario para garantizar la fertilidad y la fortuna, pensó el nuevo primer ministro, al menos que lo hicieran con los marineros extranjeros a cambio de dinero. La ley del dios no especificaba nada al respecto y el resultado fue inmediato y enriquecedor. A la primavera siguiente la isla vecina fue conquistada. Pero una vez logrado el objetivo el rey mandó apresar al ministro. Lo acusó de mancillar a su país poniendo precio a las vulvas sagradas. Entonces ordenó a sus soldados cortar el miembro viril del ministro profanador con unas tenazas al rojo, y luego ordenó tratar dicho apéndice hasta dejarlo con el aspecto de una cuerda fina y resistente, con la cual lo ahorcó en el mástil de uno de sus propios barcos. Todo ante los gritos de que en su tierra las rameras eran solo mujeres que cobraban por su sexo, nada más. Que se servían a ellas mismas y no a ningún dios.
Dentro del tono jocoso en general que tenía la pequeña comedia, este último lamento del mercader extraño a los ojos modernos, parecía de un tono feminista y respetuoso más que humorístico; como debía de ser su propósito primero. Pero lo más horrible, independientemente, era el castigo: ahorcado por la propia virilidad en alguien a quien, por el desarrollo del texto, se le suponía casto. A parte de cruel era desagradablemente irónico.
No solo leyó eso durante el viaje, leyó mucho más. Pero únicamente esa historia, extraña, antigua y marginal le dejó un poso semiencerrado en su memoria.
El viaje hasta la ciudad del sur en la que ahora vivían Amancio Conde y Lucía fue largo. Tuvieron que transcurrir varios días y varias noches para que Miguel bajara del último autobús que había tomado, el más destartalado y desastroso de todos, poniendo los pies más al sur de lo que nunca lo había hecho en la vida. Se encontraba exhausto, cansado, desfallecido, sobrepasado, al límite de sus fuerzas, se mantenía en pie por pura convicción en lo que estaba haciendo. Como el rabo cortado de una lagartija que se afana en moverse pese a no estar unido ya a un cuerpo, pues qué cabe esperar de un rabo de lagartija que no sea moverse espasmódicamente. Del mismo modo Miguel se había propuesto llegar hasta la última página de esta historia, y lo lograría aunque tuviera que arrastrar su propio cadáver tras sus pasos. Salió de la terminal de transportes a una plaza enorme y desierta, que solo tenía cemento y metales enhiestos que a buen seguro servirían de alumbrado nocturno. Había solo dos o tres personas en la gran plaza bajo el sol meridiano e implacable del sur. El aspecto de Miguel era lamentable, durante el tiempo que había durado el viaje solo se había alimentado con bocadillos fríos y latas de cerveza caliente. Y también había leído, y había mirado mucho por las ventanillas, y había observado a la gente que vivía y se relacionaba, y había pensado mucho. Había hecho muchas cosas, pero no se había aseado. Se había mudado de camiseta con una frecuencia distraída, pero no se había duchado, ni mucho menos afeitado. Tenía el pelo revuelto y sucio, a duras menas amansado con los dedos. Los ojos hundidos, los hombros caídos por el cansancio, hambre de comida verdadera y una mirada ansiosa que hacía que todos los taxistas a los que se acercaba cerraran la ventanilla a pesar del calor verdadero y plomizo. Fue una sorpresa para las ideas que tenía formadas sobre el sur; por lo que experimentaba no era un lugar en el que las personas de mal aspecto fueran la norma, ni algo general. No debía de ser ese paraíso de laxitud al que tanto se criticaba desde el norte industrial y orgulloso. Tardó más de media hora de continuos plantones bajo el calor semitropical comprendió que tendría que resignarse a andar cansado y sudoroso y hambriento por las calles vacías del mediodía sureño. Entró nuevamente en la terminal, que ahora estaba llena de gente que se beneficiaba del aire acondicionado sin aparentar ningún otro propósito, y consultó un mapa callejero de la ciudad. Encontró donde estaba esa misma terminal y la ruta hasta la dirección de su destino. El urbanismo era tan complicado, porque no se atrevía a juzgar lo anárquico del trazado como algo diseñado con propósito que solo inspiraba estupidez, sino que le supuso un sentimiento primigenio y fértil, que abrió su cuaderno de notas por la última página escrita y a continuación hizo un esquema con los elementos urbanísticos de referencia más notables, como plazas, monumentos, avenidas, y luego ubicó su ruta en el alocado plano.
En principio, con encontrar la línea de la costa la parte más complicada del camino estaría hecha. Pero no fue tan fácil como parecía en un primer momento, tardó más de media hora en recorrer, en el momento más caluroso del día, una distancia que le pareció ridícula en el mapa. Llegó ante la puerta azul mucho más cansado y sudoroso, pero no importaba, por fin había llegado.
A decir verdad si lo hubiera considerado durante un solo momento, breve e insignificante, se habría dado cuenta de que lo más probable sería que nadie se atreviese a abrir la puerta, en el mejor de los casos. En el pero, lo echarían a patadas. Y con toda la razón estarían los habitantes de la casa de la puerta azul en el derecho de tratarlo de tal modo, pues nadie lo había invitado a ir allí. Miguel era consciente de ello. En todas las extensas páginas que había recibido de Amancio Conde no había ninguna invitación, implícita o explícita, para concretar una entrevista. Solamente eran cosas que Amancio quería que supiera Miguel. Pero para Miguel las cosas no se detenían en ese punto; sabía, podía tocar con las puntas de los dedos con tan solo separar un poco las palabras y buscar debajo de ellas, que Amancio necesitaba hablar. Necesitaba contar muchas más cosas, encontrar más explicaciones, inventar razones para lo que estaba haciendo, por lo que había hecho, y por lo que podía llegar a hacer. Eso no concretaba, ni daba por entendido, que a quien debieran de ir dirigidas esas historias fuera él, Miguel; pero había recibido esa carta y no deseaba otra cosa en este mundo más que oír esas historias. Bueno, realmente deseaba otras muchas cosas mucho más fervorosamente en este mundo, pero esas otras cosas eran imposibles.
Por eso llegó sin una invitación a la ciudad del sur que tenía una casa con la puerta azul. Precisamente por eso había llamado con los nudillos a dicha puerta sin percatarse de que su aspecto era vergonzoso. Pero el solo estaba pendiente de que del otro lado se empezasen a oír pasos débiles y lejanos, que se fueran concretando hasta acabar en un chirriar de cerrojos que se abren y goznes que giran para aceptar a un desconocido.
Fue así, en efecto. Miguel estaba ante el umbral, ahora abierto, con una mochila colgada de un hombro y otra sujetada con esfuerzo por una mano hinchada, y ante la puerta había una mujer joven apoyada láxamente sobre la hoja que acababa de abrir. Definir como una mujer, a esa fémina de pubertad reciente, era hacer una valoración moral. Porque físicamente, en efecto era una muchachilla que debía de rondar los dieciséis, tal vez los dieciocho; pero Miguel nunca había sido muy bueno con las edades. Había más, pues de otro modo el enjuzgamiento no albergaría dudas.
La expresión de su cara, algo indefinido en sus ojos, o tal vez en sus cejas y en su frente. Una forma sofisticada, que sobrepasaba la blandura juvenil. Esa ropa, que era una normal, típica de la que cualquier mujer usa en su casa para estar cómoda, amplia y un poco ajada por el uso. O, más bien la forma que tenían esas prendas de caer sobre la anatomía, dulce e inconfundiblemente juvenil, pero con opulencias y definiciones firmes que eran de una mujer, de hembra sin duda.
No era fea. Con total seguridad ningún hombre, sin mentir, hubiese calificado a la joven como fea. Pero había cierto desorden, cierta inexactitud en la ubicación correspondiente de cada parte que no inspiraba belleza. Inspiraba atracción, arrebato, fascinación, curiosidad; hasta lascivia, pensó en un segundo de breve debilidad. Todo eso, pero jamás belleza verdadera.
-Hola.
Ella debía de haber pronunciado esas dos sílabas de bienvenida, porque no había nadie más cerca, pero Miguel no había visto que llegase a mover los labios. Aunque eso debía de ser por efecto del cansancio y la sorpresa.
-¿Amancio?
Alcanzó a preguntar casi sin voz.
-Ahora no está, pero llegará pronto. ¿Quieres pasar y esperarlo dentro?
No respondió nada, solo sintió que la puerta azul se cerraba a sus espaldas. Debía de estar dentro de la casa de Amancio Conde y de Lucía.
Miguel quedó cegado al entrar en la casa. Había un contraste muy marcado entre la luminosidad hiriente de la calle y la penumbra tranquila y fresca del interior. Se movía llevado por una intuición difusa, de que la silueta clara que se movía delante de él era la muchacha que le había abierto la puerta, dando pasitos torpes e indecisos para evitar romper algo o golpearse contra una pared traidora. Y toda esa precaución devino en volver a ser cegado por otra segunda luz, esta algo más tamizada, del patio interior de la casa. Parpadeó repetidamente y los ojos le lloraron con abundancia, pero entre borrones consiguió identificar a la muchacha que le mostraba un lugar donde desprenderse del peso de sus maletas. Las soltó, no sabiendo muy bien donde y se quedó quieto como un poste, sin saber que hacer, esperando a que sus ojos se acostumbrasen de nuevo a la luz.
Repentinamente la mancha de claridad que era para él la muchacha, fue aumentando de tamaño a la vez que se concretaba en ella los detalles. Evidentemente se estaba acercando, casi no le dio tiempo a pensar, cuando sintió dos sonoros y húmedos besos en sus dos respectivas mejillas.
-Yo soy Lucía, ¿cómo te llamas?
-Eh… Miguel. Me llamo Miguel.
-No tiene que tardar mucho en volver. Siéntate aquí, conmigo, y le esperas. – Le indicó un butacones enormes de esos de mimbre, ella ocupó el que estaba enfrente.
-¿Habías quedado con Amancio para veros ahora?
-No. – Se sorprendió respondiendo. –No me esperaba, he llegado hace un par de horas a la ciudad y he venido directo aquí. No sabía si le iba a encontrar tan siquiera, pero parece que he tenido suerte.
-Así que has llegado hoy mismo.
-Creo que no hace ni dos horas que bajé del autobús.
-¡Además en autobús! En esta época del año, ¡qué locura! No habrá sido desde muy lejos ¿verdad?
-Pues, para ser sincero ha sido un viaje muy largo. Vengo desde muy lejos, desde el norte.
-¿Del norte? Yo nací allí, en una ciudad… – Se mostró agradablemente sorprendida, parecía deseosa de hablar con alguien y, por la interpretación que hizo Miguel de sus gestos, parecía muy confiada hacia él. Lo miraba directamente, mientras gesticulaba de forma suave con los codos despegados del cuerpo. Las piernas, colocadas oblicuas respecto a él, se había descruzado y estaban relajadas, sin que las rodillas se juntasen del todo. Pero pareció darse cuenta de algo y sus brazos se cruzaron inmediatamente sobre el pecho. –Has venido en autobús desde el norte, eso son por lo menos…
-Bueno, no exactamente. – La tranquilizó de inmediato suavizando el timbre de su voz y haciendo un ademan suave y lento con su mano derecha. –Vengo desde un poco más cerca, desde la meseta.
-Amancio es de una ciudad de la meseta. – Interrumpió todavía no muy confiada.
-Sí, yo también vengo de esa misma ciudad.
-¡Ah! Entonces le conoces de antes. ¿Sois viejos amigos o algo así?
-No. – Dijo tajante, aunque enseguida reaccionó. –No conozco a Amancio en persona, pero… no sé cómo explicarlo. Tenemos un asunto en común; ¿no sé si me entiende?
-Por favor, tráteme de tú. ¡O crees que soy una señorona! – Exclamó con los brazos en jarras, grotesca. Definitivamente confiada por algún detalle que a Miguel se le escapaba. – Entonces no me digas nada más. A Amancio no le gusta que me meta en sus asuntos de dinero.
-No es dinero, es más bien…
-Que no, hombre, que no. Déjalo, tomate algo en lo que vuelve y ya hablaréis lo que tengáis que hablar. ¿Qué quieres beber?
-Agua. Fría, por favor. – La miró puesta de pie, medio vuelta hacia un lado del patio que debía de comunicar con la cocina. Una pequeña brisa suave y cálida agitó las plantas en sus macetas y la tela del vestido de Lucía. No se preocupó mucho por ello.
-Tienes razón, lo mejor es beber agua. Yo desde que vivimos aquí bebo muchísima más que antes. Ahora traigo agua para los dos. – Se fue y regresó nuevamente al cabo de dos pasos. –Mira, creo que ya está aquí Amancio.
-Espera.
Miguel se levantó para evitar que Lucía lo dejase solo ante Amancio. No tenía miedo exactamente, o tal vez sí. No temía por su vida, no mucho, sino que no sabía que esperar ahora que definitivamente había llegado al final del viaje que se había propuesto. En menos de un minuto sabría si todavía podía tener alguna esperanza, en era mejor que volviera por donde había venido, y se metiera definitivamente dentro de ese agujero negro que estaba dentro de él.
Por supuesto Lucía no se giró, y los segundos, realmente muy breves, que tardó en regresar con una jarra de agua, empañada por el contraste de temperaturas, fueron más que suficientes para que Amancio Conde accediera al patio y mirase asustado, sorprendido y receloso, a Miguel. No dijo nada, solo intentó pronunciar algo como: quien coño eres. Pero solo sonó como un cacareo seco y rasgado.
Al volver Lucía se sorprendió al encontrarlos así, mirándose desde lejos. Uno con miedo, el otro con desconfianza.
-¿Pero qué os pasa? Es Miguel, no sabes, viene de…
-Soy Miguel. – La interrumpió, o más bien no se había dado cuenta de que ella estaba hablando. Solo pensaba en pronunciar lo que había estado ensayando hasta encontrar una fórmula neutra, aunque significativa. –Conocí a Rubén, ¿sabes?
Lo de sabes fue una coletilla que improvisó porque de repente se asustó mucho al ver que Amancio se había asustado.
-Bueno, yo os dejo para que habléis de lo vuestro. – Y salió, dejando la jarra en una mesa.
-Yo ya me voy. Ella ha insistido, pero me voy ahora mismo. Si quieres hablar de algo; lo que quieras, ya te diré donde voy a estar. Pienso pasar unos días aquí.
-Ella siempre es así con todo el mundo… Espera. Bueno, no sé. Espera a que piense algo.
Amancio miró a la puerta por la que había salido Lucía. Miguel por su parte se fijó en el propio Amancio ahora que tenía la oportunidad de estudiarlo libremente. Ese hombre que tenía a unos metros escasos de él era quien tenía todas las respuestas que estaba buscando. Pero no iba a preguntarle, pues con total seguridad no podría responderle, al no saber de qué estaba hablando. Debería de ser él mismo quien buscase entre líneas, separando la paja del grano. Pero para eso necesitaba que Amancio Conde accediese a hablar con él. Por eso seguía mirando, con expectación, para intentar adivinar qué era lo que estaba pensando.
-Tú – dijo finalmente, -sabes muchas cosas de las que pasaron.
-Sí, mucho de lo que pasó con Rubén.
-¿Rubén? Ah, sí. Rubén. Pero hay mucho más, después.
-¿Después? ¿Cuándo? ¿En el norte? Sí, también sé que pasaron muchas cosas en el norte.
-¿De verdad? No creo que conozcas todas las cosas que ocurrieron allí arriba. Pero ya te las contaré, es decir, creo que quiero contarte todo eso.
-¿Eso que tiene que ver con Rubén?
-¿Con Rubén? No creo que mucho.
-Entonces…
-Ya te he dicho que hay mucho que desconoces. – Tomó aire con calma un momento. -¿Te importaba mucho aquel muchacho?
-Sí, creo que sí.
-Eso me ha parecido. Tienes mala cara, ¿sabes? – Añadió tras considerar durante un momento lo que iba a decir. –No es que parezcas cansado por el viaje, ¿de verdad que has venido en autobús? Tienes algo malo en la cara, no sé. Pero, en fin, eso es lo tuyo, y yo te estoy hablando de lo mío. Que creo que es por lo que está aquí ahora.
-Sí, pero…
-Ya lo sé, que tú quieres otra cosa, pero por ahora tendrá que ser lo que yo quiera o nada. Es lo que hay.
-De acuerdo. Por ahora estoy conforme. ¿Qué es todo eso que no sé que me decías antes?
Estaba dentro de lo que había considerado Miguel. Amancio lo quería allí por algo, y no iba a aceptar nada distinto de lo que hubiera pensado; porque con seguridad había pensado en que Miguel acabaría presentandose en su puerta. El motivo exacto era lo que lo tenía desconcertado, durante el viaje había tenido tiempo para también repasar anotaciones y recortes de prensa, que habían sido sacados a la fuerza de su cuaderno para ese libro extraño que publicaron pensando en hacerle un favor, había leído y releído la sucesión de acontecimiento que habían ocurrido desde que murió Rubén hasta que salió de la ciudad con su hermano hacia la costa norte. Pero después de eso no había nada, ninguna indicación, ninguna información insegura de lo que pasó a continuación. Por supuesto que a Miguel todo eso le había importado muy poco, su obsesión estaba en el cómo se pudo llegar hasta la muerte de Rubén, de aquel muchacho que… Pero ahora se echó en cara no haber sido más meticuloso, más profesional. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo en la cabeza de Amancio Conde para evitarse una sorpresa desagradable.
En ese momento pareció que iba a bajar las defensas, vio cómo sus hombros caían, como si sus brazos se hubiesen transformado súbitamente en bloques de plomo, su mirada se tornó triste; parecía que iba a hablar, iba a contar una pena inmensa, un dolor profundo, una herida sangrante y negra. Miguel quería continuar, forzar ahora la materia de trabajo cuando estaba maleable; pero sonó la voz de Lucía a sus espaldas y todo se desvaneció.
-¿No os importará que me quede un ratito con vosotros en el patio? Hace mucho calor a esta hora dentro de la casa y me estaba mareando.
Ya no había nada que hacer, Amancio solo estaba pendiente de la joven Lucía. En ese momento no existía Miguel, ni tan siquiera existían las paredes de la casa, o el resto de edificios de la ciudad. Solo era Lucía y su mareo leve e insignificante.
-¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Al acercarse, rápido, se tropezó con el cuerpo de Miguel, que no había visto, y lo miró como si no lo conociera. No se detuvo, y cuando ya tuvo entre sus brazos el objeto de sus desvelos se dirigió a él para exigirle que saliera de la casa. Hay una pensión junto al templo en la que me conocen, ve de mi parte y ya hablaremos más adelante. Le dijo Amancio cuando Lucía ya le sonreía perfectamente recuperada.
18.
Al día siguiente se reunieron nuevamente los dos, fue invitado Miguel al patio, pequeño y fresco, de la casa a una hora discreta en la que no habría nadie más que ellos dentro.
-¿Quién es esa chica? – Con esa pregunta indiscreta, y que no parecía tener relación con lo que ambos en definitiva querían tratar empezó Miguel. Era algo que se le había atascado desde que se vio despedido por el accidente insignificante de la tarde pasada. No se le había quitado de la cabeza durante toda la noche, que pasó en la pensión mediocre que le había indicado.
Por un lado faltaba el hermano pequeño, al que a buen seguro podía haber cogido ya la policía, y por otro estaba esa chiquilla. No encontró ninguna respuesta para ese cambio de personajes. Pero lo que primero hizo fue preguntar por Lucía. Aunque en realidad tampoco tardó mucho más en preguntar por el hermano. No dio tiempo a responder nada cuando ya había vuelto a preguntar.
-¿Y tu hermano?
-Yo no tengo hermano. Y ella es Lucía, mi mujer.
-¿Estás casado?
-Es mi mujer.
Miguel sabía por propia experiencia que los comienzos son difíciles. Contaba de antemano con el disgusto y la cerrazón de Amancio para dejarse abordar en un tema tangencial y tan privado. Obviamente se asustó un poco, pero no cedió ni ante el ceño hosco y amenazante, ni ante dejar insatisfecha a su curiosidad impertinente.
-Pero, entonces ¿te has casado con ella después de dejar la costa norte?
-No insistas más. Sabes tan bien como yo que con su edad no puede casarse.
-Puede, pero con el consentimiento de sus padres.
-Ya, pero no tiene quien la dé el consentimiento.
-¿Es huerfana?
Amancio Conde lo miró con fijeza. Se estaba metiendo demasiado dentro de lo admisible por mera curiosidad. Estaba sopesando hacérselo saber directamente, aunque por el momento solo dejaba hablar a las facciones de su rostro. Había una batalla implícita en esos primeros pasos que se producían en la relación entre los dos hombres. Por un lado Miguel pretendía mucho más de lo que Amancio esta dispuesto, o tan siquiera consciente, de contar. Por el otro Amancio sabía que aunque era él quien marcaba el ritmo, había sido él quien había requerido a su interlocutor; primer signo de debilidad, de que había algo que estaba mal. Y había aceptado hablar con él sin condiciones casi, segundo síntoma de flaqueza. Si ahora respondía a cualquier pregunta de Miguel, o si tan solo le permitía el lujo de hacer un interrogatorio personal, estaría entonces cediendo un territorio seguro al que retirarse si se llegase a sentir atacado por las preguntas de un extraño a fin de cuentas. Tenía que ser muy cuidadoso; rígido y flexible a la vez en un camino que no conocía bien. Era muy complicado y optó por callar, por defenderse. Si no había dificultades todo llegaría a su tiempo.
Declinó responder a la pregunta de una forma indirecta. No era ese punto por le que quería empezar a contar su historia. Y si tenía paciencia acabaría sabiendo todo lo que quisiera ese extraño impertinente.
-Una noche, ya no recuerdo muy bien cómo, nos habíamos enterado de la muerte del muchacho. Vino un policía a nuestra casa. – Intentó empezar a contar. Pero Miguel tampoco quería ceder protagonismo, y le cortó al momento.
-Rubén, el muchacho se llamaba Rubén. ¿Qué recuerdas de él?
La interrupción le despistó por completo, al principio se enfadó, pero luego se sorprendió como no entendiendo el repentino cambio de tema. Miguel leyó con claridad en su mirada que no sabía quien era ese Rubén, y descubrirlo fue algo que lo descorazonó. Había cruzado el país solo por ese muchacho muerto, al que parecía que únicamente recordaba él. Había cruzado el país por muchos más motivos, por que su vida había llegado a una vía muerta, porque quería conocer a quien en cierta forma había asesinado a Rubén, porque quería entender qué razones pueden llevar a una persona hasta la muerte, porque quería pensar que vivir podía tener un sentido. Por todo eso, y mucho más, y la persona de la que quería obtener respuestas era un gilipollas desalmado que no podía recordar que había matado a un muchacho de poco más de veinte años; cuya muerte había cambiado su propia vida de una manera que ni el mismo Miguel llegaba a imaginar.
Por un breve segundo, por un lapso de tiempo que solo era cuantificable nada más que por la subjetividad que lo sufría, sintió una ira que creció hasta hacerle desear saltar de la silla en la que estaba sentado y golpear hasta el cansancio la cabeza de Amancio Conde. Y después correr, salir de allí y olvidarse de todo. Empezar una vida distinta en un lugar distinto, trabajar en una granja, en una mina, criando animales o pescando. Pescar en el mar seria un destino envidiable, lejos de la costa y de la gente.
Pero finalmente no hizo nada de eso.
Vio que Amancio lo miraba extrañado.
-No conocía mucho a Rubén, al muchacho aquel. No creo ni que le hablase una docena de veces. No creo que recordase su cara aunque me enseñaras una foto suya y me dijeras que era él.
-Pero ¿algo recordarás de él? ¿Alguna cosa?
-Parecía perdido.
-No tenía nada claro en la vida.
-No me refiero a eso. Parecía perdido dentro de si mismo, como si él mismo fuese una adivinanza que no entendiera.
-¿Entiendes lo que acabas de decir?
-Sí.
-Pues eso es mucho.
Ese día no se hablaron de nada más.
Se produjo una cesura. El propio paso de los días destruyó el tiempo. Igual que pasa en unas vacaciones prolongadas, o durante una convalecencia de meses en un hospital, o como cuando se llevan varias décadas con el mismo trabajo; el tiempo se detiene. Ayer es idéntico a anteayer, o con más precisión: siempre es el mismo y único día. Incluso se llega al punto de no saber con exactitud si un hecho importante ocurrió semanas atrás o realmente sucedió hace diecinueve años. En situaciones así es comprensible dudar sobre la consistencia del paso ordenado y regular del tiempo. Se convierte más bien en una sustancia biscosa que se deforma desde una comprensión brutal hasta estirarse en la eternidad de un instante mínimo.
Miguel no podría decir nunca durante cuanto tiempo con exactitud, o con una aproximación razonable, había estado reuniéndose con Amancio Conde. Muchos años más tarde intentó ordenar los hechos vividos partiendo de los apuntes y notas que había realizado en su cuaderno. Pero era incapaz. Ni basándose en delimitar temas comunes que se encontraban en párrafos correlativos, asumiendo que así podría obtener una cuenta de días o sesiones. Pero todo era tan caótico que, o bien todo había pasado en menos de una semana, o había durado casi un año. Era un trabajo tan frustrante, y al mismo tiempo desconcertante, que llegó a probar a hacer secuencias conforme su caligrafía cuidada se iba deformando. Pero el planteamiento mismo de esa idea era tan ridículo que llegó a mirar con recelo a su propia letra. En fragmentos le parecía tan diferente a la inmediatamente anterior o posterior, que estuvo casi convencido de que otra persona había escrito en su cuaderno. Y entonces ya no solo dudó del paso real del tiempo, sino de que lo que había vivido hubiese sucedido de hecho. Se forzó tanto a recordar si había pedido en alguna ocasión a Lucía que tomase alguna nota, por cualquier motivo, que llegó a creer en escenas, que se había imaginado sobre una ocasión, que razonablemente no había ocurrido.
Sin embargo todo era posible. Durante aquellos días en la ciudad del sur todo fue posible, y llegaron a suceder cosas que nunca antes habían tenido lugar en la mente de Miguel. En realidad no era descabellado del todo pensar que Todo (un Todo con mayúsculas, genérico y eterno) pudo ocurrir en un único día, que quizás albergase distintas jornadas, aclaradoras, gloriosas y fatídicas al mismo tiempo. Bien pensado los sucesos solo parecían tener sentido si se entendían en un desarrollo apresurado e irreflexivo. Una mañana dudosa, con miedo; una tarde horrible y esclarecedora; una noche horrible y dolorosa. Y luego una resaca al amanecer siguiente en la que no podía estar seguro de absolutamente nada de lo que había pasado.
Esa era la sensación, tras muchos meses y después de muchas noches de insomnio, que tenía en conjunto. La sensación de haberse levantado una mañana, haber ido a la casa de Amancio y Lucía, haber vivido un día denso y extraño hasta el dolor, y haberse marchado a la mañana siguiente de la ciudad del sur. Era eso, a pesar de los meses y meses que se sucedieron.
Al despertar era irremediablemente siempre lo mismo. Era imposible encontrar una diferencia con el amanecer previo. La habitación de la pensión en la que dormía no tenía ventana, y una idéntica luminosidad eléctrica y deshumanizada era lo único que descubría al abrir los ojos. No era posible descubrir si afuera, en la calle, llovía, nacía el sol o era jueves. Un rumor de hospital vacío acompañaba a la luz artificial, bien podía la ciudad estar siendo arrasada por la bombas de un país beligerante, que entre las paredes de la pensión no habría ningún cambio en su ambiente muerto y ajeno del mundo. Para descansar y reposar el cuerpo bien era cierto que eran unas condiciones envidiables, y del todo óptimas para un establecimiento de ese tipo; pero Miguel, después de las primeras semanas se sentía como durmiendo en medio de un monasterio abandonado en el medio de un bosque olvidado. No era fácil cerrar los ojos, pensaba que al volver a abrirlos descubriría que no había nadie más en toda la ciudad, en todo el mundo, que era el último ser vivo del planeta. No lograba invocar el sueño fácilmente con esa sensación.
Tenía programado el despertador de su reloj de pulsera siempre a las seis de la mañana. Era una hora bastante temprana para el carácter sureño, pero a esas horas se le hacía totalmente imposible permanecer horizontal sobre la cama, y nunca era complicado salir y encontrar una cafetería en la que tomar algo caliente con tranquilidad mientras leía los diarios. Como era muy pronto, la distinción entre los días laborables y festivos no existía; siempre estaban prácticamente los mismos clientes solitarios, silenciosos, cada uno en un rincón, rehuyendo la proximidad con cualquier otra persona. Sentado estiraba el tiempo al máximo antes de salir a la calle en dirección a la casa de Amancio y de Lucía. En ocasiones no iba por la mañana y se cernía a una sola visita después de la hora vaporosa de la siesta. En esas circunstancias solía pasear por la ciudad, solo, pero eran tan limitados esos paseos que era casi como si no hubiesen sucedido. Como si una mañana Única hubiera pensado en dar un paseo, hubiera imaginado los lugares que recorrería, pero al final no hubiese llegado a hacerlo. No pudiendo evitar, irremediablemente, ir a la casa de Amancio y de Lucía.
Había que atravesar un laberinto inevitable de calles cortas, estrechas y sombrías para llegar a la casa de la puerta azul. Solo una porción delgada y alargada de cielo del sur quedaba a la vista de Miguel cuando levantaba la cabeza. Solía ver siempre un azul espléndido y luminoso. Un típico cielo estival, inmaculado que hacía volar la imaginación hasta relatos de viajeros de los mares australes deshabitados; imágenes de barcos de vela con la cubierta vacía sobre una superficie inmensa de agua quieta como el vidrio. Pero en ese día Único todo era extraño y distinto, pues el aspecto del cielo podía cambiar en cualquier esquina tortuosa o en medio de la propia calle. Incluso la temperatura podía variar, pues a veces sentía gotas gruesas de sudor cayéndole pesadas desde la nuca, empapando el cuello de la camisa; aunque al momento se encontraba aterido por una brisa húmeda y traicionera traída desde el interior del océano, a la que no podía hacer frente con su equipaje, de lo que imaginaba un destino casi tropical. A veces la brisa se paraba por completo y se hacía difícil respirar en esa especie de sauna de agua salada; y pasos más adelante había un viento sano y fresco que revitalizaba su caminar cansado, haciéndole sentir capaz de enfrentarse él solo con todo un ejercito de piratas que atacasen la ciudad, como en siglos pasados. Sea como fuere el clima que por momentos confundía en su memoria, al llegar a la puerta azul de la casa tenía las manos siempre húmedas y torpes. Un nerviosismo que le invadía el cuerpo ante el temor de que ese día nadie abriría la puerta. Sentía pavor de descubrir que la casa estaba abandonada, que sus dos ocupantes habían salido de ella por la puerta de atrás en medio de la madrugada, para escapar de sus preguntas inoportunas, más hacia el sur aún. A países extrañamente bárbaros y de civilización exquisita al mismo tiempo, en los que ya no podría encontrarlos y sus dudas y su historia quedarían inconclusas definitivamente y para siempre.
Otras veces, en diferentes ocasiones, pero siempre en la misma mañana de ese día reconstruido, temía que pese a que todavía los habitantes de la casa continuaban en ella, estos, o más exactamente Amancio, se cansaban de tenerle de confesor. O lo que era más terrible si cabe, que descubría finalmente la verdad, lo realmente ocurrido respecto y alrededor de la muerte de Rubén. Y todo era tan tremendamente vulgar, prosaico y simple que una decepción y un asco le retorcían el estómago hasta hacerle vomitar. Ese era un miedo muy concreto, al que Miguel tenía mucho cuidado de no enfrentarse a menudo, pues lo sentía siempre como un peso enorme y viscoso apoyado sobre su hombro izquierdo.
Cuando por fin golpeaba con los nudillos sobre la madera pintada de azul, y esta se abría tras escuchar los pasos suaves de Lucía al otro lado, su corazón se calmaba algo, un poco. Cuando finalmente se encontraba, las más de las veces con la cara sonriente de la propia Lucía, invitándolo a entrar y a sentarse en el patio donde lo esperaba sentado, entre impaciente y desinteresado, Amancio, todo recuperaba cierta estabilidad y volvía a sentir unas veces frío, otras humedad y las más calor.
Ya con confianza respecto al entorno y a los propietarios de la casa, Miguel acostumbraba servirse en un vaso reservado par su uso cualquiera que fuese la bebida fría que hubiese dentro de la jarra de la mesita auxiliar, en medio de dos o tres sillas; según que día recordase.
A Amancio no le gustaba que Miguel le sacase el tema de Rubén, de aquel muchacho que murió, forma con la que él se empeñaba en olvidar su nombre. Así que siempre empezaba con mucho cuidado con formula coloquiales, hablando de cualquier cosa sin importancia, hasta poco a poco ir tratando de acorralarlo par que le hablase de Rubén. Pero tampoco se dejaba coger con facilidad, y durante ese computo amplio y difuso de días no logró mucha más información de la que obtuvo cuando intercambiaron palabras por primera vez. Aunque eso no quería decir que no lograra ningún resultado.
-¿Has viajado alguna vez hasta la costa del norte?
Preguntó extrañamente Amancio una vez en la que Miguel se recordaba bebiendo zumo helado de naranja.
Lo curioso para él era que estaba del todo convencido de que mientras oía la explicación tenía entre las manos, que le temblaban, una copa de licor oscuro y fuerte con muchos hielos. Eran ese tipo de detalles que le hacía dudar de la realidad de todo lo sucedido.
-Sí. De vez en cuando he tenido que ir por trabajo. También he estado de vacaciones; pero siempre llueve.
-Yo te hablo del viaje. ¿Has ido en coche, por caminos secundarios, oliendo poco a poco cómo se acerca el mar y las montañas?
-No, no lo he hecho nunca. Suelo viajar en tren o en avión.
Amancio lo miró como decepcionado.
-Pues es una pena. Es un viaje bonito.
-La madre de Rubén era de un pueblo del norte.
Ni siquiera lo escuchó, y continuó hablando de la noche en que abandonó realmente aquella otra ciudad del interior.
-Yo ya tenía la mosca detrás de la oreja desde hacía tiempo. Había cambiado el alcalde de la ciudad hacía un par de años, y tenía la intención de limpiar la ciudad entera, de lavarla la cara por el tema del turismo y por las subvenciones oficiales y todo ese tipo de cosa que les preocupan a los políticos. Estaban controlando el mercado, es decir, todo mercado que ellos no consideraran legal o que no dejase una parte en sus manos. Habían tirado los poblados de las afueras, pusieron más policías vigilando los polígonos por las noches, cerraron cuatro o cinco bares donde más se vendía. Incluso habían encarcelado a unos cuantos traficantes de poca monta. Todo era solamente de cara a la galería, como demostrando a sus gerifaltes que hacían las cosas bien; era mentira, pero de todas las maneras fastidiaban el negocio. Vi que las cosas se iban poniendo cada vez peores y me hice amigo de un policía vicioso. Lo ideal hubiese sido un juez, pero son menos y más caros de contentar. En cambio un jefecillo de policía local gana muy poco, y si le pones cara de asustado, les regalas unos gramillos o unas pastillas y se sienten como dios. Luego es muy fácil sacarles cualquier cosa que necesites saber.
Pensé que íbamos a poder aguantar un año más o algo así. Pero al morir ese chico, Rubén, todo se aceleró (Miguel tomó nota cuidadosamente de que había recordado él solo el nombre de Rubén; empezaba a tener claro que intentaba representar un papel ante él). Fui el primero en sorprenderme, pero estaba prevenido. Me acuerdo que aquella tarde vino a buscarme a mi casa Rubén, estaba mal. Muy mal. Hacía unas semanas, o así, que no lo veía. Me habían dicho que estaba intentando dejarlo, salir de la mierda, pero un chaval tan joven nunca puede. Estaba como casi todos como él que conocía, cansados, asqueados de la vida que tenían, de los problemas, de no tener dinero, de todo. Las personas suelen tener buena intención cuando intentan ayudar a estos muchachos; los llevan a las clínicas, a terapia, a todo ese rollo. Pero nunca funciona. Algo falla y siempre caen de nuevo. Yo creo que sé la razón, y no es prepotencia, solo es que conozco mi negocio. Si uno de esos chicos está hasta los cojones de su vida y se mete lo primero que puede para olvidar, para salir del fondo, aunque sea solo un par de horas. Y es una putada, porque todas esas cosas acaban jodiéndote, pero bien, del todo, hay que tener mucho cuidado. Se lo puedes avisar, pero nunca te hacen caso, porque lo que quieren es precisamente eso, joderse la vida y pasar de todo para siempre.
Y, entonces viene un ángel de la guardia que le dice, eso es caca. Se acabó, ahora tendrás una segunda oportunidad. Y ellos, que son jóvenes, se lo creen todo. Porque están deseando creer a alguien. Y se limpian, y juran por los niños que piensan que van a tener un día, que esa vida se acabó. Pero después de un tiempo vuelven a su rutina de antes y ven que continua siendo un pozo de mierda sin fondo. Y es pero ahora que antes, pues les hicieron imaginar que podían tener un futuro mejor, al que no tienen ninguna posibilidad de llegar. Ven que lo único que no los engaña es lo que gente como nosotros les vendemos. La felicidad un ratito, y el infierno después; pero lo saben, por eso vuelven porque es lo único verdadero que conocen. Pero ahora ya no tienen límite y se pegan el batacazo.
Yo vi a Rubén así esa tarde. Pensé para mi que mejor que venderle algo le podía regalar una cuerda y decirle un árbol en un sitio tranquilo para colgarse; porque era lo que estaba buscando pero no se atrevía. Eso es lo malo, que los vuelve cobardes. Pero me fui a lo fácil y a lo rentable, le di algo que tenía en mal estado y otro me lo hubiera tirado a la cara. La gente del norte a la que compraba a veces te obliga a llevarte cosas así, es parte del negocio y luego te toca colocarlo a ti. De cualquier manera Rubén se fue contento. Sabía que le iba a sentar mal, pero nunca piensas que un chaval de ventitantos tenga tan poco aguante… Bueno, no sé. El caso fue que solo me enteré de que había muerto cuando me avisó un amigo policía de que iban a por nosotros. Decía que había la idea general de que nosotros nos habíamos pasado de la raya. Que la gente del ayuntamiento estaba muy cansada de todos los que eran como nosotros; la misma historia de siempre, luego cuando necesitan algo para una fiesta a ver a quien llaman. Pero parecía que iba en serio; otra veces había pasado algo parecido, pero en ese momento nos habló muy serio; había que desaparecer inmediatamente, e irse lejos una buena temporada.
No había mucho más que pensar, cogimos un coche y nos marchamos al momento a la ciudad del norte (sí, de donde es Lucía. Antes de que lo preguntes te lo digo). Era el mejor lugar donde podíamos escondernos y sabía allí de gente que incluso nos podía ayudar. Yo era consciente de que si nos cogían nos lo tendríamos merecido del todo, pero nunca he pisado una cárcel y no tengo la intención de hacerlo. La mierda estaba mal y yo la había vendido, pero no tenía por qué comerme yo solo el marrón. Que una cosa es vender y otra que te cuelguen un asesinato. Te lo digo en serio, no estoy hecho para una cárcel. Llevo viviendo ya unos meses en esta casa tan bonita y si no salgo todos los días a la calle y de vez en cuando cambio de ambiente me hundo. No puedo estar años entre las mismas cuatro paredes. Aunque tengo comprobado que no se puede escapar del destino de uno. Me escapé por un problemilla y un asesinato en segundo grado; y ahora tengo otro más en primero. Demasiados muertos ya en las espaldas.
-Dos no son demasiados. – Se atrevió a interrumpir Miguel. Era la primera vez que lo hacía, pues no quería que se cegase esa fuente que había empezado a manar repentinamente, pero la tentación fue demasiado fuerte. Le había sorprendido inocentemente que Amancio declarase abiertamente que había matado al menos a alguien más; eso a parte de una insinuación entre líneas que le estremeció todo el cuerpo con un sudor frío. Quiso beber algo, pero no tenía ni vaso, ni la mesita auxiliar estaba en el lugar que creía recordar que estaba cuando empezó a hablar Amancio. Posiblemente ocurrió en un día distinto. La sensación era la misma, el mismo temblor, la misma sorpresa, pero debió de ocurrirle lo mismo en dos jornadas diferentes. Era extraño que Amancio hablara, pero al menos debió de hacerlo en dos o tres ocasiones; la mesa era un elemento del decorado que raramente faltaba, y era la prueba de que los hechos se habían desarrollado así. Pero, en cambio recordaba fotográficamente que cuando Amancio volvió a hablar la pequeña mesa estaba nuevamente en su ubicación habitual con una jarra de sangría en una bandeja junto a dos limones y un gran cuchillo para cortarlos en gajos.
-Me olvido de que conoces muy pocas cosas.
-¿Por qué siempre hablas en singular? ¿No pasó nada de todo eso estando tú y tu hermano?
Era mentira, acostumbraba a usar el plural al hablar de casi todo, pero no era consciente. Se sonrojó cuando Miguel le hizo ese comentario.
Miguel sabía que se arriesgaba con eso. Amancio podía cerrarse en banda, podía callar durante días incluso; pero había llegado el momento en el que mostró debilidad. De lo contrario nunca hubiese hablado tanto. Y era algo que tenía obligación de hacer si quería llegar hasta el final. Pero no obtuvo ningún resultado, Amancio continuó su relato por el punto desde donde consideró que lo había dejado tras una digresión sin importancia. Hizo como si se hubiese equivocado de camino, y en lugar de avanzar hacia una posible salida, había vuelto al lugar en el que se sentía seguro y había retomado el rumbo correcto desde él.
-Hablé con un amigo. Amigo es una exageración, no es muy acertado. Pero, en cierta forma, en este mundo tendemos a considerarnos amigos. Si no existe un mínimo de confianza es imposible hacer algo. Luego puede haber problemas, te pueden engañar, y tú engañas siempre que puedes; pero siempre se retoma todo desde de la confianza. De otra forma no puedo imaginar cómo funcionaría esto. A tiros, supongo.
Así, se puede decir que abusé un poco de esta persona (No voy a decir su nombre. No te interesa. Lo llamaré solo el padre de Lucía). Te aseguró que no quise en ningún momento llegar hasta donde acabó todo, pero al final pasó. Fue algo inevitable, creo yo.
Tal vez si no lo hubiera mentido se podía haber salvado, pero necesitaba un lugar seguro y tranquilo, y si le hubiese contado todo lo que me proponía se hubiese negado. Ni yo mismo lo habría aceptado si hubiera accedido a algo así; me habría hecho dudar si estaba loco por arriesgar su vida. Nadie está tan mal de la cabeza como para meter un palo en un avispero que está junto a su casa.
Pero lo importante era entrar, y luego ya se vería cómo se podía enredarlo en el problema.
-¿Y Lucía?
Amancio no en tendió que Miguel se refería en ese momento a ella porque acababa de coger una silla y se había sentado también en el patio. Estaba lo suficientemente alejada para dejar intimidad a los dos hombres que conversaban, pero era obvio que no tenía que esforzarse para escuchar sin dificultad. Miguel pensó que no continuaría hablando con ella delante, pero sorpresivamente lo hizo. Pero al girarse, Miguel, hacia ella comprobó que no estaba donde la acababa de ver. Debió de ser un día diferente.
-¿Lucía qué? – Preguntó Amancio.
-No te importó complicar al padre de Lucía (te sigo la corriente, por si no te has dado cuenta sé lo que quieres), estando Lucía por medio.
-¿En medio de qué?
-De todo esto que me cuentas, claro.
-Ella no tiene nada que ver con ello.
-Pero…
-Ella no tiene nada que ver.
Y siguió hablando.
-Las cosas tenían que salir mal por cojones. Ya te he dicho en algún momento que todo parecía inevitable. Aguanté el tiempo justo ante de empezar a mover hilos para hablar con Negrín.
-¡Negrín! – Casi lo gritó; no, realmente lo gritó.
Pudo haber sido por el alarido repentino de Miguel o porque se había dado cuenta que había pronunciado un nombre que mejor hubiera estado oculto. Más bien lo segundo que lo primero, como estaba cortando un limón en gajos mientras hablaba el cuchillo se le resbaló y lo hundió en la carne del dedo gordo de su mano. Era un corte profundo, no tenía mal aspecto porque la hoja era grande y afilada, y empezó a gotear sangre escandalosamente.
Al oír el escándalo Lucía apareció, según parecía recordar, de la cocina. Se acercó algo preocupada a Amancio con la misma expresión que podría tener una madre al descubrir que su hijo se había hecho daño mientras jugaba, cabezudamente, lejos de su supervisión. Amancio no se preocupó ni mínimamente por su presencia en el patio y desapareció entre uno de los arcos que conducían al cuarto de baño para cortar la hemorragia y curar la herida.
Miguel se quedó mirando el vaso vacío que sostenía entre sus manos, sobre su regazo. Se sentía un poco responsable del pequeño accidente; pero lo que más lamentaba era que seguramente por ese día no lograría nada más de Amancio. La mención del nombre de Negrín había sido un descuido y no volvería a suceder en mucho tiempo. Tiempo real, al menos. Miguel conocía a ese Negrín. Siempre podía equivocarse, pero si por algo era conocida la costa norte del país era por el magnate Negrín. El típico hombre hecho a sí mismo. Empezó de la miseria más absoluta y medró hasta límites inimaginables con medios siempre dudosos. Era un clásico en los noticieros nacionales y un habitual de los tribunales que siempre se salvaba de la cárcel mediante tácticas poco claras. Era alguien demasiado importante como para surgir su nombre en una conversación con alguien como Amancio Conde. Era un hombre que no aparecía nunca tan directamente implicado en un asunto feo como la muerte de un joven. Fuera cual fuese la conexión entre Negrín y Amancio Conde, este último había cometido una equivocación my grave.
-¿En qué piensas tan serio?
Repentinamente tenía sentada enfrente de si a Lucía. Amancio no había regresado de curarse y ella debía de haber pensado que no estaba bien dejar solo a su invitado. Estaba tan enfrascado en sus pensamientos que no había notado que había ocupado el asiento dejado por su pareja y que le llevaba mirando fijamente desde hacía unos minutos.
-¿Qué? ¡Ah, estás ahí! Perdona, ¿qué decías?
-Los médicos siempre en las nubes. ¿En qué hospital trabajas?
-No es un hospital exactamente. Y, bueno, en realidad yo no soy… – Trató, más tarde pensó que solamente trató de explicarlo.
-¿Qué haces sentada aquí? Anda y vete a la cocina a preparar algo para comer. Yo tengo hambre y nuestro invitado tiene cara de lo mismo. Porque, ¿te quedarás a comer, verdad?
Miguel no pretendía, para nada en absoluto, crear una intimidad o un vínculo con la pareja. Sistemáticamente rechazaba los invitaciones diarias que le hacía para compartir mesa y comida, pero un pequeño resorte profesional lo ayudaba a mantenerse a distancia. Salía a la calle con el pesar de siempre comer solo, que no casi ni comer; lamentaba prescindir de la presencia suave y agradable de Lucía. Incluso sentía como crecía en él cierta cercanía, rayana con amistad, hacía Amancio Conde. Con seguridad fundada en el trato continuado e íntimo, pero no por ello menos real.
Del mismo modo ese día, en ese momento posterior a que Amancio se cortase la yema del pulgar, recordaba nítidamente hacer rehusado dos veces la invitación hecha por Lucía, más llevada por la costumbre que por un sentimiento honesto de anfitriona. Estaba convencido de haberse resistido finalmente en el mismo umbral de la puerta. Pero, con sorpresa y algo de fascinación al repasar sus recuerdos una y mil veces, sabía que había compartido mesa con ellos ese día concreto. No conseguía descifrar entre el océano de imágenes de aquellas semanas si el dedo de Amancio aparecía vendado o no. Las ocasiones en las que forzaba su imaginación podía ver con claridad el vendaje tosco y precipitado en torno a su pulgar, pero estaba convencido de que su ansia se confabulaba con su imaginación para oscurecer a su memoria. Se sabia tan necesitado de dar un significado a todos los sucesos, de organizar unos recuerdos, de configurar una realidad en la que poder volver a sentirse seguro, que dudaba por precaución de todo recuerdo claro en exceso que no pudiera verificar mínimamente.
Tenía una sensación, no se atrevía más que a definirla como intuición de que en aquella comida Amancio Conde tenía el vendaje en el dedo. Lo sentía como un acto de fe, como una premonición, como una constancia de que el mundo no carecía de orden. Pero no podía, no quería estar seguro.
Fuera cual fuese, fue una comida extraña. Nebulosa, alcohólica, terrible e incruenta a la vez. Más en palabras, en pensamientos, que en hechos inocentes en torno a una mesa y nos platos llenos. Pero podía ser lo mismo, su cerebro que sufría por no poder encontrar un orden se afanaba en modificar sus recuerdos.
Lucía dispuso la mesa para comer en el mismo patio en el que conversaban. Se ausentó par terminar de preparar unos platos, cuyo aroma ya llenaba el aire, y aprovechándolo Amancio continuó sorpresivamente hablando de Negrín. Estaba tenso de forma visible, pero parecía que necesitaba contar algo. Necesitaba hablar, y no que alguien lo escuchara necesariamente.
-Por supuesto a Negrín no le importaba nada lo que nos pudiera llegar a pasar. Que nos culparan de la muerte de uno o de doce personas, ya fuera por lo que nos hubiera vendido o no, ya pudiese estar implicado de una forma o de ninguna. A alguien como él no le importa nada; tiene el dinero y el poder suficientes para atender solamente a lo que le interesa. Y gracias al padre de Lucía o a nosotros concretamente, se molestó en vernos en dos ocasiones. A mi con eso me bastaba, la mínima posibilidad de caer en gracia a Negrín era mas que suficiente.
Fue muy amable con nosotros. Yo creo que hasta casi estuvo complaciente, dentro de su dignidad y su altura. No pienso ni como posibilidad ahora que de no haberse torcido todo hubiésemos podido lograr alguna ayuda por su parte. Pero siempre quedará esa duda. Pedro lo tuvo claro, pensaba que la calle llegaba hasta los suelos de mármol de Negrín y lo trató como acostumbraba a hacerlo con todo el mundo. Quizás debí decirle algo, ponerle la mano sobre el hombro para que se calmase; pero al final no lo hice. Creo que es igual.
-Has hablado de tu hermano.
-¿Es una pregunta?
-No. No lo es, sé que se llama Pedro. ¿Por qué no hablas de él? Y, sí, ahora es una pregunta. – Miguel habló con autoridad, dejando claras las líneas que ya se habían sobrepasado y las que restaban por superar. Lo hizo porque Amancio estaba cada vez más nervioso, cada vez más serio, cada vez más disgustado; era el mejor momento que tenía para poner otra pica. No le importaba especialmente el asunto de la desaparición y el olvido del menor de los Conde, pero sí aguijoneaba mucho su curiosidad. Además suponía que podía tener alguna importancia en todo.
-No hablo porque ya no tengo hermano.
-¿Por qué?
-Te diré solo lo que ya te he dicho. Mi hermano no sabía comportarse, no sabía dónde están los límites. A fin de cuentas fue él quien quiso matar al hijo de Negrín, a mi me daba lo mismo, solo quería que no pensara de nosotros que se nos podía pasar mal, que fuéramos unos mierdas. Si secuestramos a su hijo fue porque no nos echara a los perros.
Siguieron hablando mientras comían. Lucía se ausentaba de la mesa casi de continuo, no estaba claro sí era porque no quería inmiscuirse en los asuntos de Amancio o era por miedo. Miguel lo vio como un comportamiento sensato, él mismo sintió miedo, una regnancia, y sobre todo un asco terrible al escuchar todas las minuciosas descripciones de Amancio.
-No era ninguna posibilidad que hubiéramos pensado antes. – Comenzó como tratando de justificarse, intentando exculparse de algo que parecía que iba a ser terrible. Miguel pensó, aunque quizás lo había empezado a pensar semanas atrás, que había buscado meterse en esa especie de sótanos oscuros y húmedos, que eran la cabeza de Amancio Conde, solo para encontrar los pasillos y las grietas que llevaban hasta el cadáver de un muchacho que se había convertido definitivamente en un lastre para su propia vida. En lugar de olvidar todas esas cosas tan desagradables para la gente en general, descubría ahora por un corredor casi destruido por un olvido voluntario, sucesos que se anunciaban infinitamente más crueles. Muchas noches, meses atrás, Miguel se repetía incesantemente en sus momentos más profundos de angustia que no era bueno que los vivos estuvieran pegados a los muertos. No le funcionaba casi nunca; pero ni entonces, ni en ese momento dudó de la verdad del enunciado. Ahora, sin embargo, parecía abocado sin remedio a continuar pegado a su propio muerto, y de paso encontrarse con algunos otros más que no sabía si podría olvidar alguna vez. –La verdad es que tampoco nos detuvimos mucho a pensar en ello. Era algo que se podía hacer, y se hizo. Es mejor que quedarse quieto ¿no? Lo que ocurrió fue que una vez que secuestramos al hijo de Negrín…
-¿Cómo se llamaba?
-¿Quién?
-El hijo de Negrín.
-No me acuerdo, ¿importa?
-No. Continua.
-Pues, eso, que una vez que lo habíamos cogido ya no sabíamos muy bien qué hacer. Nos entro miedo. Parecía, desde fuera, que secuestrarlo y luego presionar a su padre sería de lo más sencillo, pero enseguida se vio que no era tan fácil. El padre de Lucía fue el primero que lo puso difícil. Solo con ver cómo nos miraba supe que no podría fiarme de él. No me gusta la gente que se asusta de repente, que ahora sí, y después no. No entiendo por qué no se asume con lo que se dice; la palabra se da hasta el final o no se da. Creo que no es nada complicado. Yo no maté al hijo de Negrín, por ejemplo, sí que le di un par de patadas y eso, quizás sí que lo rematé cuando ya estaba mal, pero no lo maté. Fue Pedro. Pero si se me piden responsabilidades por ello soy tan culpable como él. Si Negrín me coge, que no me cogerá, tendrá toda la razón en decirme que yo lo maté igualmente. Porque lo mismo estaba yo que mi hermano en aquella habitación sucia que no tenía ventanas, mientras veía como se moría reventado ese chico que no era ni un hombre ya, ni nada. Era una habitación curiosa esa de la casa del padre de Lucía. Es raro que un cuarto no tenga una ventana, aunque sea pequeña; pero esa era así a propósito.
En ella se podía esconder algo o alguien. Y estaba rodeada por el resto de las habitaciones, así que no se oía nada afuera de lo que pasase dentro.
Yo creo que fue por eso por lo que Pedro se envalentonó. Una cosa es dar una paliza en un callejón, ocho o diez patadas y salir corriendo antes de que nadie avise a la policía, dejando la lección aprendida. Para poco más que eso tenía valor Pedro, yo lo sé. Pero sabía que nadie escucharía lo que pasase en aquella habitación y se creció; y se le fue la mano. Se pasó de largo el punto crítico, como los cobardes. Fue algo asqueroso.
El lugar de por si era desagradable. Tenía un techo bajo y amarillo de años de suciedad y humedades; las paredes tenían un papel pintado, o algo parecido, pero que no tenía ningún dibujo, o las manchas generalizadas lo tapaban del todo. El suelo era irregular y de cemento, con colchones y mantas y trapos sucios. Una persona normal de solo entrar dentro y quedarse con la puerta cerrada le entrarían ganas de vomitar al momento, y aunque lo hiciera dentro el aspecto no sería mucho peor en conjunto.
Aún así Pedro consiguió destrozar de tal manera al hijo de Negrín que lo único que se podría haber hecho con la habitación era quemarla. De hecho creo que fue lo que pasó; pero no quiero adelantarme.
Cuando se cansó de golpearlo aún no estaba muerto. No podría aguantar ni tres horas más, pero era joven y su cuerpo roto todavía lograba sobrevivir. Estaba reventado por dentro. Puedes pensar que lo asqueroso, lo realmente repugnante, hubiese sido dejar la habitación repleta de restos de carne desperdigada; pero yo estuve allí y creo que aquello fue mucho peor. Las paredes tenían manchas de un rojo violento, la sangre se había coagulado junto con cabello y restos de piel despegada. Porque no solo había usado los puños y las piernas, sino que cuando se cansaba lo arrojaba contra las paredes. Estas, debajo del papel, estaban forradas de tablones que con los golpes se astillaban y producían heridas profundas y desgarrones en la carne del muchacho. Luego, al final, cuando ya no podía ponerse en pie se acurrucó en un rincón, y allí lo remató a base de patadas.
Fue cuando creo que le reventó los órganos y empezó a vomitar sangre, bilis y un líquido oscuro y espeso; yo pienso que eran sus propias heces. Fue horrible, pero ya no se podía hacer nada, no teníamos que haber llegado hasta allí. Pero Negrín, tras el secuestro, no se le pasó por la cabeza negociar, simplemente quería matarnos a todos.
No nos preocupamos en hacer nada con el cuerpo, o lo que fuera ya, tan solo salimos corriendo de allí cada uno por su lado. Desde ese momento no tengo hermano. Espero que de ahora en adelante lo comprendas.
-Lo entiendo, pero ¿por qué no evitaste que tu hermano hiciera sufrir al hijo de Negrín? Podíais… – Después de una pausa diría palabras que cambiarían su forma de entender la vida; lo transformarían para siempre hasta su muerte. De hecho los acontecimientos que sucederían solo tenían sentido y origen en esta frase. Unas palabras que lo alejaban definitivamente de la ciencias que se ocupaban del ser humano, para crear algo que no sospechaba que existiera en él. –Podíais haberle pegado un tiro sin más. Lo matabais y punto, hubieseis evitado tanto dolor y tanto asco. – ¿Ahora donde estaba ese Miguel que suplicaba mientras oía hablar a Amancio que volviera el tiempo atrás y que no muriera el hijo de Negrín?
-Eso fue todo asunto de él (de mi hermano), habíamos discutido y era su forma de vengarse de mi.
-Pero de cualquier manera podías haberle disparado tú al chico y haberlo zanjado todo.
-No era asunto mío. Además, ya te dije que daba igual, que Negrín nos quería todos muertos, que todo estaba inevitablemente escrito.
-¿Os ayudó a huir el padre de Lucía?
-Nos quería muertos a todos. – Repitió. –Y él estaba muy ocupado en salvarse a si mismo y a su familia.
-Eso es una cabronada.
-¿Qué?
Miguel parpadeó y ya no tuvo que contestar a la pregunta amenazante de Amancio Conde. Miró a su alrededor y la comida ya había acabado, era noche profunda en el mismo patio, pero en la mesa ya no había platos, solo estaba la jarra de limonada de siempre junto con la bandeja de limones.
Lucía la había dejado en la mesa antes de salir hacia la calle; aunque era un poco tarde para que ella hiciera eso, pero tal vez no. Al cruzar la puerta Miguel se giró, instintivamente movido por el sonido de los goznes, y vio la silueta menuda recortada sobre la superficie azul de la puerta. Cuando escuchó el golpe de la hoja al chocar contra el marco ya había dejado de mirar. Por ello no podía estar seguro del todo de que ella hubiese salido de la casa; con seguridad no podía ser de otra forma. Pero en momentos, como en saltos a través de diferentes días, la recordaba junto a Amancio, o sentada en un lateral del patio, o saliendo de alguna habitación. Aunque lo verdadero era que esa noche Lucía no estuvo en la casa durante el desarrollo de esa conversación concretamente. De haber estado allí Amancio Conde no habría hablado; de haber estado ella Miguel no habría reaccionado ante esas palabras. Eso era un hecho, una realidad, una concreción, del resto de recuerdos podía dudar, pero de eso no.
-Entonces tu hermano y tú os fuisteis por caminos diferentes y luego, de alguna manera, te reencontraste con Lucía. – Ahora Miguel hablaba con calma, el recuerdo de la ira de aquella tarde que dejó ver Amancio se había borrado. Ahora, de una forma inusual, la conversación había llegado hasta un campo especialmente espinoso, pero que se desarrollaba con naturalidad.
-No fue eso exactamente.
-¿Qué pasó entonces?
-Lucía se vino conmigo, y su familia se fue por otro lado.
-Pero, no lo entiendo Amancio. Tú a Lucía no la podías conocer de antes, es muy joven. La podrías haber conocido de niña; pero tampoco creo que se enamorara tan locamente de ti como para recordarte mientras crecía y más tarde irse contigo a la primera oportunidad. No te ofendas, pero no puedo creerme algo así.
-Lucía quiere estar conmigo.
-Sí, eso es verdad, yo te creo. No hay más que ver que está feliz y que te quiere. Pero, ¿cómo se fue contigo, dejando a su familia en peligro, cuando apenas habías podido tratarla un poco en los días escasos que estuviste en la ciudad del norte?
-Sí. Fueron pocos días, pero es muy bonita y la gustaba estar conmigo.
-La gustaba estar contigo. ¿Quieres decir que se sentía más segura a tu lado? Decidió evitar la huida junto a toda su familia, que a todas luces sería mucho más lenta y peligrosa para irse junto a ti. Vaya, es un pensamiento muy inteligente, muy calculado, muy frío; pensó en sobrevivir ella ante todo.
-No lo sé, puede que fuera algo así.
-Dime qué pasó Amancio. Sabes que Lucía no es de esa forma; es todo menos fría y cruel. Seguro que quiere mucho a sus padres y a sus hermanos.
-Yo sabía que un grupo de tantas personas no podría escapar, a los perros de Negrín les daría que fuese una familia entera. La orden era matar a cualquiera que tuviera relación con lo de su hijo. Sabía que los iban a matar a todos… pero Lucía.
-No le dijiste nada al padre de Lucía, no es cierto.
-No podía decirle a su padre que todos iban a estar muertos en menos de una hora.
-Entonces él qué decidió, encomendarte a su hija más querida cuando creía que se podía salvar igualmente con él.
-No.
-¿Os casasteis o algo así? ¡Porque yo ya no tengo ni puta idea de qué pasó para que esa chiquilla dulce acabase con un personaje como tú! Los mataste tú a todos, o qué.
-Se la compre.
-¿Qué?
-No podía aguantar que muriese, y se la compre a su padre. Era la primera mujer que me había cogido la mano por cariño, es que es tan difícil de entender que no quería que muriese.
-¡Pero podías haber tratado de salvar a toda la familia!
-Eso era imposible. Nos matarían, hubieran acabado con todos.
-Los padres de Lucía están muertos, pero ella no lo sabe ¿verdad?
-Toda su familia murió. Tirotearon su furgoneta y luego los prendieron fuego; salió por las noticias. No puedo decirla eso, ¿qué pensaría de mi?
-Eres un monstruo.
-La quiero.
-Da igual. Eres asqueroso, mucho más que tu hermano. Tú los metiste en ese problema, haberlo asumido y haber intentado ayudarlos; con dos cojones.
-Pero ahora estaríamos ella y yo muertos, es que no lo entiendes.
-Habrías muerto con dignidad.
-¿De qué le vale la dignidad a los muertos?
-De nada, pero a los vivos les sirve para mirarse al espejo sin vomitar.
-La salvé a ella. ¿Eso no es algo bueno?
-El día que Lucía sepa qué ha sido de toda su familia, no creo que te agradezca el haberla salvado.
-Lo hice por ella. – Amancio ya lloraba a mares, imploraba perdón como un niño. La angustia y la culpabilidad, tanto tiempo ocultadas, habían salido horriblemente a la superficie y lo habían transformado en un ser asqueroso; una amorfidad húmeda y moqueante que no merecía llamarse hombre.
-La vida tiene un valor. Todas, todas las personas son importantes.
Miguel se había levantado de la silla con la arrogancia y la tempestad de un dios clásico reclamando justicia. A sus pies veía la insignificancia llorosa de algo que se asemejaba a Amancio, y solo sintió un leve asco.
-Rubén también era una persona. Su vida también merecía respeto.
-¿Quién? ¿De quien hablas ahora? – Dijo confuso, entre confusos sollozos.
Miguel no lo soportó más, y una ira negra y resplandeciente lo cubrió por completo mientras cerraba sus dedos entorno al cuchillo que permanecía expectante en la bandeja de los limones. En medio de su ira recordó imágenes de cuadros antiguos en los que los sacerdotes sacrificaban corderos. Hombres temibles en su justicia que no dudaban, entre una aureola de barbas blancas y telas ondulantes. Cogió de los cabellos de la frente a Amancio, estiró con fuerza hacía atrás, mostrando hacia el cielo que se abría paso a través del patio un conjunto de carne, venas, arterias, tendones y conductos respiratorios cubiertos de una piel fina, oscura, sucia, con una barba áspera y negra como el pelo de una cabra. Colocó el filo enorme y manchado de restos de limón sobre el cuello, apretando con firmeza. Cerró los ojos con fuerza, volvió su cara también al cielo nocturno y abrió la carne; sintiendo como el metal se abría paso entre conductos y tejidos, deteniéndose solo cuando notó algo duro que creyó que era hueso.
Salió de la casa. Lucía no había vuelto todavía y la noche era oscura. Por fortuna no se había manchado de sangre. Esa misma noche cogió el primer autobús que lo llevaba de regreso a su ciudad. No temía por nada. Él había sido un traficante, un muerto de hambre, del que nadie se molestaría en pensar más que todo había sido un ajuste de cuentas. Y él, alguien que había llegado de lejos como en un sueño, nadie pensaría nada de él; es más, nadie lo recordaría allí. Solo Lucía, claro.
En el autobús pensó en cómo sería el tacto de su mano, de qué suavidad extrema estarían formadas las células de su piel, para que Amancio la hubiese amado.
19.
Miguel tuvo que dejar por un momento, con una excusa torpe e inexplicable, a sus compañeros de trabajo en mitad de la comida para ir apresurado hasta el aseo. El movimiento de sus piernas no denotaba ninguna sensación especial, tal vez solo fijándose a conciencia se le podían notar las extremidades inferiores un poco rígidas. Dando un aspecto casi marcial a su desplazamiento. Nadie reparó en ello, sobre todo porque no había ninguna razón especial para fijarse en él. Había pasado más de un año desde su reincorporación, después de pedir una baja voluntaria, porque simplemente no estaba bien. Todo el personal y compañeros de la clínica sabían que pasó algo que lo afectó de un modo brutal, delirante, casi terminal; pero cuando regresó parecía otra vez el mismo profesional de siempre. De vez en cuando, como en esta ocasión, desaparecía un par de horas, ante lo cual se actuaba con la saludable actitud de no inmiscuirse en los asuntos ajenos; tanto por lo privado como por lo desagradable de esas situaciones.
No era un comportamiento raro en él, tampoco lo era habitual. Era una pequeña anomalía, que la pequeña parte de la sociedad con la que convivía le permitía sin preguntas. Y Miguel, con un sentido casi mágico recurría siempre a los aseos del bar restaurante cercano a la clínica en el que siempre comían.
Nadie hablaba de ello, pero todo el mundo compartía íntimamente una misma opinión. Los coletazos de su dolencia aparecían de vez en cuando y Miguel se veía obligado a aislarse. Pensaban que se ocultaba para pasar un ataque de pánico, de ansiedad; que lloraba a moco tendido, mordiéndose los nudillos para no gritar de desesperación, o golpeaba con furia las paredes de azulejos blancos y agrietados. Tenían formada una imagen muy tópica de lo que suponían le podía pasar a alguien de su carácter. Aunque no se acercaban a lo verdadero, pues Miguel, en esas ocasiones concretas, solo buscaba estar solo y pensar en el pasado. Porque a veces la realidad le mostraba retazos confusos para él, imágenes comunes como un limón cortado por la mitad o una tarde luminosa que súbitamente se transformaba en una noche cerrada por capricho de unas nubes oscuras y nutridas, dando la impresión de que el paso normal de las horas se aceleraba. Detalles, en fin, que a él le producían una sensación de duda, de confusión, y sufrían la necesidad imperiosa de aislarse para tratar de ordenar el conjunto de sus recuerdos sobre un pasado concreto que no tenía para nada claro. Pero en definitiva se sentía bien. Sabía que había matado a un hombre, a un ser humano despreciable y horrible, pero no por eso menos culpable de su muerte. Ese era el punto de apoyo en el que se basaba ciertamente su mejoría, su estabilidad actual, lo que le permitía vivir satisfactoriamente su vida. Sabía que su culpa era punible, sabía que en el caso improbable de que su nombre y apellidos se mezclasen en una investigación, lejana y poco importante, no tendría nada que temer; eso no le hacía sentir ni bien ni mal, ni tranquilo ni asustado. Era culpable, pero ahora las cosas estaban bien como estaban; un muerto no resucita a otro, pero era lo único que pudo hacer por no volverse loco, por desterrar al olvido y al reposo un espíritu que no lo dejaba vivir. Era eso lo que le ocurría.
Nadie lo sabía, pero tampoco parecía importarles, con tal que su trabajo fuera eficiente y su trato amable. Ella, sí lo sabía. Al fin y al cabo fue su mujer quien le regaló aquel cuaderno en blanco en el que él debía dibujar el mapa para salir de donde estaba, de devolvérselo abarrotado de su caligrafía prieta para que supiera de todos los lugares por los que había pasado hasta volver a ella. Fue un proceso muy complicado, lógicamente se asustó, en esas páginas su marido acababa siendo un asesino, pero luego lo miraba y lo descubría feliz, tranquilo y lleno de amor. Fue un asesino, sí, pero más simbólico que real. Si la sangre llegó a brotar de una garganta fue por puro accidente. En realidad no era un muerto más, sino un muerto menos sobre la conciencia de Miguel.
También con ella Miguel sufría esas pequeñas crisis. Todo sucedía de una forma más cercana, más íntima. En una ocasión cualquiera, sobre todo los primeros días después de su vuelta a casa, como un espectro abandonado, Miguel no podía ni tratar de explicar con palabras el cataclismo interno que le producía cualquier objeto anodino; llevándolo a salir corriendo a esconderse en una habitación vacía, en el baño, incluso una vez tuvo que recurrir a la cabina del ascensor de la casa. Luego, conforme pasaban los días, según Miguel se reconciliaba con la vida normal y con las costumbres y pequeños placeres de su vida en pareja, la situación se fue controlando. Poco a poco fue capaz de someter a su voluntad el abismo que veía acercarse para, al menos, poder decir relativamente tranquilo que tenía que estar un momento solo, o más eufemísticamente que tenía que salir a dar un paseo. Finalmente el mecanismo perfecto de una pareja que conoce perfectamente donde son dos y donde es uno solo, que sabe anticiparse a las palabras a través de los gestos; ese tipo de cosas que hacen verdaderamente hermoso el hecho de vivir con la persona amada. Cosas absolutamente importantes, precisamente por su insignificancia formal. Ella adivinó al momento sus pensamientos, por complicidad y por la necesidad que tenía de que volviera a estar bien, que volviera a ser el hombre que había amado.
Ya, más o menos, en el punto en el que e hablaba de esa comida con los compañeros de trabajo en la que tuvo que ausentarse de la misma forma, aunque no por el mismo motivo, que al inicio de la narración, ya ella y Miguel habían recuperado e incluso superado los territorios perdidos y deteriorados de su amor. Cuando estaba con ella no era lo mismo para Miguel que cuando estaba con extraños. Podían estar hablando, tomando un café, leyendo el periódico, viendo una película, o haciendo alguna de esas cosas que se hacen usualmente entre dos, y ya no hacía falta que Miguel dijera algo; tampoco era necesario que ella se diera por enterada y lo dejase solo durante un tiempo. Simplemente él se encerraba permeablemente en sus recuerdos, sin abandonar lo que hacía, a lo que sin equivocarse ella respondía cogiéndole la mano o pasándole el brazo por la espalda o la cintura. O cuando tenía algo más grande le pasaba sutilmente la punta de sus dedos suaves y sinceros sobre los párpados para que Miguel cerrara los ojos un segundo o dos. Como dándole un empujón para que él siguiera avanzando.
El tiempo que Miguel necesitaba para estar solo cada vez era menor. Y en la ocasión concreta, durante el almuerzo con sus compañeros, no se entretuvo demasiado rato y todavía pudo acompañarlos en los postres. Era simplemente una excentricidad aceptable.
Tranquilamente retornaron todos juntos a sus despachos y consultas. Miguel procuraba no cargarse en exceso de tareas y pacientes complicados y salía temprano hacia su casa donde sabía que ella lo esperaba.
Tenían planes; planes gratos y líquidos, pero se truncaron las expectativas de Miguel al enfrentarse a la cara de ella; que deseaba sonriente y la encontró seria y solemne.
-¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
Ella no reaccionaba, estaba sentada en una silla, las manos sobre el regazo, los codos contra los costados, la espalda algo encorvada y adelantada, la mirada fija en un punto sin importancia de la habitación. Miguel temía una mala noticia, podía haber muerto algún familiar, u otro suceso trágico similar, de esos que cambian el horizonte de toda una vida. Con cuidado, y sobre todo con miedo dejó la chaqueta que tenía en la mano sobre el respaldo de una silla, y silencioso y leve se acercó hasta ella. Primero le puso la mano ingrávida sobre un hombro, que notó tenso, casi a punto de rasgarse. Al comprobar que no reaccionaba, pero que tampoco se asustaba de su contacto continuó acercándose más. Se acuclilló delante de ella tratando que su cabeza quedara dentro del campo de su mirada perdida. En brillo supo que ella ya se encontraba mejor al saberle cerca, así que optó finalmente por coger sus manos agarrotadas entre las suyas, que se habían enfriado rápidamente.
-¿Cómo se llamaba la chica?
Era una pregunta que no estaba relacionada con nada. En los últimos días no habían hablado de ninguna chica en concreto; y menos aún de una que le hubiese producido a ella una reacción tan violenta. Durante un segundo, realmente mucho menos todavía pero es una manera de nombrar los espacios de tiempo insignificantes, pensó que de algún modo había imaginado o alguien la había confundido diciéndola que su marido la engañaba con otra mujer. Pero era ridículo, insignificante; solo había una chica que pudiese asustarla a ella de tal modo.
-Lucía, se llama Lucía. ¿Qué ha pasado?
-Ha estado aquí. La mujer del hombre que mataste ha venido aquí y me ha preguntado por ti. Yo le he dicho que se había equivocado y, entonces ella me miró de una forma que…
-¡¿Qué?!
-¿Qué va a pasar ahora Miguel? Va a encontrarte, te denunciará a la policía y te meterán en la cárcel. Dios mío, cómo podré vivir sin ti, amor mío. Esto es una pesadilla, creía que todo había acabado, y ahora vuelve de nuevo.
-Tranquila, por favor, tranquila. No va a pasar nada. Toma, bebe un poco de agua y acuéstate un rato.
-¿Cómo puedes estar tan seguro? Tengo mucho miedo Miguel.
-Lucía no puede saber nada. No sé que hace ahora aquí, pero no sabe nada.
-Pero…
Entonces sonó el teléfono. Y fue como si la casa entera hubiese estallado, como si de la boca de ella hubiese surgido una onda expansiva que hubiera hecho tambalearse al mundo y a la realidad. Miguel perdió el equilibrio y rodó por el suelo, derramando el agua del vaso que la había ofrecido. Sin recomponerse corrió a descolgar el aparato. Era de la clínica, pero no parecía una urgencia.
Ella vivía solo para oír la parte de la conversación que salía de la boca de Miguel.
-.. una muchacha con un niño pequeño?
-…
-Espera, pregúntala cómo se llama… Sí, espero.
-Lucía, claro… No, no pasa nada; la esperaba. Dila que en un rato estoy allí.
Después de colgar el auricular corrió nuevamente hacia ella.
-Carió, ¿vino con un niño pequeño, una criatura?
-No.
-¿Estás segura?
-Claro. ¿Qué pasa?
-Nada, estate tranquila.
-Lo dices por decir.
-No, en serio. No va a pasar nada, créeme.
-…
-Me crees, ¿verdad?
Miguel salió hacia la calle, se dejó la chaqueta, pero se llevó la respuesta como una esperanza anémica.
Afortunadamente la situación le favorecía. Sin haber sido consultado para ello alguien consideró que lo más normal sería que aquella muchacha delgada, con una criatura escurriéndosele de los brazos, sería una paciente de Miguel. Consecuentemente decidió que debería esperarlo en la sala previa a su despacho, que tenía las típicas sillas incómodas y la mesa baja con revistas y publicaciones atrasadas. Pero al fijarse en la figura minúscula e inquieta, que no paraba de agitar sus pequeños bracitos como con la intención de apresar el entorno con el tacto, ya que sus tiernos ojos no le eran de mucha fiabilidad, y la madre aguantándolo como una silla blanda y cansada que no era suficiente apoyo, se acercó a proponerla un lugar más confortable para le breve espera.
-Señorita, puede pasar dentro si quiere. En el despacho estará más cómoda hasta que llegue Miguel.
-Muchas gracias. Pero, ¿y mi niño? No tiene que estar dentro cuando yo hable con él.
-No creo que le suponga un problema.
-No lo sé. No estoy muy segura. Prefiero quedarme aquí.
La persona que la atendía la dejó hacer a su modo con una sonrisa de cortesía y se dio la vuelta hacia su puesto en la recepción. Pero apenas un par de pasos después se le ocurrió que ni la recordaba como paciente, ni lo parecía; bien podía ser un familiar, o una amiga o algo más por el pudor con el que trataba al pequeño. Al fin y al cabo Miguel había estado ausente una buena temporada y por el tamaño del niño las cuentas podían salir claras. En cualquier caso no estaba de más ser un poco más amable.
-Hagamos una cosa. Usted pasa igual, y luego llamo a una enfermera para que cuide al niño mientras están hablando. ¿Le parece bien?
-Bueno, está bien.
Cuando al final llegó Miguel Lucía lo esperaba sola en su despacho. Lo pensó un momento y al fin y al cabo era como si hablase con una paciente cualquiera. Era su despacho, allí estaban sus papeles, sus historiales, su ordenador; si miraba por la ventana vería el jardín de siempre. Lucía sería la que se sentiría incómoda, y eso era una pequeña ventaja para él. Un consultorio siempre impone un poco. Aún así el que tenía que pronunciar la primera palabra era él, lo intentó pero no le salió muy bien.
-¿Lucía?
-Así que trabajas aquí. Por eso decía que no eras médico exactamente, claro. ¿Y qué haces?
-Soy psicólogo.
-Ah… He conocido a tu mujer, ¿sabes? Es muy guapa, pero se asustó y me dijo que no vivías allí. Yo creo que piensa que estamos liados. – Esto último lo dijo en un susurro, pero con una mueca graciosa, divertida de la situación.
-No, solo está un poco nerviosa. Pero, tú ¿cómo estás?
-Bueno, ya has visto antes al niño cuando se lo ha llevado la enfermera. Es mío.
-Pero, ¿cuándo?
-Justo aquel día que te pregunté si eras médico fui a hacerme una prueba de embarazo. Tiene casi medio año.
-En serio, está muy pequeñito. ¿Está bien?
-Sí, creo; pero no lo hemos pasado muy bien. Hubo problemas cuando… cuando mataron a su padre, a Amancio. ¿Lo sabes verdad?
-… sí.
-Fui a buscarte, pero no estabas. Me dijeron que te habías ido esa misma noche. ¿Qué pasó? ¿Cómo te enteraste?
Miguel luchó contra si mismo tratando de decir la verdad, o intentando mentir; o al menos decir algo, abrir la boca. Pero no podía, no podía más con esa historia. Sudaba y temblaba como un moribundo. Pero al parecer Lucía tenía su propia idea sobre lo que había pasado con el asesino del padre de su hijo.
-Te debiste asustar con todo el alboroto. Me encontré a ese hombre intentando salir corriendo de nuestra casa, todo lleno de sangre, y me puse a chillar como una loca. Salieron los vecinos y lo agarraron hasta que llegó la policía. A mi no me dejaron entrar en la casa, pero me lo contaron, y me desmayé. Estuve tres días en coma por el susto. Cuando salí ya no tenía ni casa, ni hombre ni nada. Al parecer era un matón de Negrín. Tenían cuentas con Amancio y lo mataron. Amancio no era un santo, tú ya sabías a que se dedicaba, pero no hacía ningún daño a nadie ¿no? Pero yo me quedé sin nada, un juez dijo algo y precintaron la casa. También me hicieron alguna preguntas, pero yo no sabía nada, y estaba embarazada y traumatizada. Me dejaron irme. ¿Cómo si tuviera donde? Amancio estaba muerto, mis padres también. ¿Sabías que Negrín mató a mi familia? – Miguel hizo un gesto vago y Lucía siguió hablando, triste pero serena. –La cosa es que me puse mala y me metieron en un hospital con una monjas hasta que nació el niño. Pero estaba muy triste y el niño no crecía; ya le has visto, si parece un gatito. Hace un par de días que me fui, ella no querían pero no podían conmigo las pobres. Les dije que me iba a casa de un primo. Tú no eres mi primo, pero un día Amancio me dio un papel con tu nombre, tus señas, tu trabajo, todo. Por si un día hace falta que lo encuentres, me dijo. No sé por qué, pero temía algo… Y tuvo razón, solo te conozco a ti en todo el mundo. No te pido ayuda, ni caridad; no te asustes. Pero no tengo a quien acudir, aunque solo sea para hablar. ¿Me escucharás, por favor?
-Claro.
Miguel no podía decir nada más. Había callado cuando podía hablar y ya no hablaría nunca más sobre la muerte de Amancio Conde. Su corazón palpitaba desbocado y sudaba como atacado por unas fiebres, pero lo aguantaría.
-¿Cómo se llama el niño?
-Rubén. Te gusta, ¿verdad? Siempre hablabas con Amancio de un Rubén. Es un nombre bonito. ¿Quieres venir a cogerlo?
FIN