Diego Valentín Díaz (relato corto)
DIEGO VALENTÍN DIAZ (1586 – 1660)
Hoy, dieciseis de marzo de 1641, es un día muy importante, realmente importante. Hoy se va a montar un gran retablo. Diego Valentín Díaz se levanta cuando apenas ha salido el sol, realiza unas breves abluciones y un frugal desayuno a base de pan duro de centeno y unos restos de cerdo de la cena. Ademas de un buen trago de vino para templar el ánimo. Se pone el amplio capote sobre los calzones y la camisa. Cuellos no lleva, pero espera que gracias a lo que cobre por este trabajo podrá permitírselo. Sale de casa tras encomendar a su mujer que realice las labores apropiadas para esa jornada. Realiza una breve oración dedicada especialmente para el santo del día según su breviario, además de otra recomendada por su confesor para los momentos en los que tiene que realizar un trabajo importante.
Así lo quiera Nuestro Señor Jesucristo
, es lo último que dice al cruzar el umbral de su casa. Una mueca de repugnancia arruga su cara ante el hedor que produce la cercanía del río enfangado por el calor del verano. Pese a lo temprano de la hora el calor ya es intenso y busca el itinerario más sombrío parar llegar a su taller. Se cruza con algunos conocidos y vecinos con los quien cruza un, buenos días nos de Dios, asomando la cara ligeramente entre el rígido cuello de paño negro, el fino capote de verano y el sombrero de fieltro de ala ancha. Atuendo que lo hace prácticamente indistingible del resto de transeuntes de Valladolid, y de practicamente cualquier alma del purgatorio.
Sale de la ciudad por la puerta del campo y el hedor ya es insoportable por las tenerias. Un poco más adelante está el taller, al que solo se dirije para recoger los últimos utensilios que necesita para terminar con su trabajo. Da algunas ordenes a su primer oficial para que se vayan terminando algunos otros encargos. Hay allguno que está prácticamente acabado y solo queda que le de los últimos retoque; como el Cristo con hábito de jesuita, para la iglesia de San Julian.
Practicamente al lado de la parroquia de Santa María la Real de la Corte, donde terminará el retablo pintado en el que lleva varias semanas trabajando con alguno de sus oficiales más capaces. Tiene la sensación de que es un encargo importante. Aunque la razon de que pinte el retablo es simple: no hay dineros para hecerlo en madera, como es costumbre. Pero él sabe que es algo que nunca se ha hecho y que esa propias limitaciones hacen de su trabajo algo único; algo que solo podría hacer él y solo se podrá hacer en ese momento y en ese lugar, es algo que dejará su siglo para la posteridad y para mayor gloria de Nuestro Señor.
Ya ha llegado ante la puerta de la iglesia, es un templo moderno. Hace a penas dos años que lo acabaron. Sigue la manera del momento con lineas rectas y simples, y una decoración solo necesaria. Da una nueva idea de cordura a una ciudad llena de edificios hechos durante la época de la reina Ysabel, y que tan ajenos son al entendimiento racional. Esta manera empezó a imponerse desde tiempos del padre de nuestro rey Felipe, Tercero de nombre. Unos modos, como los de la traza de la Iglesia mayor, o de las iglesias penitenciales, que se acercan al orden y claridad del romano y que tan beneficiosos son para la moral y el intelecto.
La emoción es grande al entrar. Tarda unos instantes en que sus ojos se acostumbren a la oscuridad del templo. Al principio solo ve unas manchas lechosas dentro de un ambiente negro y denso que parece proceder del humo de las pocas velas que iluminan por dentro. Despues ya reconoce con claridad las lineas genereles del retablo. Se siente realmente satisfecho por el trabajo: nadie a primera vista podría decir que no es un retablo al uso. Le gusta la idea de ofrecer un pequeño acertijo al espectador, un pequeño juego. ¡Acaso no están ahí las solidas columnas que sujetan el frontón! ¡Acaso no tiene volumen la imagen de aquel Santo, que con su actitud proclama la gloria del evangelio! ¡Acaso..! Acaso, nada. Pues todo es ilusión de nuestros traicioneros ojos por medio de la ciencia de la perspectiva. Ciencia que aprendio de un libro que obtuvo del maestro Berruguete. Con paso decidido Diego toma con pulso firme el pincel para dar los últimos toque a su obra.
Diecinueve años despues, en 1660, Diego Valentín Diaz es enterrado en esa misma iglesia.