El artista del alambre
La gente que viene aquí paga por la posibilidad de verme muerto. O más bien por lo que compra su entrada es por no perder la ocasión de que me mate ante sus ojos. Todo lo demás, todo lo que hay al rededor, todo aquello en lo que tanto trabajamos y nos esforzamos artistas como yo no tiene sentido ni importancia para las personas que ocupan su asiento y nos miran. Es verdad que a través del entrenamiento soy capaz de crear un cebo sofisticado, ofrezco con mis movimientos miles de veces ensayados un inminencia de carne rota y sangre derramada, un cuerpo muerto delante de sus narices, para luego quitárselo repentinamente sin dejarles otra forma de volcar su frustración que los aplausos. Ellos creen que baten sus palmas como pago por haber disfrutado de mi perfección técnica. Pero eso es mentira. Yo cobro primero en moneda de curso legal y después vuelvo a cobrar cuando siento las plantas de mis pies apoyadas en el suelo. Para lo que ellos me aplauden es para instigarme a que vuelva a arriesgarme una vez más, para que ya que hoy he esquivado ese accidente, ese error último y fatal, tiente a la suerte para que mañana no sea así. Quieren engatusarme, alimentar mi vanidad y una falsa confianza para que me equivoque y me mate, me rompa la cabeza contra el suelo de arena cubierto por una lona.
Disfruto, o disfrutaba, ya no lo sé muy bien, con ese juego. Con ese ofrecer y luego negar, con esa posibilidad de presenciar mi muerte para luego restregarles en su decepción que por las pocas monedas que han desembolsado no tienen más derecho que el de ser engañados con mis brincos y mis alardes, y que además después de descubrirse burlados habrán de rendirme adoración.
Pero no es fácil vivir así. No es fácil estar en este segundo en el que ahora me encuentro. Con cien gritos apenas contenidos dentro de sus cien gargantas, que por prometer la desaparición del silencio absoluto que me rodea, hacen de este algo más intenso, más material. No es fácil ni sencillo mantener la dignidad ni la cabeza fría con todos esos pares de ojos que se han dado ya cuenta de que mis pies no están tan bien sujetos a este estrecho hilo de alambre. El mareo, el vértigo.
El suelo ya como una amenaza más que como un lugar de refugio. Y después la pregunta. Si es que puede ser posible el hecho de preguntarse algo y responderselo a si mismo en un solo segundo, si es posible que mi cerebro trabaje a tal velocidad de una manera eficaz. En realidad yo no deseo descubrir nada, pero el cuerpo tiene sus propios automatismos a los que es imposible eludir. Con tan solo percibir en la planta del pie que el centro de equilibrio se ha perdido, aparece la pregunta que me viene persiguiendo desde hace años: ¿me quiero matar?
Realmente la pregunta no es mía, no tuvo su origen en mi. Puede que de alguna forma siempre haya estado en mi inconsciente o en mi naturaleza, o en esa especie de cajón de sastre al que nos referimos cuando hablamos de lo más profundo y desagradable de nuestra mente. Pero si quiero ser concreto (debo de serlo, pues esto solo durará un segundo, poco más) quien primero formuló la pregunta fue mi mujer. Lo hizo cuando todavía no nos habíamos casado, cuando cada pregunta y cada respuesta todavía eran importantes. Luego me lo siguió preguntando muchas veces más, pero entonces ya no tenía sentido preguntarse acerca de ello. Por eso mismo nunca le contesté. Ni siquiera lo hice en aquella primera ocasión. Podía haberle dicho que no, que por supuesto que no quería matarme, que era ridículo plantearse una cuestión así. Nadie desea su propia muerte, y menos que nadie el que la arriesga de continuo. Normalmente los suicidas son personas asustadizas, y para subirse como yo hago a un alambre a veinte metros de altura hay que tener valor, es cierto que también un poco de insensatez, pero ante todo hay que ser valiente. Lo importante de su pregunta fue que me abrió los ojos. Si hubiese sido capaz de responderle, para bien o para mal, y no me hubiera quedado mirando el vacío que había entre mi taza de café y su cara, a lo mejor hubiese conseguido salvar ese abismo que se acababa de abrir ante mis ojos. Pero no dije nada, no supe qué decir (no sabía ni que pudiera pensar algo al respecto) y me quedé anclado a mitad de camino entre las dos orillas de esa sima. No siempre estaba allí, así como no siempre estaba presente en mi cabeza la pregunta, pero ya nunca pude regresar al estado previo. A los años en que la posibilidad de morir en mi trabajo era algo ajeno para mi.
Recorriendo el país he hablado con mineros que me han descrito, con sus propias palabras y desde su punto de vista, algo parecido a lo que siento. De jóvenes no tenían ningún reparo en entrar hasta la galería más profunda que se acabase de abrir, sin miedo, sin la conciencia del mismo ni del peligro. Pero a todos les llegaba el mismo momento que a mi, una especie de epifanía inversa. Se casaban, o tenían un hijo, o sucedía un pequeño accidente que les afectaba indirectamente y entonces todo cambiaba. Se transformaban en otros, en aquellos de quien antes de su iluminación se habían burlado por miedosos. Pero igualmente todos coincidían en que ese miedo les había hecho mejores en su trabajo.
También eso me sucedió a mi. No me convertí en el mejor, pero sí en uno de los mejores después de que ella pusiera en mi la pregunta, después de que ella quisiera saber por primera vez, ¿te quieres matar haciendo lo que haces? Y como consecuencia me casé con ella. El miedo y la posibilidad de matarme (ese abismo nuevo) estaba allí; pero también la perspectiva, la confianza, de que a su lado podría llegar tan alto como quisiera.
Noto que mis pies no están adecuadamente apoyados sobre el alambre después del último salto. El equilibrio ya no es perfecto y la pregunta ha emergido, ¿me quiero matar? Pero no sé qué responder. No tengo tiempo para pensar una respuesta, sino recupero el centro de gravedad me caeré y me romperé el cuello; no es el mejor momento para ponerme a buscar respuestas. Además, tampoco sabría cómo contestarla hoy. ¿Me quiero morir? Eso implica deseo, decisión. Y justamente hoy no siento nada aquí arriba. No puedo querer a nadie y tampoco puedo querer nada. Para mi estar vivo o no es algo que da la inercia de los días, y no una cosa que requiera voluntad.
Antes sí. Después de casarme con ella sí que quería estar vivo. Aunque no se lo dijese cuando me lo preguntaba. Junto con el miedo, o más bien a partir de él, surgió el deseo inequívoco de querer vivir. De tomarme el trabajo de pensar que quería llegar al día de mañana, que necesitaba vivirlo, y el siguiente, y el siguiente, para pasarlo junto a ella.
Mientras ensayaba tenía su cara y su cuerpo siempre en primer lugar en mis pensamientos y lejos de entorpecerme y de hacerme equivocar, su imagen y el deseo (en ese momento sí que era deseo, no dudaba de la naturaleza de la palabra, no podía confundir lo que sentía hacia ella con algo que no fuera deseo) de regresar a su lado hacían que fuera preciso y seguro en cada movimiento. Durante los primero meses quiso vivir conmigo. Le ilusionaba recorrer el país a mi lado y dormir por las noches en la cama estrecha y dura de mi caravana. Pero solo lo soportó durante un tiempo. Yo lo sabía, estaba seguro de que ella no podría aguantar una vida como la que yo llevaba, pero no se lo quise decir, al igual que nunca le dije muchas otras cosas. Con saber que era mía ya tenía suficiente, ya tenía de sobra con haber compartido un tiempo mesa, comida, cama y hasta ducha. Ella regresó a su ciudad. ¿Quieres que me quede? Me preguntó. Y de nuevo no la contesté. De haber abierto la boca solo le hubiese pedido que no me dejara otra vez solo. Pero no quería verla así: se había apagado; la piel más gris, los ojos más perdidos, el pelo más lacio. No quería verla sufrir, pero tampoco quería que se ajase. La quería fresca y hermosa, y no de otro modo, a mi lado. No le gustó tampoco que no respondiera en esa ocasión. Recogió sus cosas y yo corría a verla en cada oportunidad que me surgía, y entonces la veía de nuevo bella y alegre. Y mientras tanto el miedo y el deseo de seguir vivo me hacía mejor cada vez más.
Llegué a ser el mejor, incluso se puede decir ahora que ya no dejaré de serlo nunca.
Ella nunca quiso volver a verme trabajar sobre el alambre desde la noche en que me conoció. Pero mi fama creció tanto que la entrada que siempre tenía reservada para ella los fines de semana comenzó a ser usada. La podía ver desde arriba, como un punto diminuto pero que para mi era único e inconfundible. Luego pasaba la noche y la mañana siguiente conmigo y se iba antes de la primera función del domingo. Para ella la pregunta estaba mucho más presente que para mi. Arriba nunca tengo tiempo de considerar nada a excepción de mi trabajo; si dispongo de tiempo para pensar, como ahora me está sucediendo, es que algo he hecho mal. En cambio para ella, que no estaba dentro de mi cabeza ni dentro de mi cuerpo perfectamente adiestrado, era muy doloroso verme bordear la muerte sobre la ridícula anchura de una alambre. La primera noche, (la segunda desde que la conocía) que vi que su asiento no estaba libre como de costumbre supe que era el mejor. Me sentí así porque era evidente que para ella yo lo era y con eso no necesitaba más, el resto quedaba en un segundo plano. Me daba igual que fuese cierto, que si ella había venido a verme era porque para todo el mundo era el mejor desde hacía mucho tiempo. No me importaba el mundo, el resto de la humanidad. Me importaba que ella estaba allí para darme un beso en cuanto bajase de la escala de cuerda.
Los compañeros y también la gente de fuera del circo empezó a decir que arriesgaba demasiado, que no era necesario llegar tan lejos. Me lo comenzaron a comentar tímidamente a partir de esa noche en que ella reapareció abajo entre el público. Primero fueron reprobaciones leves, comentarios como de pasada. Al final fueron críticas encendidas que contenían esa misma pregunta que ella sembró en mi la primera vez. Jamás hice caso a ninguno, aunque con lo que sí me quedé fue con que me había transformado en alguien distinto a mi mismo. Ya no era un equilibrista sin más, era una persona, que con mis saltos había logrado que me reconocieran como un ser humano que arriesgaba su vida y como tal me preguntaban (igual que lo haría el ser amado) ¿te quieres matar? El morbo de mi posible muerte era el mismo imán que les atraía noche tras noche, pero ya no había frustración tras la admiración falsa. En su lugar había ahora ira y reproche tras la misma. Me odiaban por arriesgar mi cuello de una forma tan poco razonable, también me felicitaban por mis proezas y mi perfección, pero en sus ojos descubría ese odio que me alimentaba tanto como el amor de ella.
Por supuesto que superé los límites, por supuesto que buscaba horrorizarles y hacerles admirarme como se admira a un kamikace, era consciente de ello aunque solo en parte. Tal vez ahora mismo me vence la duda, pero si no soy capaz de asumir un error es que no soy tan bueno como creo. Mi duda y al mismo tiempo mi confirmación de que me estaba comportando como un auténtico suicida procedió también de ella. Nunca hubiera pensado plenamente en esa posibilidad de no ser porque ella, del mismo modo que apareció sin aviso, desapareció igualmente.
No supe ver ningún otro cambio en nuestra relación excepto ese. No digo que no los hubiera, solo digo que yo no los vi. Nunca hablábamos demasiado, me gustaba escucharla pero yo siempre he sido un hombre silencioso. Y como no noté ninguna diferencia en lo que me contaba pensé que todo seguía igual entre nosotros, hasta que fue demasiado evidente que no era así. A la evidencia que me refiero no fue que desapareciera de entre el público, fue que desapareció de mi vida. Estuve meses sin verla, sin saber de ella, sin escuchar su voz, sin oler su pelo. Hasta hoy, hasta hace unas cuantas horas antes de subirme de nuevo al alambre otra vez.
No importa cómo, pero al final supe donde encontrarla. La miré desde mi altura (soy muy alto, más que mirar, escruto a la gente). La miré a ella y al hombre con el que entrelazaba sus manos. Los dos sentados en un banco en medio de un parque, con niños corriendo y chillando al rededor. Incluso alguno podía ser suyo, había pasado tiempo más que suficiente. Solo ella me miró, desde abajo, tan minúscula como me parecía desde el alambre y me dijo, con desprecio y curiosidad a la vez: ¿todavía no te has matado?
Me empecé a dar cuenta de todo horas después, cuando ya estaba subido encima del alambre. Sentada junto a ese otro hombre estaba preciosa, tanto como el día que la conocí. Eso debía de significar algo, por supuesto. Quería decir, pensé en medio de mis brincos, que el tiempo que había pasado junto a mi solo le había estropeado, que no había sido bueno para ella el tener que llegar a preguntarme si realmente yo me quería matar. Supongo que eso no es bueno para nadie. Pensé en ella hasta que me di cuenta de que había ejecutado mal mi último movimiento, un salto más bien sencillo. Quizás fue porque en ese momento pensé en la prolongada mirada de desprecio que ella me había dirigido después de pronunciar las únicas cinco palabras que me dijo. Pero tampoco tengo motivos para valorar que ese pensamiento en concreto me distrajera. Había estado recordando cosas antes sin por ello equivocarme.
Ya no notaba el alambre bajo la planta de mi pie a pesar de que lo buscaba y pensé que tal vez había ido a buscarla precisamente hoy porque sí quería matarme allí arriba, pensé en eso y en más cosas. Pero juro que solo estuve pensando durante un segundo, imposible que fuera más tiempo. A pesar de ello sé que ha sido demasiado. Un solo segundo es demasiado allí arriba donde estaba. Aunque sigo teniendo la duda de cómo es posible que mi cerebro trabaje tan deprisa; no es posible que haya podido recordar, repensar tantas cosas, en tan solo ese segundo en el que he perdido la concentración y el apoyo. Un único segundo también puede ser muy poco. Pero tal vez, y solo tal vez, ya he comenzado a caer hacia el suelo de arena y por eso me está dando tiempo para pensar en ella y para recordar su pregunta, ¿te quieres matar?
Repentinamente tengo ganas de responderme ahora, a pesar de que sé que no encontraré la respuesta antes de que termine de caer.