En la ría (relato)
Uno… , dos… , uno… , dos … Agua que salpica la cara. Gotas finas. Al final, cuando termina, con la cabeza dentro de la piragua, es difícil de saber si el sabor que tiene en torno a los labios es sudor o sal marina.
Continua. Uno… , dos… , uno… , dos … Aguantando el ritmo. Ese es el secreto. Hay gente, a los que ha vencido, que piensa que lo importante es la velocidad. Mentira. Piensan que la liebre gana a la tortuga, pero el sabio griego demostró que no.
Así que hay que concentrarse en el ritmo. Da igual que su salida o su llegada no sean rápidos. La carrera tiene un principio y un final, eso es cierto. Pero la ría es larga, y no se gana solo con uno de esos dos momentos. Se gana desde el momento en el que comienzas a remar hasta el último instante en el que paras. Solo hay que saber eso para ganar. Él lo sabía. Él ganaba siempre. Desde que había tenido edad para remar el solo.
Nunca había tenido entrenador; nunca lo había necesitado. Todo lo que requería saber para ganar lo había aprendido en el caserío. Ayudando a su padre a ordeñar vacas.
Hay que hacerlo con paciencia, decía siempre el aitá. La leche tiene que salir toda de golpe, hay que tratarla con cariño. Además la vaca podría darte una coz si la hicieses daño. Solo había que acostumbrarlas con… ritmo.
Por eso empezó a remar; porque le alejaba del sombrío valle del caserío. Y, porque era lo mismo que ordeñar. Al fin y al cabo la leche y el agua son dos líquidos; uno había que moverlo de sitio y sobre el otro tenía que deslizarse él. Era sencillo.
Pertenecía a un equipo. De lo contrario no hubiese podido participar en las competiciones. Pero siempre entrenaba solo. Mucho más pronto que el resto. El resto le molestaba. Solo sabían correr entre ellos. Él, ya sabía que era el más rápido. Esas
carreras le distraían. Le distraían del mar.
Salía al mismo tiempo que el sol por la orilla opuesta de la ría. Justo después de ordeñar las vacas. Con ganas de cambiar el tacto flácido de las ubres, por la rigidez del remo.
Acababa, sudoroso, cuando el resto de sus compañeros de equipo aun estaban entre sus sábanas. Por eso ganaría esta vez de nuevo.
La carrera era el domingo por la mañana. El tiempo sería agradable.
El sábado recogió su piragua del puerto que estaba al lado del ayuntamiento. Tenía la cabeza dentro de la embarcación, solo veía apenas medio metro por delante de sus pies. Sus brazos la sostenían con fuerza, llevándola en vilo para que no apoyase sobre sus hombros.
Notó una mano en su hombro. Una mano suave. Se quedó quieto, sin moverse de la posición en que estaba. Era como un ser extraño, con una enorme cabeza alargada.
Tienes brazos fuertes, dijo una voz de mujer. ¿Podrías ayudarnos? Uno de los actores se ha roto un brazo y necesito a alguien para que me ayude en la función de esta noche. Es fácil, solo tienes que ser tan fuerte como pareces… Te pagaré bien.
No dudó: Allí estaré.
La función acabó a media noche en el pequeño salón del ayuntamiento.
A las doce de la mañana siguiente su piragua estaba seca y la carrera había acabado hacía unos minutos
Ganó un muchacho de un pueblo cercano. Él estaba dentro de la pequeña furgoneta de la compañía de teatro. Camino de Madrid. Muy lejos de su ría.