Fruela
Una tenue claridad marcaba la línea del horizonte esa mañana. Una delgada mancha violácea se recortaba sobre las cimas de los cerros cercanos. Las lomas más cercanas eran de tonos grisáceos aun. La primavera no había tenido tiempo de asentarse sobre estos campos. La luz del día despertaría un poco de verde en estos parajes. Débiles validos de algún rebaño de ovejas que seguramente está al otro lado de ese cerro más cercano. Tendrían mucho que caminar durante esta jornada para saciar su hambre. Mala época para tener el estómago vacío. Mucho campo sin trabajar para tanta hambre que hay en el mundo. Si se aguzaba un poco la vista se podía intuir muy a lo lejos a un labrador, vestido con unos trapos grisáceos, agachado entre grises hierbajos. Trataba de encontrar algo que llevarse a la boca. Algo con lo que saciar el hambre de la parturienta que le esperaba en su choza. La ligera insinuación del alba los hizo ponerse en pie. Recogieron sus mantas y capotes del refugio pobre que fueron los troncos gruesos de unos robles. Uno, de los cuatro caminantes que esta noche se han congregado por avatares del destino, es algo más madrugador y ya tiene preparado un pequeño fuego. Ha sido también bastante habilidoso, porque la primavera está siendo muy lluviosa, y no es sencillo encontrar leña seca. Pero de hecho ahí estaba una pequeña brasa poblada de diminutas llamas que casi no se movían. Parecían congeladas por el frío del amanecer. Los caminantes reunieron para un desayuno común los pocos restos con los que cuentan. No sería un gran banquete, pero al menos estaría caliente. Hay gran diferencia entre llenar el estómago con algo caliente o con algo frío. Cada uno ha aportado lo que buenamente puede. Depende mucho del trecho que lleven ya recorrido. Por ejemplo, Valeriano venía desde Pompilica y pretenden llegar hasta Salmantica. Su camino era largo y duro. No calculó bien las distancias y los víveres, y la bolsa que los contiene pesa menos de lo que querría. Pero era joven y tenía ciertas mercancías para una familia de Septimanca, y seguramente allí podrá conseguir más provisiones. También estaba Unago, un hombre bajo y fuerte de hombros que viene de un valle del norte. Era parco en palabras. Palabras, por otra parte, que casi no conoce. Eso sí, lo que no escaseaba en vocablos era prolífico en un queso de cabra que soltaba un aceite que dejaba las manos con una fragancia a flores y hierbabuena. Era realmente curiosa su forma de hablar, parecía un gorjeo cargado de chasquidos y amplias vocales. Pero le daba vergüenza. Se ruborizaba hasta las orejas cuando se le escapaba algo. Lo que no sabía era que durante toda la noche había estado hablando en su lengua materna. Naturalmente nadie le podía entender, pero si por casualidad algunos de sus compañeros de noche pudiera, se habrían enterado de algunas peripecias de un grupo de bandoleros; y sobre todo de un rebaño de vacas que le espera en su tierra natal. A su lado durmió Fructuoso. Es un criado de un labrador rico que tenía sus tierras junto al río Carrión. Llevaba un mensaje escrito sobre pergamino para un antiguo compañero de su señor durante el ejercito. Muy a su pesar, por las consecuencias que le traerá, llevaba malas noticias. Por último estaba Fruela. Era un hombre joven, tenía diecisiete años. Era tejedor en Pallantia y confeccionaba capas y túnicas de lana. De vez en cuando, si tenía suerte, tejía lino, pero en los últimos años no había habido suerte con eso. Debía de llevar a cabo un encargo de un rico gobernador de Septimanca, y eso le había hecho coincidir en su camino con Fructuoso, al que conoció justo cuando dejaba la sombra de la última casa de Pallantia.
Durante el desayuno no cruzaron palabras. Cada uno pensaba en sus propios problemas. Masticaron con impaciencia las escasas migajas y se despidieron. Seguramente sus pasos no volverían a cruzarse nunca más, pero no pensaron en ello.
Acaso piensan las aves al emigrar hacia el sur, si los árboles que hay a su paso sobre la tierra estarán el año siguiente. No, simplemente son el paisaje de un trayecto.
Para estos viajeros, y para otros cualquiera, era igual. Las palabras intercambiadas con cualquier ocasional compañero son como hojas que arrastra la corriente del río. Poco más hacían que dar color, no afectaban para que el agua esté fría o tenga muchos peces.
Recogieron sus pertrechos y sus pies comenzaron a mancharse con la tierra del camino que más les convenía.
Valeriano y Fruela estaban de acuerdo en llegar juntos Septimanca. Ambos eran jóvenes y gustaban de esa cháchara insulsa, ese parloteo como de aves, que poco resuelve y mucho entretiene. Tan solo mancha el silencio del campo desierto y entretiene la mente con pensamientos amables. Además eran tiempos oscuros y peligrosos estos que les ha tocado vivir, como para viajar solos.
A ciencia cierta era imposible saber. Pero podía preguntarse cuantas personas ha pensado lo mismo de sus propios tiempos. Seguramente todas, sin excepción. Al menos en algún momento.
Naturalmente la conversación entre ambos no discurría por esos derroteros. Hablaban de la estación, de las lluvias, del campo. De cómo afectaría todo al precio del pan para el invierno. Cada uno contaba cosas de su tierra natal y de cómo era su vida. Compartían las desdichas y penas del trabajo duro. Ya se sabe, mal de muchos …
Y, así, entre pasos y palabras anduvieron el camino. Pasaron sobre colinas polvorientas, llenas de luz; como islas sobre el verde de los valles. Pasaron por típicos valles sombríos, y por bosques silenciosos también pasaron.
A media mañana hicieron una pequeña parada junto a un arroyuelo. Si hubiesen subido a la copa del árbol que les daba sombra, hubiesen el visto el cauce el río llamado Pisaroca por los lugareños.
Volvieron de nuevo al camino. Avanzaron y alcanzaron el río amplio. Se detuvieron un instante y lo miraron en silencio. El sol estaba alto y sus piernas empezaban a estar cansadas. Solo era un momento, y ya estaban andando, siguiendo la corriente tranquila y clara.
El cansancio hizo presa de su ánimo y las conversaciones depararon en temas menos amables.
Valeriano tan solo conocía rumores de lo que pasaba cerca de donde vivía, pero Fruela vive en una pequeña ciudad por donde pasaba más gente y más nuevas.
- … lo último que oí, es que habían llegado a Tarraco y, que había tomado el poder uno de sus jefes. Incluso hay noticias de que han marchado contra Roma.
- Eso es posible, amigo Fruela. Se muy bien que muchos bárbaros han estado conviviendo con los ciudadanos dentro de las fronteras del imperio, mi padre habla de los alánicos y de los suevos que ahora viven junto al mar océano, pero que hayan marchado sobre la gran Roma, sobre la ciudad eterna, debe de ser una mentira.
- No tengo porqué dudar de los comerciantes que me informaron. – Replicó algo molesto. Al fin y al cabo era un simple, un destripaterrones. No sabía que el contaba como amigos suyos a mercaderes de una casa de Barcino y de otra de Cartagonova. – No tengo ninguna duda al respecto. El señor de Barcino en estos momentos es un bárbaro. Alariquiano, o algo así es su nombre.
Y por lo que me dijeron que se comenta en todos los puertos de esta orilla del Mediterráneo, otros bárbaros, no sé si de esta misma tribu que los que están en Hispania, controlan zonas de Treveris a Marsilia. Por las informaciones que me dieron, barcos que llegaban con telas y brocados de Syria habían pagado impuestos en muchos puertos a oficiales bárbaros que no llevaban insignias imperiales.
La cara de Valeriano había ido empalideciendo conforme iba escuchando los detalles que le daba Fruela. Tan solo era un muchacho, su devoción por el emperador y su fe en el imperio no tenían límites. Se atrevió a replicar:
- Pero, ¿y los ejércitos? ¿Cómo pueden dejar campar a sus anchas a esos despreciable hombres. Mi padre y su hermano combatieron como infantería al norte de los Pirineos, contra los bárbaros, en su juventud. Y sí, según ellos, su valor solo era digno de comparación con su desprecio por la propia vida y la ajena. Pero como soldados eran iguales que niños enrabietados. Mi padre incluso ahora en su vejez, aún tiembla al recordar los salvajes gritos y las enormes espadas melladas que blandían. Pero también es cierto que se ríe al decirnos como los atravesaba con su lanza, pues no sabían tan siquiera esconderse tras el escudo.
- En eso tienes razón, Valeriano. Yo tampoco entiendo muy bien cómo un ejercito civilizado como el imperial puede ser derrotado por unos seres como esos bárbaros que tan siquiera creen…
Estas palabras poblaron de dudas y de sombras el ánimo de los jóvenes. De por si joviales, una sombra de incertidumbre manchaba su futuro. Pero sus palabras no habían hecho perder toda la fuerza a sus pasos. A lo lejos ya ven la torre de madera de la guarnición de Septimanca.
El último rayo de sol dejó de iluminar la parte más alta de la torre justo en el instante en el que los jóvenes caminantes cruzaban la muralla que rodeaba el pueblo.
La tarde tenía un ambiente plácido. El pueblo estaba silencioso dentro de su cerca de madera y piedra. Tuvieron suerte los caminantes al no llegar más tarde, la cerca hubiese estado cerrada. Habrían tenido que pasar otra noche al raso, cosa que no les importaba. La situación hubiese sido un poco ridícula. Dormir al resguardo de una cerca. Tras ella, muchos hogares cálidos en los que resguardarse. Pero las noticias sobre el peligro de los bárbaros habían llegado también a esa pequeña y alejada parte del mundo. No eran tiempos para corren riesgos. Un pueblo tan prospero como Septimanca debía de tener cuidado. Al fin y al cabo su puente era la puerta de entrada al sur de la meseta.
Valeriano y Fruela se despiden en el mismo umbral de la cerca. Aquel, informado por un hombre que amontonaba adobes junto a un cerca, siguió una callejuela estrecha para llegar a la casa en donde tenía que entregar las noticias.
Fruela se quedó mirando al que había sido su compañero de viaje durante esa jornada. Cuando desapareció por un recodo de la calle, aun siguió unos instantes entretenido con las tonalidades que tomaban las sombras en los muros de las casas. Esas casas eran iguales a las de su Pallantia natal. Le hicieron recordar que en ese instante su madre y sus hermanos estarían reunidos para cenar. También recordó a su padre, pero de otra forma. Se preguntó que tal estarían llevando a cabo sus hermanos el trabajo que tenían pendiente en el taller. Cerró con fuerza los ojos un breve momento. Se giró, y se acercó a los dos soldados que había en la puerta.
- Hola. Buenas noches.
- Hola, muchacho.
Solo uno de los dos soldados respondió. Hecho esto volvieron a un grave silencio.
- Estoy buscando al gobernador de este pueblo. Soy un tejedor. Vengo de Pallantia y tengo el encargo de venir aquí para realizar unos trabajos.
- Esa información que buscas no te la podemos dar. Has de subir a la torre. Allí te dirán lo que quieres saber. Adiós.
Fruela se dio por despedido. Se dio nuevamente media vuelta y comenzó a subir por la calle que, según le pareció, llegaba hasta la puerta de la torre, que estaba en la parte más alta del cerro, sobre el que se asentaba el pueblo.
Sus piernas estaban para pocas cuestas. Quien diría que en una tierra tan llana podría haber unas cuestas tan empinadas. A su lento avanzar pasaban lentamente las casas de barro. Eran unas casa que salían del suelo. Unas casas que parecían vacías. Solo en el momento en el que llegó a lo más alto de la cuesta, justo al pié de la torre, se dio cuenta de ello. Se volvió y miró el trecho que había ascendido. El pueblo estaba muerto. Apenas un par de ventanas iluminadas deban muestras de que había gente.
Era extraño. El cielo aún no estaba oscuro del todo, la temperatura era agradable; pero no había niños en las calles jugando, ni labradores charlando, ni comadres cuchicheando. Nadie. Tan solo los dos soldados de la puerta.
Pero no pensó en ello nada más que un instante. Tenía que entrar en la torre.
Como era de esperar, la puerta no estaba al borde del camino. Este daba un rodeo hasta rodearla en tres de sus lados y llegar por fin a la entrada.
Con toda seguridad era la construcción más grande que Fruela había visto en su vida. Se levantaba alta y negra sobre el cielo azul de la noche. De cerca, se apreciaba que estaba hecha de piedra en la parte baja, y de troncos en el piso superior; además de un techumbre de paja. Fruela esta impresionado. El edificio de más tamaño que conocía era la guarnición de Pallantia, pero era tan solo la mitad de esta. El templo mayor también era grande comparado con una casa normal, pero nada como esa mole, enorme y geométrica.
La puerta era una simple abertura negra. Como un bostezo. A ambos lados, soldados. Nada que ver con los lugareños con lanzas que estaban en la entrada del pueblo. Estos iban perfectamente pertrechados. Espadas, corazas, cascos, lanzas y escudos con el águila imperial. Estos eran auténticos militares.
La tranquilidad de la noche, del paraje; nada de estas cosas hacía perder firmeza o fuerza a esos hombres. Su expresión sería la misma que si tuviesen ante ellos al más terrible de los ejércitos.
O eso le parecía a Fruela. En su vida solo había visto pasar a un par de batallones en su ciudad natal. No encontraba demasiadas explicaciones a que ese pueblo estuviese tan bien protegido, pero tampoco le dio demasiada importancia.
- Hola. Buenas noches. – Se dirigió a los dos. – Busco al gobernador. Me está esperando. Soy un tejedor. Mi nombre es Fruela.
Mirando a lo lejos. Evitando cualquier contacto visual, respondió uno de ellos:
- El gobernador no se encuentra hoy aquí.
- Pero, abajo, en la puerta, mi indicaron que preguntara aquí.
- Y aquí es donde te decimos que hoy no está el gobernador. Mañana regresará, pasa entonces.
- Me gustaría poder esperarle dentro. Debe de tener algún aposento preparado par mí. Si pudiera entrar …
- No está permitido.
- Pero ya os he dicho que me está esperando.
- No tenemos esa información. No puedes pasar.
- Pero … – Comenzó a decir, pero los soldados se habían quedado totalmente rígidos y habían puesto las manos sobre el pomo de sus espadas.
Se dio por enterado y se alejó de la puerta. Parecía ser que no tendría más remedio que pasar otra noche al raso. Esos soldados se habían reído bastante a su costa. Eso, o el sentido castrense de este lugar era admirable.
Echó de nuevo una mirada a los alrededores antes de bajar la cuesta. La noche ya había caído por completo. Empezaba a sentir hambre, desde el almuerzo no había probado nada. Tanta prisa de poco le había servido. El pueblo era todo silencio. Intentaría encontrar una casa donde comer algo, y dormir; aunque fuera sobre un poco de paja.
Por un instante se le pasó por la cabeza preguntar a los soldados de la entrada. Pero desconfiaba de sus respuestas. La subida innecesaria no daba mucha credibilidad a esos pobres intentos de marcialidad. Era posible que encontrase la casa donde debía de estar su compañero de viaje. Pero no recordaba bien el nombre que Valeriano le había dicho. No veía muy prudente que una persona que no conocían en absoluto preguntara por todo el pueblo. Particularmente a esas horas de la noche, y en un lugar tan protegido como este.
De todas las maneras decidió probar suerte en una de las casas para ver si podía evitar dormir al raso otra noche más. No es que fuera una persona acomodada y echase en falta blandas camas y sábanas de hilo. No, eso no. Las noches anteriores, arropado tan solo por rocas, árboles, raíces o tan solo su propio manto, había dormido tan bien como en el regazo de su madre. Pero la charla del día sobre el peligro de los bárbaros le hacía sentir que no tendría un sueño muy tranquilo sin el amparo, que, al menos para su alma, ofrecían unos simples muros de adobe.
No era solo eso, en absoluto. No tengamos tan pobre impresión de Fruela. Había algo más, estaba claro. Ese pequeño pueblo y esa pequeña pero imponente guarnición presta para el combate. Esas lanzas de acero brillando a la luz del anochecer rojizo, le recordaban que el peligro bárbaro era algo más que un simple cuento de comerciantes de lejanas costas. Cosas que solo se cuentan para buscar una conversación más interesante que el pedrisco o el precio del pan. Esos reflejos rojizos en las armas eran casi un presagio de sangre. Pensó con demasiada solemnidad. Riéndose al instante de él mismo.
Esa imagen cruenta y la soledad nocturna traerían a su mente, con viveza, las impresiones de las historias que su padre le contaba de pequeño a la luz de la hoguera. Historias sobre su juventud militar en el lejano y frío norte. Combatiendo contra los bárbaros. Quizás esos mismos bárbaros que ahora le amenazaban, puede que otros distintos. Pero todos igual de temibles y despiadados.
Definitivamente era mejor encontrarse resguardado para la noche. Su cabeza esta demasiado poblada por cuentos de viejos para asustar a niños. Estaba cansado y su imaginación era como agua hirviendo en un caldero.
Miró calle abajo. Ni una sol luz encendida. Todo el pueblo dormía, no sería bien recibido en ninguna casa. Pero … Un instante. En ese pequeño ventanuco había una diminuta vela que apenas daba un tenue y delicado brillo. Sobre la puerta más cercana había unos signos escritos. Pero la caligrafía no era buena y él no leía demasiado bien. El lado había un signo aclaratorio: una copa de vino. Al menos por un rato sería bien recibido en esos muros.
Sobre el mismo dintel de la puerta hay una pequeña rama de laurel, casi escondida a primera vista. Fuera como fuese, eso significaba que era un lugar para intercambios de dinero o para conseguir mercancías.
Empujó ligeramente la puerta, pero esta no cedió. Llamó con los nudillos. Ninguna señal del interior. Dos recios golpes con la palma de la mano. Por fin se oyó un ruido, pasos que se acercaban, lenta, cansinamente.
Se abrió la puerta, pero Fruela no veía nada. Solo oscuridad dentro de la casa. Pasó un instante, se sentía observado. Una figura, solo una sombra se empiezó a definir. Avanzó la sombra y ya era un hombre nítido y concreto a la luz de la luna.
-¿Qué se ofrece a estas horas? – La palabra “horas” queda recalcada de una forma muy clara.
- Mi nombre es Fruela. Vengo desde Pallantia. Esta noche tendría que haberme alojado en la casa del gobernador, pero no está. – Hizo una pausa, intentando interpretar la expresión del hombre que tenía en frente. – Busco un sitio donde pasar la noche. – Resolvió finalmente.
Silencio. Largos segundos de silencio. El interlocutor no parecía tener mucha afición por las palabras en ese momento. Fruela se sentía tan examinado como un cordero en un mercado. Notaba como la mirada del posadero lo barría de arriba abajo.
- Está bien, pasa. – Dijo por fin tras mirar la bolsa que pendía del cinto de Fruela.
Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad. Pese a todo no le daba la impresión de que fuera una estancia muy grande. Al cerrar la puerta tras de si vio un pequeño hogar, que era poco más que un resplandor rojizo. Unas ascuas que daban más lástima que calor. Le pareció que había alguien agachado junto a ella, pero no podía estar seguro.
Ante él estaba la robusta figura del que creía el posadero. Le quitaba toda posibilidad de intentar mirar libremente. Tenía una fuerte necesidad de ubicarse en ese lugar, le parecía que no era bien recibido para nada.
-¿Querrás comer algo, no? – Casi obligó.
- Pues, estaría muy bien. Si tienes la amabilidad. Con cualquier cosa me conformo, mientras esté caliente. – Dudó sobre si debía seguir explicándose– Llevo un largo camino, y mi cuerpo me pide algo más que comida fría y suelo duro. Pese a lo bueno de la estación no ha sido un viaje cómodo.
- No son buenos tiempos para viajar. – Solo el negro y la pequeña brasa que a duras penas crepita. Parecía que va a añadir algo más, dudaba. –No lo son. Siéntate junto al hogar, ahora te traigo una escudilla.-
El intento de entablar conversación no había sido muy fructífero. Tampoco puede pedir mucho, no eran horas y era forastero. Se sentó en un pequeño tajuelo, junto al fuego, en frente de la otra persona que por fin ha concretado en la habitación.
- Buenas noches. – Lo dijo sin convicción, en un murmullo. No esperaba respuesta.
De hecho no la recibió. La persona estaba envuelta hasta la cabeza con un gran manto oscuro. No se podía saber si era hombre o mujer. Solo llegó a escuchar un bisbiseo, un susurro del que se llega a entender un iesuscristos. Pero no estaba seguro y calló. Esperó a que su anfitrión le trajese la comida. Al pensar esto, se dio cuenta de lo hambriento que estaba en realidad. Pasó poco tiempo en llegar el anfitrión con una escudilla medio llena con unas berzas casi frías. Mejor eso que nada. Mientras comía ayudado por una vasta cuchara de madera no dijo nada. Nadie lo hacía. La figura del manto ocasionalmente tenía pequeños estremecimientos y emitía leves crujidos, chascaba la lengua. Pero podían ser impresiones suyas; o los ratones que pasan cerca, por el suelo.
Pensaba que tiene que haber una puerta por algún sitio. Las pequeñas llamas se retorcían ocasionalmente, y sentía pequeños soplos de aire fresco. Pero la oscuridad no le permitía saber donde estaba. Por ella, seguramente, le trajeron la comida.
Acabó la escudilla y sacó de su zurrón un pequeño odre con vino del Carrión. Quedaba poco, pero aún así ofreció antes de beber. Solo el hospedero aceptó. Dio un buen trago, pero sin abusar. El resto lo despachó por entero Fruela. El gesto podía haber merecido la pena. Los hombros de su anfitrión se relajaron. Soltó un suspiro prolongado.
- No tengo ningún sitio libre para que duermas esta noche. Hay una habitación allá, – señaló con la cabeza hacía donde debía de estar la parte por donde trajo la escudilla – antes del establo, pero hoy está llena. Hay bastante ajetreo estos días.-
- Lo entiendo.- Se quedó con la mirada baja, fija en el juego de luces y sombras que el hogar hacía en sus manos. –Ya me apañaré, gracias por la comida de todas formas.-
De nuevo silencio, la oscuridad, el débil fuego.
- Es una lástima, porque tengo lleno hasta el establo, no cabe tan siquiera una mula. Podrías haber dormido en un montón de paja.
- No, de verdad, no te preocupes. Solo es una noche más, mañana tendré alojamiento en la casa del gobernador.-
-¿Del gobernador? ¿Tiene algo que ver con el gobernador de la torre? – Al decir esto último su tono de voz fue igual al anterior, pero no del todo. Un oyente atento, que supiese lo que significaba ese tono distinto, lo interpretaría como algo de temor, como algo de desprecio, pero también como algo irónico. Podía resultar curioso ahora, lo era de hecho, pero tenía su motivo.
- Pues sí. Vengo desde Pallantia para hacer un trabajo para él. Soy tejedor.
- Un tejedor; – dijo para si, – siempre se viste con lo que se teje aquí. Solo de vez en cuando compra algo a algún mercader. – Hizo una pausa. Alargó la mano entre las tinieblas de la estancia, detrás del hogar.
Sacó un pequeño frasco de barro tapado con un corcho, que estaba atado con un cordel al cuello del envase. Lo destapó y tomó un largo trago. Limpió el cuello y se lo ofreció a Fruela. Era alguna especie de orujo de hierbas. Era muy fuerte, pero de un sabor muy delicado. A este hospedero le debían de ir bien las cosas. Licores de este tipo no se bebían en posadas de mala muerte. Ni mucho menos se convidaba a ellos.
También dio un buen trago. Quería quitarse de la boca el fuerte sabor a ajo que le había dejado la comida. Igualmente limpió el cuello con la mano, y se lo ofreció al tercero de ellos.
- No es necesario que le ofrezcas. No bebe. Casi ni come.-
Fruela dejó entre las manos del anfitrión la garrafa. De allí volvió a las penumbras de donde había salido.
- Es muy bueno, gracias.-
- Lo hago yo mismo. Con unos majuelos que crecen cerca del rió. También le hecho unos cuantos hierbajos que encuentro por ahí. – Al acabar la frase su boca dibujó una pequeña sonrisa.
Fruela reconoció entonces el sabor, amapolas.
Algo sabía de las propiedades de ciertas clases de amapolas que crecían en lugares muy concretos. Siendo niño había sufrido de fuertes dolores de vientre. Una vieja que conocía su madre le mandaba masticar flores de amapola, todo menos el tallo. Al cabo de unos días el dolor desapareció. En ese momento lo tomó como un juego. Se pasó toda la primavera con los dientes rojizos por los pétalos. Pero con el tiempo pensó que si esos dolores le hubiesen venido en invierno no hubiera tenido amapolas que masticar. Podría haber muerto, quien sabe. Aun así el suave sabor a amapolas que tenía el orujo le reconfortaba el estómago y la memoria.
- Así que eres un buen tejedor.
La afirmación le sacó de sus pensamientos. Respondió indeciso.
- Sí, eso creo al menos.
- Está claro. Sino no lo fueras no te habrían hecho venir. – Paró para una nueva ronda de tragos de licor. – Lo que no acabo de entender es qué quiere de ti.
- Vengo a tejer un manto.
-¡Un manto! Espero que no hayas venido desde Pallantia para hacer una simple capa para salir de caza en invierno.
- Eso no lo sé bien del todo. Solo se que es un trabajo de mucha finura. Solo vengo a trabajar, todo el material lo pone el gobernador: telas, tintes, lana, hilo o lo que sea menester. Todo escogido por él.
-¿Y no podrías haberla hecho en tu taller de Pallantia y enviársela?
- Por el mensaje que me dio su agente quería tener controlado todo el proceso personalmente. Además paga bastante bien.
- Eso es algo de lo que no dudo en absoluto.
- …, pues hasta me adelantó algo para el camino.
- No pienses nada raro por eso. Aparte de ser el gobernador de la guarnición, casi las tres cuartas partes de las tierras de la comarca son suyas. Tiene también algo de ganado, incluso un par de telares. –
- … telares – Repitió pensativo Fruela.
- Sí, unos cuantos. Comadres del pueblo trabajan para él. Pero como te dije solo es para vestirse de corriente. Los tejidos finos los compra a mercaderes… Hasta ahora, claro.
Nueva ronda de licor. La lengua del posadero parecía ya bastante suelta.
- Imagina que hasta parte de los soldados los costea de su bolsillo … te habrás fijado en los que hay en la puerta, al entrar al pueblo. ¿Qué te han parecido?
- Pues más bien diría que …
- Unos patanes, ¿no? Pues esa es la parte del ejercito imperial que nos protege, En cambio, los comparas con los que hay en la torre, y la diferencia es evidente
- Impresionan, es cierto.
-¡Ah! Pero has subido.
- Sí, para preguntar por el gobernador. Abajo no me quisieron decir que no estaba aquí.
- Esos mal nacidos. Ves lo que te dije, unos impresentables comparados con el ejercito particular del gobernador. – Hizo una pausa resignada. – Normal que también sea gobernador del pueblo.
-¿También lo es? –Según formulaba la pregunta hacía cuentas mentales de lo que podría llegar a ganar de semejante hacendado.
- Con todo lo que tiene quien más que él lo puede ser. Los pocos que no vivimos de él, como yo, unos pocos artesanos y unos cuantos labradores con tierras propias, dependemos de la forma en que controla el puente. Está claro que si lo corta perdemos todos, pero puede cobrar más o menos tasas, según sus intereses.
- No sabía que en un pueblo tan pequeño como este se enfrentaban tantos intereses y tantos negocios. Pallantia es más grande, y a parte del gobernador militar, el gobierno solo lo tiene el patriarca de la iglesia mayor. El resto trabaja para uno de estos dos señores.
- Ya, pero aquí tenemos el puente. No ves que cualquiera que cruce de un lado de la meseta al otro tiene que pasar por aquí. No es un pueblo tan grande como para tener obispo, y el sacerdote no molesta. Hay mucho trabajo y muy pocas manos. La riqueza se mueve casi por necesidad. Pero hay muchos impuestos, muchos. La gente no está contenta, es normal. El ejercito necesita mucho dinero, en estos tiempos, en estas tierras. Mismamente, el invierno pasado, sufrimos el ataque de uno de esos grupos de bandoleros de las montañas del norte. Casi no hablaban el latín. Solo emitían tremendos gruñidos; como los bárbaros que están arrasando las Galias. Una verdaderas catástrofe de no ser por los soldados. Acabaron con ellos en un par de semanas. Que le vamos a hacer, es un mal necesario.
El licor le estaba empezando a hacer algo filósofo.
Con la nueva ronda de tragos de licor se notaba una significativa disminución del peso de la garrafa. La conversación era ya cordial, pero en ella no había participado para nada el tercer hombre de la habitación.
- Sabes lo que digo, muchacho. Que me has caído bien.
- Pues, gracias, hombre. – Fruela también había cogido mucha confianza con el hospedero. También su lengua estaba bastante suelta.
- Es una pena que durmieras al raso. Vamos a hacer una excepción: traeré un poco de paja limpia del establo, y la colocas junto al hogar, te tapas con una manta, y al menos duermes bajo techo hoy.
- ¿En serio? No sé como agradecerlo. – Hubo una pequeña pausa, expectante – Aparte de pagándolo, claro.
- Por supuesto, esto es un negocio, no un entretenimiento, señor … ¿Cómo era tu nombre?
- Fruela, señor.
- Fruela. – Reflexionó unos segundos. Parecía que iba a decir algo, pero al final no. – El mío es Vegecio.
Tras unos momentos tenía su improvisado lecho instalado prudentemente cerca de los últimos rescoldos del hogar.
Hecho esto Vegecio deseó buena noche a Fruela. Se acercó al silencioso acompañante. Murmuró unas cuantas palabras en el lugar donde debía de estar su oído. Lo tomó del brazo, lo ayudó a incorporarse con unos movimientos pesados y torpes.
Se fijó mientras se alejaban juntos del hogar, perdiéndose en la negrura de la habitación, si la figura era de hombre o de mujer. El juego de luces y de sombras le hacía dudar a cada instante. Lo único que tenía claro es que no era una persona joven, o puede que muy enferma o cansada.
Con estas últimas imágenes dándole vueltas en la cabeza se quedó dormido. Arrellanado entre mantas y paja. Con la mirada fija en las ascuas.
La noche pasó para Fruela mucho mejor de lo que presagió durante la tarde. El cansancio acumulado y la comodidad del improvisado lecho le ofrecieron un sueño tranquilo y plagado de sueños. Sueños agradables, claro, aunque al despertar no recordara ninguno. Pero siempre es mejor un sueño plácido con praderas frescas y vino con miel, a una pesadilla de hiel y azufre. El cuerpo lo sufre más aunque no lo recuerde la mente. Esta es una clara evidencia, de que cuerpo y mente no es lo mismo.
La primera claridad pasó por la ventana, la misma ventana de la luz de la noche anterior. Fruela entreabrió los ojos y sintió el frió de la mañana incipiente. Se desperezó. Estiró los miembros entumecidos, sacando los pies debajo de las mantas. Se incorporó casi de un salto. Tal era la disposición que tenían las recuperadas fuerzas de su cuerpo.
Ahora sí se ubicó mejor respecto al tamaño y distribución de la habitación. La verdad es que era igual a como la presintió en la noche, pese a la oscuridad. La puerta por la que entró y salió Vegecio estaba donde imaginó. Quiso investigar en donde estaba el establo, para recoger la paja, pero no le pareció de muy buen huésped andar a su antojo por una casa desconocida.
Esperó tranquilamente sentado en el suelo.
La luz penetraba por la ventana se hacía poco a poco cada vez más intensa. Nadie entraba en la estancia. Pasó el tiempo con la tranquilidad de un día sin inquietudes.
La puerta se abrió. Entró la figura agachada de la noche anterior. Obviamente Fruela dio los buenos días, con seguridad, pero con un tono suave. Estaba seguro de que esa persona estaba enferma. El mismo manto cubría la totalidad de su cuerpo, ni tan siquiera a la luz del día se podía ver su rostro. El manto era de un color pardo indefinido. La suciedad impedía saber si era viejo o nuevo, tal era la cantidad de manchas y suciedad adheridas. Había briznas de hierba, paja seca, ramitas, flores, pegotes de barro, incluso excrementos. El ojo acostumbrado de Fruela le dio a entender que era de lana, pero no de una variedad que se trabajase habitualmente por la región. Las hebras parecían muy finas y muy delicadamente tejidas. Seguramente con un buen lavado y un par de remiendos sería un manto muy hermoso y rico. Pese a que estaba siendo usado como lecho de manera habitual, tal y como mostraban las numerosas y marcadas arrugas.
La persona embozada, como se puede suponer de la dilatada descripción, no devolvió el saludo. Sino su respuesta hubiese tenido prioridad en el relato antes que la dicha descripción.
Así pues, entró, cerró la puerta tras de si, y se sentó en el mismo lugar, junto a la lumbre. Pese a que aún nadie la había encendido. Fruela sintió un tremendo impulso de piedad y se dispuso a buscar algo de leña para encender el fuego. El enfermo o la enferma, pues ya no dudaba de su estado, aunque sí de su sexo, temblaba visiblemente. No encontró ninguna brazada de leña en ningún lugar de la estancia. Solo estaba el hogar, su montón de paja, los tres tajuelos en los que habían estado sentados, y otros tres o cuatro más en un rincón, bajo la ventanita, en los que no había reparado antes. De pronto recordó la garrafa de licor, pero no la vio junto al hogar ni en cualquier otra parte. Juraría que Vegecio no había salido con ella cuando se despidieron; habrá entrado en algún momento de la noche, pensó sin mucha preocupación.
Sabía que no era buena idea ponerse a buscar leña, ni dentro de la casa, que no conocía, ni fuera de ella, hasta que no asegurase su labor, tras hablar con el gobernador, No quería que se le viese mucho por el pueblo.
Tomó el cordel que servía de tirador de la puerta que daba a la calle y se dispuso a salir. La puerta no cedió. Lo intentó otro par de veces, pero no lo logró. Debía de estar atrancada. En ese momento entró Vegecio. Se quedó mirando, seguramente pensando que quería irse sin pagar.
- ¡Señor Fruela! ¿Con que esas tenemos?
Se puso rojo hasta las orejas, poco más se podría decir respecto a una total vergüenza.
- No, … no. Señor, no, de ninguna de las maneras.
Claro que no. Nunca nadie ha salido de mi casa sin pagar sus deudas. Si no se lo he hecho yo a nadie, nadie me lo hará a mi.
A todo esto la figura del manto no se inmutaba por lo airado de la conversación. Solo temblaba, puede que un poco más que la primera vez que se fijó Fruela.
- Solo buscaba leña. Leña, eso es. Quería leña para encender el fuego y …
- Y a cuento de qué, quería su señoría encender el fuego. – Al decir esto se situó entre la puerta y Fruela. Era más bajo que él, pero mucho más corpulento. Era mejor no intentar nada violento, la lengua en muchas ocasiones era el mejor arma. – Acaso la temperatura del alojamiento no es de su agrado. – A cada palabra subía el tono de su voz, el rojo iracundo de su rostro. No había sido una buena idea el ir a por leña. – Acaso no sabe el señor que el baño es a medio día y que el desayuno se sirve a maitines. –Dicho todo esto con una sorna vociferante. Pero, …bastó una frase.
- Solo pensé que ella tenía frío. Solo quería encenderla el fuego.
Vegecio se desinfló como un odre sin vino.
- No es ella, es él. – Se desplomó, desapareció su ira como el vino de un odre cuando se raja. – Y ni todo el fuego del Averno calentaría sus huesos. Su mal nadie ha podido curarlo.
- Señor Vegecio, no quería irme sin pagar, solo buscaba caldear la habitación. Pero no sabía cuando te levantarías.
- Madrugas mucho, señor Fruela.
- Tengo que ver al gobernador, hoy por la mañana.
- No tengas prisa en eso, muchacho. Todavía es pronto para que puedas ir a verle. Ayúdame a encender el fuego, y si quieres desayunaremos algo. Parece que hoy todos mis huéspedes no quieren madrugar.
No había pasado una hora completa cuando ya estaba en la calle. Subiendo nuevamente hasta la guarnición. Se habían cumplido dos horas desde la salida del sol. El pueblo era ya un hervidero de gente que iba y venía. Grupos de labradores caminaban hacía las tierras de cultivo, hombres cargando carros, mujeres hilando a la puerta de las casas, otras limpiaban. Un carro acababa de entrar por la puerta de la cerca, por la gran cantidad de moscas y pequeños pájaros que tenía alrededor, se diría que llevaba un cargamento de carne. Septimanca era un pueblo pequeño pero muy laborioso.
Terminó de subir la cuesta, otra vez se encontraba a los pies de la soberbia torre, continuó el camino ya conocido hasta llegar a la puerta de entrada.
También había cierto revuelo allí. Otro carro estaba siendo cargado con sacos de trigo. Un hombre, montado en un magnífico caballo, hablaba altivamente con un soldado y con un civil que solo llevaba una túnica blanca.
Fruela se entretuvo un momento más en mirar al paisaje. Ahora, a la luz del día, se daba cuenta de porqué estaba allí esa guarnición tan cuidada. Desde la cima elevada se controlaban todos los alrededores: los páramos cercanos, los campos de labor, lejanamente se llegaba a ver incluso lo que parecía otra torre defensiva. Pero sobre todo, se controlaba la vaguada y el puente, el amplio cauce del río y la gran llanura verde que desde la orilla opuesta se extendía hacía el horizonte.
En esto, el jinete y los dos hombres con los que estaba hablando habían desaparecido de la pequeña explanada previa a la puerta de la torre. Habrán entrado dentro, pensó. Solo había un camino para bajar desde la cima, tenían que haber pasado junto a él. Solo quedaban dos hombres semidesnudos que continuaban cargando el carro. También había otro par de soldados a la entrada, no eran los mismos que ayer, pero estaban igualmente ataviados.
- Buenos días.
- Ave, muchacho. ¿Qué es lo que buscas aquí? Este no es lugar para ti.
Era claro que la soldadesca de Septimanca no era conocido por su trato amable.
- Mi nombre es Fruela, de Pallantia. Tengo que ver al gobernador para…
-¿Qué te hace suponer que el gobernador quiere verte, Froilo?
- Es Fruela, – definitivamente su estancia allí no sería buena por la compañía – y el propio administrador del gobernador, Zósimo, fue quien me dio el encargo en su nombre. Esperaba mi llegada ayer. Creo que es mejor por tu bien que no le hagas esperar más.
- Espera un momento. – Duro, pero dubitativo. Entró en la torre, y al cabo de unos instantes apareció con un semblante mucho más descolocado, y con un tono menos autoritario.
- Pasa maese Fruela. Ahora te llevarán ante el gobernador Antonino.
Por fin podía entrar dentro de la torre. Al cruzar la puerta había un pequeño zaguán oscuro que se abría hacía la izquierda, a la derecha solo un muro. Allí había solo otro soldado que parecía de mayor graduación. Sus pertrechos estaban aun más limpios y cuidados. No llevaba casco, tan solo tenía la espada corta pendiendo del cinturón. La empuñadura de este era roja, al igual que la corta capa suave de lino. En este detalle se fijó mucho posteriormente. Era tal y como contaban los relatos sobre los valiente legionarios de la misma Roma, que liberaron a Hispania de los indígenas de los tiempos antiguos. El soldado solo dijo: Sígueme. No dio pie a conversar nada más.
Salieron del zaguán hasta el patio central de la torre. Era de tierra pisada, lleno de charcos , paja y excrementos de animales. En una esquina había un cobertizo, apenas cuatro listones de madera. Que soportaban un tejadillo de paja. Dentro estaba dividido, por un lado cerdos, por otro caballos. Los cerdos eran lustrosos y enormes, tanto que daba alegría verlos. Los caballos eran unos animales excepcionales. Fruela nunca había visto ninguno así. Su tamaño era bastante mayor de lo común, su era pelo brillante, su porte era poderosa. Cuatro, dos negros y dos blancos. Dudó de que fuesen caballos de guerra, parecían demasiado valiosos.
Había un hombre vestido con una túnica de lana, finamente tejida, blanca. Cepillaba cuidadosamente el lomo de uno de los animales, mientras con la otra mano le daba de comer unas hierbas.
Fruela supuso que el gobernador ante el que tenía que presentarse era este mismo. Fue una ligera sorpresa para el propio tejedor, cuando le corroboren que el gobernador Antonino, es ese mismo que humildemente cuida los caballos. De esto se podrían extraer dos suposiciones, que pronto se verían satisfechas, o bien el gobernador era un ser sencillo al que no le importa hacer trabajos tan serviles en presencia de sus inferiores; muy conveniente esto en un cuartel, pues imbuye a los soldados el sentimiento de que todos están allí para hacer el mismo trabajo, y para disfrutar de la misma victoria. Como los héroes antiguos. La otra opción es que hiciera esto por mera soberbia. No consideraba a nadie digno de cuidar a su caballo. Un simple caballo, sí, pero suyo. Reflejo de su vanidad y arrogancia.
El soldado pulcramente pertrechado, llevó a Fruela hasta el vallado del cobertizo, junto a los caballos.
Fruela no sabía porqué estaba allí, quizás tuviese que decir algo al encargado de los animales, decirle algo antes de llevarlo ante el gobernador Antonino.
- Señor Antonino, le traigo a Fruela de Pallantia. El tejedor que requirió que viniese.
- Muy bien. Puedes irte. –Dijo sin dejar de atender al caballo.
Que hombre tan amante de los animales, pensó.
Pero lo que pasó fue que toda la conversación se desarrolló sin mirar ni una sola vez a Fruela. Ya no a los ojos, ni tan siquiera hacia donde estaba él.
- Así que tú eres el tejedor de Pallantia que tenía que haber llegado ayer… –Se cayó como para reprenderlo con su silencio. – No me gusta que la gente que no cumple puntualmente con sus obligaciones.
- Es cierto, señor, pero no fue culpa mía.
- Fue culpa de tus perezosos pies, muchacho. Confío en que tus manos, como tejedor, sean más eficaces que tus pies como viajero.
- Ayer, antes de caer la noche ya estaba dentro de los muros de Septimanca. Intenté encontrarle, pero los soldados con los que hablé me dijeron que no estaba aquí.
Aún de espaldas le pareció que Antonino esbozaba una sonrisa socarrona.
- Mientes, muchacho. – Cada vez las cosas iban peor. – Mis soldados no pudieron decirte eso. – Quedó callado, aun sonriente.
- Puede que me haya equivocado, señor, quizás lo que me dieron a entender era que no podía verme ayer, en ese momento.
- Eso está mucho mejor, maese Fruela.
Continuó durante un poco más cepillando muy cuidadosamente los cuartos traseros del equino.
-¿Qué tal has pasado la noche en casa del buen Vegecio?
Sería cabrón. Solo había buscado jugar con él un rato, y demostrar así su poder y control sobre el pueblo.
Naturalmente dudó y balbuceó un poco antes de responder. Él no se lo esperaba. Aunque se podía estar casi seguro de que algo por el estilo podía pasar.
- Señor … Es un buen anfitrión. Ha sido generoso y considerado conmigo.
- Vuelve mañana por la tarde, después de comer. Te explicaré entonces “exactamente” cual será el trabajo que has de desarrollar. Ahora estoy ocupado … Entre tanto come en casa de Vegecio. Está todo dispuesto para que te alojes y mantengas allí mientras dure tu labor. Aquí solo vendas a trabajar. No es lugar para un civil. Adiós.
Todavía estupefacto por el recibimiento tan minuciosamente controlado que le habían ofrecido, salió de la torre.
En adelante debería de tener más cuidado con lo que hiciera y dijera. El pueblo vivía en un estado total de alerta contra todo y todos.
Cuando entró en la casa de Vegecio le preguntó si tenía algo para comer, lo que fuera. Era pronto y no tenía nada listo, pero le ofreció una pequeña hogaza y algo de carne seca. Llenó también el odre con un vino de la propia cosecha del anfitrión. No dijo nada referente a lo pasado en la torre, bien sabía que Vegecio estaba al corriente de todo. Se aprovisionó con total desprecio y salió a comer fuera de la casa, pensando que la orilla del río sería un lugar agradable y lo más alejado de posibles espías o mirones.
Con el mismo desprecio y arrogancia cruzó el arco de la muralla. Los guardianes eran los mismos que cuando cruzó por vez primera. Intentaron mostrar la altanería anterior, pero prevenido como estaba, aunque con cierta precaución pues eran soldados, dijo quien era y adonde iba sin tan siquiera detenerse. Con paso seguro y tranquilo.
La orilla opuesta a Septimanca le pareció el sitio perfecto, pero tener que pagar dos veces el peaje del puente por el simple hecho de comer más tranquilo, le pareció excesivo.
Había también un anciano que manejaba una barquichuela, poco más que unas tablas atadas con esparto. Le preguntó; su precio era mucho más ajustado. Pero las lluvias primaverales traían crecido y rápido el río Pisuerga; y los endebles y raquíticos brazos del pobre anciano no le dieron demasiada confianza.
Justo a la orilla el río era potente y suave, como el paso de un ejercito antes de la batalla. Arrasa todo a su camino, pero en apariencia no dejan de ser hombres andando.
Siguió la corriente un corto trecho y se tumbó en un pequeño remanso, junto a la orilla, de arena fina y suave como la ceniza. Bajo un chopo, dejando que la sombra no le cubriese del todo; ese día el sol era de lo más agradable.
Disfrutó de una campestre y bucólica comida. Bucólica para nosotros, pues eso para Fruela era el pan nuestro de cada día.
La campestre comida tuvo su correspondiente siesta campestre. Y hubiese tenido concierto campestre de haber podido, pues pocas ganas tenía de volver a subir a ver de nuevo al gobernador Antonino.
Pese a todo quería demostrar que era un artesano responsable, y poco después de medio día se encontraba otra vez ante Antonino. Esta vez en una pequeña estancia de la primera planta de la torre.
La estancia tenía una ventana muy estrecha, tan solo una fisura vertical entre las piedras. Unos pocos rayos de sol pasaban. Afuera la claridad era la normal de un día de primavera: abundante y tibia. Dentro, en cambio eran necesarias un par de lámparas de aceite para poder ver lo justo. Unos cuantos vellones en las paredes y el suelo hacían que la habitación no estuviera demasiado fría. Estaban en la primera planta, la construcción era todavía de gruesos muros de piedra caliza, los pisos superiores eran de ladrillo cocido y el remate solo de madera. La piedra era cara, a parte de que era difícil de conseguir por estas tierras a algún ingeniero que calcule los empujes de semejante mole si fuese toda de piedra.
Fruela estaba de pie en el vano, ni dentro ni fuera de la habitación. Antonino estaba sentado en una sencilla silla de madera, ante una también simple mesa. La proverbial austeridad en todo del guerrero; o la tacañería.
El gobernador no hacía ningún caso al tejedor, había sido convenientemente avisado pero tan siquiera lo ha mirado. Ante uno de las lámparas de aceite tenía desperdigados un par de pergaminos. Se notaba que no era un hombre de letras. Recorría con lentitud las líneas. Se para, volvía atrás. Cerraba los ojos, como haciendo un esfuerzo de memoria.
Quizás había confundido algún caso o había conjugado mal un verbo, y tenía que repensar el sentido exacto de la frase. El sentido aproximado lo conocía al primer vistazo, casi con mirar la cara al correo.
Acabó de leer, apartó los papeles. Tomó entonces una tablilla de cera y un punzón. Trazó una serie de números. Rápidamente ahora. Se notaba que era más comerciante que letrado. El dinero y el poder siempre son uno.
Dejó el estilo junto a la tablilla. Se levantó y se volvió a Fruela.
- Bien, muchacho. Hablemos ahora seriamente del trabajo del que te vas a encargar.
Entonces todo lo anterior había sido una broma, pensó indignado. El viaje a pie, solo, seis días desde Pallantia; tan solo con la referencia de un nombre en Septimanca, un buen adelanto, pero sin exagerar, y la promesa de ser discreto a cuenta de un muy buen pago final. El riesgo de encomendar a su hermano menor el cuidado del taller, pese a su juventud. Todo había sido una broma.
-¿Me has escuchado, muchacho?
- Sí… – Le sacó de sus resentimientos.
-¿Qué es lo que te comentó mi agente, allí en Pallantia?
- Me dijo que era un encargo importante, muy importante, recalcó. Pero no me dijo porqué, aunque tampoco se lo pregunté. – Antonino asintió satisfecho por ese comentario. – Dijo que la naturaleza exacta la conocería una vez aquí, en Septimanca. Me aseguró que era algo para lo que esta capacitado, y que no tendría que preocuparme por materiales, tintes o herramientas. Todo me sería facilitado aquí.
- ¿Algo más?
- Sí, señor. Que no dijera nada a nadie, que pusiese la excusa que mejor me conviniese; lo que quisiera, siempre y cuando no llamase demasiado la atención.
También me aseguró que no me preocupase por la marcha de mi taller, que él se preocuparía personalmente porque todo fuera bien. Cosa de la que no tengo ninguna certeza, pero que acepté en virtud del generoso adelanto.
- ¿Entonces te pareció bien la suma? Es algo que dejé a cuenta de mi agente; supongo que ese perro habrá sacado su tajada también de ahí.
- Por supuesto que sí. Aun teniendo en cuenta el problema del taller.
- Me alegro entonces. – Parecía sopesar exactamente lo que quería decir a continuación. Tomó aire. Todo tenía un aspecto demasiado oscuro, demasiado importante. – Intentaré explicarte concretamente el encargo, es muy sencillo en realidad. O muy complicado, según las últimas noticias, – mirando hacia la mesa – pero eso a ti no te concierne… Bueno, a lo que íbamos. Tienes que confeccionar cinco mantos. – Supuestamente Fruela debía de decir algo, pero aún no había oído nada tan extraordinario que precisara comentarse. Guardó silencio.
- Cinco mantos en dos semanas. – Tomó aire – Debes ocuparte de todo desde el hilado y tejido, hasta el tinte y los últimos ajustes necesarios. ¿Qué piensas de ello, cual es tu opinión como maestro?
- El plazo está ajustado, pero bien, no se puede decir que tenga que trabajar con comodidad, pero se puede hacer. Aunque con algo de ayuda puedo hacerlo con total garantía.
- Me temo que eso será imposible, maese Fruela. Lo harás todo solo. Tan siquiera podrás comentar con nadie lo que haces. Aunque nadie en Septimanca creo que te pregunte, como puedes suponer.
- Por mi parte no hay ningún problema, gobernador Antonino, soy un maestro responsable y cumpliré con mi palabra. Pero si me permites decirlo, no entiendo a que tanto secreto.
- Eres un tanto imprudente al preguntarme eso, demuestras orgullo… Pero serás complacido en tus dudas. Sobre todo porque esta es la parte delicada del encargo; sé perfectamente que lo que te he dicho hasta ahora lo podría hacer cualquier tejedor del tres al cuarto. Sé también que sabes trabajar con material rico, de calidad.
- Es verdad lo que dices, señor. Mas bien, lo verdadero es que hace tiempo que no tengo mi materiales ni encargos que requieran mucha finura; son malos tiempos.
- Sí que son malos tiempos. Malos tiempos para todo, excepto para el dinero. Tengo en los almacenes de esta torre un par de buenos telares, ruecas, lino de egipcio y púrpura de la costas de Syria. ¿Sabes de lo que te hablo?
- Vagamente. Lino de Egipto tejí hace unos años para una hija del presbítero de Pallantia. El púrpura del que hablas no lo conozco para nada.
- ¿Estas seguro de no conocerlo?
- Del todo. Jamas he trabajado con tal tejido.
- Estoy seguro de que hasta ahora no has trabajado con él. Pero seguro que sabes lo que es.
- No sé lo que quieres decir… A no ser que hables del púrpura imperial.
- Exactamente, exactamente.
- Pero eso no puede ser, señor. Esté prohibido por la ley. Teñir telas de púrpura es algo que solo está reservado para los talleres de Italia, y pude que también se haga en la capital oriental.
- Constantinopla, quieres decir.
- Creo que sí.
- Son tiempos extraños. El gobierno ya no está siquiera en la ciudad eterna. De hecho no sé puede decir que en esta misma provincia haya un gobierno, dependa de Rávena o no. – Fruela solo asiente, no entiende de lo que habla. – Ahora cada hombre es su ley. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
- No…
- Es fácil. Yo tengo púrpura, porque la he comprado. Así que yo puedo teñir lo que desee con ese púrpura.
Fruela lo mira ahora como a un asno con armadura, o como a un gorrión con flauta.
- Sé lo que piensas ahora. No te equivoques, te lo advierto.
No es para mí. Para mi uso, quiero decir. Es para usarlo como arma, o como regalo; no sé. Eso no te interesa. Creo que ya sabes demasiado. – Airado. – Mañana a primera hora te presentaras ante mí; yo mismo te conduciré al lugar donde has de trabajar.
Harás cinco mantos púrpuras y uno blanco. Eso sí, el blanco será el más primoroso, se un hilo más suave, como la gasa o la seda. ¿Sabes lo que es la seda? – No esperó respuesta. – Vete.
Fruela salió.
La entrevista no había durado mucho. El sol seguía brillando con fuerza cuando se disponía a cruzar el patio interior de la torre. Esperó unos instantes protegido por la sombra. Sus ojos no se habían desacostumbrado de la penumbra donde había estado.
Por un lado Fruela tenía prisa, le habían fijado un periodo ajustado de tiempo para realizar el encargo. Por otro, se comportaba como si no le importase perder ese mismo tiempo. Fruela sabía que iba a cobrar lo mismo empezase hoy o mañana a hacer los mantos.
Seguramente estaba esperando algo que se ha retrasado. Él cumplió con su palabra justamente, y llegó a Septimanca el día convenido.
Pero no hay ningún inconveniente. Emplearía lo que queda de tarde en dar un paseo por los alrededores y a planificar cual sería el mejor y más rápido método para hacer los cinco… no, seis mantos. Primero dijo cinco, pero luego incluyó uno sexto blanco.
Y pasó la tarde en lo que poco que se podía entretener en aquel pueblo. Recorrió las calles formadas por casas de barro y paja, apegadas unas a otras en el lado que daba al río de la dura pendiente que coronaba la torre.
La actividad de la mañana se había detenido por completo. Aún quedaban unas horas para que se ocultase el sol y tan solo se cruzó con tres o cuatro personas. Grupos de labradores que habían acabado con su trabajo por ese día. Comadres que llevaban pesados cestos con ropa lavada en el río o con comida o alguna otra cosa.
Pensó que, verdaderamente, era un lugar agradable para pasar parte de la primavera. Cambiaría un poco la monotonía del trabajo en el taller de Pallantia; cansado de hacer gruesos mantos para soldados, apresuradamente, sin cuidar ningún detalle. Lo que le pagaban tampoco daba para más preocupaciones. Siempre de prisa, siempre con problemas con los pastores y los mercaderes de lana para sacar un buen precio.
En cambio esto era una especie de descanso para él. Todo se lo tenían estrictamente preparado. Solo tendría que tejer.
Poco había que contar en cuanto al trabajo de un tejedor, ya sea de mucha categoría o poca. En este caso mucha. Habría que hablar de cómo se fueron haciendo los mantos.
Cualquier jornada de cualquier trabajador cualquier día del año, comenzaba con la salida del sol y acababa con el ocaso. Fruela, siendo primavera, trabajaría alrededor de doce horas completas al día. Doce horas, conociendo el oficio como lo conoce; junto con la fuerza de su juventud y el ánimo del dinero. En quince días tenía tiempo más que suficiente para llevar a cabo todo el trabajo aunque pudiera parecer mucho.
Poco hay para contar durante esos días. Considerando que algo dormiría, algún tiempo también invertiría en comer y en aliviar ciertas necesidades que no necesitan demasiada explicación, solo se hará una explicación muy breve y somera de un solo día. Dejando para más adelante el tratar los temas que entretanto fueron avanzando en la acción.
Apareció la aurora, que no el sol. Se revolvía un breve momento entre las mantas y se levantó decididamente. Salió cuidadosamente del cuarto que comparte con los ocasionales mercaderes que pasaban la noche en el pueblo. La mayoría no eran muy madrugadores de ahí el cuidado que ponía al pasar entre los cuerpos desperdigados sin orden por el suelo, en la oscuridad que aún reinaba en la casa.
Él que se despertase siempre a la misma hora no era extraño, aún no teniendo medio mecánico preciso para ello, el cuerpo ya estaba acostumbrado.
Pasaba a la sala con el hogar. Normalmente no había nadie. Bebía un trago de leche que le dejaban preparada la noche anterior; y mientras salía mordisqueaba algún chusco de pan duro con algún resto de cerdo. A veces sí que había alguien en la sala del hogar. Raramente era Vegecio. La figura oscura del hombre tapado eternamente por el grueso y sucio manto. Se sobresaltaba, entraba y encontraba la sala en un silencio absoluto, de repente se volvía y allí estaba la figura acurrucada y silenciosa. Casi una sombra, casi intangible. Nunca le oyó una sola palabra. Pese a que a veces se sorprendía visiblemente con la inusual presencia de Fruela. Con el paso de los días se enteró de más cosas de él, pero no por su boca, claro está. Entre ellas supo su nombre: Faucio.
Después del frugal desayuno se envolvía en su grueso capote de viaje. Era corto el trecho de la casa de Vegecio a la torre, pero las noches eran aún muy frías, y la gruesa tela que trajo durante el camino desde Pallantia le acompañaba hasta que encendía un pequeño fuego en el cobertizo donde trabajaba.
Antes de encender el fuego ascendía la cuesta hasta el pie de la torre. Sus piernas se acostumbraron pronto a la fuerte pendiente, en un par de días ya subía con soltura.
Saludaba a la pareja de soldados que guardaban la puerta. Siempre serios, siempre hieráticos. Nunca devolvían el saludo. Solo miraban hacia el frente.
El primer día que entró para comenzar con su encargo, al ver que no respondían a su saludo, y que ni tan siquiera le miraban, pensó que estaban vigilando algo. Miró en la misma dirección que ellos. En verdad el espectáculo era magnífico. Un innumerable despliegue de tonalidades del gris se arremolinaban en torno al brillo fuertemente rojo del sol naciente.
Vaya, otro día que nace, pensó. Luego dijo algún comentario sin importancia sobre el tiempo.
Viendo que no respondían se avergonzó un poco por su actitud, un tanto infantil, ante tan estoicos soldados. Agachó la cabeza y entró apresuradamente.
El resto de los días no cometió ese error y esbozaba un discreto saludo al entrar.
El pequeño taller donde trabajaba era, como se ha dicho, un cobertizo dentro del patio de la torre. Estaba pegado a una pared, no a la de los establos, pero tampoco tan lejos como para no compartir el olor.
Las jornadas empezaban siempre del mismo modo. Encendía unos cuantos tocones dentro del agujero del suelo. Esperaba un poco hasta que entraba el calor el cuartucho. Saltaba, se daba pequeños golpes en los costados con las manos, se frotaba las piernas. Hasta bien avanzada la mañana no se notaba ningún calor en el ambiente y la mayor parte del tiempo la pasaba sentado. La experiencia de intentar levantarse y no sentir las piernas por el frío, descubrir los dedos de los pies totalmente azules, ver como sus manos se llenaban de sabañones. Siempre que trabajaba durante los meses de frío intentaba cuidarse lo mejor que podía, pero la verdad era que no siempre era efectivo. Cuando escaseaba la leña, o lo que es peor, cuando escaseaba la labor; entonces no había más remedio que pasar frío y, en invierno se pasaba de verdad. Allá en su Pallantia natal, cuando el viento del norte traían nieve, hielo y lobos desde las montañas.
Aquí tenía suerte. Aquí había leña de sobra para un pobre tejedor como él.
Entrado ya en calor, empezaba a trabajar. Se movía con una cadencia tranquila y ágil. No parecía que avanzase en su labora a gran velocidad, pero la verdad era que su ritmo no le cansaba. Podía trabajar hora tras hora, inagotable. Daba igual que hilase, preparase tinte, tejiese; daba lo mismo, todo el trabajo se desarrollaba veloz entre sus manos.
Pero no ha de alabarse su laboriosidad más que en su justa medida. Cualquier artesano, cualquier labrador, cualquier trabajador tenía que trabajar tanto y tan rápido como él, sino más. Si es que quería comer ese día.
Solo descansaba para comer a medio día. O bien Vegecio le hacía llegar algún guiso, o bien se apañaba con el rancho que el gobernador Antonino había indicado que se le sirviese, junto a los demás soldados. En esas ocasiones, amparado en la excusa de avanzar más en su trabajo, se llevaba la escudilla de madera a su cobertizo. Ahí, en soledad, comía más con hambre que con deleite, pues las virtudes del cocinero no eran muchas. También hacía eso porque no le gustaba la presencia de los soldados, su brusca camaradería, su gritos, sus toscas maneras en la mesa que envidiaban a las de los cerdos, su violencia y su resentimiento, sobre todo, a Fruela.
Prefería cuando tenía comida de la casa de Vegecio. Para él era delicioso todo lo que salía de sus pucheros. Disfrutaba silenciosamente en su cobertizo de sus simples y sabrosos platos. Con tan solo unas cebollas y unas verduras lograba sabores elaborados.
Lo que más le gustaba era el guiso de patatas con ajo. Le encantaba el sabor de las patatas, como una vez le dijo Vegecio:
- Debemos de dar gracias por las patatas, regalo del dios Iano, que él mismo trajo a los hombres desde las grandes islas de oriente. De no ser por ellas los pobres de este mundo moriríamos de hambre.
Una vez que había acabado de comer, limpiaba la escudilla y sus manos en una gran pila que había en el centro del patio, de la cual se tomaba el agua para el consumo de la guarnición.
Después seguía trabajando, rápido constante, hasta la puesta de sol. Tras casi catorce horas. Llegaba agotado, nuevamente, a la casa de Vegecio con el manto cubriéndole someramente, con cuyo peso ya casi ni podía.
Nada más.
La media tarde era el momento preferido por Antonino para vigilar personalmente la evolución del trabajo de Fruela.
No lo hacía todos los días. Solo fue cuatro o cinco veces durante los algo más de quince días que estuvo trabajando en los mantos. Siempre se mostraba altivo, era como si le diese cierto asco manchar sus hermosas sandalias de piel de cordero con la sucia tierra aplastada del cobertizo. No hablaba demasiado, solo hacía breves comentarios. Intentaba demostrar a Fruela que conocía las técnicas que trabajaba y que no era posible engañarlo.
Pero los dos sabían que esto no era verdad, el tejedor no se jactaba de ello ante Antonino, pero era él el que marcaba y controlaba todo el proceso. Podía haber intentado dilatar el plazo de finalización, o haber ido más despacio para forzarle a contratar a un ayudante y así trabajar más cómodo. Pensó esto en varias ocasiones, casi siempre en la soledad de su descanso, cuando los ocasionales mercaderes roncaban plácidamente y él tardaba aún largo rato en conciliar el sueño. Siempre desistía.
Por un lado desistía por la propia honra como trabajador. Había dado su palabra y tenía que cumplirla. Aunque en ocasiones se daba cuenta de que su palabra valía el poco dinero que recibía por su trabajo, que no era malo engañar al cliente; malo para el bolsillo de Fruela, se entiende.
Pero la verdadera razón no venía dada por su monólogo interior moralista. En las dos primeras visitas que hizo Antonino casi no hizo referencia al tiempo. Solo hacía comentarios al uso de cualquier pagador que quiere ver su encargo hecho a tiempo.
Se acercaba circunspecto, altivo, y miraba a Fruela, sentado, enfrascado en su labor.
-¿Cómo va el trabajo de avanzado, hijo? ¿Estará para cuando acordamos?
Fruela, normalmente, contestaba con monosílabos. Aparentaba estar muy concentrado, pero no perdiendo ni una sola de las palabras que salían de la boca del gobernador.
Esta vez le llamó la atención que lo llamase “hijo”. Desde que su padre murió nadie lo había hecho. Cuando volvieron del entierro su misma madre empezó a referirse a su primogénito por su nombre de pila.
- Va muy bien, señor. Tal y como estaba previsto.
- Muy bien, muy bien. – Repetía en voz baja mientras salía al patio.
El problema apareció en las siguientes visitas.
Antonino entraba más nervioso, más ensimismado. Se acercaba y se alejaba del lugar donde estaba sentado. Su voz no tenía la dejadez altiva de otras veces; lo mismo subía hasta el grito histérico que bajaba hasta el murmullo sordo.
- ¿No queda mucho para que acabes, verdad, maese Fruela? – Era más una súplica que otra cosa.
- Todo a su tiempo señor. El trabajo va como tenía que ir, pero aún quedan días para que esté terminado.
- Pues trabaja más aprisa, muchacho, – ahora casi gritaba, – sino quieres saber lo que es bueno.
- Sí, señor … – Abrumado y tímido.
- Mas te vale que todo esté a tiempo. Más te vale.
Acto seguido salía, para volver a entrar al momento.
- Disculpa mi pequeño arrebato de ira. Estoy muy preocupado estos últimos días. Quiero que todo salga bien. La semana pasada vi que tu trabajo progresaba mucho, pero lo que veo hoy no me tranquiliza. Espero que mi temperamento no te asuste y haga que te pongas nervioso y no trabajes cómodo.
Te suplico que me perdones y que sigas trabajando tan bien como hasta ahora. Tu trabajo es muy importante.
- Sí, señor. – Iba a responder, pero ya estaba fuera el gobernador. Había soltado su disculpa como quien vacía una palangana. No le tranquilizaba demasiado. Y eso no era lo que el gobernador Antonino quería, que el estuviese intranquilo. Lo mejor era seguir trabajando, mantener la mente ocupada moviendo las manos. Ya tendría tiempo de darle vueltas al asunto.
El sol empezó a caer y la luz menguaba rápidamente en el cobertizo. Ya iba siendo hora de dar por acabada la jornada y, de comer algo tranquilamente antes de acostarse.
Normalmente bajba la cuesta hasta la casa de Vegecio muy cansado. Pero esta vez se encontraba inquieto por la actitud que había tenido el gobernador durante la tarde. Tan siquiera se molestó en admirar el paisaje de la fértil vega que hay a los pies del pueblo. No levantó la vista del suelo. Sus manos no podían parar quietas en ningún momento.
Tan enfrascado iba en lo que pensaba que casi se dio de bruces con unos hombres que salían de la casa de Vegecio.
- Perdón.
- Cuidado por donde andas muchacho.
- Lo siento, …
- Pero bueno, si es el tejedor. – La voz tenía un deje pastoso, sin duda eran unos borrachos que parecían un tanto bravucones.
El comentario le hizo levantar la mirada, entonces reconoció a los borrachos. Eran soldados de la torre. No eran del grupo de los más engreídos y violentos, pero eran soldados y estaban bebidos.
Fruela intentó no discutir con ellos. Iba a abrir la boca cuando lo tomaron amistosamente del brazo y lo llevaron con ellos.
El pequeño grupo de soldados tenía esa noche libre después de pasar mucho tiempo dentro de la torre. Como en estos pueblos de la zona no había más diversión que el sexo, el baile o el vino, tomaron la opción más fácil: vino.
Aun quedaba tiempo para las fiestas y bailes de la recogida de cereal . Las mujeres de Septimanca eran muy reticentes a aceptar a los soldados, y no había prostíbulo por ser el pueblo muy pequeño. En esta tesitura las necesidades de los soldados se saldaban con algún grupo de meretrices ambulantes que recorrían la comarca. Pero para eso aun quedaban demasiadas semanas. La única solución era el vino; y en eso estaban cuando se toparon con Fruela, saliendo de la casa de Vegecio después de haber dado buena cuenta de sus caldos.
- Vamos a casa de Hipólito.
Tabernas, propiamente, al estilo de las que había en Pallantia, no había. Los aficionados a los néctares de Baco no tenían más remedio que hacer su propia bodega o recurrir a bodegas particulares. Este es el caso de Hipólito. Otro de los campesinos más o menos acomodados que tenía el lujo de poder vender el vino que le sobraba.
- Abre, señor Hipólito, que tenemos sed.
Le debían algo más de respeto por su fortuna, pero el vino, ya se sabe.
- Abre, señor Hipólito, a los borrachos de Antonino y a su compañía. – Bonito gesto, el de que como extranjero lo mezclaran con unos soldados demasiado bebidos. Pero Fruela estaba demasiado cansado como para preocuparse.
- ¿Qué ocurre? ¿No tenéis otro sitio donde molestar? – Abrió la puerta un hombre bajo y rechoncho, casi una bola, totalmente calvo y con cara de sueño. – Os pongo una jarra y me dejáis dormir tranquilo.
- Hipólito, no seas aguafiestas. Saca un par de jarras de tu mejor vino y siéntate con nosotros. Contigo y con el tejedor seremos un buen grupo de bebedores y habladores.
- ¿Mi mejor vino? Si con lo que habéis bebido ya no sabríais diferenciar vinagre de meado de gato. Os pongo un clarete que se me está empezando a picar, y vais sobrados. ¡Oye! – Reparando en Fruela. -¿Y tú, quien eres, que te llaman tejedor?
- Me llamo Fruela y estoy tejiendo para el gobernador.
- ¿Para el Antonino? Qué elegante se ha vuelto. Pues, de poco le va a valer para cuando lleguen los bárbaros… ¿cuánto tiempo llevas aquí, que no te he visto nunca?
- Poco más de una semana, pero trabajo todo el día.
- Bien, bien. Aquí tenéis el vino. Acabad pronto y dejadme tranquilo, que últimamente venís todos los días.
- Tenemos que estar descansados para cuando vengan los bárbaros. Lo ha dicho el gobernador.
- Tú, si quieres – continuó Hipólito dirigiéndose a Fruela, sin prestar atención a los últimos comentarios de los soldados – pásate otro día por aquí, tejedor. Cuando acabes de trabajar para el explotador ese, hablamos de algún trabajo que puedo tener para ti… Un tejedor, que bien, que bien.
-¿Los bárbaros vienen? Esto … sí señor, ya hablaremos. ¿Los bárbaros aquí?
- Todo el día con nosotros, metido en la torre y no te has enterado; ahí tejedor, tejedorcillo. Pues vamos a tener visita; dentro de ocho o diez días a lo más.
Hablando de más. Más vino Hipólito.
- ¡Ya habéis acabado la jara! Estáis locos, locos y borrachos. Tomad esta cántara, me lo pagáis todo ahora y la termináis en la calle, que tengo que madrugar mañana.
Salieron a la calle, más borrachos aún los soldados y, razonablemente embriagado por el cansancio, Fruela.
Seguramente recorrieron varias calles, unas las podría haber reconocido, otras no; y se sentaron en una pequeña explanada junto a la muralla. Había una gran tea ardiendo empotrada en el lado interior, de modo que la explanada quedaba iluminada.
De no haber estado tan bebido hubiese pensado en lo raro que era eso, pero el caso es que no estaba para pensar en nada.
Sentados en el suelo siguieron bebiendo el vino de Hipólito.
La conversación devino enseguida a temas castrenses y Fruela se aburría. No le interesaban demasiado las guardias o los problemas de armamento.
- Pues anda que no es desgraciado el cabo. El otro día, cuando me encontró comiendo un mendrugo durante la guardia de noche, me hizo limpiar y pulir todas las puntas de lanza de la armería grande. Pensé que me quedaba sin permiso, pero parece que hay órdenes de arriba para que nos dejen divertirnos.
- Ya sabes lo que quiere decir eso. Toca jaleo.
- Sí. Me acuerdo del año pasado, cuando los norteños estuvieron incordiando. Justo la semana antes de ir a por ellos y liquidarlos, nos la pasamos borrachos.
Fruela intentaba meter el tema de los bárbaros en la conversación, pero lo máximo que logró fue lo anterior. Así que al poco desistió, ya intentaría otro día enterarse de algo más. Si es que recordaba algo al despertarse.
Pensó preguntarle a Vegecio algo del tema, pero cuando llegó ya estaba todo el mundo dormido. No se molestó en cenar nada, y antes de apoyar la cabeza en los paños enroscados que le servían como almohada ya estaba dormido.
Por la mañana recordaba todo a la perfección. Pero tenía, como es de prever, un dolor de cabeza terrible.
Ese día trabajó de manera un poco más relajada de lo habitual. Hubo fortuna y Antonino no pasó para nada a verle, por lo que estuvo tranquilo, pese a que bebió mucha más agua de lo normal.
Salió justo cuando se ponía el sol.
Esquivó a otro grupo de soldados, distintos a los del día anterior, pero con las mismas intenciones, y entro en casa de Vegecio. Solo él estaba en la estancia. Sentado en su tajuelo, junto al fuego, con un cuenco de vino entre sus manos.
- Hola.
- Hola, muchacho. ¿Qué, hoy tienes hambre, o guardas ayuno como ayer? Esa costumbre de los cristianos de ayunar nos volverá locos. Antes, los viejos dioses nos pedían comida, y ahora, el nuevo, nos la quita de la boca … ¡Qué mundo este! ¡Qué mundo!
- No sé si está bien lo que has dicho, pero yo no entiendo mucho de dioses, viejos o nuevos. Cuando bebo vino vierto un poco en el umbral de la casa y poco más. De toas las formas, sí, hoy cenaré; si es que hay cena.
- Cómo no va a haber. Pero antes siéntate un rato conmigo al fuego. Todo este vino ya es demasiado para mi. Seguro que te apetece, ya sé que te has vuelto un gran aficionado.
-A la fuerza ahorcan.
- Toma un poco y bebamos juntos en moderación y compañía, que es como han de hacerse las cosas.
- Sabio comentario. Brindemos por él -. Y bebieron.
- Buen vino. Brindemos por él. – Y tornaron a beber.
Fruela no aguantó mucho más. Las palabras le ardían en la lengua desde que había salido el sol.
-¿Qué es lo que pasa con los bárbaros?
-¿Los qué?
- Los bárbaros. O quien sea. Alguien va a venir, y los soldados se están preparando.
-¡Ah! Esos bárbaros. Visigodos deberías decir.
- Pues visigodos. Pero, que pasa con ellos.
-¿Pasar? Nada. Simplemente una pequeña parte del ejercito godo llegará a Septimanca dentro de unos cuantos días, ocho, puede que diez. Van hacía el sur y cruzarán el Duero por aquí. Seguro que Antonino ya ha hecho cuentas de lo que va a ganar con el paso de todos esos hombres y carros por su puente.
-¿Va a cobrar a un ejercito de bar… de bárbaros?
- No lo sé seguro. Pero con los soldados que tenemos aquí, ni siquiera los asustaríamos. Supongo que los pondrá para impresionar un poquito, para la menos cobrar algo. Sino colocase a sus soldaditos muy firmes y muy arrogantes los bárbaros pasarían tranquilamente. Para eso son los amos.
- Vegecio. El dueño es el emperador.
- Que poco sabes del mundo en el que vives. El emperador, si es que hay alguno en Roma, en Rávena o en Spalato, no manda. Solo el Cesar de Bizancio tiene algo de poder gracias al comercio con oriente. Son cosas que se saben de tanto hablar con comerciantes. En occidente no manda nadie.
- Pero si aquí mismo manda Antonino, y es romano. En Pallantia también está el gobernador del imperio.
- Y, así nos va con gente como Antonino.
- Pero qué dices Vegecio. Piensas acaso que sería mejor que nos gobernara alguno de esos …
- Sí. Sería mejor. No sé como serán las cosas en Pallantia. Pero aquí hace años que las monedas con la cara del augusto no corren en abundancia. Y las que pasan se quedan en el puente. Hace años cuando tanto Antonino como yo éramos jóvenes, pasaban no menos de veinte carros al día por el puente. Ahora ni tres. Y cuando no hay moneda, arrambla con lo que sea. Un año es queso, al otro grano, si hace frío pieles y leña. Siempre hay una excusa para cobrar más impuestos.
Y luego, ¿para qué? El año pasado esos norteños malhablados nos saquearon del todo. Y los soldados no hicieron nada. Les dejaron hacer. Les dejaron irse, y una vez lejos los masacraron y les robaron lo que nos habían robado a nosotros esos miserables muertos de hambre. Dijeron que se habían escapado los que llevaban el botín. ¡Pesa menos una vaca que una lanza! Qué vergüenza.
Como se puede comprobar, Vegecio tenía ganas de hablar. El vino es lo que tiene, pero Fruela es todo oídos. Tenía una duda.
-¿Desde donde vienen los bárbaros? ¿Desde la costa?
- No. Desde la costa del Mediterráneo no pueden venir, ¿quieres decir desde algún puerto de levante, claro?
- Sí, oí que hubo algún problema con unos bárbaros en Barcino.
- Sí, también a mi me han contado algo parecido. Pero esa debe de ser otra parte del ejercito. Los que han de pasar por aquí vienen desde el norte. Cruzaron los Pirineos y desde ahí avanzaron hacía el oeste y el sur. Se alejan de los valles del Mediterráneo. No son tontos, por ahí es donde queda algún ejercito un poco potente. Su intención es quedarse aquí; no te das cuente que en el interior casi no hay grandes ciudades. No hay un gran ejercito para hacerles frente y defendernos. Solo el de Clunia y el de Emerita. Además aquí hay muchas tierras sin trabajar, y ellos parece ser que tienen ganas de quedarse en algún sitio. Desde que les echaron de las Galias no hacen más que dar vueltas.
- Pero, como es que yo, viviendo en Pallantia, no me haya enterado antes de que se estaban acercando. Por lo que sabe aquí todo el mundo, las noticias tuvieron que llegar mucho antes que yo. – Según hablaba se fue dando cuenta de todo lo que sabía de esos bárbaros Vegecio. Un simple posadero sabía todo eso.
- No te preocupes por tu Pallantia. No creo que estén interesados en ella; tampoco están interesados en nosotros. Solo quieren pasar por el sitio más seguro, y luego acabar con las guarniciones de Emerita y Clunia. Hacerse fuertes, controlar el interior y desde ahí toda la costa.
Demasiados datos para Fruela. La conversación se estaba manteniendo con un abundante trasiego de vino, como parecí , única forma de tener una conversación en ese lugar. A un borracho nunca hay que darle un crédito total. Pero si dice algo es por alguna razón. Entre tanto se había quedado callado y Vegecio lo miraba con una preocupación distante, lejana por el alcohol que ya llevaba dentro.
-¿Ocurre algo? – Dijo, desarmando a Fruela que, sorprendido, dijo lo que estaba pensando.
-¿Cómo sabes todo eso? Quiero decir que, cómo sabes lo que va a hacer un ejercito de bárbaros.
-¡Pero si es vox populi! – El cierto tono de inseguridad e ingenuidad parecía haber disipado totalmente la preocupación. Milagros del vino. – Cualquiera que haya viajado un poco por Hispania podría decirte lo mismo que yo. En mi juventud viajé mucho. Llegué casi hasta Germania. Y, tanto comerciante solitario que pasa por aquí. Realmente soy una persona muy bien informada.
Esto lo dijo entre un murmullo, dormidamente borracho. Fruela apuró unos restos de una cazuela con algo de pan y un sorbo de agua del pozo, no estaba para más vino.
Vegecio se había quedado dormido antes de responder del todo a la pregunta. Había explicado por qué sabía tanto él; pero no había dicho como lo sabía en la torre, tanto el gobernador como los soldados. O no lo había podido decir por el alcohol; o, amparado por el mismo se había librado de una explicación que no quería dar.
Fruela se inclinaba por lo segundo. Si él lo sabía debía de ser por conductos militares. Una cosa era saber los puntos estratégicos de la defensa del país, que no era poco, aunque un comerciante interesado podía hacerse con esos datos. Pero el hecho de describir una ruta y estrategia concreta y posible (muy posible, es cierto), era algo más difícil de explicar.
Los días seguían pasando y el plazo estaba próximo a cumplirse. La vida transcurrió tranquila y sin ninguna noticia nueva. En el cobertizo el trabajo continuó rápido e implacable hacía su final sin más interés que el aumento del cansancio de Fruela. En realidad el resultado estaba siendo magnífico. Los muchas horas empleadas laborando a gran velocidad, constancia y destreza, se podía dar por buenas. Estaba satisfecho.
Poco conversó y poco paladeó caldos de Baco, cansado como estaba. Rehuía de los grupos de alegres y borrachos soldados. Tampoco se entretuvo mucho con Vegecio, ya no solo por las fuerzas escasas. Lo esquivaba por lo que empezaba a desconfiar de él. Albergaba muchas dudas con cualquiera del pueblo desde que llegó. Pero Vegecio, así como Antonino, parecían saber más de lo que decían. Y seguiría pensando lo mismo de no ser por los buenos vasos de morapio que compartió con el posadero.
Era reservado de carácter y prefería no saber y no mezclarse con asuntos que no le eran cercanos. Creía que le podían distraer de su trabajo, ¡pobre infeliz!
Eso sí, que Fruela no se enterase de lo que pasaba no quiere decir que no pase nada. Ya no en Septimanca, sino en el mundo, como está más que claro. Pasan muchas cosas en todo el orbe.
-¿Qué tal te encuentras esta noche? – Fruela estaba sentado junto al fuego, terminando un cuenco de gachas, después de pasar el día entero trabajando. – Podrías acompañarme a tomar unos vasos de vino a la casa de Hipólito, – pausa maliciosa, con sonrisa de niño travieso – no está bien que solo salgas a beber con unos soldados que casi no conoces, y aun no hayas tenido tiempo para tu hospedero que tan bien te trata.
- Pero, Vegecio, si ya hemos compartido más de dos y de tres vasos en los días que llevo aquí. … Y, ahora que lo preguntas, sí, estoy bastante cansado. Ando bastante justo con el plazo para acabar que tanto vino no hará más que retrasarme.
-¿Has de ser tan poco agradecido como para no acompañar a un pobre anciano, que casi no puede valerse por si mismo?
- Por favor, si por algún particular quieres que te acompañe, dímelo, pero no digas semejante patraña. Te he visto manejar el hacha mientras cortas la leña; hay jóvenes que parecen mutilados a tu lado.
- Acompáñame. Tal vez te pueda interesar lo que se va a hablar. Además no hace ninguna falta que bebas si no quieres; y te puedes ir cuando quieras.
-¿De qué se va a hablar que pueda interesarme a mi? – Empezaba a estar un poco cansado de los constantes secretos de la gente del lugar. Le molestaba pero tenía el cuidado de no demostrarlo mucho. Ya fuera por las noticias de guerra, ya fuera por el temperamento local, era mejor dejarlo pasar como si nada.
La respuesta de Vegecio no aclaró nada, como era de esperar.
- Te interesa porque en Septimanca tenemos una conversación muy amena e interesante.
- En fin … – dejando el plato en el suelo – te sigo.
Era la misma habitación en la que estuvo con los soldados, la casa era mucho más grande pero parecía que esa parte cumplía la misión de improvisada taberna o memorial al antiguo Baco.
Cuando entraron por la puerta el ambiente estaba muy animado. Había ocho o diez hombres sentados en el banco alargado colocado junto al fuego. No parece que sea necesario decirlo, pero las noches de primavera aun eran bastante frías. Todos tenían pequeños cuencos de madera en las manos y hablaban animadamente, dos de ellos cantaban entre tanto. Estos últimos le pareció que eran de la torre, pero vestidos de civil no lo tenía tan claro.
Todos se volvieron según entraban Vegecio y Fruela. No dejaron lo que estaban haciendo mientras, ni tan siquiera les dijeron un saludo, pero sus caras mostraban mucha alegría al verlos, casi alivio. Debían de estar esperándolos, pero no tenían demasiada prisa. Se podía decir que estaban celebrando algo. Sin decir nada, solo devolviendo sonrisas a la gente que les miraba pasar, se sentaron en uno de los huecos que había libres en uno de los bancos. Se sirvieron vino de unas jarras que había en el suelo y participaron animadamente en la conversación. Fruela hecho más de la mitad de agua en su cuenco de vino; Vegecio, en cambio, tan solo unas gotas.
Los que le recordaban a los soldados seguían cantando. A Fruela le hubiese gustado unirse a ellos, una cálida alegría, producto del cansancio y de los primeros sorbos de vino se le había cobijado en el pecho, pero no conocía las canciones. Hablaban de guerreros, de espadas, de batallas y de riquezas que disfrutar con los compañeros. Eran sones guerreros animosos que tenían el eco rígido de los himnos militares de imperio. Siempre altivos, siempre dando todos los honores al emperador, sin acordarse de los que sujetaban la espada por él.
Paso aproximadamente una hora. Ni la conversación ni el vino decaían El ambiente era muy agradable pero, aparte de que Vegecio quisiese que Fruela se divirtiese un poco, no entendió la razón por la que había insistido en que lo acompañase. Su hospedero hablaba animadamente con todos los presentes. De vez en cuando él. Pero ni sus palabras ni sus ojos denotaban ninguna intención. Simplemente estaban allí
Fruela pensó irse por el cansancio que iba tener a la mañana siguiente. Se encontraba muy a gusto pero pronto el vino le soltaría demasiado la lengua.
Justo, en el momento preciso en que Fruela se disponía a tensar los músculos de las piernas para levantarse, exactamente en ese instante se levanto Hipólito. Hasta ese momento el dueño de la casa no había ejercido como tal. Seguramente había dispuesto con antelación el vino y los cuencos; desde entonces se había comportado como uno más de la reunión, sin distinción alguna. Ahora se había levantado y cruzaba la habitación. Primero echó unos puñados de tierra al fuego y lo dejó tan solo en unas pobres ascuas. Después apagó las lamparillas y corrió unos trapos sobre los ventanucos. Instantáneamente la conversación se desvaneció. Todos interpretaron de ese modo la repentina oscuridad. Fruela siguió el ejemplo del resto y cerró la boca.
-¿Qué tal está Faucio? – La primera pregunta la hizo Hipólito a Vegecio.
- Bien, gracias. Estos últimos días se encuentra algo mejor.
- Confío en que en los próximos meses tenga una amplia mejoría.
- Es muy difícil que eso ocurra pero, gracias otra vez por tus buenos deseos.
- No hay de que. Siempre he lamentado mucho su enfermedad, desde siempre lo sabes.
Vegecio solo asintió como respuesta y miró en silencio al suelo.
- Dejemos eso ya, – dijo uno de los que recordaba como soldados, – no hemos venido a importunar a Vegecio por la enfermedad de su amigo. Habrá otro momento para ello.
- Es cierto. – Acordó Hipólito. – Centrémonos en lo que hemos venido a hablar … No se hasta que punto estáis enterados de las últimas nuevas que han llegado a través de nuestros amigos de la torre. Os haré un resumen, luego entraremos en detalles.
Dentro de unos seis o siete días una parte del ejercito godo llegará a aquel para cruzar el puente y seguir hacia el sur.
Fruela estaba un tanto sorprendido por el rumbo tan extraño que había tomado la reunión. De una simple fiestecilla entre vecinos, había pasado a ser un punto de intercambio de información privilegiada. La comparación más adecuada habría sido un boletín informativo, pero el concepto está demasiado alejado en el tiempo como para usarlo.
Lo que sí se había vuelto más claro eran las razones por las que Vegecio había estado tan interesado en que Fruela lo acompañase. Aunque los motivos no los podía imaginar. Todo tenía un aspecto demasiado secreto como para saber lo que se podía pretender de un simple tejedor.
Entre tanto continuaba hablando Hipólito.
- Puede que este sea el momento que estamos esperando. Si nos retrasamos más Antonino tendrá que resistir un enfrentamiento, ya sea con un bando o con dos. Le dará lo mismo dirigir una resistencia, ya sea contra los bárbaros, o contra los bárbaros apoyados por nosotros. Si conseguimos derrocar a Antonino, seremos nosotros los que podremos pactar las condiciones directamente con el general godo. No tendremos que plegarnos a sus exigencias después de que Antonino se haya cubierto las espaldas. Nuestra situación lleva demasiados años siendo inaguantable, amigos, o actuamos ahora o conseguirán matarnos de hambre.
Sonaría manoseado pero, que menos cabría esperar; hubo murmullos generalizados entre los asistentes al acabar de oír a Hipólito. Los dos que parecían y se comportaban como militares solo intercambiaron un par de palabras. Fruela no abrió la boca, y el resto estallaron en apagadas imprecaciones por lo clandestino de la reunión. Por lo que decían, la mayoría eran o propietarios de tierras o comerciantes y artesanos libres. Se quejaban de lo mal que iban sus negocios. Pero eso era normal, hasta el más rico siempre se quejará de que se le ha roto el arcón donde guarda el oro. Estos no paraban ahí, hablaban de impuestos y tasas demasiado abusivas hasta para comerciantes griegos.
Cuando cesó el sordo murmullo general uno de los plutarcas locales continuó su argumentación en voz más alta, para todos los presentes.
- No podemos seguir así. Todas las temporadas hay algún impuesto nuevo. A parte de la tasa para las arcas imperiales, siempre hay algo que se sale de lo esperado. El año pasado había que rearmar a la tropa; el anterior, reparar el puente. Hace ocho o diez años, cuando hubo una cosecha tan buena, os acordáis; pues justo ese año se aprovechó para reformar la torre, entera … No sé vosotros, pero en mi casa ese invierno fue en el que más hambre y frío pasamos desde que mi abuelo se vino a vivir aquí. Y de los que trabajan mis tierras es mejor no hablar. En primavera tenía diez mujeres preñadas; en invierno ni madres ni niños. Y los hombres estaban tan delgados que no pudieron trabajar las tierras en condiciones para la siembra. El resultado; en menos de diez años se me han muerto la mitad de los trabajadores, y mi hacienda cada vez paga más … Pero no creo que sea el único.
- En mi casa sabes que pasa lo mismo. Aunque no estoy seguro de que la solución que se propone sea la adecuada. – Dijo otro de los que estaban allí. Fruela le reconoció como uno de los curtidores del pueblo.
- La solución, – continuó el labrador anterior, – es solucionarlo nosotros mismos de una vez por todas. Sé perfectamente que vosotros no entendéis mi postura. Pero lo que estáis pasando vosotros ahora como algo nuevo, yo lo pasé ya siendo niño. Casi no recuerdo la herrería en la que trabajaba mi padre en Itálica. Según me contó mi abuelo, pasaban meses y meses sin llegar correos imperiales, pero los impuestos crecían sin parar en nombre del emperador. Lo único que crecían en consonancia con los impuestos y con nuestra hambre, era la casa del gobernador de la ciudad. Recuerdo muy claramente, pese a mi poca edad que, uno de los años que mejor fueron los encargos, se presentaron unos soldados para exigirnos no sé que impuesto. Mi padre había gastado todo su dinero en comprar mineral para afrontar el encargo. Los soldados exigieron y volvieron a exigir. Mi padre, con los ojos llenos de lágrimas, les decía que no tenía con qué pagarles, ni dinero ni en especie. Suplicó que le permitieran una semana para reunir el dinero, pero se negaron. Nos amenazaron a todos con sus espadas y nos obligaron a desnudarnos. Aún recuerdo el acero afilado frente a mi cara, entre el llanto que casi no me dejaba ver, mientras me arrancaban mi pequeña túnica.
Se llevaron todas nuestras ropas como fianza, dejándonos solo con unos taparrabos. Se marcharon dejándonos desnudos y desesperados. Pero volvieron al cabo de unas horas, diciendo que era poco como fianza, que necesitaban más. Terminaron por llevarse a mi madre, a mis hermanas y a una sirvienta joven que teníamos. Hasta que mi padre no reuniese el dinero las tendrían trabajando en el cuartel. Imaginad, mujeres en un cuartel. En tiempos del gran Trajano, habrían ahorcado al general de la guarnición. Y luego le habrían abierto en vientre con una espada oxidada.
Estuvimos un mes sin verlas. A mi padre le exigieron intereses por el retraso, y el soldado a quien se lo pagó, se guardo una parte para él antes sus propios ojos. Cuando por fin las trajo de vuelta a casa, no eran las mismas. Mi hermana menor murió al cabo de dos semanas, no dejaba de sangrar. Esa misma noche mi padre malvendió la herrería y compró un carro. Salimos de allí para siempre. Mi otra hermana tampoco aguantó el viaje, siempre tenía las piernas manchadas de sangre fresca. No aguantó, murió una semana antes de llegar Septimanca. Aquí, como todos sabéis ya, trabajamos con esperanza estas tierras tan duras y a la vez tan fértiles. La fortuna nos sonrió, y ahora puedo disfrutar de una buena posición. No quiero volver a sacrificar todo lo que he conseguido gracias al sufrimiento de mi familia. Y pasará si no lo evitamos. Para mi está claro. El poder del imperio está podrido. No sé si pasa desde que en Roma se abandonaron a los antiguos dioses. Puede que estén enfadados con el nuevo dios judío. Pero lo cierto es que Roma ya no tiene autoridad para gobernarnos. El no nos gobierna, nos trata como siervos. Yo, personalmente, haré todo lo que pueda para que esos bárbaros nos ayuden a tener una tierra donde haya justicia y prosperidad; y no desorden y miedo como hasta ahora.
Cuando acabó de hablar, toda la sala se quedó en silencio. Solo el leve crepitar de lo que quedaba de hoguera rompía la quietud y el pasmo que se había formado en los oyentes de la terrible historia del labrador. Fruela guardó silencio por respeto, pero no era la primera vez que oía algo así. Ciudadanos romanos sometidos a trabajos serviles, mientras los bárbaros campaban a sus anchas.
Terminó de pasar el ángel, o un genio alado. Surgieron gritos y clamores, dentro de lo permitido por la clandestinidad. El orador había conseguido su objetivo. Los presentes estaban de su parte, ahora había un bloque formado que pretendía arrebatar el poder del pueblo a Antonino. Las muertes violentas, que lógicamente serían necesarias, las llevarían a cabo los bárbaros.
Entre la algarabía Fruela se fijaba en un gesto. Vegecio sonreía al orador como saludando a un campeón certero. El resto no se daba cuenta de la complicidad, pero estaba claro que esto estaba preparado para lograr ese objetivo precisamente: convencer a los disidentes, enardecer a los tibios. Fruela pensaba que incluso la historia podía ser una mera mentira. Pero la imagen de la niña pequeña con la piernas manchadas de sangre no se le borraba de la imaginación. Prefirió no pensar en lo repugnante de una invención así, tan solo para pagar menos impuestos. Pero poco a poco fue descubriendo el carácter de la gente de Septimanca.
Entre tanto Vegecio había tomado la palabra.
- Tranquilos, por favor, tranquilos. No lograremos alcanzar nuestro objetivo solo quejándonos o alterándonos. Estad tranquilos y escuchadme … – se produjo un silencio reverencial -, es la última vez que preparamos una reunión con vino de por medio; nos excita demasiado. – Hubo risas generalizadas en los rostros sonrojados. Fue un buen truco para empatizar con el auditorio, mostrar la coincidencia en vicios y debilidades. – Estamos todos de acuerdo en que hay que echar del gobierno de la torre a Antonio. Es un injusto tirano. Y no podemos seguir aguantando mucho el nivel de los impuestos. También sabemos que por nosotros solos no podemos hacerlo, y que aprovechando la situación, pactaremos con fuerzas independientes a Septimanca para lograr un pacto favorable con los bárbaros . Esto no será difícil, ellos aprovecharán que la población está dividida. Y, os anticipo, se pondrán de nuestro lado. No están interesados en controlar a los militares, solo quieren eliminarlos. En cambio nosotros tenemos dinero y comida; eso sí que les interesa. El problema que tenemos, porque las cosas no van a ser tan fáciles como he dicho; el problema está en contactar con los bárbaros a tiempo para que acepten nuestra proposición y desestimen la de Antonino. Porque, estad totalmente seguros, Antonino buscará la manera de ganar esta batalla sin derramar sangre. Sabe que sus tropas no pueden tan siquiera resistir a las de los bárbaros. – En esta última frase fijó especialmente la mirada en Fruela. – Llegados a este punto ya todos sabréis porque está aquí el tejedor forastero y esos dos bravos muchachotes de la torre.
Unas gruesas risotadas por parte de estos últimos interrumpieron el parlamento de Vegecio. Fruela repasó toda la información que había escuchado. Le dejaremos pues un rato para que comprenda todo por si mismo, que la mente de un artesano de tantos siglos atrás no es demasiado rápida para temas de política y guerra. En cambio, hoy en día, con los libros de historia y crónicas a nuestras espaldas, no nos es difícil llegar a la conclusión. El hospedero lo tenía todo absolutamente controlado: quiere a Fruela como espía dentro de la torre.
Y se dice absolutamente porque se sabe lo que tenía preparado aunque no vaya a ser desvelado tan pronto, no porque lo hubiese pensado Fruela. Él llegó a una conclusión un poco menos elaborada, Vegecio necesitaba enterarse de algo que pasaba en la torre. Pero no sabía por qué, él apenas trataba con nadie de la torre, y no llegaba a la media docena las veces que había hablado con Antonino.
Continuó Vegecio.
- Pues estos valientes muchachos se han decidido unir a nuestra causa. A parte de por lo justa, por que quieren encargarse del control militar de la torre; una vez que esta asamblea se haya hecho con el poder, y siempre bajo nuestro control. Son jóvenes, pero ambiciosos y capaces. Los servicios que nos prestarán a cambio serán los de mantenernos informados de todos los movimientos tanto propios, como de las tropas godas. Información que Antonino recibe puntualmente, pero no comparte… La función del tejedor Fruela será la de apoyo. Dado su carácter de forastero y sin intereses evidentes para Antonino, puede ocasionalmente oír conversaciones que no tendrían lugar ante gente de la comarca. Aunque no le conozcáis mucho podéis tener total confianza, pues por lo mucho que he hablado con él se que comparte nuestros justos propósitos. Si os parece bien lo propuesto daremos por terminada la reunión de hoy. Antes de cuatro días volveremos a reunirnos en las mismas condiciones para ponernos al corriente de las novedades, que os puedo asegurar que habrá.
Dicho esto todos asintieron en silencio y fueron saliendo en silencio y fueron abandonando la casa por parejas. Vegecio y Fruela salieron los últimos, como era de esperar por el tono de secretos y espías y verdades a medias que estaba tomando la narración. Entre tanto Fruela se mordió la lengua para no decir a Vegecio las palabras que le enrojecían de ira las mejillas. Al salir recorrieron un par de calles en silencio. La tranquilidad de la madrugada contagiaba sus pasos. Fruela esperaba a estar seguro de que nadie los pudiera escuchar para decir todo lo que pensaba. No tuvo oportunidad.
- No te preocupes por nada; cobrarás por cada palabra que nos consigas y que sea útil. – Guardó un breve silencio para ver que contestaba Fruela, pero su rostro era como una roca inmóvil e imperturbable. – Entiendo que puedas estar molesto por cómo se han desarrollado las cosas … bueno, cómo te he ocultado las cosas. Pero estoy seguro de que si yo te hubiera explicado nuestra situación no lo habrías entendido.
- Entonces todo fue un montaje para convencerme. – Rompió su silencio Fruela, resentido.
Vegecio sonrió ante la ingenua réplica. Era tan solo un muchacho, poco más que un hombre.
- No te creas tan importante como para pensar que los más ricos del pueblo no tenían nada mejor que hacer que perder el tiempo engañándote. La intención de la mayoría era contar solamente con los soldados traidores. Pero yo no me fío mucho de ellos; si traicionan una vez, pueden traicionar muchas más. Yo pensé directamente en ti. Has pasado totalmente desapercibido, la gente habla de ti sin tener en cuenta tu presencia; acuérdate de la noche que pasaste con los soldados. Si aceptas, tu función será doble, controlar la torre por dentro y controlar a nuestro espías. Aunque esto me lo contarás solo a mi … espero que aceptes nuestra súplica.
- Yo no sé si …
- Lo que has oído antes en la casa de Hipólito es todo verdadero. Puedo que por tu corta edad aun no hayas sufrido las maquinaciones de nuestro gobernante. Pero aquí todos llevamos ya sufriendo muchos años en nuestras carnes y en la de nuestros padres. Puede que gracias a los bárbaros nuestra situación cambiase a mejor. Al menos para poder comer algo.
- De acuerdo, acepto. Os diré lo que pueda. Pero no te puedo asegurar que llegue un momento que ya no lo haga. No tengo muy claro si sois buenas personas o traidores.
- No hay diferencia, podemos ser las dos cosas a la vez. Yo por mi parte solo busco luchar por lo mío. Por cierto, no quiero que se me olvide: aun no tengo muy clara la razón por la que Antonino te contrató. No te pido que desveles nada relativo a tu trabajo; no hace falta que pongas esa cara. Lo único que te pido es que me lo aclares si puedes a título personal. Es una duda que tengo y no sé si puede estar relacionada con nuestros intereses.
- Haré lo que pueda por ti, puedes tenerme confianza. Pero antes de decir nada pondré precio a mis palabras, según me haya costado conseguirlas. Es lo más justo, creo.
- Lo más justo para tu bolsa, sí.
Fruela se sonrojó. No volvieron a cruzar palabra esa noche. Entraron en la casa y se fueron a dormir.
Durante esa noche no era lo que cabría esperar, pero Fruela durmió a pierna suelta. Fue por el vino y por la charla. Pero a la mañana siguiente se encontraba totalmente fuera de si. En el momento exacta en que sus ojos se abrieron y se despertó su conciencia, su corazón empezó a bombear sangre y adrenalina de una manera enloquecida. Tan solo tomó un trago de leche y salió casi corriendo cuesta arriba, para llegar pronto a su labor. Quería ocupar su mente en algo que le distrajera de su nerviosismo.
Una vez ante el telar su cuerpo recuperó cierta quietud. Ya se ha dicho algo parecido, pero no importa repetir estas cosas: pobre alma aquella, que solo alcanza consuelo con el trabajo, cuyo reposo es la labor. Estaba totalmente sorprendido de si mismo. Cómo había sido capaz de aceptar semejante cometido; alguien como él, tan poco ducho en el arte del disimulo y del fisgoneo. No podía echar la culpa al cansancio o a la embriaguez; había cometido alguna locura o alguna travesura estando bebido, pero nunca había puesto su vida en un peligro tan evidente. Pero eso no era lo que más le sorprendía. De alguna manera tenía la certidumbre de que no le iba a pasar nada y que al cabo de pocos días estaría de nuevo de vuelta a casa. Tenía alguna certeza mayor del peligro godo, pero eso tampoco le inquietaba. Había algo que había cambiado en él. Un punto de apoyo del todo irracional que le daba más seguridad en si mismo que antes. Sus últimas palabras a cerca de lo que pensaba cobrar por su trabajo como informador clandestino, la expresión espía era un tanto difusa en su cabeza, eran ideas del todo extrañas a su ser.
Con esa postrera declaración de intenciones había dejado sentada su postura y su decisión. Era algo que dijo tan tranquilo como cualquier otro que se hubiese pasado media vida tratando sobre intrigas y secretos y no sobre paños e hilos. Además su razonamiento se había adaptado rápidamente a su nueva circunstancia. Tenía bastante claro lo que quería lograr y el medio para conseguirlo. El primer paso se lo hacía dado Vegecio sin querer; o al menos eso creía.
Quedaban a penas unos detalles para terminar los mantos, y pensaba que a partir de ese hilo podía sacar el ovillo de las intenciones de Antonino. Como era de esperar los famosos mantos en los que trabajaba el muchacho no podían ser tan solo un marco o un elemento decorativo de la narración. Fueron origen y tienen visos de ser medio para el fin; y hasta puede que fin es si mismos. Eso es algo que aun no se sabe.
Por lo pronto tenía que hablar con Antonino. Urgentemente. Aunque él no podía precipitarlo, sería un vuelco demasiado brusco. De cualquier manera esta seguro de que a lo largo de ese día lo vería. Todo ese asunto parecía que le tenía muy nervioso y esa era su ventaja. Sus manos trabajaban con soltura y laxitud ante el telar y con las tijeras. Su cabeza estaba tranquila, no sentía presión por nada. El trabajo se podía decir que estaba terminado, tanto los mantos púrpuras como el blanco estaban tejidos, lavados y teñidos. Ahora solo estaba preparando cierto material para posibles correcciones. El haber estado solo centrado en ese trabajo durante esos días había hecho que al final le sobrase tiempo. No era como el trabajo habitual en su taller de Pallantia, siempre con prisas y trabajando en varios encargos al mismo tiempo. Ahora tenía motivos para aprovechar ese tiempo de sobra, de lo contrario se habría apresurado en cobrar lo pendiente y se iría de allí. Tampoco tenía ninguna prisa por conseguir información. No podría enterarse de nada sin levantar sospechas por muy insignificante e invisible que lo consideraran. Su única baza era sacar la información del propio Antonino, y vendría a él más tarde o más temprano para dársela, de eso estaba convencido. A última hora de la tarde se presentó el mencionado Antonino. Quedaba aun un rato para que se pusiera el sol y Fruela retornase a su lugar en la casa de Vegecio. El gobernador parecía saberlo porque tenía muchas cosas que tratar con él.
-¿Cómo va el trabajo, hijo? – Era su saludo habitual. Nada de hola, o que como se encontraba. Solo estaba preocupado por lo suyo. Pero tampoco se podía esperar mucho más de él como patrón. El cambio más significativo se había dado en el tono paternal y protector que había ido adquiriendo según pasaban los días . Se le notaba más inseguro cada vez. Necesitado de buenas noticias, tal vez.
- Todo va según lo previsto, señor. En un par de días los mantos estarán acabados y solo quedará por hacer los últimos ajustes. – Todo esto lo decía sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. Se sentía seguro de lo que pretendía lograr, pero tenía la absurda superstición de que si lo miraba a los ojos todo se vendría abajo. Fruela puso especial énfasis en la última frase, pero al parecer Antonino no hacía mucho caso a sus palabras. Solo veía los mantos terminados y colgados de cuerdas.
- No deberías tomarme por ingenuo, sería un grave error por tu parte.
- No dude de mi palabra señor, si ha visto bien puestos antes sus ojos el total de los mantos púrpuras junto al manto blanco. Todos limpios y perfectos. – Era claro que Antonino se había fijado en la escandalosa disposición que había preparado el tejedor. Así como no había escuchado las concretas palabras, había reconocido la monótona cantinela del buen progreso que llevaba la labor. Tenía que traerle a su territorio, pero el camino lo debía de recorrer él solo aunque fuera engatusado.
- No es mi intención, señor, engañar, ya que digo la verdad. Los mantos no están terminados del todo pues les faltan los últimos ajustes. Puedes acercarte tú mismo y comprobar la finura del resultado, tanto como alejado está de poder agradar a su destinatario.
- Razón tienes de la buena calidad del trabajo, y te felicito por ello. En cuanto a lo del agrado del destinatario es algo que no puedes saber y que no está a tu alcance solventar.
- Es cierto que no sé a ciencia cierta nada de lo que dices. Pero a no ser que todos los mantos sean para una misma persona, será muy difícil que el resultado sea del todo satisfactorio.
- Te aconsejo que me mires a los ojos si tan siquiera estas sugiriendo lo que pienso. – Se había cansado de tocar casi lascivamente las telas y se encaró a Fruela.
- Ten clemencia de este pobre ingenuo. No era mi intención ofenderte. – Solo pensaba en lo ridículo que sería regalar unos mantos, como los que he hecho, a alguien demasiado grande o demasiado pequeño. No creo que se sintiera muy halagado por más que luciese todo el púrpura de oriente.
Antonino se quedó quieto en el lugar donde estaba. Decir que el color abandonó su rostro sería efectista, algo exagerado a la verdad. Pero sus mejillas sí que empalidecieron en cierto grado.
- Te crees muy listo muchacho. – La seguridad de las palabras contrastaba con la duda con la que las pronunciaba. Le dio la espalda y examinó de nuevo los mantos colgados en un rincón del cobertizo. Pisó una rata que pasaba por allí habitualmente; esta chilló, aquel se asustó y aun se centró más en sus pensamientos. Se quedó de pies ante las telas colgadas, murmurando: – Todo son problemas, problemas. Todo son problemas.
Fruela mientras tanto seguía a lo suyo. Ocupado con su trabajo, y haciendo como que no había nadie con él.
- Tengo permiso para entrar señor gobernador. – Esta voz rompió el silencio. Una voz que Fruela reconoció inmediatamente como la de uno de los soldados que estaban en la casa de Vegecio. -¡Eh! ¿Cómo? Sí, … claro pasa, soldado. ¿Qué quieres?
- Quería saber si le podía ayudar en algo. El sargento nos ha dado lo que queda de la tarde libre tras reparar el muro norte. Antes de irme vi que llevaba ya largo rato en este cobertizo, y que tal vez podía ser útil en algo.
- Sí … ¿Cuál es tu nombre, soldado?
- Emiliano, gobernador.
- ¿Emiliano? No eres ninguno de los que habitualmente me sirven, ¿me equivoco?
- No se equivoca, señor.
- Pues entonces sal de mi vista inmediatamente. ¿Qué te hace pensar, gusano, que puedo necesitar algo de alguien como tú? Vete ahora mismo, antes de que lo piense mejor y te meta todo un mes en el calabozo.
Emiliano abandonó el cobertizo, no sin antes echar una mirada escrutadora a Fruela. El efecto de la interrupción hizo que Antonino recuperarse algo de empaque. Pero Fruela no tuvo más que maldecir el pésimo informador que tenían los disidentes en la torre. Había sido descarado y con una excusa más que simple y tosca. Además se notaba demasiado que también quería controlar lo que estaba haciendo y diciendo el forastero, tanto tiempo a solas con el gobernador. Seguramente alguno de los disidentes no veía con buenos ojos al tejedor; pero al menos podía haber sido un poco más comedido, más discreto. Si Vegecio conocía bien a ese Emiliano era más que normal que contase con Fruela para este discreto trabajo.
Antonino hablaba para sí, pero en voz alta. Continuaba en el cobertizo que servía de taller para Fruela, por lo que era imposible que este no oyese lo que decía. El gobernador se comportaba como si nadie lo pudiera oír, pero lanzaba miradas furtivas al muchacho mientras trabajaba.
” Todos son problemas, siempre problemas. Ya es lo que faltaba, un idiota intentando enterarse de todo lo que hago. Lleva todo el día dando vueltas a mi alrededor como un buitre esperando carroña. Es posible que alguien se haya enterado de lo que se está haciendo en este cobertizo, pero lo que está claro es que nadie sabe para qué. Seguro que alguno de esos destripaterrones palurdos que me odia se está devanando el poco seso que tiene intentando imaginar que estoy tramando. Seguro, del todo seguro, que ese tonto de antes está pagado por ellos. Espero que los problemas no surjan demasiado pronto, antes de lo que lo tenía previsto. Es posible que algún gañan de esos que se reclutaron en el páramo, quiere subir rápido y alto como Ícaro, sin saber que puede caer abrasado al mar. De cualquier manera, por locos que pueda haber no deja de haber peligro. No puedo abandonar ahora la guarnición. Algo raro se está empezando a mover entre los destripaterrones; que se reúnen y traman algo es seguro porque hace mucho que no se quejan. Y si no se quejan de lo que siempre se han quejado es que se han vuelto más ricos o más astutos. Listos o ricos. Ricos es improbable tal y como está la situación con los bárbaros; yo mismo habría visto más dinero que viniese del puente… No te distraigas con el dinero, Antonino, buscan ganarte la espalda. Fui ingenuo creyendo que me dejarían las manos libres. Pero tan solo necesito un par de días. Solo dos o tres días más y no habrá que preocuparse por nada más. Se acabará esta inseguridad en los caminos; ya ni me acuerdo de la última vez que llegó pescado. Ni monedas se mueven casi. Se quejaran todo lo que quieran esos rústicos, pero como haga demasiado frío el próximo invierno y aparezcan lobos y tribus de norteños, y la muralla no esté bien reparada, todos desearían haber podido pagar sus impuestos en monedas de plata en vez de en gallinas o lana. Cómo pretenden que se pague a los obreros, con moneditas tejidas en lana. La única posibilidad es acabar con esta pantomima de imperio que casi ni diezmos pide y ninguna ley da. Sé que nadie lo entenderá, el pueblo nunca entiende de política, solo de pan y vino. Aunque no se les puede criticar. Son solo estómago y el poco cerebro que les permite hablar y trabajar. Yo mismo seguiría en mi error de no ser por el obispo, él ha visto clara la solución. Al fin y al cabo la república solo busca el bien de los ciudadanos aunque sea gracias a la disolución de la propia república. Bien le agradecí esas palabras que abrieron mi mente. Si en toda la provincia actuáramos como nos aconseja no tendríamos que preocuparnos por salvar las partes, el todo nos ampararía. Pero basta de divagar. He de encontrar la solución antes de que surja el problema. La guarnición no la puedo abandonar, pero tampoco puedo esperar a tener a los bárbaros a los pies de la muralla para tenerlos de mi parte y conservar el mando. No tengo emisario ni portavoz de confianza, eso acaba de quedar claro ahora. Un mensaje podría ser la solución, pero un mensaje llamaría demasiado la atención. Ahora solo frecuentan los caminos soldados y mercaderes. Quizás un mercader con un mensaje, una propuesta de tratado, no levantaría sospechas. Un mercader de mi confianza que de paso llevase algún rico presente … “
Veamos, Fruela buscaba enterarse de lo que pretendía hacer Antonino: ya se ha enterado. Un medio más elaborado pudiera haber sido más aparente, pero lo directo de la situación dada ha quitado un artificio innecesario y poco creíble. Y el monólogo anterior de lo simple puede llegar a resultar hasta creíble. Al desvelar los planos de Antonino también se ha desvelado una necesidad última que se ajusta a la perfección a lo que buscaban forzar tanto Fruela como Antonino. He aquí lo que iba pensando Fruela.
- Mira por donde lo que ha dicho este me ha solucionado todo. No tengo que esperar demasiado a que me de un mensaje lacrado y me mande con los mantos a fingirme mercader ante los bárbaros.
Y Fruela estaba en lo cierto, pues exactamente es lo que pensaba el gobernador.
- Fruela, hijo, – malo, malo; me quieres embaucar, pensaba Fruela – te dije antes que no te creyeras tan inteligente, pero está a la vista que lo eres. Fue buena tu observación de tener en cuenta al destinatario de cada uno de los mantos por ti hechos.
- No es inteligencia, señor, solo costumbre de mi trabajo.
- No seas modesto ahora, – más malo cada vez – pues no estaba de tu mano saber que los quería para comerciar con ellos con los bárbaros. – Comerciar, piensa Fruela, con ellos era algo que no quería que nadie supiera y ahora lo dice de golpe y sin dudar. Eso es una mentira grande como esta torre. – y hasta su venta no serían útiles esos arreglos que decías … Por eso he estado pensando que quien mejor que tú para realizar dicha venta. ¿Te parece bien, hijo?
- Yo, … señor.
- Siempre recibiendo un porcentaje de la venta a parte de tu sueldo de artesano.
- Le decía, señor, que trabajo para el gobernador y este es libre de encomendarme cualquier labor relacionada con mi oficio. Y el mercadear está dentro de él; solo quiero que se marque un precio mínimo del que partir, y yo lograré la ganancia.
- No, eso no. Tú solo presentarás las mercancías con mis respetos y en mi nombre. El precio lo negociaré personalmente cuando los bárbaros lleguen aquí.
- Lo que mande …
Terminaron de acordar los detalles de la operación. Resolvieron concretarla al día siguiente y Fruela salió de la torre camino de la casa de Vegecio con toda la información en la cabeza, y calculando el valor de esta. El resto estaba claro ahora. Lo sabía todo. Antonino pretendía sobornar o congraciar a los bárbaros con los exquisitos mantos de Fruela (no lo dice él, lo dirá la historia). Rastrera y poco sutil estrategia abortada en los primeros movimientos de la disidencia. Para ganar esta mano Antonino confía en Fruela, y se verá si para bien o para mal, y le envía con la máscara de mercader. Máscara endeble, pues miserable mercader que no puede hablar ni del precio, cuando esa es su labor; dejándose al descubierto ante Fruela y dándole puente de plata para seguir en posición privilegiada en sus furtivas intenciones. Llegó Fruela a casa de Vegecio cuando estaba hablando con Hipólito. Habló con ambos, les puso al corriente de lo que creía necesario, cobró por ello, y al día siguiente, de acuerdo con el gobernador salió de Septimanca.
Era la primera hora de la tarde y recorría en sentido inverso la misma ruta que hacía dos semanas le había llevado a los pies de la torre… Era el camino natural desde la orilla del Duero que atravesaba la meseta, siguiendo el cauce del Pisuerga, hacia el norte. Para no llamar la atención llevaba las provisiones necesarias para volver a su tierra natal con la mula que lo llevaba a él y a la mercancía. Llevaba un escrito con la propuesta de Antonino al general bárbaro escondido entre los pliegues del grueso manto de viaje.
De acuerdo con las últimas y poco claras indicaciones que le dio Antonino, no tenía claro el momento exacto en el que se encontraría con el grueso del ejercito godo. Lo mismo podía ser ese día al caer la tarde, o dentro de dos días. El encuentro no se iba a precipitar por iniciativa de Fruela, tenía que plantearse claramente la situación antes de presentarse con una excusa endeble ante un general en plena campaña de guerra. Podía acabar con el cuello cortado sin darle tiempo a abrir la boca.
Vegecio le tranquilizó un poco al respecto: algo podría hablar antes de que lo mataran. Siempre esperaban hasta encontrar algo de información antes de deshacerse de alguien. Es lo que se llama utilitarismo castrense.
Naturalmente era una broma del buen Vegecio. No sabía hasta que punto le podía afectar eso a él, pero era una broma de cualquier manera. Para el peor de los casos le prestó un pequeño broche para el manto. Vegecio quiso tranquilizarlo diciéndole que era algo muy corriente entre los pueblos bárbaros y estos le tendrían por algo más digno de confianza si le veían llevando una de sus enseñas más características. Pero era conocido por todo el mundo que eran más bien como unas enseñas familiares y no estaba bien visto que alguien de otra tribu, por no decir de otra raza, llevase uno de sus broches. No es que fuese una gran protección una carta de un gobernador a punto de caer o el broche que le había dado un hospedero, que quien podía saber de donde la había sacado. Pero menos era nada, y eso le daba cierta tranquilidad y confianza en los resultados.
La primavera había avanzado un trecho en su camino hacia el verano, y se notaba en el llano, montado sobre la mula. Cuando el sol estuviese alto al día siguiente haría bastante calor para lo que él consideraba un camino agradable. Juntando la necesidad de plantear concienzudamente la entrevista y el no esforzarse en alcanzar a alguien que forzosamente pasaría por donde él estaba pasando ahora, tomó una rápida y práctica determinación y aceleró el paso de su montura. Llegaría antes de caer la noche a la sombre fresca del valle donde se unían los cauces.
Las horas pasaban con la placidez de una hoja arrastrada por la corriente de un río caudaloso y tranquilo. Que bonita forma de ver deslizarse al tiempo. Había buscado una sombra confortable e iba dando cumplida cuenta de la comida y el vino que llevaba para simular su viaje. Se hizo la noche. Lógicamente no se encontró con los bárbaros, estos no pasarían por donde estaba hasta bien avanzado el siguiente día. Esto Fruela no lo sabía, pero lo sospechaba. O al menos lo deseaba. No era bueno apurar el tiempo y que Antonino se pusiera nervioso. Era ahora Fruela quien controlaba el ritmo en el que se iban a desarrollar los acontecimientos y no quería ni dilatarlos ni aburrirse demasiado esperando a los bárbaros. La mañana siguiente nació fresca y despejada tanto en el cielo como en el horizonte. Ningún resplandor metálico proveniente de una lanza, ningún estandarte al viento. Nada . Eso era de esperar, porque ya se había dicho que hasta la tarde no habría novedades. Pero lo extraño de la anterior observación viene de que nadie a parte pasó por el camino. Ningún caminante, ni comerciante, ni paseante. Solo perros sarnosos y llenos de pulgas, un par de corzos que se acercaron a beber a la orilla al amanecer; y pájaros. Sobre todo pájaros. A veces le costaba seguir el hilo de sus pensamientos por el incesante jolgorio emplumado que se desarrollaba desde las copas de los árboles hasta los matojos del suelo. Se aburría, tenía los objetivos claros, no había nada sobre lo que recapacitar. Intentó cazar un conejo por comer un guiso caliente y jugoso, pero los pocos que abundaban por esa zona eran demasiado rápidos. Sacó un pequeño hilo fino de su zurrón, donde tenía también algunos otros útiles de su oficio, como agujas. Tomó una, vieja y medio oxidada que dobló con esmero y afianzó a uno de los extremos del ovillo y, ya tenía improvisada una caña. No tenía ningún cebo a mano, así que esparció algo de pan duro en torno a donde está el anzuelo. Así las horas pasaron plácidas y expectantes por el posible pez para la comida, pero este tampoco parecía que fuera a llegar. Las migas fueron desapareciendo obra de pájaros y de peces enormes de apariencia suculenta que no demostraban al más mínimo interés por la inocente trampa que ofrecía Fruela. Pero al menos ya había pasado la mañana. Ahora el sol estaba en lo más alto y el hambre acuciaba el estómago aburrido. Indudablemente era la hora de comer. Pero el tedio se le había metido en el cuerpo. No encendió ningún fuego y prefirió comer algo frío de lo que tenía en las alforjas. No lo sabía, pero ese gesto vago prácticamente le había salvado la vida.
A quien quiera que sea que se preocupe por los designios de los hombres había que agradecer su interés por los perezosos. El humo lo habría visto desde lejos la avanzada goda, y lo más seguro era que hubiesen matado y luego hubiesen hecho las preguntas a los restos y a las monedas que se encontrarán. Si no tenía ninguna, daba igual, era un pobre diablo que no sería reclamado por nadie. Si tenía muchas monedas encima, era un insolidario con el nuevo gobierno y merecía morir sin contemplaciones. Cosas de la guerra.
Como Fruela no tenía frío, como no había fuego ni humo, no vio a los bárbaros hasta la tarde, cuando tenía la consciencia bastante menos perezosa, presta ya para el encuentro. Pero había algo para lo que Fruela no estaba preparado. Y no lo estaba porque era incapaz de tan siquiera imaginar lo que iba a ver. Ver y sentir. Toda su anticipación, todos sus ajustados planes no servirán de nada, no tendrá más remedio que improvisar.
Estaba sentado sobre la hierba fresca. Entre la sombra calada de los chopos. Tenía un brizna de paja verde entre los diente y succionaba el escaso jugo de la pequeña planta, paladeando sencillamente el fresco sabor a verde. Estaba relajado y también pendiente de ver aparecer al ejercito godo. Esperaba la ruidosa fila larga de un ejercito desordenado en marcha. Hombres con barba y larga melena, cubiertos con poco más que pieles y telas toscas. Armas desiguales, burdas. Pies descalzos manchados de polvo. Poco más, tan solo poderosos por su fiereza. Esperaba más a un rebaño de cabras que a un ejercito.
No estaba preparado para lo que iba a ver. Continuaba disfrutando de la clorofila de los brotes tiernos que masticaba cuando el viento le trajo suavemente, en delicadas ráfagas, un rumor. Más bien era un rugido, como un trueno lejano. Pero el cielo estaba despejado en todo lo que se podía ver, de un azul brillante y lustroso. Alzó un poco la cabeza para comprobar que no había nubes oscuras en el horizonte, pero nada. Al cabo de una media hora el sol ya empezaba a declinar. Volvió a oír el rumor lejano , no venía con el viento esta vez. Era más tenue, pero también más constante, como el roncón de una gaita. Era un sonido tan débil que no le prestó atención. Tampoco se la prestó cuando, paulatinamente, fue creciendo en fuerza y matices. Ya no era un bajo monocorde, crecía en variedad y en altura. Se podían ir diferenciando agudos y sonidos entremezclados que el oído poco acostumbrado le sugerían un rumor ronco, como de un más lejano sobre el que vuelan infinidad de gaviotas ruidosas. A los diez minutos Fruela se asustó realmente. Era el mismo sonido de un día de mercado, con un matiz de herrería en pleno rendimiento. No había duda de que era la tropa bárbara que se acercaba, y por sonido no debía de estar muy lejos. Pero miraba en la dirección que venía el sonido y no veía nada. Trepó a u pequeño árbol y, muy a lo lejos vio algo como un grupo, de hombres lo más seguro. Al cabo de media horas esos hombres estaban a una distancia de un tiro de flecha. Lo que vio detrás de ellos no lo había visto nunca.
Era un ciudad en camino. Bueno, podía parecer una pequeña ciudad, pero para él era como una diócesis, como una provincia entera, como varias veces su ciudad natal. Más que las populosas Híspalis, Cesar Augusta y Emerita juntas, le sugirió su imaginación. Exagerando un poco, aunque por la impresión era normal. Aunque se puede jurar que el espectáculo era magnífico. Tres mil o cuatro mil personas en lenta marcha, puede que más, pues algunos grupos de bandoleros se les habían unido en el camino. Así como algunos pequeños pelotones imperiales vencidos o convencidos. En primer termino, el ejercito propiamente. Idéntico a cualquier otro ejercito fiel al imperio que hubiese visto Fruela antes, pero diez veces más numeroso que cualquiera que hubiese visto antes. Los mismos escudos, las mismas armas. Ninguna diferencia con cualquier otro ejercito fiel al imperial. Pues nadie de ellos es infiel a este y portan sus enseñas, el águila imperial, el SPQR. Mandan ellos directamente, eso no tiene lugar a dudas; pero el emperador y Roma son los referentes. La única diferencia algo más evidente es el mayor número de pelos rubios y ojos claros. También su latín es más tosco, pero aún Fruela no les ha oído hablar.
Por otra parte sus armas no están muy lustrosas, ni muy enteras; las usan muy a menudo y con fuerza; porque son para matar, no para desfilar. Detrás sigue el resto de la pequeña nación goda en movimiento. Mujeres, niños, ancianos, artesanos, pastores, gran cantidad de carretas con provisiones, algunos hombres con barbas largas con aspecto de sacerdotes. Y al final rebaños de ovejas, caballos, bueyes. El ruido era ensordecedor.
Fruela estaba como hipnotizado ante la multitud que avanzaba hacia él. La perplejidad lo había sacado del resguardo y escondite que le ofrecían los árboles de la orilla, y se había colocado en medio del camino. Su previsión se había esfumado, sus planes habían desaparecido de su mente. Qué inteligencia, por fuerte que fuera, podría enfrentarse con éxito ante tamaña cantidad de personas.
Y, así lo encontró la avanzadilla goda. De pié, alelado en medio del camino, con su mulilla aún atada a un seto, paciendo, con la carga cerca de sus patas. Es necesario mencionar a la mula porque en el momento en el que Fruela fue apresado, esta y la carga fue a parar a manos del general bárbaro.
Cuando ya Fruela recuperó el total control de la situación, tras su lamentable lapso, tenía las manos firmemente atadas a su espalda. De espía negociador había pasado sin opciones a prisionero. Y, es que si se hubiese cruzado caminando al paso sobre la mula, con una simple retahíla de trapos hubiese continuado tranquilamente o hubiese podido presentar la carta de Antonino. Pero, si nos ponemos en el caso de que somos una fuerza invasora en un territorio hostil; porque el general bárbaro también tiene informes sobre el gobierno y la resistencia de la comarca, y sus tropas se comportan en consecuencia al indicio de peligro que atestiguan esos informes. En este caso es normal que a un civil solo y expuesto en mitad de la nada, haciendo nada, se le tome como el posible señuelo de una trampa o como un insensato a tener en cuenta.
El prisionero pasó a ser colocado al final de la larga fila con otros capturados, justo antes de los animales. Se vio obligado a caminar a paso lento y cansino junto a otros que han tenido peor suerte que él; pues los hay quienes caminan con unos cuantos harapos en torno a la cintura y llevan los pies descalzos y ensangrentados por las piedras del duro camino. Fruela había podido conservar sus ropas, los soldados se dieron por satisfechos con robarle la mula, los mantos, la comida y lo que llevaba dentro del bolsillo del manto. Este no lo lleva sobre los hombros, a penas lo tiene sujeto por las manos a sus espaldas, arrastrándolo en el polvoriento camino. También le quitaron el broche de Vegecio. No le había servido de nada, no era un símbolo válido para que le dieran un trato especial. El propio militar al mando del pequeño grupo que lo apresó lo miró con curiosidad, como se mira algo extraño, sin poder calificarlo de hermoso o feo, y lo prendió de su propio mando haciendo un gesto grandilocuente y artificioso.
Su única esperanza ahora era que al llegar a Septimanca fuera reconocido por alguien del pueblo o de la propia torre como embajador de proposiciones. Pero esto era poco probable, ya que para ese momento no sería efectiva ninguna de las propuestas de ninguno de los dos bandos de Septimanca. Estos, independientemente de las intrigas que pueden tener efecto y resultado, están en manos de los que han de ser sus nuevos señores.
El trabajo del tejedor, los mantos primorosos y cuidados, ahora los usa un sucio soldado. Y sus prometedoras habilidades como informador y pieza importante en la partida de este juego de guerra, han acabado atadas con sogas de esparto que rodean sus muñecas. Sus monedas, tan costosa y arriesgadamente trabajadas, están en manos de otros, como su propia libertad.
Antonino también tiene las manos atadas. No puede actuar en contra o para lograr el favor godo, por temer a los pequeños terratenientes, que amenazan su diminuta parcela de poder en el enorme mapa de la lucha. Los terratenientes también son meros espectadores de lo que les depare el futuro godo. Tienen fuerza y riqueza como grupo para ejercer el poder, pero el poder de las armas que los amenaza es más fuerte que las monedas y el trigo; sobre todo si el enemigo los posee. Así pues todo queda en espera. En tres días la marcha goda llegará al pie de la torre de Septimanca. Tardará más en hacer el camino que el propio Fruela, pues semejante cuerpo tiene potencia, pero no velocidad. Hasta ese día la incertidumbre del preso infeliz que desesperaba por saber su suerte; la incertidumbre de los que esperaban noticias del preso; la incertidumbre del soldado que no sabía si esta vez dejará de ser la buena y acabaría muerto. Hasta ese momento, vale.
Era noche cerrada a orillas del río. El ejercito godo estaba asentado cerca del cauce, más adelante a la derecha, una masa negra, informe, delataba la presencia del cerro donde estaba Septimanca. Solo un par de luces se veían en la torre. Ninguna llama más mostraba que la gente estaba dentro de sus casas; pero la oscuridad no protegía, como mucho ocultaba.
En la explanada frente al pueblo, cruzando el río, en cambio estaba pletórico de luz, amplios fuegos y antorchas se repartían en casi todos los cruces que forman las paralelas y perpendiculares de las tiendas dispuestas en cuadrado. En este lado no había miedo, eran ellos los que lo infundían. Había que demostrar, aunque fuera mentira, que les sobraba la leña y el aceite; era una forma de impresionar. El miedo podía cortar los mismos o más cuellos que una espada afilada.
Tal vez fuera exagerado a primera vista. Qué sentido tenía una posición como esa cuando Cauca estaba a unas escasas jornadas más. Pero siglos antes se podrían haber preguntado que porque se tomaban tantas molestias con Numantia; pues para impresionar, nada más. Además queda tan significativo en la narración; que un acontecimiento importante se desarrolle en nuestro pequeño pueblo, para dar un poco de empaque a unos hechos tan insignificantes en el gran marco de los siglos y de la historia. Sisenando, el general godo, tenía además otros motivos y razones para detenerse algo más que de pasada en Septimanca. Estaba nervioso. Cabría decir también que disgustado, decepcionado por el devenir de la situación. Él era el primero que estaba desinteresado en trabar combate o tener la más mínima dificultad. Necesitaba el tiempo y los hombres para llegar a tiempo y en condiciones a Emerita. Se movía dentro de su tienda, como un león dentro de una jaula. Sus inferiores de confianza en el mando estaban con él, estupefactos por el nerviosismo de su jefe ante una situación sencilla en apariencia. Esperaban a que les indicase las mínimas indicaciones para las acciones de la mañana siguiente. Pero Sisenando les ignoraba. Tan siquiera les había devuelto el saludo desde la hora larga que estaban con él en la tienda más grande que estaba en el centro del campamento, revolvía papeles y un pequeño cofre que había sobre una mesa de campaña. Leía y volvía a releer decenas de veces una carta.
Llegó a un momento de nerviosismo y excitación en el que no detuvo sus pasos junto a la cortina que servía de puerta y salió fuera, exclamando un gañido ahogado como respuesta y despedida. Comenzó a vagar por las hiladas hipodámicas, torciendo en cualquier esquina sin ningún orden. Esto hizo que pasase repetidas veces por las mismas intersecciones. Cuando era consciente de que ya había pasado cinco veces por el mismo grupo de soldado jugando a los dados, su excitación llegó al máximo y, entonces se deshinchó como un odre de vino pinchado. Aspiró el aire fresco de la noche, como si llevase mucho tiempo debajo del agua. Era un grito interior, mental, desde el alma que le pone los pies en el suelo nuevamente.
Se acercó al grupo de soldados. Le gustaba el juego como al que más. No era la primera, ni la segunda, ni la centava que jugaba con soldados o con cualquier campesino. Cada uno tenía sus debilidades, y no se podía decir que este militar fuera el más vicioso y degenerado. Ante una pequeña hoguera se había improvisado la mesa de juego. Que no era una mesa, era suelo, era tierra. Los que de hecho jugaban eran solo tres, el resto formaba una animada comparsa, entonaban canciones y el vino corría sin mesura. Todos acabarían la noche completamente ebrios, pero no se podía prohibir tajantemente eso a un soldado en campaña. A un hombre se le podía empujar a la muerte día sí y día también; eso sí, nadie le impedirá pasar la noche castigándose las tripas y el hígado sin piedad ni control.
Sisenando saludó sin ceremonias y se unió al juego. Puso junto a unas cuantas monedas de cobre un par de las suyas. Le respondieron el saludo y le recibieron como a uno más. A esas horas con el respeto bastaba, la jerarquía quedaba para por la mañana. El juego era sencillo. El único aliciente era el dinero que cambiaba de mano. Ganaba el que mejor tirada logra en función de normas de puntuación y órdenes de tirada. La única forma de ganar al azar era tener más monedas para apostar que el oponente y así, con su miedo a favor, se vencía el lance.
Esa noche parecía que la fortuna sonreía a Sisenando. Eso lo enfureció y lo llenó de miedo. Preferiría perder. Era un razonamiento simple y sin sentido, pero preferiría perder unas monedas y ganar sin problemas Septimanca, que al contrario. Pensaba que si un día la fortuna daba, al siguiente lo quitaba. Conforme las monedas se acumulaban en su lado su malhumor aumentaba. Con sus compañeros de juego pasaba a la inversa. Pensaban que si hoy perdían, lo más seguro es que perderían la vida también al día siguiente. Era la suerte del que no la tiene. Pero esto no se traslucía en mal humor. Si solo tenían diez monedas poco importaba no tenerlas, siempre que entre tanto corriera el vino. Los jugadores ya estaban picados. La comparsa de mirones había ido desapareciendo poco a poco. Las monedas estaban todas junto a los pies del general, pero ningún jugador quería abandonar la partida. Rebuscaban entre sus pertenencias escasas y ponían pequeños objetos, casi todos hechos por ellos mismos, sobre el suelo. Una pequeña flauta de caña labrada a punta de cuchillo, una bolsa de cuero, algún pequeño alfiler de capa. Uno de los soldados se quedó sin nada que apostar. Con mucho pesar revolvió en su zurrón y sacó un pequeño objeto de metal. Era la fíbula que le cogió a Fruela. La miró por última vez, como despidiéndose, y la puso junto a las monedas y las otras cosas apostadas en ese lance. No ocurrió nada, nadie dio ninguna importancia al hecho. Se lanzaban los dados y el ganador se decidió. No pudo ser otro más que Sisenando. Recogió con indiferencia lo ganado. Lo acomodó junto a sus pies, a un lado las monedas y al otro el resto de objetos. Sin mirar, al separarlos, sus manos toparon con un objeto diferente a los otros. Por lo curioso lo observó atentamente. El vino había hecho efecto ya y le costaba trabajo reconocer lo que era exactamente. No lo sabía, pero le resulta familiar sin entender muy bien porqué. La siguiente tirada continó sin él, que permanecía absorto. De repente las brumas se disiparon y lo vio claro. Abrió los ojos como platos y se levantó de un salto tambaleante.
-¿De donde ha salido esto? – Acertó a preguntar, pero su lengua no había recuperado la frescura súbita de la que gozaban los ojos, y sonó como un farfullo ininteligible.
Los soldados, sus compañeros de juego, lo miraron entre extrañados y temerosos. Un general borracho con un acceso de ira podía ser muy peligroso.
-¿Qué te pasa? – Murmuró uno, temeroso. Más temeroso que el resto en verdad, pues de él era la fíbula que tenía el iracundo en su mano.
-¿Quién ha encontrado esto? – La lengua por fin adquirió cierta agilidad.
- Yo mismo, general. – Abandonó el tuteo en vista de cómo pintaba la situación, que no la partida.
-¿De donde? ¿Por qué no se me ha informado? – La perplejidad inicial ya había desaparecido.
-¿Qué se hizo con el que lo tenía? – Cierta sombre de miedo empañó el timbre de su voz, aunque también podía ser un eco del vino.
- Está con el resto de prisioneros.
- Se captura a alguien y ni tan siquiera se me avisa. – El miedo desapareció y fulminó al soldado con la mirada. – Llévame ahora mismo ante él. Ya hablaremos. – Amenazó.
La noche había caído hacía rato ya. Era la segunda que Fruela pasaba entre los prisioneros de los bárbaros, como uno más que era. Todavía no era muy consciente de la situación, no asumía el hecho de no estar libre. Realmente se sentía como en un pequeño descanso; estaba muy relajado, no estaba obligado a hacer nada, al contrario de toda su vida. La comida no era ni buena ni mucho menos abundante y su cuerpo no necesitaba más, pero la cantidad ingente de personas con las que se movía, le producía la sensación de que estaba dando un tranquilo paseo. Lo único, era que duraba todo el día.
De no ser por ese extraño estado de inconsciencia podía ser que su opinión de las cosas no fuera la misma. Tal vez que sí, pero tan solo llevaba dos días. Ni eso, seguro que con el tiempo cambiaría de opinión. Como no hablaba con nadie, solo caminaba con una sonrisa displicente y las manos sobre el regazo (ya no estaban atadas, no tenía a donde escapar en la inmensa llanura), como no trataba con el resto de capturados no sabía de sus amargas historias. Tan tristes, al fin y al cabo, como las de cualquier otro preso, pero suyas propiamente. Gente que se unió, forzosamente, más al norte de los Pirineos, y que no tenía ya ninguna esperanza de volver a ver su tierra, la de sus padres. Extranjeros de por vida, sin solución y con un acento extraño, que hacía arrugar la nariz a quien lo oía. Gente que fue sacada, arrastrada por el pelo, de sus casas ardientes y plenas de cadáveres y mutilados. Abandonaron sus pueblos, vencidos y arrasados, conservando como último recuerdo grabado en la retina la columna de humo y los gritos que surgían tras las colinas. Niños que nacieron en el lento caminar de la larga y lenta marcha goda. Niños que aprendieron a andar junto a las reses de sus dueños. Niños con mocos secos pegados a la cara y el pelo lleno de piojos, que nunca serían extranjeros porque nacieron en los caminos que son de todas las naciones y razas. Niños que nunca sabrán lo que era ser persona, aun con todas sus contradicciones; y serían poco más que un animal o una mercancía en manos de un comerciante. Pero esto no lo sabía Fruela; el solo paseaba. Lo entendía como una parte más de su devenir en las tierras del Duero, lejos de su Carrión. Lo entendía como algo obligatorio pero que dejaría atrás, aunque no sabía cómo, pero está seguro de que pasaría. Como pasaba una tormenta de verano.
Sisenando se acercaba iracundo a la pequeña fogata en torno a la que se reunían los cautivos, seguido prudencialmente por el soldado de la fíbula. Una niña pequeña jugaba junto al fuego, cerca del regazo de su madre. Tenía algo que pretendía ser una muñeca de madera. Ella jugaba absorta y feliz, su padre la observa apesadumbrado. No sabía tallar, era escribano en un pueblo cercano a Marsilia. La tristeza que sentía al ver a su retoño con el muñón de raíz que a penas simulaba extremidades humanas, era el dolor de no verla crecer en el patio de su pequeña casa, bajo su fresco emparrado. En esta barriada del campamento no se oían cánticos ni voces altaneras. Alguien en un pequeño corro contaba un cuento para que los niños se dormieran tranquilos. Con susurros, algún sollozo y el débil crepitar de su pequeña lumbre se habían de conformar los niños para intentar conciliar un sueño sin pesadillas. Por eso la pequeña de la muñeca de palo alzó la cabeza al oír los pesados pasos de los dos militares, que rompían el silencio, acompañados por el alegre tintineo de sus armas. La curiosidad la venció, su madre estaba distraída y cuando la niña se había levantado ya era demasiado tarde y había salido del alcance de sus brazos. La madre no había reparado en los sonidos inusuales, hacía los que ahora corría su hija, y la miraba sin temor. La pequeña era inquieta, le gustaba correr, era natural, hasta para los que nacían en cautiverio, tener alegría infantil.
La niña corría veloz en pos del ruido que atraía su primaria atención. También avanzaban rápidamente, a zancadas, pero sin llegar a correr, Sisenando y su soldado. La oscuridad era absoluta ya a pocos metros de la hoguera. El choque era inevitable. La rodilla huesuda y desnuda del general impactó violentamente en la cabeza de la niña. Salió despedida y cayó con un ruido sordo sobre el suelo polvoriento y desnudo. Casi no llegó a soltar ni un leve gritito, y al momento cayo inconsciente. Sisenando se sobresaltó tanto por el golpe en su pierna como por el ruido que la niña había exhalado al caer. Dio un pequeño brinco a su izquierda y miró sorprendido. Vio a la niña caída cerca de él y continuó andando hacia la hoguera; tras él, su acólito militar.
Llegarón ambos junto al fuego, nada sabía todavía la madre.
- Dime a quien se la quitaste. – Murmuró Sisenando.
- Ese que está solo.
-¿El que no tiene pierna?
- No, el de la derecha. El que está tapado con un manto claro.
-¿Seguro?
- …
-¿Estas seguro?
-¡Sí!
- Vete. Ahora mismo. Ya hablaremos. Entre tanto, por tu propio bien, no hables de nada de esto.
-¡Eh! Tú. – Estaba de pie, ante Fruela.
-¡¿Qué?!
- Levántate, muchacho.
Fruela no se atrevía ni a que le volvieraa a latir el corazón después de ver al imponente general ante él.
- He dicho que te levantes.
-¿Qué necesitas de mi? – Se levantó apresuradamente, y del mismo modo habló; apresurado por el puntapié recibido en el vientre.
-¿De donde has sacado esto? – Mostrando, obviamente, en su mano la fíbula de Vegecio.
- Es mío, señor. – El tratamiento no le apeó de recibir un nuevo golpe. Esta vez de un puño, en el estómago.
- Dime de quien es. No voy a entretenerme mucho contigo.
- Mío. – Antes del nuevo golpe añade: – Me lo regaló un amigo de Septimanca.
- Septimanca … – El brazo se le encogió a mitad de trayecto. – No has podido mentir peor, hijo mío.
En estos momentos Fruela ya sabía del penar de un siervo. No pensaba tan despreocupadamente como antes en su actual condición servil, en absoluto.
- Por favor, por favor. Es la verdad, me lo dio Vegecio, dijo que podría servirme de protección frente a los bárbaros. Pero eso es mentira. Vegecio mintió y yo no.
Sisenando se sorprendió, y murmuró para si.
- Septimanca, Vegecio … Es imposible que mienta con tan mal criterio. – Hablando ahora a Fruela -¿Quién eres y qué haces aquí?
- Soy tejedor y traigo un mensaje para el caudillo godo de parte de la resistencia de Septimanca. – Pobre espía que ante cuatro patadas mal dadas cantaba como un pajarito.
- Pero, a ver, hijo mío. ¿Qué me estas contando?
- Señor. Los principales terratenientes de Septimanca se ofrecen a ponerse bajo el dominio del general godo de este ejército. Por su parte apoyarán con información y vituallas para los soldados; a cambio solo piden que el nuevo gobernador del pueblo no sea el romano Antonino. Entre ellos, Vegecio, me regaló el broche que tienes en la mano, a modo de salvoconducto para poder entregar mi mensaje. Por otra parte, Antonino …
- Detente un momento que no sé de qué me estas hablando. ¿Qué dices de Vegecio? – Reforzó su pregunta con un sutil cabezazo en la base de la nariz de Fruela. La sangre, aunque sea nasal, es más eficaz que las palabras.
Las palabras que pronunció seguidamente Fruela no fueron fácilmente entendibles, pero con el fin de no hacer tan tediosa la identificación de los sonidos como le resultó a Sisenando, obviaremos interrupciones , correcciones y balbuceos.
- Conozco a Vegecio porque me he hospedado en su casa mientras duraron mis trabajos para Antonino.
-¿Trabajas para el gobernador militar Antonino?
- Sí. Primero como tejedor, luego como informador, y por último como heraldo para llevar al caudillo godo su propuesta de alianza y los mantos púrpuras que hice, como presente.
No hay que demorarse demasiado explicando que la última dada por Fruela no salió de su boca gracias a tiernas y amorosas caricias.
- Eres una joya muchacho. Lo mismo que un diamante, cuanto más te golpeo, con nuevas facetas brilla la luz de la verdad que llevas dentro.
Sisenando en píe ante el jadeante y golpeado Fruela, tomó a este por el manto, se lo enroscó por el cuello y lo arrastró tras de si. Como llevando una res al matarife.
Lo llevó, prácticamente a rastras, por todo el campamento hasta la puerta de su tienda. Entró Sisenando y dejó a Fruela fuera. Sin decir ni una solo palabra a nadie, sin ordenar a los guardias que lo vigilasen; pero tampoco era necesario, el joven tejedor no tenía ni ánimo ni fuerzas para pensar en huir.
Lo único a lo que alcanzaba pensar Fruela, caído sobre el suelo frío y polvoriento, sangrando por la nariz, los oídos y el labio partido; lo único que pasaba por su cabeza golpeada era que ya estaba cansado de militares. Había pasado ya tres semanas rodeado de ellos. Estaba cansado de su violencia, de su desprecio por la palabra y la inteligencia. De los engaños, de las trampas, de temerles y enfrentarse a ellos, de su olor a sudor, a metal oxidado, a grasa y a sangre. Esta sarta de ideas se sucedía en su cabeza con el orden y esperanza ciega de una vieja murmurando oraciones aprendidas de niña, dirigidas a un dios cualquiera. Daba lo mismo a cual, unos sustituían a otros en su caída.
Pasaban las horas. Los centinelas de la tienda no se movían, pese a que por su postura denotaba cansancio ya. Fruela seguía acurrucado en el suelo, con la cabeza un poco más despejada. Ahora ya sentía mucho miedo por su vida. Hacía bien, ya era hora de que el miedo y no la inteligencia gobernase sus actos. Con esto no se despreciaba a la inteligencia. Ni mucho menos. Usar la razón estaba muy bien y era muy útil, pese al resultado obtenido por Fruela. Pero si el mismo tejedor hubiese sabido servirse de su miedo o de su pánico en ocasiones de un futuro dudoso o incierto, su vida hubiese sido menos noble, pero más tranquila.
Qué distinto hubiese sido el devenir de estos hechos y la salud de Fruela si, en lugar de trazar un brillante plan para luego quedarse abobado ante el ejército, hubiese salido a esconderse y lo hubiera pensado todo mejor.
La aurora estaba a punto de romper la noche. Fruela seguía tirado en el suelo, muerto de frío ahora. Las voces de una discusión continuaban aún dentro de la tienda. Los centinelas habían sido relevados por otros más frescos. El primer rayo de sol avanzaba por el horizonte. Escasos instantes después la charla cesó. Paulatinamente fueron saliendo militares de la tienda, parecían de cierto rango. Salieron todos menos Sisenando, claro, era su propia tienda. Más tarde Fruela seguía tumbado, acurrucado en el suelo, al pie de la tienda del general godo. Este otro permanecía, ya totalmente solo, dentro de la mismo. El sol tampoco no había ascendido demasiado, la mañana era aún joven, más niña que adolescente. Salió Sisenando de la tienda. De un certero puntapié en la base de los riñones despertó al muchacho tirado en el suelo. El plácido sueño se disolvió instantáneamente entre la fuerte brisa del dolor, sin dejar transición ni duda sobre si la felicidad del sueño tranquilo se iba a propagar, por una mágica casualidad, hasta la seca realidad.
- En pie, muchacho. Hay cosas por hacer.
Al fondo estaba Septimanca sobre su cerro, rematado por la torre. Más abajo la cerca, pobre y ruinosa de adobe, piedra y madera. Ni con costosos esfuerzos aparentaría más que la miserable pared que es. A un lado el puente sobre el río; la puerta de acceso al sur, a los fértiles valles y dulces costas de la Bética. En el horizonte, el verde infinito de la primavera. Ante la puerta estaba Sisenando, sobre su hermoso caballo, con todas sus armas excepto el casco. Atado por las muñecas de las riendas, encorvado hacia el suelo, está Fruela. El trayecto desde el campamento hasta las puertas de Septimanca era poco mayor que dos tiros de flecha; no era estrictamente necesario llevar así al cautivo, pero las apariencias eran las apariencias, y así impresionaba más. Detrás de estas tres figuras: jinete, montura y preso, en dos estrictas filas, formaban cincuenta hombres. No atemorizaban mucho por su escaso número, aunque de un lado y otro de la cerca sabían que con el buen uso de solo esos soldados caería la plaza y casi con seguridad la torre. Realmente eran solo la guardia personal de Sisenando. Es como si se presentara él solo y sin armas.
- Pueblo de Septimanca. Traigo preso conmingo a vuestro espía y heraldo. Pero yo, Sisenando, solo negocio en persona. Quiero hablar con las fuerzas que me enviaron a este hombre. De lo contrario no quedarán ni los cimientos de vuestros muros, y esparciremos sal por vuestras tierras y sangre en vuestros pozos.
Solo había silencio dentro y fuero de los muros.
- Como me hayas mentido, señor Fruela, te abro el vientre aquí mismo y te ahogo con tus propias tripas.
Más silencio. Fruela daba por perdida su vida; y por desaprovechada también.
Se abrió la puerta de la muralla. Nada más. Continuaba el silencio. Ya no es que no se produjera ningún ruido dentro de las murallas, es que parecía que nada se movía, nada respira, ningún corazón latía. La garganta de Fruela estaba seca como el polvo sobre el que había dormido. De las emociones interiores de Sisenando no se puede decir nada, solo que su rostro no había sufrido cambio perceptible tras la apertura de la puerta. Se suponía que tenía miedo de morir. Entrar en territorio enemigo siempre supone ese riesgo, por improbable que parezca, dada la gran diferencia de fuerzas; pero nunca se sabe. Aún así había de aceptar ese peligro para demostrar su poder, y su fuerza. El ocupante había de enfrentarse sin miedo a los que se supone que podía vencer; lo contrario sería ridículo.
El único gesto que denotaba su supuesta tensión interior solo se podía ver desde cerca. Por ello no tenía peligro de ser descubierto por el rival. Sisenando tragaba saliva. Su garganta estaba seca, tan seca como la de Fruela. En realidad el total de los cincuenta y dos hombres que estaban ante la puerta de Septimanca tenía la garganta seca. Solo el caballo no sentía nada excepcional, menos el peso sobre su grupa. Seguramente del otro lado del muro pasaba lo mismo.
Sisenando tragó saliva por segunda vez. Se enderezó y se recolocó sobre la silla e hizo una nueva indicación para reanudar la marcha. Cruzaron la puerta; esta continuó abierta cuando el último ya ha pasado.
Fruela revivió la experiencia de subir por la calle que llevaba hasta el pié de la torre. Sisenando encabezaba y dirigía la marcha. Obviamente no sabía hacia donde se encaminaba tan exactamente como el tejedor, aunque lo suponía.
Era significativa la diferencia que suponía para Fruela esta ascensión hasta lo más alto de Septimanca. En ninguna de las dos ocasiones sabía concretamente lo que le depararía; pero la principal diferencia estaba ahora en el esparto en torno a sus muñecas.
La reata de hombres con el animal y el preso subía pesadamente, lentamente, por la calle vacía de gente y de ruidos. Las puertas y ventanas, vacías y oscuras, eran como los ojos ciegos del cronista que dejaría testimonio de estos hechos para la historia oficial. Lo que habrá de contar no se apoyará en lo captado por sus sentidos. Más bien el dictado de sus palabras procederá de la sensibilidad de su bolsillo. Esos hechos de tinta prostituida no interesan, no dicen nada. Quizás estos tampoco sean verdaderos y puede que sean mucho más mezquinos, pero al menos es un contrapunto..
Por fin la procesión guerrera llegó a la ya conocida puerta de la torre. Los corazones de los invasores estaban temerosamente arrogantes. Ante el vano oscuro, dos soldados, como siempre. Solo ellos protegen el grupo que estaba ante ellos. Antonino por un lado. Vegecio, Hipólito y el resto de los que aún eran fieles al cambio por el otro. Habrían formado dos líneas paralelas de no ser porque del lado de Antonino solo estaba él. Solo, con su torre detrás; y con su manto blanco, inmaculado y fruelano sobre los hombros.
El tejedor lo vio entre las brumas del cansancio y del miedo. Lo reconoció, pero como algo lejano, distante. Como vivido en una edad de su vida perdida o sepultada por la brumas del paso del tiempo.
- Ave. Sisenado, general de los godos. – Era Antonino quien debía de recibir al invasor. Aun aceptando, como era evidente, el hecho de tener adversarios entre sus convecinos, el mando de la torre era suyo.
- Ave. Gobernador Antonino. – Que no se olvidaba de que era tan ciudadano romano como ellos. En la coraza mostraba con orgullo su tosca y rudimentaria águila imperial, lo mismo que Antonino.
El silencio tomó lugar por un largo instante entre los reunidos al pié de la torre. Fruela era todo ojos, todo expectación; pensaba que de cualquier gesto o palabra podía depender su futuro. ¡Qué equivocado estaba! No era su vida la que pendía de lo que hablaran esos hombres, dependía la vida de los soldados y del pueblo entero.
El silencio fue roto tras un incómodo momento por el resto de los contertulios que no habían abierto la boca. Tras meditarlo, se obligaron a ellos mismos a un saludo general al general invasor, como queriendo expresar que también ellos tenían algo que decir. Como comunidad, como colectivo, eso sí. No se dieron cuenta de que esa reunión y sus resultados surgirían del acuerdo de dos personas, de individuos con fuerza y personalidad. Los tiempos de los consejos y los senados habían pasado.
Sisenando no se molestó en corresponder el saludo. Nunca respondería como a un igual a la chusma reunida; solo quizás si fueran soldados.
- Seas bienvenido, junto con todos tus hombres. – Antonino evitó la palabra soldados o ejercito cuidadosamente. Que lo reconociese como alto mando no conllevaba que le reconociese un verdadero ejercito, eso sería ceder demasiado terreno, aunque las columnas de humo en torno a las que se reunían los soldados bárbaros fueran más de cincuenta. Decenas de pilares de humo gris que comunicaban la tierra con los destinos de los hombres expresados en el cielo.
- Puedes considerar – siguió Antonino – nuestras tierras, pastos y ganados como leales servidores de tu causa. Dispón de ellos como mejor te convenga, que nuestra hospitalidad y respeto no resultarán indiferentes a tu bolsa. Tómanos, en definitiva, como tus aliados.
Fue un hermoso párrafo de Antonino, conciso y con una correctamente expresada declaración de intenciones. Servil, inteligente e interesada; todo en uno sin perder la educación y la compostura.
- No esperaba menos que eso. Pero puede que desee más. – Respondió, con una fácil amenaza por parte de quién tiene detrás a más de dos mil brazos armados.
- Claro está que todas las dependencias de la torre están a vuestra disposición. Así como, las doscientas lanzas que sostienen otros tantos buenos soldados… En cuanto lleguemos a un acuerdo conveniente.
Así es la diplomacia en definitiva, insinuar todo, decir claramente nada.
- El acuerdo, estoy convencido de que siempre, me resultará grato. Aun cuando se me pinte con tintas negras.
- … – Qué más puede responder Antonino, o le reta o se somete.
- Es posible que las propuestas del gobernador no os resulten tan interesantes como las nuestras.
Ninguna palabra, ninguna respuesta. El viento suave que pasa entre los reunidos no arrastra ningún sonido aparte de su propio susurro.
- Decía, señor …
- Decías, buen hombre, que quien de vosotros es el llamado Vegecio. El resto es todo estorbo para mis oídos. – Se detuvo, llenó el pecho de aire y soltó bien alto las siguientes palabras: – Nada tengo que escoger aquí, todo está a la merced de mi mano … ¿Dónde está Vegecio? Tengo algo para él.
Quien se atrevía a dar un paso adelante ante tales palabras. Si alguien, que tenía una espada pendiendo de su cinturón y cincuenta hombres tras él, pedía algo, lo mejor era no precipitarse. Siempre había alguien que podía delatarte. Algún vecino envidioso de que tus tierras son más fértiles o de que acaparas más monedas de plata que él. Pero los militares no suelen tener en buena estimas a los delatores, pese a que hacen buen uso de ellos, también suelen acabar pasados a cuchillo.
A todo esto, nadie supo por qué, Vegecio ya había salido de la fila que formaba con sus iguales y vecinos y ha proclamado su identidad en voz alta. Todos se sorprendieron y temieron lo peor. Lo peor para él, claro, no estaban muy seguros de que además fuera lo peor para el resto.
- Esto es tuyo, no es así.
Vegecio se acercó hasta la mano tendida de Sisenando y cogió el broche que entregó a Fruela. Miró, expectante, al general como diciendo: sí es mío, y ahora ¿qué es lo que quieres, al hacer esto delante de todos?
Sisenado no se detuvo a descifrar esa mirada, pero el resultado fue el mismo que si respondiese a su pregunta no formulada.
- Se la entregaste a alguien como salvoconducto. Muchacho acércate.
Fruela se acerca al círculo de los que tienen voz y voto.
- ¿Por qué le diste, precisamente, esta fíbula sabiendo que yo la terminaría por reconocer? ¿Conoces acaso lo que significa para mi?
La pregunta era en realidad una amenaza, como parecía quedar claro. Como un jarro de agua helada en una mañana de enero.
- Porque sabía que la verías y la reconocerías, te la hice llegar hasta ti a través del muchacho. Supongo que no haya sufrido ningún daño, es un buen hombre, no entiende de todo esto.
- De tus respuestas dependerá el que siga vivo. – Esta vez el jarro se vacio sobre la nuca de Fruela.
- Nada ha de temer entonces, pues tu hermano se encuentra bien.
- ¿Qué es lo que quieres decir? Tente, que es ahora tu cabeza la que corre peligro de despedirse de tu cuerpo.
- Quiero decir lo que he dicho. Tu hermano se encuentra bien. ¿De quien pude obtener sino el broche con su nombre, que tienes ahí en tu mano?
- No me la has hecho llegar porque haya muerto.
- Ya te he dicho que se encuentra bien, dentro de su mal. Dada la situación actual pensé que sería un buen medio para que supieses que todo iba bien.
- ¿No has podido hacer nada para que sane?
- El origen de algo, raramente, puede ser su remedio. Tu bien lo sabes. Al menos puede vivir con cierta dignidad.
- No has de castigarte por ello Vegecio. Confieso que nunca entendí las determinaciones de Faucio, pero la naturaleza debe de respetar siempre la voluntad del intelecto del hombre. Si el río no se revela violento contra el acueducto, o el viento ante la vela del barco; tampoco el cuerpo de mi hermano se ha revelado por las preferencias de su alma … Por cierto, ¿ha recuperado su voz?
- No.
- Era hermoso oír su voz entonando baladas antes de la batalla …
- Sí.
- No has de entristecerte. Si hay vida, aun podrá ayudarme como era su deseo.
A todo esto, a toda esta conversación auténticamente privada, ¿qué pasaba con el resto? El resto de los congregados no sale de su asombro. Lo único claro ahora era la situación de Septimanca en ese momento: el que mandaba era Sisenando. El resto era solo comparsa, unos actores a los que no habían dado las últimas líneas de su papel. Estaban desubicados sobre el escenario. Todo lo hablado, lo intrigado, lo especulado, lo deseado. Todo era agua entre los dedos.
Todo innecesario, tal como lo demuestra la conversación privada que mantenían Vegecio y Sisenando. Entre ellos concretaban planes de gobierno de la torre y de Septimanca; el resto tan siquiera podía escuchar sus palabras. La cota máxima de perplejidad llegó cuando, en medio de un grandilocuente abrazo, Sisenando encomendó el gobierno de la guarnición y de la plaza de Septimanca a Vegecio, en representación de su hermano Faucio. La situación, difícilmente podía acabar en sangre. Las tropas de Septimanca superaban ampliamente en número a la escueta guardia personal del general godo, pero las valientemente armadas tropas de Septimanca temían mucho esta fácil victoria por su inevitables devastadoras consecuencias. Por otro lado pensaban que estaban en buena posición si se mostraban fieles al nuevo orden. Ya sea por previsión o por miedo, simple y llano, no atacaron. No cumplieron con el deber de morir por quien le pagaba.
Fruela siguía en primera línea del ahora acalorado círculo, en el que se insultaba e increpaba, visto que ya nada más se podía hacer. No hay que temer ya que la sangre llegue al río. Mejor doblarse y seguir comiendo, aunque sea poco, que morir erguido.
El pobre tejedor no entendía nada. Toda la situación se había desarrollado demasiado rápido, demasiado confusamente para su poca experiencia. Las palabras se sucedían, prefería no pensar más. Ya tenía suficiente con lo visto hasta entonces, la lucha por el poder no tenía nada que ver con los hilos de una tela. Prefería volver ya a casa, a Pallantia. Prefería pensar en cómo iba a salir de ese embrollo y continuar tejiendo en su taller, cerca de la orilla del Carrión. Prefería, por ejemplo, mirar a ese joven soldado que cruzaba por el medio del círculo, vociferante ,al pie de la torre.
Nadie, excepto Fruela, se fijaba en él. No era extraño del todo, pues los hombres que gritaban estaban como ciegos, habían perdido la vista por una ambición no lograda. Pero de cualquier manera parecía raro que absolutamente nadie, excepto Fruela, se fijase en un personaje tan poco habitual. Como soldado cualquiera, sí que era normal, pero como soldado concreto de esa guarnición concreta o del cercano ejercito de ocupantes su aspecto es muy demacrado y pálido. Aunque eso no era nada fuera de lo común en un militar por estos lares. Las manchas violáceas sí son algo menos habituales, pero con seguridad debía de estar convaleciente. Lo confirmaban los numerosos moretones que poblaban las parte de su anatomía que no tapaba el atuendo militar. Lo verdaderamente atípico era ese mismo atuendo. No dejaba de ser un equipamiento militar.. La coraza, el casco, el escudo, la lanza, la túnica corta, … todo era hecho al modo antiguo. Fruela pensaba que eran muy parecidos a esos que se encontraban oxidados al tirar una casa vieja, o abandonados en un rincón del bosque. O, si conociera como son, los compararía con los relieves de la época anterior de los emperadores actuales, estúpidos y débiles, eran de los tiempos de los grandes césares.
Por qué, se preguntaba Fruela, aparecía aquí en medio del consejo ruidoso un joven y enfermo soldado de los tiempos antiguos.
Nadie lo sabía. El asunto estaba en que aún desde el extremo contrario del círculo por el que se asomaba, miraba fijamente a los ojos de Fruela, sin ninguna duda. Luego parecía volver la cara y hablar a alguien que estaba detrás de él; una figura menuda y frágil envuelta en telas oscuras de la cabeza a los pies. Después de intercambiar unas palabras se fue acercando a él, a Fruela, si quedaba una duda, ahora estaba disipada. Sobre todo en el momento final en el que terminó de aproximarse a escasos pasos del tejedor, y le miró y abrió la boca como quien iba a hablar.
Pero no dijo nada. Parecía que le costaba hablar. Parecía dudar en la manera correcta de formar los sonidos. Tras un momento, sin cerrar la boca, pareció recordar algo y entonces sí, las palabras surgieron de su boca.
- Fruela. No tienes ya nada que hacer aquí. ¿Por qué no te vas a tu casa?
- ¿Me hablas a mí?
La pregunta era completamente retórica. Con esos ojos clavándosele en los suyos era difícil que pudiera estar hablando a otra persona.
- ¿Por qué no te vas a tu casa?
- ¿Ahora? No puedo. Sisenando me tiene preso.
- ¿Por qué no te vas a tu casa?
- Si me viese huir me mataría.
El soldado intentó decir algo. Pero por más esfuerzos que hacía, algunos muy graciosos, no podía. Con frustración, se volvió y miró el animado alboroto del general y de los de Septimanca. Estaba claro que pretendía hacerle ver que nadie se percataría en ese momento y en muchos de los siguientes de que faltaba.
Fruela asintió en silencio. Era cierto.
- Pero ¿cómo, por donde voy?
- No tienes ya nada que hacer aquí.
Y con su lanza oxidada le mostró un pequeño sendero, en el que hasta entonces no se había fijado. Era más escarpado que el principal, pero nadie le vería bajar hasta el camino a Pallantia.
- ¿Por qué no te vas a tu casa?
Fruela no necesitó que le insistieran más, pero le extrañó que el soldado insistiera tanto en ese “tu casa”, si tenía un lugar en el mundo era la casa de su familia en Pallantia, nada tenía por si solo. Esos ojos y esa voz, profunda y quebrada, le habían comvencido de inmediato. Casi le suplantaron la voluntad.
Tranquilamente, llegó al pie del sendero. No se volvió, y empezó a bajar por la ladera donde estaba asentada la guarnición de Septimanca. No miró hacia atrás hasta que supo que estaban muy atrás los muros toscos y quebradizos del pueblo sometido.
Si se hubiese vuelto, quizás, hubiese visto como el soldado caminaba hacia el otro extremo del círculo. Una vez cruzado este se unió a la figura menuda, que a buen seguro era una mujer, la habló con grandes gesto como intentando tranquilizarla, y se fueron caminando hasta desaparecer de la vista.
Los días eran agradablemente cálidos, lo que no evitaba que por la noche y a primera hora de la mañana, al alba, sintiera mucho frío y ya estuviera caminando tiempo antes de que saliese el sol. No tuvo tiempo ni pensamiento de procurarse abrigo o provisiones para el camino al abandonar el pueblo en su salida presurosa, y en parte aun confusa. Pasaba las noches resguardado en un pequeño hueco entre las ramas de un pino, entre arbustos con flores de mora o buscando una roca que le amparase del aire frío; pero siempre lo más lejos posible del camino y del río. El cauce era la mejor y la única ruta para regresar a su casa, pero desde la puesta del sol era un tormento de humedad, frío y animales que se acercan a la orilla beber. Los finos jirones que todavía conservaba de su manto no le mantenían tan caliente como quisiera. La otra opción era el camino. Era amplio y liso, y con una sombra moderada que dejaba tibio y agradable tanto el piso polvoriento como la cuneta. Pero, simplemente, no iba a pasar la noche junto al camino. Lo más normal era que fuese tranquilo, cuando menos Fruela no había escuchado mucho más alboroto del que pudiera ser habitual al caminar medio escondido entre los árboles de la orilla; pero en ocasiones pasaba algún jinete raudo con lanza y escudo, o algún pequeño grupo ruidoso de hombres armados (lo mismo daba que fuean bandidos o soldados.)
Como no tenía para nada segura cual era su posición actual, si era libre, o si era prófugo; si en realidad había logrado huir o si tan solo soñaba profundamente con su libertad, prefería de cualquier manera pasar lo más discretamente posible en su retorno a Pallantia.
Había momentos, a medio día, cuando el sol tenía más fuerza y le molestaba en la cabeza descubierta, en que se detenía a descansar a la sombra de unos chopos, lamidos por el agua que bajaba, y pensaba que quiere volver ya a la casa. Piensaba que era mucho más feliz sin haber puesto los pies más allá de los límites de su comarca, de las orillas del Carrión. Que, si bien esa realidad fresca entre las ramas de un verde grisáceo, cargadas de humedad, pudiera ser un sueño que soñase sobre un suelo frío y polvoriento con los brazos atados a la espalda; lo seguro para él era que los días que había pasado trabajando entre los muros de la fortaleza habían sido una pesadilla, un sueño grotesco, deforme si quería ser más concreto. Una realidad lejana y diferente para alguien que solo sabía de hilos y urdimbres.
También había que entender, para justificar esa cierta manera exagerada suya de percibir los hechos, que cuando se encontraba cavilando llevaba ya gran parte del día caminando y pasando frío cuando casi no había salido el sol, y sufriendo el calor el resto del día con el estómago vacío. Entonces era sencillo comprenderlo, cuando no había logrado engañar a su estómago con algún fruto silvestre, aún amargo, era normal que añorase el hogar, la lumbre, la olla siempre llena de comida (mejor o peor, según épocas), las caras conocidas al andar por calles conocidas. Era solo un pobre hombre que no asimila bien un siglo cada vez más oscuro.
El campo a cada paso que daba estaba más tranquilo. Conforme se iba alejando de Septimanca iban desapareciendo todos los vestigios de actividad humana; los campos no estaban cultivados, proliferaban los árboles, arbustos, la vegetación agreste, los animales de medio tamaño campaban a sus anchas. Ni pastores, ni cabreros, ni vaqueros con la monotonía de los rebaños de animales a su alrededor. Ni siquiera un cazador perdido o un muchacho colocando trampas para pájaros. No había nadie, solo él. El río y Fruela, caminando trabajosamente a su orilla. La tentación del camino desierto y silencioso era grande. Si no había nadie, quería decir que no había ninguna persona a la que ver ni por la que ser visto; pero aún tenía marcas profundas amoratadas, y casi negras en algunos puntos, donde las cuerdas le había inmovilizado las muñecas.
El sol continuaba su curso, la tarde avanzaba sin nada que poder llevarse a la boca. El hambre apretaba duro en el estómago, un puño justo por encima de su ombligo y empezaba a estar preocupado; no por la inanición, sino por sus efectos. Calculaba que como mínimo tardaría tres o cuatro días en poder alcanzar Pallantia, pero su cuerpo, ya débil, perdía fuerzas por momentos y sus pasos lo hacían notar. Aunque era una zancada vigorosa la suya sabía que eso no iba a durar mucho más.
Para empeorarlo un poco más se introdujo de lleno en una zona pantanosa. Desde lejos le parecía que era un pequeño valle verde, fresco y con agua clara, pero enseguida comprendió que no era del todo así. Cuando empezó a meter los pies en el barro lleno de limo y lombrices no tuvo más remedio que volver al camino que en su viaje de ida le había hecho ignorar el pantano.
La estación era bastante apacible. La tarde habituaba a ser templada hasta que se ponía el sol, justo después un viento frío del noroeste comenzaba a soplar y a enfriar los miembros entumecidos de Fruela. Si el hambre podía llegar a ser soportable, mientras la luz del día calentaba la piel y apetecía refrescar la garganta con el agua fría y mansa que resbala de una fuente discreta hasta el río; con la puesta del astro rey el tormento aumentaba. Bien es conocido que una digestión generosa regocija el ánimo, el estómago, y además proporciona una agradable sensación de calor en todo el vientre. Con esto y la colaboración comedida de algún destilado era verdad que un hombre maduro podía soportar, en parte, los rigores de una noche fría a la intemperie. Pero este no era el caso. Ni tan siquiera formando un ovillo increíble con sus miembros era capaz de entrar en calor. Al cabo de horas, y solo por el efecto del cansancio profundo era capaz de dormir durante un tiempo. Antes del alba ya estaba despierto. Un inicio evidente de calentura en su frente y la falta de alimento hicieron de su sueño el refugio apropiado para que se desarrollaran pesadillas de los inusuales acontecimientos de los días pasados. Aun así esperaba un tiempo, acurrucado y despierto, a que saliese el sol para volverse a poner en camino.
Y el caminar era siempre lo mismo. Ya sea ida o vuelta, consistía en tener la fuerza de voluntad necesaria para conseguir mover un pie, que solo quería reposar tranquilo sobre la tierra, y llevarlo más delante de lo que estaba el cuerpo en ese momento. Como una avanzadilla hacia las regiones desconocidas que no controlaba la piel. Eso siempre era traumático y doloroso, pues aunque el destino final fuera deseado o incluso placentero, el cuerpo humano como la humanidad en general prefería la comodidad y solo aceptaba avanzar si se le obliga o engaña.
Fruela tenía que engañarse a si mismo para decirse que no estaba cansado, que no estaba hambriento, que no tenía miedo de seguir huyendo de su cautiverio, de seguir acercándose a su lugar de origen. La obligación era enorme, descomunal, para poder mover un cuerpo que con dificultad se mantenía en pie. Colosal era al ver que, más adelante y a la izquierda, avanzando en dirección hacia él por camino, se acercaba una enorme polvareda que le traía nefastos recuerdos. Esta vez no pensaba cometer ninguna equivocación, no le vería nadie, ya fuera un rebaño o un ejercito armado hasta el pensamiento, se ocultaría lo más profundamente posible hasta que el menor riesgo hubiera pasado. Puede que a ese paso, cansado y escondiéndose cada poco por cualquier motivo, tardaría mucho más tiempo de lo previsto en regresar a Pallantia, pero al menos llegaría con seguridad.
Cerca de la orilla del río crecían gran variedad de arbustos, zarzas, cañas y árboles bajos y frondosos que eran el refugio predilecto de pequeños pájaros y roedores que frecuentaban el curso de las aguas tranquilas. Se abrió paso, sirviéndose de un palo, apartando las ramas espinosas y recolocándolas tras pasar para borrar un rastro que solo su imaginación cansada encontraba digno de seguir. Durante un tiempo no oyó nada, solo el agua que se paseaba tranquilamente entre las raíces de la orilla, los pájaros que revoloteban, los insectos que zumbaban y el viento entre las hojas. Pero prestando tanta atención como la prestaba Fruela se notaba el eco lejano de una algarabía creciente. Transcurrieron los instantes con lentitud hasta que el alboroto pasó junto a él. Realmente no era junto a su lado, pues desde su escondite hasta el camino había un buen trecho, pero el volumen era tan alto que Fruela temblaba como las hojas que había sobre su cabeza, temiendo que en cualquier momento alguien saltase sobre él. Esto duró mucho tiempo, más aun si se cuenta con la perspectiva del miedo, pero luego pasó. Disminuyó poco a poco y se esfumó sin más; sin eco y sin repercusiones. Para entonces Fruela ya estaba dormido, con el cuerpo agotado de cansancio y tensión.
Pasó la noche sin imprevistos. Al romper el alba unas nubes, que se habían ido acumulando durante la noche, se habían condensado lo suficiente para descarga una fina y suave lluvia, que solo logró despertar a Fruela cuando su cuerpo se enfrió de estar empapado.
Abrió los ojos y sintió el frescor en la piel, la humedad del agua pura en los labios, y un alivio en la frente enfebrecida; en definitiva: un alivio para parte de sus pesares. Se levantó de su escondrijo sin saber que la mañana aun le proporcionará una nueva alegría en forma de alimento. El día anterior no se dio cuenta de ello, pero esquivó un pequeño nido lleno de huevos desprotegidos de su custodia materna. Esa mañana con el pensamiento y los sentidos más despejados no se escaparon y disfrutó de un desayuno sabroso y dulce por lo inesperado.
Por lo que fue viendo los días que siguieron el jaleo, la gran muchedumbre ruidosa que no llegó a ver pero que sí escuchó, había barrido de toda actividad los lugares por los que iba recorriendo el camino hacia Pallantia. En los días previos, aunque escasamente, una presencia humana testimonial siempre le inquietaba en su clandestino huir. Pero ya habían pasado varias jornadas sin que viese a un solo hombre, aunque tan solo fuese de muy lejos.
Al cabo de dos jornadas sin ninguna complicación significativa llegó a la vega fértil junto al río, a la otra orilla de la muralla de piedra y barro, que seguía ciñendo las casas de tierra. Como era ya noche oscura cuando llegó no vio los restos del fuego que manchaban de negro la piedra blanca del muro.
Cuando dio por finalizado su camino aún tuvo que pasar una noche más al raso. Fue por ignorancia, pues creyó que las puertas de la ciudad estarían cerradas tras la puesta de sol. Y así hubiera sido de no ser por el ataque bárbaro.
Con todo se acomodó en el suelo al amparo de una higuera y cerró los ojos con el júbilo de quien vuelve al hogar. Después, nació el día y le sorprendió dormido, con el sueño plácido del que ha dejado atrás a sus preocupaciones. Sin prisa se lavó en el agua fría que hacía opulentas las huertas de la zona, y se adecentó lo mejor posible las ropas ajadas y sucias. De ese modo se encaminó a la puerta de la muralla de piedra, y hasta que no pasó por el mismo arco no se percató de que faltaban las batientes. Tampoco nada más podía llamarle la atención, porque el trasiego de mercancías y labradores siempre era mínimo a esas horas.
El descubrimiento repentino de la realidad fue como despertar de un sueño agradable sobre el suelo húmedo y frío de una prisión. Fruela no era capaz de soportarlo, eso lo sabía después de todo lo pasado durante las últimas jornadas vividas, no quería poder aguantar otro golpe más; a pesar de que lo temía como un mal presagio. Si no cayó fulminado al suelo fue porque a mitad de la calle vio a su hermano pequeño salir del taller, en el que nunca tendría que haber dejado de trabajar. Caminaba visiblemente abatido, tapado con unos harapos parduscos que dejaban casi en buen lugar el vestido de Fruela.
Corrió hacia su hermano, pero hasta que no le sujetó por el hombro y le miró a la cara no se dio cuneta de que el que se marchó ya había regresado.
- ¿Qué ha pasado?
- Murió. No ha podido más, y ha muerto madre.
Miró a la cara de su hermano, como quien no entiendía. A continuación miró en derredor. Miró el suelo lleno de barro, de escombros, de restos de hogueras. Miró a las paredes que habían dejado de ser blancas, como cuando él se fue, para estar manchadas de tierra, de hollín y con esporádicas y menudas salpicaduras de sangre. Miró los techos aún medio humeantes, la gente escasa en la calle con la mirada temerosa, y las caras y los cuerpos llenos de heridas. Miró todo y no entendió. No comprendió que todo ese horror viniese por la muerte de … por la muerte de una sola persona.
- ¿Qué?
- No aguantó. Voy ahora a buscar al sacerdote para preparar el entierro. Ven si quieres. – Dijo mientras había empezado a andar. Pero se paró al cabo de unos pasos y se giró. – Le hubiera gustado verte, ¿cómo estas?
- Bien, pero ¿qué ha pasado aquí?
Su hermano, como saliendo de un abismo lejano y profundo:
- Sabes lo de los bárbaros, ¿no?
- Sí, pero …
- Luego hablamos. Acompáñame, ¿de acuerdo?
La habitación era muy parecida a la que tenía Vegecio, donde había comido y bebido mientras estuvo en Septimanca. En realidad todas las habitaciones, todas las casas, todas las gente de esa comarca, eran iguales; puede que hasta fueran siempre las mismas. El mismo suelo de tierra pisada, que hacía tener los pies siempre sucios. Las mismas cuatro paredes deficientemente encaladas. La misma puesta estrecha y baja, los mismos ventanucos estrechísimos por los que entraba el frío y algún rayo de sol en verano. A veces era solo una grieta perfilada. El mismo techo de paja, al norte o al sur del río. Pero esa no era igual; si había el idéntico hogar en un rincón que calentaba el aire. Pero no era igual porque la madre de Fruela yacía inerte. Y, exactamente eso, no se repetía en ninguna otra parte de la región.
A parte de la singularidad de la difunta el resto de accesorios que rodeaban la muerte no variaban. Las lámparas de aceite de fuerte fragancia, como era necesario; las plañideras, los murmullos de las oraciones, el dolor de los familiares. Todo era lo esperado, lo convenido. Pese al conveniente dolor que padecía Fruela también le vencía una especie de curiosidad morbosa por conocer las causas de los devastadores efectos que veía y sufría. Se colocó en un rincón junto al resto de sus familiares, al lado de su hermano. Las mujeres llorosas le tapaban por completo la visión del cuerpo y eso le tranquilizó para poder preguntar lo que quería saber.
- Hermano, dime qué es lo que ha pasado aquí.
Pero su hermano no le prestaba atención, estaba absorto, desencajado, intentando asimilar el golpe sufrido. Fruela no se dio por vencido y le dio unos tirones discretos de la manga. Con cara más de hastío que de compunción accedió por fin a responder.
- Los bárbaros han atacado toda la región.
- Sí, ya lo sé. Yo también los he visto, – tragó saliva – pero no pasó nada como esto.
- Pasó hace cinco días. Llegaron al amanecer, un grupo desorganizado, unos cien.
- Viste a su jefe, uno grande con buenas ropas de oficial y un hermoso caballo.
- No, aquí no vino nadie así. Eran unos salvajes que entraron a fuego a la ciudad.
- Pero también había soldados, gente de uniforme, con armas del imperio.
- No sé a quien viste, Fruela, pero estos eran unos bandidos, unos salvajes que querían desvalijar todo.
- Pues más al sur me encontré con un ejercito bien organizado. Pero no hubo sangre, pactaron y siguieron más al sur. Aún así, continua, por favor.
- Habían abierto ya las murallas y parecía que habían estado esperando a escondidas. Primero solo eran unos pocos con antorchas en las manos que iban incendiando los campos, ni se pensó en cerrar las puertas. Pero aumentaban por momentos, y antes de que nadie pudiera hacer nada ya había algunos tejados ardiendo, y algunos de ellos consiguieron entrar. Los vigías cerraron la puerta pero todo fue inútil. La guarnición estaba desprevenida, nadie sabía porqué precisamente en esos días, y los bárbaros no tardaron mucho en volver a abrir las puertas y matar a todos los soldados. Después pareció que se iban a calmar, que solo se iba a quedar en eso, pero no. Robaron las armas a los soldados muertos, que eran mucho mejores que las que ellos llevaban y empezaron a saquear las casas. Para entonces algunos ya habían organizado la defensa de lo que quedaba, y empezamos a luchar entre las calles y los patios, por cada casa y por cada cuadra. Murieron muchos de los nuestros porque no teníamos armas, hicimos lo que pudimos con horcas, hoces y palos. Pero ya ves que no fue suficiente. Aguantamos casi dos días, pero al anochecer prendieron fuego a todo y entraron a cuchillo. Se llevaron lo que no se quemó y se fueron al amanecer. Eso no fue ni hace casi dos días. Desde entonces ha ido apareciendo gente que huía de las villas y de las granjas, unos decían que unos soldados los habían echado sin más, otros que los esclavos se había sublevado y otros que unos norteños estaban atacando la región … No sé nada más.
- ¿Y, – se atrevió entonces a preguntar Fruela – entonces madre?
- Algunas mujeres se escondieron en la cripta del templo y no las pasó nada. Pero el fuego, el miedo, el frío y su estado; no aguantó más.
Fruela soltó el aliento aliviado, aunque no entendió muy bien qué quería decir “su estado”.
- Ahora ya estas aquí, – continuó – ya estoy más tranquilo. Saldremos adelante, está todo difícil pero podremos, ¿no crees lo mismo?
- No lo sé, todo ha cambiado, y aún no sé si para bien, … De cualquier forma creo que no tenemos otra opción. – Fruela posó su mano sucia y áspera sobre la de su hermano para reconfortarlo. – Enterraremos a madre y después veremos que podemos hacer con el taller.
El entierro sería a la mañana siguiente. El cielo anunciaba tormenta. El cuerpo muerto de la madre de Fruela tendría la suerte de ser enterrado en el terreno cercano al templo que era normalmente usado para ese fin. Los cadáveres originados en los días anteriores por el asalto bárbaro no habían tenido la misma suerte. Por el número anormalmente grande se había decidido, o más bien recurrido a una solución más fácil y rápida: que todos los cuerpos serían enterrados en una gran y única fosa fuera de las murallas. Sin hacer ninguna distinción entre enemigos o amigos, asaltantes o defensores, asesinos o asesinados; todos encontrarían el reposo definitivo hermanados con la misma tierra y los mismos gusanos. Pero con la calma retornaba la normalidad y los muertos volverían a estar en el lugar que pacientemente les había esperado durante toda su vida.
A la puerta del templo, fuera pero protegido por el saledizo de un pequeño tejadillo sostenido por dos columnas de piedra blanca, esperaba el sacerdote a la comitiva fúnebre. El cuerpo era llevado sobre unas parihuelas improvisadas con unas tablas largas que no tenían quemaduras en exceso. Detrás iban, en procesión, los huérfanos, después los familiares más cercanos y por último los vecinos y amigos de la familia. Recorrieron el camino breve que les separaba del templo con la atención puesta en el cielo amenazante, que casi parecía que podía tocarse con solo alzar la mano y ponerse de puntillas. Al llegar junto al sacerdote unas gotas pequeñas y frías cayeron sobre la nariz de Fruela, pero por el momento no parecía que fuera a ir a más.
Se detuvieron y bajaron todos la vista al suelo mientras el sacerdote murmuraba una oración adecuada al acto que se celebraba. Solo duró un momento. Se pusieron de nuevo en marcha hacia el lado norte del templo, donde estaban las tumbas.
El agujero en el suelo estaba cavado en un buen lugar, junto a la pared de la construcción. En la orilla contraria del cementerio, en el límite exterior, crecían árboles y plantas que servían de separación con el mundo de los vivos; y sus raíces dañaban en gran modo las tumbas allí ubicadas.
La tumba estaba dispuesta longitudinalmente respecto al eje de la iglesia, con el lugar donde había de ir la cabeza orientado hacia donde nacía el sol. El hoyo era profundo, de casi la altura de un hombre adulto. A un par de palmos de profundidad la tierra estaba húmeda y mullida. Incluso con unos toques de musgo que se convertían en hierba al llegar a la superficie. Al estar pegada a la pared del edificio estaba muy resguardada y había mucha vegetación y frescor. En verano era un lugar muy agradable para estar durante la tarde, durante esas tardes eternas y ardientes de antes de la siega del cereal.
Precisamente por ese problema con la humedad se había tenido que excavar tan profundamente. Y, también por la misma razón, esa mañana muy temprano Fruela y su hermano habían recorrido las ruinas de algunas casas abandonadas tras el ataque para encontrar unas losas alargadas de piedra, con las que preservar algo más el cuerpo de la humedad. Unas piedras calizas alargadas que colocaron en los laterales del agujero.
El sacerdote se colocó en el estrecho espacio que quedaba entre la fosa y la pared del templo. En el otro lado colocaron al cuerpo amortajado, y rodeando a estos tres elementos se dispusieron el resto de concurrentes.
Entonces Fruela se dio cuenta de un detalle que hasta entonces había pasado por alto. El cadáver estaba amortajado con las mismas telas que ya había visto la noche anterior. Todo menos la cara, que sería cubierta justo antes de ser bajado a su tumba. Ya le habían colocado también dos pequeñas piezas de cobre, una sobre cada ojo, como mandaba la tradición. Pero lo que le llamó exactamente la atención era un objeto metálico que tenía sobre el pecho. Su familia siempre había sido pobre y no podía permitirse un ajuar funerario. Y en el caso de que hubiera podido costearlo, lo más normal hubiese sido que los asaltantes se lo hubiesen llevado durante el saqueo. Pero, en cambio, allí estaba esa pieza de metal brillante.
- Hermano, ¿qué es eso?
- ¿De qué hablas? – Respondió en un susurro.
- Eso que tiene madre sobre el pecho, ¿qué es?
- Ah, es tan solo un broche.
- No sabía que tuviera un broche así.
- Yo tampoco lo sabía, pero ¿estas seguro de que no te parece familiar? – Preguntó el hermano aun a riesgo de que el sacerdote los reprendiera.
- No me suena para nada que madre tuviese nada parecido a un broche. A no ser que lo haya conseguido cuando he estado trabajando fuera. ¿Debía conocerlo? – Se extrañó Fruela.
- Calla. Ya hablaremos más tarde. – Sentenció ante la mirada severa del oficiante.
Una tos oportuna del sacerdote, corta y seca, acabó con la inadecuada conversación entre los dos hermanos varones. Continuó seguidamente con las oraciones preestablecidas.
Durante el tiempo que siguió todo fue una confusión de humedad y murmuraciones en latín, que se esforzaba en contestar adecuadamente la comitiva. Una vez finalizadas las oraciones el cuerpo fue depositado en el fondo de la tumba, cada hermano se agachó para coger un puñado de tierra de un montón para arrojarlo sobre el cadáver.
Por riguroso orden inverso de edad Fruela fue el último en depositar su puñado de tierra sobre el cuerpo que estaba solitario en el fondo de la tumba. Antes de arrojarlo definitivamente miró la tierra en el hueco de su mano. Era húmeda y negra, parecía más un resto orgánico de un animal que simple materia inerte, despedía un aroma suave y agradable. Casi le apetecía sumergirse en una sustancia así. Dio un paso más hasta acercarse al borde del agujero rectangular.
Miró hacia abajo y vio como se definía, claramente pese a la profundidad la figura blanca del cuerpo amortajado de la que fue su madre. No lo quiso pensar mucho. Abrió la mano extendida y dejó caer la tierra húmeda junto al resto de puñado que al cabo de unos minutos taparían el hoyo. Pero fue débil y se concedió echar una última mirada y, entonces lo vio.
Sí, estaba allí. No existía ninguna duda. Sobre el pecho que reposaba en la profundidad del la sepultura estaba la fíbula que Vegecio le había dado y que después le habían quitado los bárbaros. No es que fuera una fíbula parecida o muy similar, es que era exactamente la misma. Tenía los mismos motivos decorativos, la misma forma, el mismo material.
Desde que, según contaban los ancianos, se habían empezado a ver grupos de bárbaros por la región se habían empezado a ver muchas fíbulas de estilo germánico y cada una era distinta a la otra, eran casi como un emblema distintivo, único para cada persona. Llenas de figuras propias de las tradiciones de sus pueblos y nombres de clanes y de tribus. A miradas foráneas podían resultar casi idénticas, pero Fruela había pasado horas angustiosas con esa pieza de metal entre sus manos y no tenía ninguna duda. Ese mismo broche que reposaba sobre el pecho del cadáver de su madre lo había llevado él prendido al manto días antes.
Pestañeó con incredulidad. Puede que la luz deficiente por el cielo nublado, la emoción por todo lo vivido, o cualquier otra cosa podían hacerle confundir un objeto con otro. Pero no, era el mismo. Solo no estaba seguro porque veían que ahora estaba cubierto en gran parte por manchas de óxido; por lo que, podía suceder que fueran dos fíbulas exactamente iguales. Aunque eso no le dejaba de intrigar por la gran casualidad que era. Y tampoco alcanzaba a recordar que su madre hubiese tenido en vida concretamente ese broche, o cualquier otra joya bárbara. Tan siquiera le sonaba que su madre hubiese llevado puesto cualquier adorno después de enviudar.
Otro carraspeo más del sacerdote le sacó de sus divagaciones. Llevaba demasiado tiempo parado, pensando. El funeral tenía que continuar. Volvió al lado de su hermano, que lo miraba extrañado, pero ninguno dijo nada y el sacerdote volvió a sus rezos.
Cuando los dio por finalizados un niño le ofreció un incensario de plata que balanceó sobre la tumba por cerrar. Acabada esta operación se acercaron otros muchachos muy delgados y cubiertos por harapos y rellenaron a paladas de tierra la sepultura.
El sacerdote y los concurrentes se despidieron de los familiares con más prisa de la que la educación aconsejaba porque empezaba a llover de manera más contundente. Los hermanos huérfanos se quedaron de pie, con aire evidentemente triste, mirando al suelo mientras esperaban a que los sepultureros taparan del todo la fosa. Quedó como resultado final un pequeño montículo de tierra alargado y negro brillante. Destacaba vivamente del resto del cementerio que lucía una uniforme alfombra de hierba y pequeñas plantas que comenzaban a florecer.
Alisaron la tierra a golpes de pala y luego hincaron una tablilla de madera en la cabecera de la tumba. Era un tablón alargado que encontraron la noche anterior entre unas ruinas. La madera, fuera el que fuese su uso anterior, era de buena calidad y el hecho de que se hubiese quemado superficialmente les convenció de que sería apropiada para recoger la inscripción funeraria. Lo ideal y más conveniente era una losa de piedra, pero aparte de lo costoso, nadie en esos días en la ciudad se iba a entretener en tallar una lápida. Por lo que se contentaron con ese trozo de madera que, gracias al efecto del fuego, aguantaría durante más tiempo la humedad. Con un cuchillo había perfilado la forma para darle un aspecto adecuado y había grabado el nombre de la difunta, el pez , la cabeza de lobo y otros signos mágicos acostumbrados en la comarca. De haber tenido más tiempo a Fruela le hubiera gustado decorarla con una orla de frutas y flores y algún sol. Aunque tampoco quería que el sacerdote se lo reprobara.
Llegó el momento en el que los hermanos de Fruela quisieron abandonar el cementerio. Su hermano le tomó del brazo y se lo comunicó en baja voz mientras tiraba de él. Pero se resistió suavemente y le dijo que deseaba quedarse un rato más allí, aunque fuera solo, le daba igual. Sus hermanos caminaron rodeando el templo hasta el pórtico de los pies y regresaron a la casa.
Se quedó solo Fruela junto a la tumba reciente. Quería serenarse un poco, encontrar el pulso de una realidad que deseaba que fuera suya, pero que había cambiado en tan solo unos días. Sabía que el cementerio en el que estaba pertenecía a la ciudad en la que había vivido desde siempre. Todo tenía una apariencia familiar, aunque solo hasta cierto punto, en lo que veía. Pero la pieza de madera con el nombre de su madre a sus pies le demostraba que estaba equivocado.
De alguna manera también quería permanecer solo ante la sepultura para intentar sentir algo de pena, algún sentimiento luctuoso que hasta entonces había echado en falta. Eso lo había achacado al viaje, a los problemas, a todo lo que había pasado en general. Pero estaba convencido de que no era suficiente, de que había algo más.
Por un lado su madre era de edad avanzada. No era anciana porque no tenía dinero para permitirse alcanzar una gran longevidad; pero era lo suficientemente mayor como para no tomar como un revés inesperado su muerte. Eso podía ser un consuelo, pero también estaban las circunstancias. Seguramente su madre aún estaría viva de no haber sido por el ataque y el saqueo de la ciudad. Y eso era lo que más temía, porque tampoco sentía una especial aflicción por la destrucción de su ciudad natal. Aún no lo sabía con certeza pero estaba convencido de que rincones agradables de su infancia estaban arrasados, y que personas que había amado, o por las que había sentido simpatía, estarían muertas y desaparecidas irremediablemente.
Si lo pensaba unos segundos, no necesitaba más, la pena le invadía. Una pena seca que empezaba en la boca del estómago y se le extendía por todo el cuerpo.
Durante estas últimas semanas de su vida había intentado mantener a un lado esa sensación. Pero desde que había vuelto a su ciudad y la había visto destrozada, notaba que esa sensación le sobrepasaba, que si sudaba le saldría por los poros. Quizás por eso había querido quedarse solo en el cementerio, porque quería saber hasta donde llegaba su pena. Pero ahora comprobaba que no había nada más. Un vago sentimiento que no llegaba a concretarse en pena. Algo que podía ser como una ternura triste por algo que amamos en el pasado y ahora vemos destruido, pero nada más que eso. Todo, la muerte de su madre, la pérdida de su taller, la destrucción de la ciudad; todo lo podía incluir dentro de ese sentimiento tibio. Puede que todo tuviera que ver con algo que pensaba, con alguna idea que tenía en el fondo del pensamiento. Algo así como una certidumbre de que todo había cambiado, de que habría problemas muy graves en el futuro, de que todo iría irremediablemente mal. Puede que él no llegara a verlo pero sabía que pasaría. Creía que esa idea, ese presagio, era el tapón que le evitaba sentir una pena mayor, una pena que creía estar obligado a sentir.
Por los bárbaros no era, eso seguro. Desde niño había oído noticias de bárbaros que vagaban por el país, y gentes más ancianas y viajeras que él, le había contado también que se habían cruzado con el horror y la destrucción producida por los bárbaros y los bandidos que había dentro de las fronteras.
Tenía más relación con un presagio, con la gente que trabajaba y aún así pasaba hambre, con los siervos ajusticiados por los amos, por los hombres que gobernaban al pueblo para su propio beneficio.
Tenía que ver con todo lo malo que había visto en estos días y durante todos los días anteriores de su vida. Todo ese mal que crecería, todo ese mal que haría que cada vez más gente trabajase sin sentido para no poder comprar ni una medida de trigo; que haría que la gente muriese en guerras y en mortandades sin que nadie quisiera evitarlo. Era la certidumbre de la irremediabididad del dolor en el mundo, pues antes de que él naciera, en la edad de oro de los emperadores y de la república de Roma también había habido dolor como el que él veía ahora; y con toda la seguridad también existiría en el futuro. En cualquier futuro, mejor o peor que este.
Ese dolor extraño y sin forma era lo que le impedía llorar a su madre muerta y a su ciudad destrozada. Un dolor por el mundo que ningún consuelo le ayudaría a soportar, ni ninguna religión, por muchos inciensos olorosos y joyas de oro que tuviese, no le haría olvidar.
En ese segundo eterno volvió a pensar en el cadáver, aún no frío del todo, de su madre cubierto por tantas paladas de tierra. Creyó que iba a poder llorar, pero no fue así. El saber que su pena era una gota en el río de un cauce eterno no le dejaba llorar. Y, entonces, cerró los ojos con rabia, apretó los puños con furia, y al fin lloró amargamente. Sin aspavientos, solo con un reguero regular de lágrimas que surgía de sus ojos. Lloró por su insignificancia, lloró por el dolor.
Si alguna persona hubiese pasado junto al cementerio y se hubiese preocupado más por lo que hacía Fruela que por sus propias desgracias, hubiese pensado que era un hijo ejemplar que guardaba con celo el luto por su madre. Pero era mentira, como todo lo que se ve en el mundo.
Lloró Fruela unos minutos, unos instantes breves en comparación con lo inmensa que era su pena, y salió después del cementerio. También estaba esa fíbula, pero ya lo pensaría más tarde.
Cuando entró en su casa ya estaba lloviendo. Sus hermanas estaban preparando la comida junto a la lumbre, al fondo de la única estancia. Fuera parecía casi noche cerrada. La casa no tenía ninguna ventana, ni grande ni pequeña, solo entraba luz y aire por la puerta que daba a la calle. También entraba algo de claridad por otra pequeña puerta que comunicaba con el corral y a su vez con lo que fue el taller de Fruela. Pero la luz del día se había ido con la llegada de la nubes, y de no ser por la hoguera sobre la que estaban guisando habría la misma luz que en el vientre de una animal muerto.
Su hermano estaba sentado sobre el banco corrido de tierra cruda que recorría todas la paredes de la casa. Estaba apoyado contra la pares, con la barbilla hundida en el pecho. Saludó a sus hermanas primero y las preguntó por la marcha de las tareas domésticas y, a continuación, se sentó juntó a su hermano para hablar con él. Al andar notó el suelo, de tierra pisada, algo irregular pero lo atribuyó al cansancio o al asalto de la ciudad. Aunque lo único que sobrevive al saco de una ciudad es precisamente el suelo. Entraron tres gatos por el corral. Se acercaron entre sumisos y furtivos a donde preparaban la comida las mujeres, pero los amenazaron con cucharones y cuchillos y salieron corriendo. Se acercaron a las piernas de Fruela, reconoció a uno de los gatos, pero los otros dos eran nuevos por la casa. Se frotaron el hocico contra sus tobillos desnudos y notó su calor húmedo y áspero. Otro más audaz subió hasta el banco corrido y metió su cabeza en el hueco de su mano. Este era el que conocía, pero estaba más delgado y tenía el pelo sucio, seguramente habría estado de correrías durante esos días tan peligrosos. No tuvo que molestarse en espantarlos, cuando vieron que no iban a lograr comida de él se fueron tranquilamente por la puerta de la calle. Pensó que sería difícil encontrar comida para dos gatos más, hasta que hubiera más ratones al menos, pero algo habría que idear. La casa comenzaba a oler agradablemente a guiso. Sus hermanas habían aprendido bien y pronto de la madre. A saber de donde habrían conseguido algo para comer. El guiso olía sustanciosos y con sabor, pero seguramente le faltaría sal. Lo primero que faltaba siempre en cualquier ciudad era sal. Aunque para suplirlo parecía que habían dorado abundantes ajos en grasa de cerdo seca. Luego había que incorporar la cebolla y las verduras, acelgas, espinacas o con seguridad cualquier hoja carnosa y medianamente comestible que hubiesen encontrado en la orilla del río. Se dejaban dorar a un fuego muy suave, y se iba llenando la casa de ese olor característico y contundente. Vigilándolo con cuidado después añadían el agua y avivaban rápidamente el fuego. Cuando comenzaba a hervir echaban nabos, berzas y zanahorias. En algún hueco de las paredes, con sabiduría y picardía de mujeres, tenían escondidas legumbres secas, lo más seguro es que fueran garbanzos. Era cierto que habían ido al río, y de regalo se habían traído unos caracoles. A sus pies, sobre unas hojas en el suelo, los pequeños manjares intentaban escapar lentamente de las abluciones que anticipaban el baño hirviente. Había que lavarlos muchas veces y con mucho agua para conseguir que perdieran toda la baba; era una tarea monótona pero había muchas manos y siempre podía dedicarse a ello las más inexpertas mientras intentaban aprender los secretos del arte de alimentarse con cosas sabrosas.
Por último, tras añadir todos los ingredientes, comprobarían la sal que faltaba y ahogarían algo el fuego para que se fuera haciendo todo muy lentamente. La comida sería lo mejor que podía ser, como siempre.
- Fruela, – le despertó su hermano de su letargo culinario – vamos fuera, hablemos un rato.
- ¿De qué querías hablar? – Ya en la calle, concurrida por los asustados transeúntes de la ciudad destruida.
- No sé, de nada en particular. Han pasado muchas cosas desde que te marchaste para ese trabajo al sur. ¿Cómo te fue?
- Bien. Conseguí salir de allí.
- Pero no cobraste nada, ¿no?
- ¿Viste las ropas que traía?
- Ya. Es una pena, hubiésemos podido enterrar de mejor manera a madre… Por lo menos llegaste a tiempo al funeral. Te echó de menos ¿sabes?
Iban pisando con cuidado. Mirando atentamente donde ponían los pies. Algunos, una pequeña mayoría, no había tenido tanta suerte como ellos y no había podido conservar su casa y se habían instalado en medio de la calle. Tenían encendidos pequeños fuego que protegían con escombros del viento. Los niños correteaban desnudos, sin miedo al frío o a la lluvia, ajenos a la desgracia. De no haber tenido precaución los dos hermanos hubiesen pisado a alguno, o habrían metido un pie en una pobre olla.
- ¿Sí? – A Fruela no te extrañaba, al fin y al cabo era su hijo. Pero era raro que se lo recalcaran así.
- Sí. Decía tu nombre constantemente.
- ¿Mi nombre? Decía Fruela.
- Sí.
- Siempre me llamaba hijo, como a todos nosotros.
- Es verdad, tienes razón en que siempre lo hacía así. Pero te nombraba constantemente.
- Pero, ¿qué pasó exactamente? ¿La hirieron durante el ataque? … Cuéntamelo ahora si te parece bien. Entiendo que no querrás, pero creo que necesito saberlo.
- No te preocupes, es mi obligación. Al fin de cuentas yo era el mayor mientras no estabas, debo rendirte cuentas. – Sonrió con pesar. – No fue herida. Lo cierto es que se empezó a encontrar mal unos cuanto días antes. Desde que empezaron a llegar gentes que huían de los bárbaros. Cuando estuvimos seguros de que se dirigían hacia aquí para atacarnos fue cuando empezó a enfermar.
- ¿Una calentura? Es una mala época, lluvia y frío. Un sol que engaña. Pero madre aguantaba muy bien las fiebre, a penas recuerdo verla enferma alguna vez.
- No fueron calenturas. Empezó a desvariar, a perder la razón. Tenía la mirada brillante, pero no tenía fiebre. Hacía todo muy deprisa para luego quedarse sentada durante horas a la puerta de casa. Y decía todo el rato, “va a llegar Fruela, va a llegar Fruela”. Le preguntábamos que cómo sabía que ibas a llegar si hacía tan poco tiempo que te habías marchado, y no te habría dado tiempo a acabar el trabajo por el que te contrataron. Pero cuando le objetábamos algo así nos miraba como si no nos entendiera, y nos trataba por locos. Nos acariciaba la cabeza, como cuando éramos niños, y se lamentaba de que hubiésemos perdido la cordura. Después se empezó a encontrar más débil. No se movía para hacer nada. A primera hora, sin comer nada, se iba hasta la puerta de la muralla y se sentaba en una piedra mirando a la gente que llegaba por el camino. Si iban nuestras hermanas a verla las miraba sin conocerlas y las decía que estaba esperando a Fruela. Daba igual que se lo preguntase un forastero o alguien de aquí, siempre contestaba lo mismo. Cuando se ponía el sol y cerraban las puertas, los soldados la arrancaban entre gritos de la piedra, y la metían dentro. Llegaba caminando a casa muy triste y muy despacio, se tumbaba en un rincón y se dormía hasta la mañana siguiente, en que hacía exactamente lo mismo. Así hasta el día en que atacaron los bárbaros. Ese día parecía que estaba mejor. Nos reconoció, o hizo como si nos reconocía. Comió algo y fue al corral y estuvo armando alboroto un buen rato. No la presté atención, pero cuando la vi salir otra vez hacia la puerta, vi que llevaba ese broche, en el que te fijaste antes, prendido al mando. Era un broche de hombre y la quedaba muy grande, muy aparatoso. Pero lo llevaba con naturalidad, como si lo usase a diario. Me pareció muy raro y la pregunté con miedo de donde lo había sacado. Tenía miedo de que en su locura lo hubiese robado a alguien. Pero, otra vez sin molestarse en disimular que no me reconocía, me dijo que se lo había regalado Fruela hacía muchos años y que desde entonces se lo había puesto todos los días pues así se lo había prometido. La cara la tenía pálida y delgada, los ojos hundidos, el pelo cano y lacio, pero lo había recogido en un moño muy esmerado. Me dio pena y la dejé ir sin más. No pensé que le hubiese dado tiempo a llegar cuando entraron esos asesinos bárbaros y cerraron las puertas para organizar la defensa. Había mucho peligro así que mandé a nuestras hermanas refugiarse en la cripta con el resto de las mujeres. Yo cogí un hacha y me fui hacia la muralla, intentando encontrar a madre y llevarla a casa. Los soldados me dijeron que cuando cerraron las hojas ella aun estaba afuera. Subí corriendo a una de las torres y miré hacia abajo. Allí seguía, sentada en su roca, rodeada de bárbaros armados, tranquila sin que la hicieran nada. Hasta parecía feliz, como si hubiese encontrado algo. Luego no sé que pasó. Bueno, pasaron muchas cosas horribles, pero no quiero hablar de ellas ahora. La cuestión es que cuando todo acabó ella seguía allí sentada. Muy erguida sobre la misma roca. A su alrededor estaba esparcidos los restos del asedio, había mucha sangre, maderas ardiendo, armas rotas, piedras que podrían haberla aplastado; pero a ella no le había ocurrido nada. La gente empezó a decir que había sido cosa de magia, que un milagro del cielo la había protegido, otros dijeron que era una bruja que ayudaba a los bárbaros como lo había hecho en su juventud. Yo la llevé de allí enseguida, antes de que las palabras fueran a más. La llevamos sin resistencia hasta la casa. Estaba muy débil, amodorrada. Lloraba sin darse cuenta de que lo hacía, las lágrimas la resbalaban por la cara sin dolor. Pero tenía el cuerpo helado. Nuestras hermanas la acomodaron junto al fuego y la intentaron obligar para que comiera algo. Pero fue imposible. Estaba como ausente. No hacía ningún esfuerzo por rechazar la comida, pero tampoco la tragaba y se le acumulaba dentro de la boca hasta que volvía la cabeza y caía todo al suelo. Continuaba helada, pese al calor de un fuego pequeño que logramos alimentar y de todas las pieles y mantas que conseguimos reunir para ponérselas encima, no conseguimos que su cuerpo reaccionara un poco. Lo más curioso es que pese a lo débil que estaba, a sus brazos delgados como ramas secas, no le faltó algo de fuerza ni un momento hasta que espiró definitivamente. Agarraba el broche que te conté con la mano derecha y no lo soltó en ningún momento. Y no es que tuviese el brazo agarrotado, como les pasa a algunos enfermos en el trance de morir, es que lo mantenía pegado con mucha firmeza junto a su pecho. Si intentábamos separárselo, para colocarla otra manta, era imposible del todo y se ponía a gritar, “es de Fruela, me lo dio Fruela”, hasta que la soltábamos y se tranquilizaba un poco sin salir de sus delirios. Durante las últimas horas perdió el conocimiento. Seguía fría, pero respiraba muy débilmente y su corazón casi no latía. Era de noche y hacía mucho fría fuera, permanecíamos todos en torno a ella esperando a que muriera, y también para mantenernos calientes nosotros mismos. Su pecho casi no se movía ya y era más de medianoche, pensábamos que todo había acabado cuando parpadeó y se incorporó un poco, aún sujetándose el broche. Nos miró y sonrió, parecía reconocernos de verdad. Estuvo hablando de cosas normales, de la casa, de la cosecha que vendría; de todo menos de los bárbaros y del ataque en cuyo medio había estado. Le comenté, como sin importancia, algún hecho de los acontecidos durante el asedio para saber sin no lo sabía de verdad o si solo estaba evitando el tema. Pero realmente no recordaba nada y me miraba muy perpleja cada vez que insinuaba algo. Aguantó de esta manera unos minutos, se la veía muy cansada, pero parecía que estaba bien. De cualquier manera no tardó mucho más. Empezó a no poder respirar y se asustó mucho, se miró extrañada el pecho como si le pareciera imposible que respirara así de mal. Entonces miró el broche entre los dedos de su mano derecha como garras y se extrañó aun más, casi se asustó, no estoy seguro, pero de no estar tan enferma hubiese pensado que su corazón no pudo soportar ese susto. Nos miró a todos, uno por uno, como cuando habíamos hecho algo malo de pequeños y nos iba a regañar, y nos preguntó que de donde lo habíamos sacado. No sabíamos que responderla. Me agarró con mucha fuerza por la muñeca y me rogó que te lo diera, me dijo, dáselo a tu hermano mayor, dile que es de su padre y que él es ahora el que debe de tenerlo. La respondí que a nuestro padre nunca le había visto llevar ese broche ni ninguno parecido. Sabes que nunca se hubiese puesto nada hecho por un bárbaro. Pero volvió a insistir, es del padre de tu hermano, gritó. Entonces si que me asusté mucho y retrocedí de su lado. En sus ojos vi que ya sabía que no iba a aguantar mucho más tiempo y me lo suplicó humildemente con ternura. Tú no entiendes nada, no sabes nada, insistía, pero por favor dáselo a tu hermano cuando vuelva del sur, es de su padre, tiene que tenerlo. Se recostó un poco, como para tomar aliento, y murió. Por la mañana ya llegaste tú.
- Sí. – ¿Se podía decir algo como respuesta a una historia así oída de los propios labios de un hermano?
- No entiendo nada de esto, Fruela. ¿Tú viste el broche? ¿Entiendes algo de todo esto? A que padre nunca tuvo un broche así. Si todo lo que le parecía extranjero le hacía ponerse de mal humor. Es de lo poco que me acuerdo de él.
- Yo ya había visto ese broche.
- ¿Pero donde lo has visto? ¿Cuando éramos pequeños lo trajo padre del norte? Yo no lo recuerdo.
- Lo he visto y lo he llevado puesto yo mismo hace unos días. Uno igual, no el mismo claro.
- ¿Qué?
- Me dieron uno para que me sirviera de salvoconducto al encontrarme con un ejercito de bárbaros. Cuando lo vi sobre la mortaja pense que simplemente podía ser parecido, pero, hermano, te lo digo de verdad, yo he llevado en el manto un broche exactamente igual al de madre. El mío estaba más brillante, no tenía esa capa de óxido que viste. Lo que nos quita el problema de pensar en duendes.
- Fruela, tú sabes como yo que esos broches pertenecen a personas y a familias de raza bárbara. No se aceptan como regalo ni tan siquiera los ladrones se las quitan a los cadáveres. Hemos visto bárbaros muertos en los caminos a los que les habían quitado hasta el más mísero jirón de tela, pero que conservaban su broche sobre el pecho desnudo.
- Eso son solo cuentos de viejas. No lo tienes que creer todo.
- Pero algo de verdad es… Así que, ¿dime?
- Sí.
La hora de la comida se acercaba y su hermano instó a Fruela para ir a la casa a dar cuenta de los esfuerzos culinarios de sus hermanas. Los dos se levantaron pero solo el menor de ellos siguió ese camino, el hijo mayor de la madre recién enterrada retornó de nuevo al cementerio. Se colocó entre dos tumbas, la una antigua y la otra reciente, casi sin estrenar. Pensó en un madre muerto hacía muchos años. Pensó en historias junto al fuego sobre las rodillas de un hombre que hablaba de batallas en las lejanas llanuras del norte. Pensó en historias de viejas de cuando faltaron los hombres en la ciudad y otros bárbaros de fuego y sangre atacaron la ciudad y de unos niños que nacieron después con la mirada diferente. Pensó muchas cosas más, pero solo imaginó una, con la convicción de que era cierta. Cogió unas flores de un árbol que crecía con las raíces entre los muertos. Puso dos flores sobre la tumba de su madre y una solamente sobre la otra tumba antigua. Volvió a la que ahora era su casa por derecho y comió. Después de comer salió con su hermano para buscar madera para reconstruir el tejado del taller y para hacer un telar nuevo. Encontraron unas pocas ovejas por el camino hasta el bosque, tenían poca lana y parecían hambrientas. Sería un mal verano. Miró al cielo y continuaba gris.
FINIS FRUELAE