Cuaderno de Alejandro Ruiz Criado

Relatos de Alejandro Ruiz Criado

Hombre, jaula, hombre. Premio Pedro de Atarrabia 2011

dejar un comentario »

Hay algo que no es adecuado, que no está bien.

El carro es burdo, casi rudimentario. Los maderos del entablamento están sin cepillar, son apenas unos troncos unidos con cuerdas y clavos. Las ruedas en cambio son nuevas. La madera conserva un tono claro, de haber frecuentado poco el barro y el polvo, y el aro de metal de la llanta es brillante todavía. Sin duda han sido aprovechadas de otro carro usado para fines menos viles. La jaula que lleva el carro no es tal. Es solo un conjunto disparejo de ramas, barras de metal oxidado y trozos de esparto. Una red grosera la cubre a modo de techumbre para que no pueda escapar el preso. Aunque eso es improbable que suceda.

El carro avanza muy lentamente. El camino es solo una insinuación entre la vegetación de la pradera. Si a lo lejos los tallos verdes crecen altos y se ondulan bajo el viento del norte, allí por donde transita el carro la hierba es menos vigorosa. Incluso longitudinalmente se aprecia una línea discontinua de tierra oscura expuesta a la acción del aire y de la luz. Ésta está seca y dura en la superficie, pero cuando las pezuñas del caballo pequeño y fuerte la pisan, se desmenuza y desprende dejando a la vista un sustrato rico en humedad, nutrientes y larvas. Lo avanzado de la estación ha permitido que despunten aquí y allá pequeñas flores blancas de pétalos diminutos y estambres alargados. De hecho el aire está cargado de polen de una forma leve que no llega a molestar en las fosas nasales, pero que enriquece el ambiente con su aroma.

El camino no viene de ninguna parte. Es decir, su inicio se pierde en el horizonte lejano y verde de la pradera. Pero es indudable que su final, al mismo tiempo que el destino del carro, se encuentra a no más de tres tiros de piedra de donde está ahora. Ese sendero se interrumpe tímidamente al cruzar el cauce de un arroyo. Un regato que desaparece con el estío y que ahora es tan solo un charco alargado de un palmo de profundidad, señalizado por las densas nubes de mosquitos que zumban bajo las ramas de los únicos árboles que crecen en toda la región.

Junto al río pacen unos caballos idénticos al que tira sin esfuerzo del carro y de la jaula, y una diminuta cabra abreva sin asco de las aguas turbias.

El río es fácil de vadear incluso en lo peor del invierno, y en la prolongación del camino al otro lado se asienta un campamento de tiendas de pieles curtidas. Las tiendas están vacías, la gente que las habita, toda, ha cruzado el curso de agua y espera reunida bajo la sombra de los árboles mientras la humedad se seca en la parte baja de sus ropas. Esperan al hombre que llega dentro del carro, dentro de la jaula tosca que transporta.

Realmente hay tres hombres en el carro. Dos van guiando al caballo que tira, sentados en un tronco que hace las veces de bancada, y un tercer hombre dentro de la jaula.

El pequeño gentío que espera, los conductores y el hombre enjaulado comparten los mismos rasgos y visten prendas similares. El preso tal vez pueda exhibir unos pómulos más pronunciados que lo delatasen como foráneo, pero es solo una impresión errónea.

Cuando el carro penetra entre la docenas de personas sus ojos miran expectantes al hombre que se aprieta contra un rincón de la jaula. Hay algo que les defrauda en lo que ven. El preso, el que podría pasar por extranjero, es un guiñapo humano. Un ser que no merece ni la saliva con la que se le escupe. Sus ropas pudieron tener vivos y distintos colores que ahora han quedado unificados bajo el polvo, la tierra y la mugre. Está agazapado, como se ha dicho, dando la impresión de un animal castigado y herido. Quizás eso sea lo que es. Sus miembros, anatómicamente incorrectos por efecto de los golpes y hematomas, se afanan en proteger la cabeza y el torso de ataques que es imposible que le lleguen en ese momento, pero que igual teme. Bajo los dedos, su cara de rasgos no tan exóticos, llora de un modo angustioso y lento. Sufre algo así como desesperación pura, la de quien sabe que absolutamente nada en el mundo lo puede salvar de lo que está convencido que va a sufrir.

Y, en efecto, una soga de esparto pende de la rama más robusta de uno de los árboles. Los pobladores de las tiendas están allí para ver ahorcar al preso. Él sabe lo que va a pasar, sabe que va a morir, y lo sabe desde hace días. Esa es la razón por la que muestra esa desesperación cansada. Durante las primeras horas que pasó dentro de la jaula sí que se reveló. Maldijo, gritó y aporreó los barrotes torpes, aunque resistentes, de su prisión. Pero eso sucedió muy lejos de ese río y de ese árbol adornado macabramente con la cuerda. Ahora es lo que la gente puede ver: un pobre hombre. Alguien a quien compadecer y no contra quien volcar su odio. Porque indudablemente hay odio en los ojos de esos hombres y mujeres con los bajos de sus vestidos aún mojados. Un odio sorprendido, un odio sin objeto que se ha acabado transformando en una roca angulosa dentro de sus estómagos al contemplar a ese miserable, que puede que ya ni oyese sus increpaciones. Sienten que hay algo que no es adecuado.

El carro se ha detenido bajo la sombra del árbol. Los conductores han retirado la red y ni siquiera entonces el preso ha hecho el intento de escaparse. Sigue en su mismo rincón y probablemente lo que ahorquen no será diferente a un pelele de trapo.

Las personas, que han seguido el silencioso camino del carro hasta la improvisada picota, también están silenciosas y desencantadas. Su ira sin objeto.

Pero como un bramido de tormenta lejana el silencio se comienza a resquebrajar. No se puede saber de dónde ha salido el pedazo de madera que se pasan de mano en mano hasta terminar en poder de uno de los conductores. Es una tablilla irregular del tamaño de la palma de la mano, en ella hay trazados unos signos, que se supone pueden contener un mensaje. Si las gentes saben leerlos o no carece de importancia porque ninguna ha fijado la vista en ellos. Han sido transportado de una mano a otra en un gesto automático.

Sin pensar, sin apartar la mirada de la cuerda y del preso, la tablilla fue llevada directamente hasta la mano del conductor, que sí sabe descifrarla. La mira sin entender. Comprende el significado que los símbolos componen entre si, pero no lo entiende. No entiende la orden. Hay un mandato confuso escrito. Tal vez extraño, pero no por ello discutible. El conductor tiene que hacer exactamente lo que ha leído, no obstante duda. Vuelve la espalda a la pequeña muchedumbre expectante y trae a su lado al otro conductor, olvidándose del preso, que en su apatía no ha notado el cambio en la escena. Los conductores murmuran y se pasan la tablilla. La miran, inspeccionan, la giran, la dan la vuelta e incluso la huelen. Finalmente llegan a la conclusión de que en ella hay una evidencia tan sólida que no acepta discusión. La aceptación de tal idea la escenifican ambos alzando hombros y cejas.

El que recibió el mensaje lo guarda bajo sus ropas y después alarga una mano hacia el preso. El cuerpo del hombre, que permanecía limitado por los cuatro paramentos enrejados, tenía una consistencia débil e inestable bajo las falanges acostumbradas a sujetar las riendas de los poderosos caballos. Un cuerpo hueco, ligero y húmedo es lo que alza desde el suelo de la jaula. Lo sostiene encima de su cabeza con la ayuda de su compañero y entre los dos lo depositan insospechadamente sobre la tierra mojada. El hombre ya no está ni es preso pero se sigue sintiendo como tal. No se mueve, su postura algo encogida, las rodillas flexionadas no pueden con toda la carga que representa su torso, y los brazos se pegan al cuerpo protegiéndolo de golpes que ya no llegarán más. El hombre ni siquiera se sorprende ni tiene fuerzas para apartar la vista de la soga, que hasta hace un segundo aguardaba la medida de su cuello.

Pero no acaban ahí la labor y las órdenes recibidas por el conductor. Su mirada se dilata un momento sobre el pobre infeliz al que acaba de alargar la vida para, acto seguido, escarbar entre el gentío que ni entiende ni reacciona ante lo que sucede. Mira a la derecha y a la izquierda, a los niños que hay junto a las ruedas del carro y a los hombres que estiran el cuello desde las últimas posiciones. No todos lo hacen, hay uno que no, y justo en ese fija su mirada y sus órdenes todavía por completar el conductor. Este otro hombre, protegido hasta ahora por una multitud que acaba de crear un vacío entorno a él, tampoco entiende qué es lo que está sucediendo. Solo sabe que lo mejor que puede hacer es correr lo más lejos que pueda de la sombra de ese árbol.

A la primera zancada del otro hombre los dos conductores ya han bajado de un salto al suelo. Apartan a codazos a los muchos cuerpos que se interponen entre ellos y el otro hombre que corre en medio de la llanura inmensa. No tardan mucho en apresarlo. Una cuerda enredada entre sus tobillos se convierte en excusa suficiente para que se venga contra la hierba y para que al momento los dos hombres caigan sobre él.

Este otro hombre no entiende por qué, pero sabe lo que va a pasar. Chilla, llora y jura mientras da puñetazos y patadas que se pierden en el aire. La muchedumbre mira sin entender por qué, pero también sabiendo qué va a pasar. Y de igual forma que la aparición de la tablilla transformó el silencio en expectación, los gritos del otro hombre son correspondidos con imprecaciones y salivazos, que caen sobre su ropa limpia hasta entonces. Se forma una algarabía inconcebible hasta hace unos minutos. Un odio nuevo, bien alimentado, focalizado con precisión, se desata entre la multitud. Los cuerpos que gritan no permiten con facilidad el paso de los dos conductores que flanquean al otro hombre, que sigue recibiendo insultos que no eran para él. Es posible que entre toda esa gente haya alguien que comparta lazos familiares con él, ya no mujer o hijos, sino simplemente primos o algo de similar segundo grado. Pero no parece que sea así de hecho. Todos gritan y le insultan con idéntica fuerza, con una idéntica y súbita ira. Este otro hombre ya no tiene tiempo para comprender. Igual de repentinos que el odio y la ira, en él se encastilla un miedo insondable, ilimitado. Pero su cuerpo no está castigado ni cansado, y responde con agresividad a los empujones de sus guardianes, y a los insultos y escupitajos del espectáculo en el que finalmente se ha convertido la escena. Y a cada respuesta por su parte con mayor virulencia se enerva la masa, que jalea con gritos a los conductores cuando le izan, le arrastran hasta depositarlo sobre sobre el carro. Las manos atadas por las muñecas y los pies por los tobillos lo han defenestrado en poco más que un muñeco que solo puede arquearse y retorcerse como una sierpe.

La soga le ha sido impuesta mientras el verdugo, que hasta justo antes solo era conductor, piensa que los oídos le van a reventar. Los salivazos no pueden alcanzar la ropa repentinamente sucia y rota del otro hombre. Desde el fondo unos muchachos, en el culmen de su rabia, han arrancado del suelo hierbas y raíces y las arrojan contra el ser humano, que se ha estirado rígido al notar la cuerda cerrarse.

El verdugo asegura el nudo. Después propina una patata despojada de cualquier protocolo y el otro hombre se precipita desde el carro sin que su caída tenga fin. Entonces la muchedumbre, que abandonó sus tiendas y cruzó el riachuelo sin que les importase mojarse los vestidos, estalla en un júbilo demente y desproporcionado al simple hecho de ahorcar a ese otro hombre. Quien se debate por no dejar de serlo, por no alcanzar el estado de cadáver. Su resistencia queda en nada. La fuerza e incluso la desesperación han abandonado sus músculos y ahora se asfixia lentamente, como en un sueño no muy doloroso, en el que no hay sonido. Más tarde claudican sus párpados y ni él mismo es consciente de que hace tiempo que ya no está vivo.

Solo cuando los conductores están seguros del estado del otro hombre, permiten que se acerque el gentío cuasisalvaje y corte la soga y arramble con el despojo, al que nada queda de la fuerza e integridad que creyó eternos hasta hace poco.

El conductor agita las riendas y el caballo se pone en movimiento. Arrastra tras de si el carro torpe y la jaula vacía. La gente con el cuerpo llevado en alto se pierde en la lejanía de la pradera.

Escrito por arcac

diciembre 17, 2011 a 4:21 pm

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.