LA SUSANA Y EL VIEJO
Aplasté un pequeño escarabajo que se había aventurado entre las dos suelas de mis zapatos. Primero se escuchó el crujido seco de su caparazón, o lo que sea que recubre a esos bichos, al quebrarse y luego el suave quejido de la grava que había esparcida al rededor del banco. No me encontraba muy bien de humor y lo había acabado pagando el pobre insecto. Yo en el medio, la susana a un lado y el viejo al otro. La situación era bastante incómoda, no me apetecía nada seguir discutiendo con ellos. Ninguna respuesta que cualquiera de los dos fuera a darme me iba a valer. Yo quería que fuera ella, la susana, quien lo contase todo. Siempre había mujeres, pero en muy pocas ocasiones les daba voz para narrar a ellas, y esa justo me pareció que sería una buena ocasión para acabar con esa costumbre. Pero la susana no quería, ni mucho menos, me había dicho con voz de poner los brazos en jarras. Suficiente hacía ella estando allí, aguantando la que iba a caer, pobrecilla. Por eso mismo no quise insistirla. Pero entonces tuve que volver la cara al viejo, que todavía no sabía si iba a tener otra denominación. Sabía que para él el percal era cuanto menos un poco placentero. Él se iba a dejar hacer. Se iba a tumbar sobre las sábanas y se iba a dejar trabajar. Pero tampoco era algo de lo que sentirse orgulloso. Me dijo que si me empeñaba accedería a contarlo todo él, pero a regañadientes, que te quede claro hijo. Entonces fue cuando yo bajé la mirada, encontré el escarabajo y lo chafé mientras notaba dos pares de ojos clavados en mi nuca.
-Está bien, lo contaré yo. Pero las cosas no son así. Esto tendríais que contadlo vosotros. Es asunto vuestro, no me gusta husmear por los ojos de las cerraduras.
-Pues no cuentes nada, no te jode.
La miré en un arrebato de odio pero tenía razón la susana. Era yo quien se había empeñado en meter las manos hasta el codo en su estercolero. Si no soportaba mancharme lo tenía fácil. Mandar a los dos levantarse del banco y meterme en la cama con la almohada encima de la cabeza hasta que se me fuera la historia de la mente. Pero eso no iba a ocurrir, era algo que sabía perfectamente.
La susana me seguía mirando, aguantando mis ojos airados, aunque cedió y concedió un poco:
-Quizás tú puedas hacer que duela menos.
Antes de abrir siquiera los labios entrelacé mis manos a la mano derecha de ella y a la izquierda del anciano. Las noté leves, casi incorpóreas. Podía deberse al frío de no estar bajo techo o a que se sabían del todo bajo mi merced y no les terminaba de agradar. Confié que ese gesto les transmitiría la confianza suficiente para corregirme llegado el momento. Si lo contaba yo acabaría errando de una forma o de otra, pero no podía confiar del todo en ellos para enmendarme. Antes de formar en mi mente la primera escena, recordé con atención las últimas palabras de ella…que duela menos.
El viejo y la susana se conocían desde muchos meses antes de entrar juntos en la recepción del hotel. Si lo pienso es posiblemente la mejor frase para comenzar. No importa demasiado lo que sucedió antes, no merece el trabajo distraerse en describir algo que no tuvo interés para ellos dos ni para nadie más. Daba igual de qué se conocieran o tan siquiera si se habían conocido unos pocos minutos antes de cruzar el umbral del establecimiento. Los dos entraron en silencio, en consonancia con la tranquilidad de la media tarde y del aburrimiento sin disimular de la cara del hombre que atendía la recepción.
¿Le importunó, o le molestó, o le causó alguna sensación concreta la mujer y el anciano caballero que llegaron sin otro equipaje que un pequeño bolso de mano?
Al formular la pregunta, sin importar su posible respuesta, supe que había dejado en evidencia a la pobre susana. Es una puta, sin más, para eso tanto escrúpulo? Y su mano, a pesar de lo ligero, se cerró con un poco más de fuerza en torno a mi mano, haciéndome arrepentirme de no haberla obligado a ella a contarlo. Va a doler, pensé, tratando que mi pensamiento llegase a su cabeza y la consolase y la previniese ante lo que había de contar.
Fue por una cuestión meramente práctica que ella firmase en el libro de entrada, con su verdadero nombre, que por supuesto no era Susana. Y solo por pura caballerosidad pagó él la noche completa que no iban a consumir. Otra vez me mordí la lengua demasiado tarde. Pero la verdad es que bien pudieron suceder esos dos actos exactamente de modo inverso. Firmar él y pagar ella. Son los prejuicios, me recordé con mayor énfasis. Todos tenemos prejuicios estúpidos e infundados, yo el primero.
Entonces decidía alejarme un poco de la escena, dejarles aire libre alrededor en el que moverse con comodidad. Si acaso después, al final, ya habría tiempo para las explicaciones y las disculpas.
La puerta del hotel aun no se había terminado de cerrar, no era automática, sino de hojas antiguas con batientes lentos, cuando la susana le habló al recepcionista. El movimiento de vaivén de la hoja cesó cuando su firma ya estuvo estampada con pulso firme en el libro de registro. El papel de éste era grueso y de buena calidad, en consonancia con la presencia de la empresa, pero a pesar de ello cedió una marca en la siguiente página por la fuerza que imprimió a la punta metálica del bolígrafo. Una semana después, cuando llegó el momento de usar dicha hoja, el hombre que firmaba sobre el hueco formado dejó un autógrafo irregular e irreconocible que obligó al recepcionista (otro distinto, el de esa tarde descansaba en esa jornada) a escrutarlo fríamente con los párpados entrecerrados.
El anciano sacó dos billetes cuidadosamente doblados de su billetero y dijo gracias muy tranquilo mientras ofrecía la llave de la habitación a la mujer.
-Llévala tú mismo, qué más da. – Dijo ella.
Las puertas de las correspondientes habitaciones estaban funcionalmente numeradas, y como ya no se daba la presencia de ningún botones en el manejo del ascensor, pudieron acceder al interior de la que correspondía con el número de su llave sin posibles de reprobación. Mientras hacían todo esto iban hablando, sin nerviosismo en sus voces, más bien lo hacían como viejos amigos o como algún tipo de familiar lejano, con el que compartir distraídamente el paso del tiempo. No guardaron el silencio de los que creen que pueden ser censurados en cuanto despeguen los labios, ni tampoco camuflaban con palabras insustanciales un vacío incómodo.
Dentro de la habitación el viejo se acercó con ligera curiosidad a la ventana y apartó las cortinas traslúcidas con el gesto de un par de dedos. No sentía propiamente dicha curiosidad por la vista de la ciudad que desde allí se le ofrecía. Lo hizo por deferencia a la mujer que casi inmediatamente se encerró en el cuarto de baño. Quizás consideró que con ese acto evitaba dar la cara, en un sentido literal, temía que su gesto pudiera llegar a transmitir turbación o miedo. No sabía cuanto había de tardar la susana, pero confiaba que no pasaría más tiempo de lo que la pastilla comenzase a hacer efecto.
La susana sí estaba algo más nerviosas dentro del baño inmaculado de la habitación. Había sacado de la pequeña bolsa de viaje algunos cosméticos y un par de prendas de cama. Frente a ella tenía un gran espejo diáfano, ninguna estantería con las típicas fruslerías que allí se acumulan ante uno habitual y doméstico, hacía que devolviese una imagen demasiado nítida, demasiado concreta. Ella sabía que la mujer allí reflejada no era ella en realidad, tenía demasiados años para dejarse engañar. Pero la crudeza de lo que tenía delante no la reconfortaba precisamente el ánimo.
-Es un amigo, es solo un gesto, un pequeño favor, una ayuda, un consuelo sin importancia… – Iba recitando mientras entornaba los ojos a su cuarentena a punto de ser abandonada. Se sacó la blusa sin desabrochar por encima de la cabeza y se maquilló un poco, concentrándose especialmente en los ojos y en los labios.
Se llevó las manos a la cremallera de la falda y suspiró con fuerza antes de decidirse a bajarla. El aire se le escapó con tanta potencia de sus pulmones que se asustó del eco formado dentro de las paredes alicatadas del baño. Se avergonzó y al descubrir el rubor que había aparecido en sus mejillas sonrió como una colegiala.
-¿Un amigo?
Se bajó la falda con decisión. Seguía teniendo las piernas bonitas, la carne algo menos firme, solo eso. Lo que no le convenció fueron el liguero y las medias. Demasiado exagerado para un amigo, para un gesto tan solo, se dijo. Al salir de su casa pensó que podían ser una sorpresa agradable y excitante, pero en ese momento ya no estaba tan segura.
A continuación se dio un único toque de perfume un par de centímetros por debajo de la base del cuello, y miró los camisones de fantasía que había colgado de la cortina de la ducha. Los dos tenían la misma presencia recargada de encajes que había rechazado en el liguero. Respecto a sus piernas podía sentirse cómoda, pero dos embarazos nunca hacían bien al vientre y a las caderas de una mujer. El viejo (el anciano, el hombre que la esperaba ya sentado en la cama desatándose los cordones de los zapatos) no encontraría ningún reparo a un cuerpo treinta años más joven que el propio. Pero esa ilusión y deferencia quería mantenerla por los dos, y se cimbreó como un álamo para pasar los tirantes por sus brazos.
-¿Qué es lo que vamos a hacer? – El viejo estaba sentado al borde de la cama, manteniendo puestos una camiseta interior y unos calzoncillos entre ridícula y cortésmente. Tenía todavía la cara vuelta hacia la ventana, pero sin fijarse en lo que había al otro lado de ella, evitando mirar a la susana, que con su camisón corto acababa de salir del aseo. Las manos entre cruzadas sobre el regazo.
-¿De verdad que no lo sabes?
-Creo que no estoy muy seguro.
-Si se explica, entonces pierde toda la gracia.
-No me refiero al acto. – Y se le escapó una carcajada seca y breve. -Me parece recordar qué era lo que había que hacer y lo que se espera del hombre. – Esto último lo dijo como si esperase una risa de la mujer, la cual al final no llegó.
En su lugar la susana se acercó con los labios cerrados hasta el hombre. Se sentó junto a él, sobre la cama escrupulosamente hecha, y posó su mano sobre el muslo blanco que no le pertenecía.
-Te lo digo de verdad, no sé lo que vamos a hacer.
-Ya hemos hablado de ello, muchas veces. – Pronunció las palabras con un tono que remarcaba lo que quería decir.
-Nunca lo hemos hablado…concretamente.
La susana no perdió la actitud ante una situación que parecía no sorprenderla en absoluto. Se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja y se estiró el bajo del camisón. Apenas tapó un centímetro sus piernas, pero con esa poca protección de más se sintió confiada para seguir hablando.
-Para hablar de algo no siempre hace falta pronunciar todas las palabras, no es verdad? Eso es lo que dices tú siempre. Entre personas inteligentes y que se entienden puede valer con la mirada.
Lo estaba mirando a la cara mientras le hablaba, pero el viejo no levantaba la mirada del suelo. A la interpelación solo respondió con un suspiro indefinido.
-Si no estás tranquilo y seguro lo mejor será que nos vistamos y que te invite a un café. ¿Es eso lo que quieres? – Dijo con un tono autoritario en el que no faltaba cariño. – ¿Dime, quieres eso?
Y le acarició con la yema de los dedos la barbilla hundida en el pecho. Ante el roce, una cosquilla casi, el anciano sonrió con dientes auténticos y se le escapó un “no” igual al del gato que se había comido el pájaro.
-Eso me parecía a mi.
La susana también le sonrió con sinceridad mientras se colocaba de nuevo el mismo mechón detrás de la misma oreja. Solo que en esa ocasión el gesto lo realizó cargado de un significado y de una rutina que ni ella misma llegaba a comprender, pero que llenó por completo la pequeña habitación. El anciano intentó memorizar ese instante. Se concentró, se esforzó en no perder ninguno de los elementos de la escena. El momentáneo brillo de su cabello al devolverlo al sitio deseado, la sonrisa tranquila, la suavidad que parecía poseer la breve tela que cubría a la susana.
-¿Te tomaste la pastilla? – La pregunta podía haber causado incomodidades, pero un velo, una pared o tal vez una muralla entera había caído entre los dos.
-Una señorita nunca debería preguntar algo así.
-No soy ninguna señorita, soy viuda aunque no te guste que lo diga… Además, por mucho que intentes taparte el bulto se nota mucho.
-Es una sensación rara. – Hablaba como describiendo un fenómeno atmosférico o algo impersonal. -Es como estar dormido y despierto al mismo tiempo. Es como si no fuera mi miembro…
-¿Pero?
-Pero tira de mi y me gustaría dejarme arrastrar.
El escarabajo aplastado aun movía desordenadamente sus patas. A ambos lados notaba las miradas de la mujer y del hombre. Les hablé para explicarles y tranquilizarlos.
-No pienso ir más allá de donde ya he llegado. Ni puedo ni sé contar la historia de otra forma.
Quizás rumiaron alguna disculpa, pero ninguno pronunció nada. Si hubiera habido algo semejante al aire en sus pulmones, en ese momento creí que les faltaba. La atmósfera parecía petrificada en torno nuestro, pero yo era el único que jadeaba ligeramente, confiando en que ellos dos lo interpretarían como un síntoma de cansancio, por el esfuerzo de haber calculado cada una de las palabras. Yo sabía que era el miedo y la desazón lo que me apretaba en la boca del estómago, aun así tenía que continuar hasta el final, estuviera donde estuviese.
En la habitación vecina había un hombre sesteando. Venía de otra ciudad por la venta de unos terrenos que se discutió durante la comida, pero ésta fue tan extensa y cuantiosa que tuvo que tumbarse unos minutos después de concretar el acuerdo. Cerró los ojos casi sin darse cuenta y durmió pesadamente hasta que el tren que había de llevarlo de vuelta se marchó con su compartimento desocupado. Si su sueño hubiese sido más ligero esa noche podría haberla pasado en su casa y tal vez hubiese oído un suave alboroto producido por sus vecinos.
Llamarlo alboroto es exagerar mucho. Había demasiadas cosas pesando sobre el ambiente como para que se produjese una auténtica algarabía. La hora absurdamente tranquila no invitaba al desenfreno, al cual ninguno de los dos podía llegar por su edad. Si bien del viejo no se esperaba nada más que estar, él era el paciente. La susana tampoco podía ocultar que no era una muchacha para hacer determinados esfuerzos. También estaba el pudor, la confusión, las esperanzas que cada uno había puesto en ese contacto y que por nada confiarían. Solo se abrirían si el otro adivinaba sus necesidades, pero era una jugada demasiado complicada, al fin y al cabo eso era solo un gesto, un pequeño favor, una ayuda, un consuelo sin importancia…
El lance acabó sin turbar a nadie más que a ellos. Estaban los dos tumbados boca arriba sobre la cama, próximos sus cuerpos pero sin llegar a tocarse, evidenciando una vergüenza que minutos antes no había tenido espacio físico para existir.
-¿Es raro? – Murmuró de nuevo el viejo, el hombre, mirando al techo con los ojos apenas abiertos. Visiblemente cansado como para concretar con algún movimiento de su cuerpo lo que le parecía extraño.
La susana se volvió para oírlo. Se colocó de costado, haciendo un revoltijo la sábana blanca a la altura del muslo. También por el mismo movimiento un pecho se le descolocó del reparo del camisón, formando una arruga en la piel de teta vieja, abundante y todavía grata, pero ya sin lozanía. Ella por fortuna no se percató y por suerte también el anciano no dejó de mirar al techo pues inevitablemente se habría fijado en ese defecto.
-¿El qué?
-Sigo sintiéndolo como si no fuera mío… Y más después de lo que hemos hecho.
-¿Te puedo hacer una pregunta?
-Claro, ¿por qué no te iba a dejar?
Parpadeó un poco e hizo intento de volver la cara hacia la susana, pero no encontró fuerza suficiente para ello. Ella se apoyó sobre el codo para mirarlo desde arriba y ahorrarle el esfuerzo. Su pecho resbaló suavemente con un siseo dentro de la seda y la gravedad volvió a dar un aspecto más joven a su escote.
-¿Sabes? Te tienes que acordar, de que hay cosas de las que se habla solo después de hacerlo.
El viejo dejó salir un suspiro como respuesta y concesión para seguir hablando.
-¿Hace cuánto tiempo que no lo hacías? Con tu mujer o con quien fuera.
El anciano piensa antes de contestar. Cree que cuando lo haga se desvanecerá la sensación tan placentera que tiene en ese momento. No está acostumbrado ya al esfuerzo sexual y al gozo, y tampoco lo está a la intimidad que queda como un poso después del acto. Antes de llegar a la puerta del hotel se había concienciado con mucho detenimiento de no confundir lo que iba a suceder. Tenía que tener del todo claro que eso sería solo un gesto de amistad, un favor, algo entre amigos. Pero no estaba preparado para las confidencias de después. Por eso no sabía qué responder exactamente.
-Hasta hoy solo me había acostado con mi esposa. Nos casamos muy jóvenes, como se hacía en esa época, y si los alcanzo no me quedan muchos años para cumplir los noventa.
-Sé la edad que tienes. Y me gustaría que para tu cumpleaños me volvieras a invitar a un café. – Se detuvo un momento para que al hombre le quedase claro el tono de voz que estaba utilizando. Si había accedido, si había querido estar con él esa tarde en la misma cama, era para evitar justamente esa actitud en él. -Lo que quiero que me respondas, si quieres hacerlo, es cuántos años tenías la última vez que tuviste sexo con una mujer. No quiero hablar de tu esposa ni tampoco tú deseas hacerlo… Aquí solo estamos tú y yo, lo de afuera, todo lo que pone en nuestro carné de identidad, no tiene importancia ahora. Dime, ¿cinco, siete años?
-Eres generosa y adorable con un pobre hombre sin edad ni pasado dentro de la habitación de un hotel. – Sonrió confiando tibiamente en el juego que todavía continuaría unos minutos más. – Puede que veinte o veinticinco años; la última ocasión fue antes de jubilarme, eso seguro.
-Yo no podría vivir sin sexo. Soy incapaz de imaginármelo.
-Supongo que cada persona es diferente. En mi caso ya antes de darme de baja en esa actividad tampoco era algo que hiciera mucho. Un par de veces al año, no sé.
-Es muy poco, pero es verdad que cada cuerpo tiene sus propios ritmos. A lo mejor yo también tengo que hacerme a la idea de ir prescindiendo del sexo.
El anciano se revolvió súbitamente de su postura. Dejó de escrutar nada en el techo y se incorporó asiendo a la susana por los hombros.
-No pienses eso. Es horrible tener que prescindir el resto de tu vida de algo que te gusta y te hace bien… Prometeme que si un día pierdes las ganas de acostarte con un hombre, buscarás aunque sea a un amigo veinte o treinta años más joven que tú y llegarás al mismo acuerdo que llegué contigo. Oblígate a necesitar otro cuerpo a tu lado.
La atmósfera había cambiado, la intimidad se había transformado en algo superior.
-¿Por qué no buscaste otra mujer antes que yo?
-La vida es rara, ¿sabes? Ahora me siento como si no estuviera ya casado, como si mi mujer fuera una prima, o algo así. No, más bien como si fuera mi tía. Una de las tías viejas a las que me obligaban visitar cuando era niño… ¡Resulta que estoy casado con mi tía!
-Eso te sorprende porque todavía eres joven.
-Porque me siento joven, querrás decir, y a veces pienso que…
-No, lo que quiero decir es que eres joven.
-Tengo ochenta y siete años. Por favor, no me digas algo así. Cuando salgamos a la calle y cada uno se vaya por su lado no podré soportarlo.
-Eres joven, te lo digo de verdad. Estás teniendo una aventura con una mujer menor que tú.
-¿Es esa la razón por la que accediste?
-¿Recuerdas quien se lo pidió a quien?
-No.
-Yo tampoco.
-… está bien. Creeré en la ilusión que me propones. Soy tan joven como para tener una relación extramatrimonial.
-¿Por qué dices ilusión? No es real ésta cama y éstas sábanas. No soy yo real, no lo es tu erección, que todavía mantienes.
-Eso es solo química… Aunque debo de reconocer que en cuanto al resto tienes razón.
-Todo tu cuerpo es química, la pastilla que tomaste fue solo un empujón a algo que es indiscutiblemente tuyo.
La susana se zafó de sus manos todavía fuertes. Se alzó sobre las rodillas y se sacó el camisón.
-Vamos a ver cuanta química te queda en el cuerpo.
La susana tiene las manos cubriéndose los ojos antes de que yo haya terminado de pronunciar su última frase. El viejo no levanta la vista del suelo de tierra visiblemente apesadumbrado. Murmura algo entre dientes que solo él puede saber, mientras cabecea de un lado a otro, negando todo lo que está sucediendo en ese momento. Se percata de que he dejado de hablar y se dirige a mi con una voz todavía muy débil. No está bien, no está nada bien… Y creo que tiene razón, por supuesto, pero yo no sé hacerlo mejor. Tampoco estoy seguro de que otro pudiera hacerlo. Únicamente la susana podría, aunque ella no lo supiera.
-No soy ninguna puta. – Me dice levantándose del banco y alejándose tanto del viejo como de mi.
No podrá alejarse mucho de nosotros. Le pasará como al escarabajo que aplasté hace unos minutos. Trató de patalear un poco, pero la vida quedó tan lejos de él que ya no puede.
La mujer, la susana, ha salido por la puerta del hotel junto al hombre, pero en un par de metros le ha sacado ventaja y se pierde rápidamente a la vista tras doblar la primera esquina. Los faldones de su abrigo han revoloteado con el viento, ya nocturno, que cortaba al girar. Por suerte la recepción estaba vacía cuando dejaron la llave sobre el mostrador, ahorrándoles una vergüenza y un malestar que les aumentaba poco a poco.
Al salir de la habitación los dos quedaron en silencio. El viejo quiso deshacerlo, forzó una conversación, pero estaba cansado, sus palabras fueron torpes. Una de ellas retumbó especialmente en la cabeza de la mujer mientras se escapaba por el laberinto oscuro de calles.
-… ya sé que para ti solo ha sido un gesto, un favor, una acto de amistad y todos esos términos que acordamos utilizar al plantearnos estar juntos en la misma cama. Pero no puedo contener esa ilusión, estoy agotado, rendido, y no tengo más remedio que decirte que para mi ha sido algo a lo que ni siquiera puedo dar un nombre. Solo quiero que sepas que agradezco tu generosidad y que me gustaría compensártelo de alguna forma.
La palabra generosidad quedó suspendida entre ambos durante un segundo en el estrecho ascensor antes de introducirse y ser adsorbido como un bloque de metal por la mujer. No entendió qué relación tenía esa palabra con lo que habían hecho. ¿Quien de los dos era el que necesitaba esa generosidad? ¿Quien de los dos se creía con el verdadero derecho de satisfacer?
-Yo no soy ninguna puta.